29.6.13

Introducción a la figura de Enrique Symns

A propósito de Alonso, él me contaba sobre las cartas del Tarot. Son 23 (creo) y cada una tiene un valor distinto, pero sólo pude retener cuatro o cinco valores. Por convención (creo) "El Loco" (le mat) se ubica al principio de la baraja. Es la única carta que no tiene número; es la carta que abre el ciclo. No sé mucho sobre el tarot, ni sé mucho sobre esta carta. Jodorowsky la resume con la siguiente frase: "todos los caminos son mi camino".
Según creo entender, la sucesión de arcanos del tarot es una forma de ver un ciclo en la vida, sea cual sea. Cada carta tiene su propia personalidad y sus propios rasgos, que son identificables de algún modo con nuestros propios rasgos frente a una situación determinada (por ejemplo, "en la vida amorosa" podés estar frente a un "quiebre muy grande" -representado por la carta número XIII-). Arriesgo una opinión un poquito más peligrosa: la sucesión de cartas es también una representación más o menos lógica de nuestras actitudes frente a la vida. Y todavía más: el ciclo no termina; uno llega al último arcano (que simboliza la perfección y la completitud) y vuelve al primero, al Loco, representado por Jodorowsky como un barbudo que despierta de un desmayo desnudo, embarrado y lleno de abejas, con niños burlándose a su alrededor.
Éste es el loco. El que no tiene nada y por lo tanto todos los caminos son su camino. Me dicen continuamente que los 20 años son una etapa importante, e incluso me siento un poco intimidado por esos compañeros de la secundaria que ya tienen su propia concesionaria (del mismo modo que en la secundaria me sentía intimidado porque tenían su primera novia). El término "precoz" me parece muy envidioso, pero yo no creo que a los 20 nadie esté obligado a ser algo muy importante, si es que esa obligación existe para algún momento de la vida. Ser alguien. Aunque esté acá "estudiando" (elegir una carrera universitaria es decisión muy sobrevalorada por los tutores de la orientación vocacional), fácilmente puedo ver que todos los caminos todavía son mi camino. Es sábado a la noche; ya terminó la previa pero puedo todavía colarme en cualquier fiesta y ver qué pasa. Siempre voy a ser el boludo que llegó tarde, pero si siento que esa fiesta es la mía, también voy a ser el amo de la noche.

Estoy leyendo sobre un periodista llamado Enrique Symns que nunca sentí nombrar antes. Escribo sobre él para sentir que no tengo que rendirle cuentas a nadie; ya me cansé de esa gente que te dice (parece mentira pero existe) "¿todavía no escuchaste sobre Enrique, careta?". (Lo dicen llamándolo por el nombre de pila, como si fuera familiar suyo). A pesar de que la pista sobre este tal Enrique Symns recién llega a mí, ahora entiendo que era cuestión de tiempo. No puedo decir que estuviera metido en el tema, pero conozco a la mayoría de los tipos que influenciaron a Enrique Symns e incluso compré (gesto más noble que leer) libros de estos tipos. El último de ellos, Hunter S. Thompson, es un periodista norteamericano que también conocí de casualidad el otro día, gracias a una revista que encontré en mi casa y que nunca había leído.
No quiero obligar al lector a leerse una biografía de Enrique Symns en Wikipedia, pero tengo miedo de que mi descripción sea insuficiente. Básicamente es un periodista gonzo (este es un subgénero del periodismo que tiene características muy particulares), digamos el periodista gonzo más alabado de la Argentina. Su debut fue en los '80 y sigue vivo y coleando, escribiendo para publicaciones como Orsai, Crítica y THC. Es un personaje muy querido, un mito viviente, por así decirlo, allá en Buenos Aires. Esta distancia geográfica es muy importante: si no existiera Internet, ahora mismo estaría gastando 100 pesos si pudiera encontrar algo sobre Enrique Symns en las calles de Córdoba, posibilidad que se me aparece como difícil y que Enrique Symns (ya lo leí) no aprobaría.
La fascinación por este estilo (más que por la figura de este tal Enrique Symns) es nueva y contundente, y capaz la abandone en tres semanas. Pero las pistas que me llevaron al periodismo gonzo, y la posibilidad (gloriosa) de definir un estilo de escritura con este nombre, causan esta fascinación que no puedo dejar de lado. Toda mi vida me sentí un principiante; intenté negarlo muchas veces, haciéndome pasar un mal rato tratando de esconder mi ignorancia sobre los temas más tontos; estoy listo para declararme abiertamente un ignorante y seguir, con la conciencia tranquila, leyendo sobre Enrique Symns y su obra. El loco no merece ni busca aprobación: me duele entenderlo recién ahora, pero no es demasiado tarde para empezar a vivir con esta tranquilidad.
Es probable que el lector de este blog, si los hay, no conozca la figura de Enrique Symns; es igualmente probable que sí. En cualquiera de los dos casos me gustaría transcribir acá el fragmento inicial de un artículo suyo titulado "La pasión siniestra". Menos por admiración de su prosa que como ejemplo de algo que merece la pena ser conocido, entre el hastío de lo llamado "cultura popular", que muchas veces (marginal y no) termina siendo más de lo mismo.
Confróntese con lo expuesto en esta entrada, si es que expliqué bien mi posición en este momento.
La destreza de los seres humanos consiste en hacer evaluaciones correctas de sus observaciones y experiencias, modelar unos expertos modales que logran desencantar el bosque de los acontecimientos; les pone nombres a las misteriosas sombras que los acosan y con ello domestican el misterio hasta su fin; la mente prisionera de un misterio que es ella misma, se despierta en una clase de geometría y el mundo aparece iluminado por las matemáticas precisas de la eficacia. 
Cada vez que un hombre intenta beber el elixir del éxtasis saciando la sed angustiante que le provoca saber, o cada vez que intenta fugarse de esa trampa continua que lo mantiene atrapado en los pequeños casilleros del tiempo y del espacio, o cada vez que descubre que la piel de su yo limítrofe se incendia cuando el fuego del amor lo provoca para que salte sobre el obstáculo que es su propia presencia y se funda con otra alma; siempre y cada vez se comportará como en un pequeño e insignificante ejercicio de teatro, será un actor indeciso balbuceando incoherencias, un comerciante traficando caricias bajo la mesa de las negociaciones, un enterrador de promesas que aprendió a sonreír mientras cava la tumba de sus aventuras.

