10.6.13

Cable coaxil desconectado

Los fines de semana son los horrores del estudiante que viene de lejos. Suelen ser días solitarios y silenciosos, en los cuales uno no tiene trato con nadie. Generalmente es una opción, pero a veces no: a veces se está literalmente solo, solo sin opción,  para lo cual es mejor llevarse bien con uno mismo en una silenciosa piecita llena de apuntes.
Sin embargo, este fin de semana fue la excepción. Una excepción que no sé si cayó por suerte, por fortuna, por contraste. Resulta que en ningún momento del fin de semana estuve solo. No fue un mal fin de semana, pero ahora que está naciendo la madrugada de un lunes y tengo que ponerme a reorganizar mis cosas, no me encuentro en la mejor condición: la resaca se me fue hace una hora y la cabeza me está lloviendo sin imagen, como un televisor con el coaxil desconectado.
Esta entrada es más una excusa para ponerme a estudiar. Al lector desprevenido puede parecerle una forma de evitar la responsabilidad: no lo es, a ver si me explico. Al estudiar uno se sienta frente a palabras. Y yo tengo la suerte de estudiar una carrera eminentemente teórica (las clases "prácticas" en Letras son sólo otra forma de hacer teoría, una forma mucho más aburrida, clases obligatorias por decreto porque los alumnos se aburren y se van afuera en patota a fumar un cigarrillo). Este fin de semana no traté con palabras. Casi diría que no hablé con nadie, pero pensándolo bien no puedo sostener la idea. Hablé con mucha gente. En realidad, no hablé conmigo mismo. No ejercí el deporte preferido del hombre solo, porque no estuve solo en ningún momento.
No en vano dicen que los hombres más sabios eran también los hombres más solos; para ellos la introspección es sagrada, y dicen que la introspección te hace sabio. No puedo opinar sobre esto último, pero bien quisiera haber tenido más tiempo para la introspección en estos últimos tres días. La pasé bien sin introspección. Y ahora, que ya es lunes de madrugada, y estoy efectivamente solo en mi casa y sin zapatillas (un gesto ceremonial después de un día largo), no puedo lidiar conmigo mismo. Mi cabeza sigue llenísima de ruido. Alguien puso música en mi pacífica biblioteca; el desgraciado escapó por la ventana y me dejó a mí sin saber cómo apagar el microcomponente de audio.
El estudio (responsable pero también placentero) se logra sólo en una cabeza calma, porque las cabezas calmas son las únicas que ordenan los datos. No me siento culpable de no haber tocado un libro en todo el fin de semana, porque eso era exactamente lo que necesitaba hacer: no tocar un libro. Pero ahora que el fin de semana se fue, y en los libros está mi vida, y cabe incluso decir que también mi pasión, me dejo llevar por las ganas desmedidas de tirarme boca abajo en la cómoda cama de dos plazas; ganas que no me llevan a nada bueno.
Quise escribir esta entrada en bruto para ver qué me salía. Intenté empezarla seis veces de maneras distintas. No hay absolutamente nada que pueda decir sobre absolutamente nada, porque este fin de semana hice de todo menos pensar. Pero este blog no es una bitácora de viaje, aunque eso signifique precisamente la palabra blog (quiero reservarme la dignidad de la rebeldía). No estoy acá para contar hechos. Los hechos se viven, y ya está, capítulo cerrado. Lo que podamos escribir sobre un hecho vivido no es más que la impresión que nos dejó: describir las líneas curvas que deja la ola en la arena mojada, porque el golpe de la ola es inefable.
Me alegraría poder haber escrito un texto coherente con lo distraído que estoy, pero no tengo energía para releer lo que hice. Esta entrada va a funcionar como un prólogo a la que sigue, que será, con suerte, mucho más organizada. Porque, al fin y al cabo, sí hay un pequeño hecho que me gustaría contar, y me gustaría (porque es un hecho lindo) que se entienda.
En fin. Esto ha sido ¿un simulacro?; quizás es tarde para advertir al lector bien intencionado, pero ignórese lo que aquí se dijo.

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