3.6.13

3. Euforia

Una brevísima nota sobre el origen de la euforia.
Un hecho inexplicable hoy me hizo sentir euforia, una euforia que ando sintiendo últimamente mucho más seguido que en los últimos meses. La euforia es un síntoma del síndrome maníaco depresivo y suelen encerrar gente cautelarmente al sentir euforia seguida de un bajón largo y sostenido. No es mi caso. Si estoy navegando viento en popa y de repente se presentan estos arranques, la cosa no me parece anormal: más antes intento preguntarme por qué no podría sentirme así todo el tiempo.
El otro día leí un libro de Miguel de Unamuno, que se llamaba Niebla. Su romántico protagonista Augusto Pérez, profundamente enamorado de su amada no correspondida, daba largas caminatas pensando tan apasionadamente en ella que ni siquiera reparaba en su presencia cuando de casualidad chocaba con ella por la calle.
El hecho inexplicable que me indujo un estado de euforia sucedió en la esquina de un cartel torcido: Rondeau y Chacabuco. La esquina queda a seis cuadras de casa. Caminé las seis cuadras tan profundamente feliz que no podría haber notado jamás si una caravana de circo cerrara las calles y pusiera a caminar elefantes pintados de rojo, uno atrás de otro. O mejor. Hubiera visto con honda sorpresa los elefantes: pero me hubieran parecido (¡y a quién no!) un homenaje a mi propia felicidad, desmedida e inexplicable como el hecho que la produjo.
Empecé a sentipensar qué hacía esta euforia tan especial. Me di cuenta que no prestaba atención a nada ya: ni a las vidrieras, ni a las mujeres, ni a los baches de la vereda. Me di cuenta que el mayor estado de felicidad que pude desear en todo el día consistía en yo caminando como un autómata mirando el suelo. Tal postura no hubiera engañado a nadie. Pero yo estaba auténticamente feliz y no me importaba.

Una brevísima nota filológica sobre la euforia.
¿Qué será la euforia? ¿De dónde vendrá esa misteriosa palabra? Oír euforia es como ver un chocolate mentolado: en realidad, no basta con oír la palabra así como no basta ver el chocolate. No basta con saber que es una fuerte emoción de felicidad, así como no basta adivinar que dentro del chocolate se esconde un núcleo de fresca menta verde.
Euforia. "Eu" es bueno: lo vemos en palabras como eucalipto (lit. "lo bueno que está oculto") o evangelio ("la buena noticia", con u consonantizada). ¿Y "foria"? Me parece que "Cristóbal" era "Cristóforo", que era "Christós forós" que significa "el que lleva a Cristo"; "foria" sería "llevar" y "euforia" sería "llevar a lo bueno". Vemos qué interesante.
Euforia es un estado en el cual, por algún motivo, uno se lleva a lo bueno; ese "lo bueno" (su dignidad de sustantivo señala que es algo que tiene sustancia) es un lugar ideal, intangible, misterioso... un resquicio en la selva al que sólo se llega de casualidad y por causas accidentales y exteriores a uno mismo.
Pues está claro que uno no puede autoinducirse la euforia naturalmente; los sabios, entrenados ante todo en controlar sus emociones, han buscado menos la euforia que la tranquilidad de ánimo, un crepitar estable de la cabeza en su sitio, ni muy abajo ni muy arriba. Todos sabemos que al "llevarse" uno a un lugar que en teoría no existe, uno no puede durar demasiado allí y termina por caer rápidamente.
Sea donde sea este lugar colorido y fugaz es muy arriba. La metáfora es perfecta; nada bueno hay debajo de nuestros pies: sea la mugre de la vereda, sea el infierno cristiano. Ojo, esto no lo digo yo. Todo lo bueno y todo lo sagrado y todo lo excelso está arriba. La euforia es una de esas cosas, como el entusiasmo (entusiasmo significa "dios en uno", "dios dentro de uno"; es una rara forma de felicidad que se sostiene mucho tiempo y nos pone en movimiento para una gran cantidad de cosas).
Las frases son muchísimas. "Con el ánimo arriba", "high spirits", etc.

Una brevísima nota sobre la euforia.
Un hecho inexplicable me indujo hoy una sensación de euforia. Me quedé mirando al suelo, pensando de dónde provenía. O a dónde podría llevarme, cosa que también es un misterio. Pensé que en ningún momento tenía que oponer resistencia a la felicidad excesiva y fugaz: no era mala porque fuera excesiva, ni era mala porque fuera fugaz. No había ninguna razón sostenible para ser menos feliz; aunque hubiera querido entender de dónde venía toda esa felicidad conjunta.
"Foria". ¿A dónde me llevaba? A algún lugar alto.
¿Y qué había en ese lugar alto? "Eu". En ese lugar alto había algo bueno. ¿Y qué es eso que es tan bueno? Algo vago, colorido, fugaz, excesivo pero de serena completitud, autoreferencial, necesario, injustificado y simple que me hacía feliz sin culpa alguna.
Me sentí un santo. Un santo es un elegido. Esto no es académico; lo aprendí en la primaria. Un santo es un elegido que ha sido elegido por alguien para hacer algo, una misión misteriosa que llena el alma, una especie de fuego interno que quiere salir disparado, y para no elegir un lado en especial dispara para todos lados envolviéndonos, quemándonos y haciéndonos surgir de nuevo.
Un santo es un ser especial. Ser santo por un tiempo cortito, es permitirse ser especial por un tiempo cortito. Eso es la euforia. Conspicuo saberse santo; estar parado en la catedral y brillar espontáneamente para que todos contemplen la sonrisa.
Su contraparte es la infelicidad. La infelicidad comienza con la sospecha muy racional de que uno no merece ser feliz.
Es el agua que ahoga la hoguera.

2 comentarios:

  1. Tiene similitud con mariposas en la panza o es una apreciación muy banal de mi parte? Es una broma,inteligente bloguero.Siga escribiendo que, desde que lo leí por primera vez, espero ansiosa sus post... ¡Abrazo! ;)

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    1. Toda la relación del mundo. Y un gustazo tenerla de visita por acá, pero eso ya lo sabe. Otro abrazo!

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