26.6.13

Entrada de medio pelo sobre un viaje de pelo completo

Ya aclaré que no tengo vocación de guía turístico, pero quizás sí tengo de viajero de medio pelo. No viajo para conocer otras culturas (nunca he ido tan lejos) ni para conocer nuevos paisajes (solamente); muchísimas veces viajo sólo para contar kilómetros y ver qué pasa en el medio, que casi siempre es algo inesperado. Un pueblo en la ruta es un placer aislado que se hace esperar tanto tiempo que cuando llega lo recibo con los brazos abiertos, sea el pueblo que sea.
Hoy ordenaba mi biblioteca y encontré dos mapas del último viaje importante que hice. Uno de ellos corresponde a la ciudad de Cruz del Eje, el otro es de la ciudad de San Juan. Las dos ciudades tienen su encanto. A San Juan me une una especie de lazo sentimental fuerte y estable; a Cruz del Eje me une la necesidad de pasar por ahí para ir a San Juan, obligación me guste o no.
Un río moribundo atraviesa Cruz del Eje. Interrumpiendo el suelo cobrizo la ribera está bañada por un verde sorpresivo que se borra más rápido de lo que uno esperaría. Cuando bajé en ese pueblo, después de haber pagado un pasaje a Cosquín (pequeña pero fatal trampa nuestra, que éramos mochileros sin dinero) lo primero que sospeché era que estaba en un lugar muy especial: un reducto en el siglo pasado, como a mí me gusta, pero también un paraíso perdido en el desierto. Las casas en ese pueblo son coloniales y la gente te mira raro, sobre todo si uno anda con los anteojos de sol de rigor. Se entiende que Cruz del Eje no tenga demasiado turismo; no se entiende que no se hayan escrito poemas sobre su belleza, o que estos no sean mundialmente aclamados.
Imagino que allá todos los días son domingo, pero cometí la gravedad de caer ahí un domingo. El aire era puro y el cielo era azul. La geografía nos enseña que los cielos más azules son los más secos. Nunca vi cielos tan azules como en el oeste. También estudié la llamada Franja Árida. En el mapa de la Argentina podemos marcar una gruesa línea color marrón en la cual crecen unas briznas pobres sobre unas colinas dudosas color muerte. Cruz del Eje estaría muy cerca del centro de la franja infame. El viajante conoce el efecto que las briznas pobres tienen sobre las zapatillas: un color arena constante, un vuelo de polvo, un viento que fulmina.
El silencio en Cruz del Eje es total sobre el puente de madera colgante que pende sobre el río transparente. En su orilla hay piedras y basura. Sobre el puente se aprecia la copa de un sauce a la altura de nuestra nariz y los pasamanos están llenos de inscripciones con pintura blanca.

El viaje a San Juan lo hice el mes pasado con un gran amigo y siempre quise escribir sobre él, pero nunca me animé o nunca pude. No voy a hacerlo ahora. Escribo esta entrada más que nada por aburrimiento; Cruz del Eje es una ciudad aburrida, y vale acordarme de ella cuando estoy aburrido. En las afueras de la ciudad esperamos pacientemente haciendo dedo para que nos levante un policía; segundos antes de la corrida, con las incómodas valijas encima y con blues puesto en el celular (el estrafalario estímulo para la espera desesperada), estaba escribiendo algo que quiero tímidamente compartir acá.
Las cosas escritas en hojas y papel tienen otro tono, un poco más apurado y por lo mismo más conciso. El esfuerzo que tengo que hacer para escribir un texto largo es más del que quisiera; creo que no soy el único al que le pasa esto.
Por igual motivo, la concentración para escribir palabritas en papel es mayor y menos rentable. Escribía pensando en todo el oeste que conozco de cuatro viajes. El tedio no salta a la vista, pero está.

occidente. casita esporádica, abedul. montaña clara y cielo azul profundo. si conoceré de memoria tus raras vueltas, olor a otro mar, el algo de eso había, me encariño con sus ojos. me duermo en sus calles. lamo un poco la nieve. adivino la trayectoria. 141, 79, 40, 38. uno allá, uno acá... pulgar levantado para siempre; cardumen visible en la temprana transparencia del Limay, cardón helado, acequia vacía, silencio hermético, calor y frío. el sol se pone más tarde, pero se ve salir antes reflejado en las laderas del Aconcagua.

23.6.13

Arnold y la vocación

Puedo esconder muchas cosas, pero nunca podré esconder el hecho de haber nacido a principios de los '90; en parte porque está en mi cédula y no podría ir a mentir al Registro Civil; en parte porque mis nostalgias datan más que nada de esa época. El memorioso lector argentino recordará que el principio de la década de 2000 no es precisamente digno de nostalgia.
Aparte de afectos, la infancia me dio infantiles curiosidades. Por causas ajenas a mí, mi infancia hubiera sido feliz en cualquier época (no sé si en cualquier lugar también), pero yo hubiera terminado siendo una persona muy distinta si hubiera tenido 8 años en 1999 en vez de 6. De alguna forma, esta etapa de mi vida también está rigurosamente coordinada por un guionista ebrio para hacerme la persona que soy hoy.
Yo miraba Nickelodeon todo el día. Mirar Cartoon Network me parecía una traición; Fox Kids era un anhelo inalcanzable porque Multicanal no lo emitía. Los otros canales no me resultaban interesantes. Está muy de moda en las charlas de amigos rememorar uno por uno esos dibujitos noventosos y desear fervientemente que vuelvan: no voy a hacer eso acá ni en ningún lado. Hay uno que lo siguen pasando a la madrugada, cuando los programadores de Nickelodeon se aburren de las telenovelas adolescentes: Oye Arnold. El otro día lo estaba viendo y pensaba que es un programa, si Foucault me deja llamarlo así, muy realista. Opuestamente al surrealismo descarado de Rocko o Catdog, no había animales parlantes y la trama era perfectamente verosímil. El programa ponía en escena caracteres muy reales (Arnold el conciliador, Helga la enamorada idealizante, etc) y sus acciones tenían mucha coherencia psicológica, por lo menos en las primeras temporadas. Sigue siendo el dibujito más lúcido que vi; en realidad no buscaba ansiosamente ser satírico o gracioso, y por lo general las situaciones se resolvían sobre todo debido a la buena voluntad de los personajes. Esto me gustó mucho y me sigue gustando; rechazo inconscientemente el humor rebuscado de muchos programas de hoy y de entonces (y no sólo dibujitos) y admiro de la televisión que, al contrario de lo que se usa, deje al televidente pensar sus propias conclusiones.

Cuento esto para contar sólo una de ellas, y no la más importante. Me agarro de un pequeñísimo episodio, a riesgo de abusar del tiempo del lector: creo que acá podría tener una entrada terminada, sin necesidad de darle la vuelta de tuerca que estoy por darle ahora.
En un episodio de no sé qué temporada el "mafioso" de la escuela pública 118 somete a extorsión a un personaje, creo que Syd, y Arnold salta en su defensa. En una entrevista en la oscura sede del niño-mafia, un (no podía ser de otra forma) enano vestido de azul custodiado constantemente por matones, Arnold conversa el conflicto y lo resuelve. Esta comparecencia, por lejos el momento de más tensión del capítulo, siempre me hizo pensar. Hace mucho que no veo el capítulo, pero me pasa como me pasa con más cosas de las que quisiera, me quedó grabado como en VHS.
El monólogo del Arnold mediador y flemático frente al poderoso mafioso enano vestido de azul era, como les gusta decir a los académicos, de una "retórica impecable". Esto es celebrado por el televidente, pero también por el mafioso. Y bajándose de su escritorio dijo la frase que quiero rescatar ahora: "bien, Arnold, bien. Me gustas. Eliges bien las palabras que dices".

"Eliges bien las palabras que dices". ¡Qué belleza de halago!
"Arnold, eres misteriosamente capaz de abrir un enorme diccionario en tu cabeza y, como un suspicaz detective, encontrar la justa combinación de sustantivos, adjetivos y verbos que, dichos en el estilo y en el momento apropiados, me convencerán a mí de dejar en paz a tu amigo y considerar la posibilidad de un arreglo pacífico".
Poder que le puede al poderoso. "Convencer" sería la palabra. Por lo visto esto es algo que me impresionó desde siempre: por algo recuerdo este episodio.
No quiero extenderme. Hoy consideré la posibilidad de terminar mi carrera (Letras) y estudiar otra. En esta otra que tengo en mente, el lenguaje deja de ser un tejido estático sometido a análisis, por más crítico que sea; y pasa a ser una fuerza de interacción activa, un proceso de creación, si se quiere; una instancia multitudinaria, "social", como el periodismo. No me sorprende ni podrá sorprenderme nunca: Letras y esta otra carrera, cuyas pistas espero haber dado al lector para que adivine (esto es, eligiendo bien las palabras), son dos caras de la misma moneda. Hoy lo vislumbré de lejos y en tres años espero poder confirmar esta corazonada. Letras me enseñará a pesar las palabras; espero aprender también cómo comerciar con ellas (si la analogía no es aberrante para los orgullosos letrados): cómo elegirlas y cómo, habiéndolas conocido, sacarlas de la torre de marfil y llevarlas al exterior, presentarlas al público o sentarlas frente al mafioso enano. En fin, con la esperanza de generar algún cambio, porque su poder se adivina para cualquiera. Proyecto: habiendo empezado a plantar tomates en mi patio por puro gusto, darme cuenta de que los tomates son buenos para el mundo, y empezar a ver qué puedo hacer con ellos.

20.6.13

Nobunaga

Un gran guerrero japonés llamado Nobunaga decidió atacar al enemigo pese a tener solo una décima parte de los hombres de que disponía este. El sabía que la victoria seria suya, pero sus soldados dudaban.
De camino, hicieron una parada en una ermita Shinto, y dijo a sus hombres: "Después de visitar el altar, lanzaré una moneda. Si sale cara, ganaremos. Si sale cruz, perderemos. El destino nos tiene en su mano."
Nobunaga entró al altar y ofreció una silenciosa plegaria. Después salió y lanzó una moneda al aire delante de sus hombres. Salió cara. Sus hombres tenían tantas ganas de luchar que ganaron la batalla fácilmente.
"Nadie puede cambiar el destino.", le dijo su ayudante después de la batalla.
"Desde luego que no.", dijo Nobunaga, mostrándole una moneda trucada, que tenía la cara a ambos lados.

18.6.13

4. Conócete a ti mismo

El personaje es un signo; cada vez que uno lee una obra literaria y hay alguien que hace algo, ese alguien es un signo: ese alguien remite a otra cosa: esa otra cosa es identificable, probablemente de varias formas, y eso es lo que hace la obra en sí polisémica. Esto es algo que aprendí hace poco, y me preocupa mucho.
La asociación quizás sea ilegitima, pero esta vida no me deja de parecer una obra de comedia escrita por un guionista ebrio. Eso me haría a mí personaje de esta obra, probablemente "antihéroe" (ser antihéroe es algo que está muy de moda) y por lo tanto me haría personaje-signo: yo mismo remitiría a otras cosas que un lector empírico, en algún otro planeta, ve y de lo cual extrae conclusiones. Así como tenemos motivaciones, exploradas rigurosamente por el psicoanálisis, también nuestras acciones significan algo, digamos a posteriori.
Una autoridad en semiótica dijo que es semiótico todo aquello que significa, y después otro le contradijo: "no, esperá", le dijo, "el mundo mismo es un texto". Yo adhiero a esto último. Si el mundo es un texto, eso significa que hay algo en él que significa y que es digno de ser estudiado, como efectivamente fue. "El hecho más incomprensible del mundo, es que éste es comprensible", dijo Albert Einstein. Las conclusiones salen a la vista como flor de loto en la bosta. Si yo soy parte de este mundo, y este mundo es una serie de signos comprensibles, yo mismo debo ser un signo (más o menos complejo, no importa) y por lo tanto mis acciones deben significar algo. Probablemente este es el principio que funda las autobiografías, que eliminan complejidades de la persona a fin de hacer su historia relatable; en la realidad, las cosas no pueden ser tan sencillas.
En mi caería la responsabilidad, entonces, de hacer una especie de "semiosis interior" y, aunque no tengo para nada interiorizadas las categorías de esta disciplina (porque soy peor que un no-iniciado: soy de aquellos que han leído sobre el tema y no entendieron casi nada). Es pensable que un examen fiel a mí mismo, teniendo en cuenta estos hechos, traería a la luz verdades que yo mismo desconozco todavía, pero que están latentes. Mi tesis de licenciatura podría ser yo mismo. Y la claridad de un "yo", instancia variable pero a la vez estable, se ve en el pasado pero se proyecta hacia el futuro.
"Conócete a ti mismo", dicen los zen. Pero el método es un camino indeterminado, largo y ventoso.

14.6.13

Un casual crayón azul

(No puedo dejar pasar esta anécdota para alguien que, tengo la sensación, lee esto desde algún lugar pero por cuestione personales no puede comentar. Pero de que lee, lee. Se dará cuenta pronto de qué hablo, y por qué.)

Hace dos o tres semanas encontramos por la calle un sillón usado y viejo que habían tirado inocentemente a la basura, esas raras costumbres de ciudad. Venía caminando con un amigo, y estábamos a 30 metros de llegar a lo de otro amigo. No quiero dar nombres (esto no es un cuento) así que voy a tratar de no complicar demasiado la cosa. Cuando vimos el sillón junto a un basurero, tirado ahí a propósito junto a la cuneta (¡quién pudiera!) no pudimos evitar mirarnos entre los dos con complicidad, levantarlo, evaluarlo, instalarlo en el medio de la vereda y notar que, a pesar de que no tenía cojín en el respaldo, era súper cómodo. No dudamos demasiado en cargarlo entre los dos y llevarlo a un lugar seguro; a duras penas lo metimos en el ascensor de este tercer amigo, y ahí en su casa está desde entonces, frente al televisor del living. Lo bautizamos conjuntamente como Rigoberto Teodoro (Teodoro en griego significa "regalo de Dios").
El sillón en sí es una mierda y si no fuera porque la chatarra está estéticamente revalorizada, también sería feo. Pero es una incógnita con patas de palo, un misterio forrado con cuerina bordó. ¿De dónde habrá venido? ¿Por qué estará tan roto? En vano intentamos jugar a Sherlock, tratando de identificar que tal marca en el respaldo era de un perro, tal otra obra de un niño violento... lo único que parece cierto es que su dueño se cansó de remendarlo y lo tiró a la calle, para que lo levante algún peatón atento en un extraño impulso de peatón atento, y lo use para su propio bricolage. Está pobremente tapizado por todos lados con cinta de embalar marrón, y muestra más resignación que dedicación fervorosa.

¿En serio? ¿Contar la historia de un sillón? ¿Usar una entrada para contar la historia de cómo encontré un sillón en la calle hace tres semanas? ¿Abusar así del tiempo de un lector inocente? En realidad lo sorpresivo no es que cuente la historia del sillón, sino que sea una historia tan vieja. Esas cosas se cuentan en el momento, o resulta irrelevante contarlas. Sin embargo, esta madrugada pasó algo más. Estábamos en la casa de mi amigo, y yo estaba comiendo un criollo, y tiré al aire un pedacito un poco grande para tratar de agarrarlo con la boca, y el pedacito rebotó y cayó entre el asiento y el respaldo del sillón (a ese vacío misterioso de los sillones a donde van a parar las cosas que nunca se recuperan). Los buenos modales me invitaron a meter la mano para no dejar el criollo a merced de las ratas. Y cuando la saqué, tenía no un pedazo sucio de criollo mal masticado sino un crayón color azul, nuevito, marca Jovi, como esos que uno sabe usar sólo en la primaria.
Me quedé mirando el crayón misterioso que había estado debajo del sillón. Teodoro me había hecho un regalo; ironía dentro de una ironía: un horrible regalo de los dioses me regalaba un crayón nuevito. Me quedé mirándolo unos segundos más, antes de atinar a estar feliz o intrigado. Un crayón azul salido de la nada.

Ahora bien. Sé que por ahí leés esto, donde sea que estés (yo no sé si allá llega la conexión a Internet, pero probablemente sí, y tengo una vaga sospecha de que si llega vas a querer visitar cada tanto este blog dedicado a vos de principio a fin). Vos sabés mejor que yo que cuando te confinaron en un hospital en Chicago lo único que tenías para escribir era un crayón azul, y con él marcabas los libros, uno de los cuales está ahora en la biblioteca de mi pieza, con líneas azules junto los poemas más simples y una dedicatoria tuya con tu rara forma de garabatear las es. Te encariñaste tanto con ese crayón azul que le pusiste nombre, y ese nombre le pusiste a tu blog, y de ese blog hiciste algo así como "espacio de tus cobardías", y de repente los crayones azules pasaron a representar tu persona en su integridad: el instrumento más ingenuo que puede tener una persona para escribir los versos más hermosos sobre una servilleta arrugada, y además en azul que es un color tan lindo. Y hete aquí que hoy, estresado a más no poder por un parcial inútil ("tenés prohibido defraudarme" me dijiste una vez hace un año) meto la mano en un sillón sucio que levanté de la calle en un arranque de sensibilidad bohemia y saco limpito un crayón azul, como si estuviera hecho para mí; y pienso ahora sin exagerar: hubiera sido lo más idiota del mundo que otro lo hubiera encontrado. Demás está decir que lo voy a usar y mucho, y lo tengo ahora guardado en mi mochila quién sabe para cuándo. O quizás ni lo use. Me acuerdo que siempre me pareció una estupidez confiar en esas misteriosas fuerzas que están más allá de uno, y esto puede ser nada más que un crayón azul, pero hoy me pareció algo así como un saludo de lejos. Un crayón abrazo. Y pienso: si somos héroes de una grotesca comedia escrita por un guionista imbécil, en la cual la única consigna es reír "para no perder los días" (como dice Chaplin), trato de comprender, yo que soy tan limitado en estas cosas de la vida, la función que cumple un crayón azul que, salido de un sillón, fue a parar a mi mano. Así. Como quien no quiere la cosa.

10.6.13

Corrientes, qué viejos estamos...

Hoy fue un día soleado y tranquilo, un domingo como cualquiera. Hicieron los 22 grados de rigor que Córdoba ofrece en esta época, y ya no soy un desprevenido: no va a llover hasta después de agosto, que trae los vientos que tumban chapas y carteles; y recién en octubre llegará la primera tormenta fuerte.
No me puede sorprender haber visto una foto de Corrientes lluviosa y también tranquila, con esa tranquilidad dominguera (¡que parece ser la misma en todos lados!), y que me haya llamado poderosamente la atención. Todos sabemos que las fotos no tienen sonido, pero esta foto no expresa nada más que silencio.  Un silencio de bar, un murmullito constante. La saqué de una página de Facebook especializada en transmitir informaciones sobre el clima minuto a minuto, cuya visita recomiendo. No voy a negar que este tipo de informaciones son muy poco útiles. (Generalmente, cuando llueve en Corrientes llueve a los dos días acá; esto, en esta época, ya no se cumple, y tendría que averiguar por qué y qué tan lejos tengo que viajar para vivir un domingo de lluvia y mates).
Sin embargo, trayendo a colación una justa nostalgia, sigo fervorosamente a esta página de Facebook porque me trae estas fotitos de Corrientes que, tan poco ambiciosas como son, me traen acá lo que solía ver todos los días. Son fotos que no voy a encontrar en otro lado. Googleando "Corrientes, Argentina" probablemente salga una foto del puente; el puente es una cosa imponente, tiene una belleza admirable, pero esta peatonal vacía y mojada, casi sin gente, también tiene una belleza admirable. La foto en realidad tiene como misión mostrar el cielo encapotado para que la gente atenta salga con su paraguas; a mí esto no me sirve, por más ganas que tenga de sacar un paraguas a la calle. En realidad, lo que quiero hacer es ver ese piso mojado que caminé tantas veces. Una excusa pobre pero satisfactoria, como esas misteriosas ganas de leer un libro que leíamos de niños.


Tengo que decir algo más, aunque quede desubicado, sólo para transmitir una especie de honestidad artística. Ven ahí la peatonal, y un lugareño reconocerá la peatonal recientemente inaugurada (y tan crudamente criticada) hará menos de un año.
Mis más fieles recuerdos me indican que yo vine a Córdoba hace un año y medio, cuando todas esas obras no estaban terminadas, o acaso ni siquiera proyectadas. De modo que me costó trabajo ubicar esta foto en mi esquema mental (me ayudó esa hermosa casa de techo azul, que espero que sea la de alguno de mis lectores para invitarme a conocer sus galerías). Cada vez que voy, me cuesta trabajo acostumbrarme a la idea de no caminar las mismas baldosas que siempre he caminado por ahí, porque éstas han sido removidas y reemplazadas por otras, más modernas y rain-friendly.
Este epígrafe innecesario y hostilmente conservador quiere hacerme tomar nota de que estoy un poco más viejo que antes. En otra época no me hubiera interesado en lo más mínimo la conexión que una persona pudiera tener con una baldosa de la calle; por el contrario, hubiera aplaudido la medida de repavimentar el desprolijo asfalto de la Junín, hacer una peatonal para los peatones.
Este sentimentalismo injustificado debe deberse al hecho de que estoy lejos. No se explica de otra forma, ni quiero explicarlo de otra forma. Supongo que me gusta aferrarme con garras y dientes a la imagen de una ciudad en la que viví casi toda mi vida, y que esa imagen permanezca ahí, invariable, cosa de poder volver a ser un adolescente cada vez que vuelvo a mi entorno natural.
Dejar a Corrientes fosilizada sería una proposición estúpida e innecesaria, y en realidad no tengo derecho a proponerla porque yo mismo decidí alejarme de la ciudad. Así y todo esa sensación queda ahí, como una piedra en el zapato, sin aclararse. Habría dos soluciones: fotografiar cada esquina de la ciudad antes de que sea demasiado tarde, o animarme a mirarla en los ojos y decirle: "querida, qué viejos estamos".

Nicetas

Nicetas miraba a su leonino interlocutor, apreciaba la delicadeza de sus expresiones, su contenida retórica en un griego casi literario, y se preguntaba ante qué clase de criatura estaba, capaz de usar la lengua de los palurdos cuando hablaba de paisanos y la de los reyes cuando hablaba de monarcas. ¿Tendrá un alma, se preguntaba, este personaje que sabe doblegar su propio relato para expresar almas distintas? Y si tiene almas distintas, al hablar, ¿por qué boca me dirá alguna vez la verdad?
(Baudolino, Umberto Eco) 

Cable coaxil desconectado

Los fines de semana son los horrores del estudiante que viene de lejos. Suelen ser días solitarios y silenciosos, en los cuales uno no tiene trato con nadie. Generalmente es una opción, pero a veces no: a veces se está literalmente solo, solo sin opción,  para lo cual es mejor llevarse bien con uno mismo en una silenciosa piecita llena de apuntes.
Sin embargo, este fin de semana fue la excepción. Una excepción que no sé si cayó por suerte, por fortuna, por contraste. Resulta que en ningún momento del fin de semana estuve solo. No fue un mal fin de semana, pero ahora que está naciendo la madrugada de un lunes y tengo que ponerme a reorganizar mis cosas, no me encuentro en la mejor condición: la resaca se me fue hace una hora y la cabeza me está lloviendo sin imagen, como un televisor con el coaxil desconectado.
Esta entrada es más una excusa para ponerme a estudiar. Al lector desprevenido puede parecerle una forma de evitar la responsabilidad: no lo es, a ver si me explico. Al estudiar uno se sienta frente a palabras. Y yo tengo la suerte de estudiar una carrera eminentemente teórica (las clases "prácticas" en Letras son sólo otra forma de hacer teoría, una forma mucho más aburrida, clases obligatorias por decreto porque los alumnos se aburren y se van afuera en patota a fumar un cigarrillo). Este fin de semana no traté con palabras. Casi diría que no hablé con nadie, pero pensándolo bien no puedo sostener la idea. Hablé con mucha gente. En realidad, no hablé conmigo mismo. No ejercí el deporte preferido del hombre solo, porque no estuve solo en ningún momento.
No en vano dicen que los hombres más sabios eran también los hombres más solos; para ellos la introspección es sagrada, y dicen que la introspección te hace sabio. No puedo opinar sobre esto último, pero bien quisiera haber tenido más tiempo para la introspección en estos últimos tres días. La pasé bien sin introspección. Y ahora, que ya es lunes de madrugada, y estoy efectivamente solo en mi casa y sin zapatillas (un gesto ceremonial después de un día largo), no puedo lidiar conmigo mismo. Mi cabeza sigue llenísima de ruido. Alguien puso música en mi pacífica biblioteca; el desgraciado escapó por la ventana y me dejó a mí sin saber cómo apagar el microcomponente de audio.
El estudio (responsable pero también placentero) se logra sólo en una cabeza calma, porque las cabezas calmas son las únicas que ordenan los datos. No me siento culpable de no haber tocado un libro en todo el fin de semana, porque eso era exactamente lo que necesitaba hacer: no tocar un libro. Pero ahora que el fin de semana se fue, y en los libros está mi vida, y cabe incluso decir que también mi pasión, me dejo llevar por las ganas desmedidas de tirarme boca abajo en la cómoda cama de dos plazas; ganas que no me llevan a nada bueno.
Quise escribir esta entrada en bruto para ver qué me salía. Intenté empezarla seis veces de maneras distintas. No hay absolutamente nada que pueda decir sobre absolutamente nada, porque este fin de semana hice de todo menos pensar. Pero este blog no es una bitácora de viaje, aunque eso signifique precisamente la palabra blog (quiero reservarme la dignidad de la rebeldía). No estoy acá para contar hechos. Los hechos se viven, y ya está, capítulo cerrado. Lo que podamos escribir sobre un hecho vivido no es más que la impresión que nos dejó: describir las líneas curvas que deja la ola en la arena mojada, porque el golpe de la ola es inefable.
Me alegraría poder haber escrito un texto coherente con lo distraído que estoy, pero no tengo energía para releer lo que hice. Esta entrada va a funcionar como un prólogo a la que sigue, que será, con suerte, mucho más organizada. Porque, al fin y al cabo, sí hay un pequeño hecho que me gustaría contar, y me gustaría (porque es un hecho lindo) que se entienda.
En fin. Esto ha sido ¿un simulacro?; quizás es tarde para advertir al lector bien intencionado, pero ignórese lo que aquí se dijo.

5.6.13

La vecina orilla, pt. 2

La (para nada obligatoria) primera parte de esta entrada se encuentra aquí.
No suelo recomendar cuentos desde que la cátedra de Teoría Literaria nos forzó a encontrar sentidos ocultos en todos ellos.
De repente un sencillo cuento sobre la muerte de Urquiza se convierte en una complicadísima estructura donde "se entrecruzan ejes de sentido", "entran en juego tensiones", y no sé cuántas frases hechas que parecen sacadas de bomboncitos Fel-Fort. Como todo en esta vida, es mejor si uno entiende de qué carajo se habla. Pero de que le cargo el asco; sí, un poco, todavía, por lo menos hasta que rinda el segundo parcial y tenga todo más claro, las tensiones depuradas, los cabos atados, todo. Mientras tanto, me dará pavor seguir leyendo cuentos cortos.
Este cuento es la excepción, porque no me une a él interés científico de ninguna clase (me arriesgo a pensar que estas profesoras nunca analizan sus cuentos favoritos, sino quizás los que más odian) sino un fuerte arraigo sentimental. Es que hace muchos años que es mi cuento favorito, y probablemente lo sigue siendo.
Mi tía me había prestado un libro gordo y blanco con una fotito de Mario Benedetti en seis colores, que creo que se llama "Cuentos completos". Como el libro es gordo, uno asume que ahí están todos sus cuentos, o la mayoría. Está dividido en cuatro o cinco partes. Yo siempre me inclinaba por los cuentos más cortos, porque me parecían los más intensos. Muchos tenían cifrado un mensaje político que yo no alcanzaba a entender con mis 13 años, pero no desesperaba: miraba a mi tía, militando en un partido anti-radical y escuchando Bersuit Vergarabat, y pensaba que ya me llegaría mi hora, bastaría sólo con poseer una libreta universitaria. Hoy estoy más cerca de eso que nunca, y me asusta cómo pasa el tiempo. Por ende, si releyera esos cuentos (ya no tengo el libro en mis manos) podría entender algo más; por lo menos, si mencionan la palabra "bolchevique".
Sin embargo, "La vecina orilla" es bien distinto. Cabe destacar que, a pesar de que me gustaban los cuentos cortos, éste es el cuento más largo del volumen. Incluso había quien lo catalogaba como una novela corta, al estilo "Informe sobre ciegos", pero como dije es bien distinto. Tiene su cosa política (narra hechos ocurridos en plena dictadura) pero, de alguna u otra forma, desborda lo simplemente político. O eso es lo que quiero creer sin fundamento teórico alguno.
El cuento se trata sobre un joven espigado que, a muy temprana edad, vuela del aeropuerto de Montevideo para ir a vivir, solo, en una cochambrosa pensión de Buenos Aires. Se va escapando de la dictadura uruguaya, y llega a un Buenos Aires convulsionado y setentoso: los tiroteos suenan todos los días en Santa Fe y Talcahuano, y la policía persigue a los orientales constantemente, de manera que su exilio es otra forma de jugar a las escondidas en un terreno totalmente nuevo.
No puedo dar detalles del cuento sin que suene terriblemente político, pero ya les digo que a los 13 años no tomaba partido por nada, incluso menos que hoy, que estoy rebosante de dudas. No habrá sido eso lo que cautivó mi atención, y hoy me lo confirmo: cuando releí el cuento al llegar a Córdoba, hace ya un año, para una "residencia permanente" (todos sabemos que nunca es tan así) releí el cuento y puede ser que se me haya escapado un lagrimón. En parte por lo que significaba el cuento, y cómo varió este significado (a los 13 me prometí leerlo al menos una vez por año, y generalmente eran dos o tres, especialmente cuando se acercaba un viaje a Buenos Aires).
Recién estaba leyendo un par de entradas viejas y sentí más o menos lo mismo que siento cuando releo este cuento: las memorias de un advenedizo que descubre todo en una ciudad nueva (y lo que es más importante aún: por su cuenta) y describe los más tontos detalles de manera fogosa y apasionada. La pasión embellece las descripciones. Así fue en el siglo XIX, cómo diablos no va a ser así hoy mismo. Cuando se es un joven espigado que (por fin) se aleja de (el yugo de) sus padres, y se le impone la fatal tarea de conocer la ciudad nueva, uno no se demora ni un minuto; sin desarmar la valija saca el abrigo que esté más a mano, y sale a caminar hasta que se haga de noche, y tantea la avenida segura para volver, descansar y continuar la marcha el día siguiente.
No confío en la gente que no encuentra placer en esto; ni confío del todo en el "amo mi ciudad" de la gente que jamás hizo esto en otra parte. De tanto caminar uno se da cuenta de que las cosas en realidad son bien distintas si se las mira con atención, y más que acostumbrarse, el cuerpo (por algún impulso natural) se termina enamorando también de esas otras ciudades. No sé si ése es el fin del patriotismo, pero se le parece.

En fin. Esta entrada es porque tengo nostalgia de lo que era yo, un Cristóbal suelto en una ciudad extranjera, como la primera persona que la descubre. El año y medio que he pasado aquí me ha oxidado bastante los engranajes y ahora miro a los cordobeses con más desconfianza que interés intelectual. Eso es una lástima, pero no puedo evitar sentirme así. El dolor es el mismo que cualquiera: "lamento no poder ser niño por siempre, tan simple y tan puro". Supongo que con los meses sobrevienen también los prejuicios.
Sea como sea, espero que mi corta y necia crítica haya sembrado la curiosidad en el lector para pispear el excelente relato de don Benedetti. No es demasiado largo, no le tomará más de una hora, y valdrá la pena.

(Qué le vamos a hacer. Después de tirar currículums en librerías, tuve que acostumbrarme al mecanismo. No hay mejor argumento para vender un libro que: "se lee rápido". Somos hombres posmodernos. No hay tu tía, diría Cortázar con justa razón, y poco compromiso revolucionario.)

3.6.13

3. Euforia

Una brevísima nota sobre el origen de la euforia.
Un hecho inexplicable hoy me hizo sentir euforia, una euforia que ando sintiendo últimamente mucho más seguido que en los últimos meses. La euforia es un síntoma del síndrome maníaco depresivo y suelen encerrar gente cautelarmente al sentir euforia seguida de un bajón largo y sostenido. No es mi caso. Si estoy navegando viento en popa y de repente se presentan estos arranques, la cosa no me parece anormal: más antes intento preguntarme por qué no podría sentirme así todo el tiempo.
El otro día leí un libro de Miguel de Unamuno, que se llamaba Niebla. Su romántico protagonista Augusto Pérez, profundamente enamorado de su amada no correspondida, daba largas caminatas pensando tan apasionadamente en ella que ni siquiera reparaba en su presencia cuando de casualidad chocaba con ella por la calle.
El hecho inexplicable que me indujo un estado de euforia sucedió en la esquina de un cartel torcido: Rondeau y Chacabuco. La esquina queda a seis cuadras de casa. Caminé las seis cuadras tan profundamente feliz que no podría haber notado jamás si una caravana de circo cerrara las calles y pusiera a caminar elefantes pintados de rojo, uno atrás de otro. O mejor. Hubiera visto con honda sorpresa los elefantes: pero me hubieran parecido (¡y a quién no!) un homenaje a mi propia felicidad, desmedida e inexplicable como el hecho que la produjo.
Empecé a sentipensar qué hacía esta euforia tan especial. Me di cuenta que no prestaba atención a nada ya: ni a las vidrieras, ni a las mujeres, ni a los baches de la vereda. Me di cuenta que el mayor estado de felicidad que pude desear en todo el día consistía en yo caminando como un autómata mirando el suelo. Tal postura no hubiera engañado a nadie. Pero yo estaba auténticamente feliz y no me importaba.

Una brevísima nota filológica sobre la euforia.
¿Qué será la euforia? ¿De dónde vendrá esa misteriosa palabra? Oír euforia es como ver un chocolate mentolado: en realidad, no basta con oír la palabra así como no basta ver el chocolate. No basta con saber que es una fuerte emoción de felicidad, así como no basta adivinar que dentro del chocolate se esconde un núcleo de fresca menta verde.
Euforia. "Eu" es bueno: lo vemos en palabras como eucalipto (lit. "lo bueno que está oculto") o evangelio ("la buena noticia", con u consonantizada). ¿Y "foria"? Me parece que "Cristóbal" era "Cristóforo", que era "Christós forós" que significa "el que lleva a Cristo"; "foria" sería "llevar" y "euforia" sería "llevar a lo bueno". Vemos qué interesante.
Euforia es un estado en el cual, por algún motivo, uno se lleva a lo bueno; ese "lo bueno" (su dignidad de sustantivo señala que es algo que tiene sustancia) es un lugar ideal, intangible, misterioso... un resquicio en la selva al que sólo se llega de casualidad y por causas accidentales y exteriores a uno mismo.
Pues está claro que uno no puede autoinducirse la euforia naturalmente; los sabios, entrenados ante todo en controlar sus emociones, han buscado menos la euforia que la tranquilidad de ánimo, un crepitar estable de la cabeza en su sitio, ni muy abajo ni muy arriba. Todos sabemos que al "llevarse" uno a un lugar que en teoría no existe, uno no puede durar demasiado allí y termina por caer rápidamente.
Sea donde sea este lugar colorido y fugaz es muy arriba. La metáfora es perfecta; nada bueno hay debajo de nuestros pies: sea la mugre de la vereda, sea el infierno cristiano. Ojo, esto no lo digo yo. Todo lo bueno y todo lo sagrado y todo lo excelso está arriba. La euforia es una de esas cosas, como el entusiasmo (entusiasmo significa "dios en uno", "dios dentro de uno"; es una rara forma de felicidad que se sostiene mucho tiempo y nos pone en movimiento para una gran cantidad de cosas).
Las frases son muchísimas. "Con el ánimo arriba", "high spirits", etc.

Una brevísima nota sobre la euforia.
Un hecho inexplicable me indujo hoy una sensación de euforia. Me quedé mirando al suelo, pensando de dónde provenía. O a dónde podría llevarme, cosa que también es un misterio. Pensé que en ningún momento tenía que oponer resistencia a la felicidad excesiva y fugaz: no era mala porque fuera excesiva, ni era mala porque fuera fugaz. No había ninguna razón sostenible para ser menos feliz; aunque hubiera querido entender de dónde venía toda esa felicidad conjunta.
"Foria". ¿A dónde me llevaba? A algún lugar alto.
¿Y qué había en ese lugar alto? "Eu". En ese lugar alto había algo bueno. ¿Y qué es eso que es tan bueno? Algo vago, colorido, fugaz, excesivo pero de serena completitud, autoreferencial, necesario, injustificado y simple que me hacía feliz sin culpa alguna.
Me sentí un santo. Un santo es un elegido. Esto no es académico; lo aprendí en la primaria. Un santo es un elegido que ha sido elegido por alguien para hacer algo, una misión misteriosa que llena el alma, una especie de fuego interno que quiere salir disparado, y para no elegir un lado en especial dispara para todos lados envolviéndonos, quemándonos y haciéndonos surgir de nuevo.
Un santo es un ser especial. Ser santo por un tiempo cortito, es permitirse ser especial por un tiempo cortito. Eso es la euforia. Conspicuo saberse santo; estar parado en la catedral y brillar espontáneamente para que todos contemplen la sonrisa.
Su contraparte es la infelicidad. La infelicidad comienza con la sospecha muy racional de que uno no merece ser feliz.
Es el agua que ahoga la hoguera.

2.6.13

Los bosques caducifolios de la Canadá boreal

Balzac empezaba a escribir a las 4 de la mañana después de la octava taza de café. No me puedo poner a la altura de los grandes, siempre llego tarde. Siempre, a la hora sublime en la que tendría que escribir un En busca del tiempo perdido o Los mitos de Cthulhu estoy tomando vino y escuchando Onda Vaga, o durmiendo sin pensar en el futuro. Otro gran problema es que mi máquina de escribir no tiene tinta, así que no puedo usar ese aparato tan retro que usaban los escritores retro. Los hombres retro que ignoraban lo más importante: que eran retro. Así y todo, aclaro un poco el panorama. Son las 6 y media de la mañana. Debería estar amaneciendo; no está. Yo debería estar durmiendo y en cambio estoy escuchando de nuevo el disco The Hangman's Beautiful Daughter (significa La hermosa hija del verdugo, y no me voy a cansar de repetir que es un título hermoso). Ya le dediqué una entrada. Rabo leyó esa entrada e hizo una en su blog con el link para descargarlo. Usted leerá las dos, y si estamos de suerte, sentirá ganas de escuchar el disco al final de esta entrada.
Empecé hablando de Balzac porque me gustan las anécdotas y porque quería justificar esta necesidad absurda de escribir a las 6 y media de la mañana. No necesito justificar, pero quisiera justificar para llenar espacio: entrada corta = mente distraída. Estoy de muy buen humor a raíz del comentario que se tomó la molestia de redactar una filosísima periodista de mis pagos, en la entrada anterior a esta, una entrada incompleta en todos los sentidos que se titula "El puente". Es un honor recibir huéspedes de honor, sobre todo si este blog no tiene calidad ex profeso. El disco también me pone de muy buen humor, me hace ver que los reveses son pocos si se aspira a la ataraxia, que en realidad es bastante fácil de conseguir un domingo a las 7 de la mañana. "Encuentra lo que amas y deja que te mate". O mejor: "encuentra lo que podrías amar algún día y deja que te mate, o no, llegada la hora".

Tengo una rarísima obsesión con el hemisferio norte, una obsesión de larga data. Cuando tenía 4 años repasaba muchos atlas coloreados: me pasaba horas mirando un planisferio bien detallado, que era un placer para la vista. Casi como si los continentes estuvieran pintados en un cuadro, siendo cada península una pincelada, cada pequeño lago una manchita azul accidental o un moco que derramó el artista anónimo. Delante de las formas, las letras: enormes para los continentes, medianas para los países, pequeñas para las capitales. De tanto mirarlo me aprendí de memoria la mayoría de las capitales del mundo. Bastaba relacionar la letra chica con la mediana, la del país, y bastaba relacionar estos con las mayores, las de los continentes. Este ejercicio mecánico confundió a mis parientes: pensaron que yo era un erudito y me quisieron mandar al programa de Susana, un mérito más grande que cualquier academia de geografía para preescolares. Si lo hubieran hecho, hoy sería "el niño rubio que apareció en Susana en el invierno del '98, allá cuando Menem". Posiblemente me hubiera confundido yo mismo y ahora sería un brillante geógrafo precoz y con vocación. Por suerte la dejadez venció a mi familia y el tiempo me hizo olvidar la mayoría de las capitales, de manera que el otro día me frustré muchísimo cuando no pude acordarme ni siquiera la de Polonia.
Los países nórdicos, no obstante, nunca dejaron de llamarme la atención. No conocí la nieve hasta bien grandecito, serían mis 16 o 17 años, cuando mi familia me empezó a sacar del castillo de cristal para llevarme a conocer el país en invierno. Hay dos palabras que no voy a olvidar ni en mi lecho de muerte: bosque caducifolio. Las fotografías de los bosques caducifolios de Canadá eran lo más hermoso de esos libros de geografía. La televisión me hacía soñar con conocer en persona a un reno y tomar chocolate caliente en una cabaña. O usar orejeras de lana y hacer angelitos en la nieve. Nada de eso hice y probablemente de ahí viene mi fijación: de una frustración de la infancia, de la picazón de lo incompleto. Todo esto es más mitológico que cualquier librito sobre valkyrias y sagas y yo no sé qué cosas; para mí es más impresionante llegar al paralelo 80 que ver una ninfa. Pisar Alaska en vez de recorrer Dublín buscando la casa de Leopold Bloom, o el cementerio de Montparnasse buscando la tumba de Julio Cortázar. Todas esas cosas vinieron después: la poesía, la prosa, los cuentos, la novela, posteriormente la crítica literaria y los libracos de filosofía que me parecen hoy tan amargos. Todo eso tiene el gusto falso de una afición adolescente, pero creo que la fijación por los bosques caducifolios echó raíces muy profundas y nunca jamás me va a abandonar.
Dicho esto resituémonos en lo nuestro. ¿Qué hago escribiendo sobre bosques caducifolios a las 7 de la mañana de un domingo? Porque, aunque mi familia crea que soy un erudito, en realidad soy un trasnochado y ostento el patetismo del que se acostó en zapatillas. Tengo que compartir con usted mis impresiones. Y este disco que mencioné, The Hangman's Beautiful Daughter, aparte de ser un gran alimento espiritual (necesito prescindir de esta estupidísima frase) es también uno de los testimonios más fieles que tengo del Viej(ísim)o Mundo del norte. Escucho este disco, y pienso en una cabaña de madera en los infinitos prados de Escocia, un poco a lo William Wallace; y aunque no es muy similar a los bosques caducifolios del Canadá, el norte es el norte, sobre todo si lo miro desde Argentina. La niebla es igual en Escocia que en Alaska, y probablemente igual en Rusia (esto me llama poderosamente la atención, y prometo no morir hasta no viajar en el Transiberiano. Si muero sin viajar en el Transiberiano no me permito aceptar el cielo, así lo tenga ganado desde siempre).
Es inútil tratar de vender el disco porque, por suerte, si el lector lo escucha yo no gano un centavo. Así que, liberado de la responsabilidad de pensar que trato de venderle algo, el lector puede hacer el esfuerzo y escucharlo. Pero escucharlo tranquilo. No quiero que esta entrada sea leída un lunes a las 9 de la mañana, con un café en la mano; si es leída en algún momento y por alguien, por supuesto. Si no estoy hablando solo.  Si no es mucho pedir: sea profundo, porque es un disco profundo. Es difícil, es áspero llegarle superficialmente, y a primera vista no retribuye nada. Uno escucha la frase inicial: "The natural cards revolve, ever changing...", y no piensa en nada. Y encima el cantante tiene el descaro de desafinar como un gato hambriento.
Espere 20 segundos. Escuche primero la guitarra, luego la cítara, luego el resto de los instrumentos que van sumándose a uno. Déle la oportunidad. Esto en cuanto a lo "técnico".
Pero recuerde los bosques caducifolios; yo le concedo una ayuda adjuntando al final una foto de los bosques caducifolios como los veía en el atlas coloreado de mi infancia. Piense en las cabañas de madera perdidas por ahí, habitadas por un ermitaño que calienta agua para el chocolate en una olla negra suspendida sobre tres leños ardientes. Piense en su ventana: afuera nieva. Piense en el silencio... y de qué manera conviene romperlo, qué es eso tan bello que sería digno de romper el silencio. La hoguera pequeña alumbrando apenas la cabaña; la nieve.
Todo esto es difícil, pero una pista: el primer paso es soltar el café, apoyarlo sobre la mesa, callarse y cerrar los ojos. Quizás sea muy fácil escribir esto un domingo; quizás leerlo un lunes sea otra cosa. Quizás la ataraxia sea en realidad una boludez y no convenga esperarla. Nadie tiene tiempo para pensar en las cartas naturales que se revuelven, siempre cambiantes. Cosa de hippies.

Con usted, la foto de un bosque caducifolio.


Deja tu lira, poeta;
deja, pintor, tu paleta,
y tu cincel, escultor:
Naturaleza es mejor
que el signo que la interpreta.
(Rafael Pombo)