4.5.13

Pedagogía

1. 
Mientras caminábamos por el largo corredor escolar [...] Pimko escupía en cada escupidera encontrada sobre el camino, y a mí me ordenó hacer lo mismo —no podía, pues, protestar porque escupía y así, salivando, alcanzamos el despacho del director Piorkowski.
Piorkowski, un gigante de gigantesca estatura, nos recibió sentado absoluta y poderosamente sobre sus asentaderas, me pellizcó sin demora en la mejilla con una bondad paternal, produjo un ambiente simpático, me acarició el mentón, yo hice una reverencia en vez de protestar y el director por encima de mí dijo a Pimko:
— ¡Cucu, cuculeíto! Créame que los adultos, artificialmente por nosotros infantilizados y achicados, constituyen un elemento aún más propicio que los niños en estado natural. ¡Cucu, cuculao, sin alumnos no habría escuelas y sin escuelas no existiríamos nosotroso! Confío que no me olvidará en lo adelante, mi institución seguramente se lo merece, nuestros métodos de fabricación de los cuculeítos son sin competencia y el Cuerpo Docente está seleccionado con sumo cuidado para esos fines. ¿Quiere ver el cuerpo?
—Con el mayor gusto —contestó Pimko—, es sabido que nada influye tanto sobre el espíritu como el cuerpo.

2.
El director entreabrió la puerta de la sala contigua y ambos doctores arrojaron un discreto vistazo; yo lo arrojé también. Me asusté seriamente. Los profesores, sentados detrás del a mesa, tomaban té con bizcochos. Nunca he tenido la oportunidad de ver juntos tantos y tan lamentables viejitos. La mayoría sorbía ruidosamente, uno ingurgitaba, otro deglutía, otro engullía, otro mascaba, otro manducaba y el sexto tenía la cara de un desgraciado.
—Sí, doctor —dijo el director con orgullo— el cuerpo está bien elegido. Aquí no hay ni un solo cuerpo agradable, simpático, normal y humano, son sólo cuerpos pedagógicos como ya ve; y si la necesidad me obliga a tomar un nuevo maestro, siempre me cuido mucho que sea profunda y perfectamente aburridor, estéril, dócil y abstracto.
—Sí, pero la maestra de francés parece interesante —observó Pimko.
— ¡Pero qué esperanza! Yo mismo no puedo hablar con ella durante un minuto sin bostezar dos veces por lo menos.
— ¡Ah, entonces es otra cosa! ¿Serán sin embargo, bastante experimentados y conscientes de su misión pedagógica?
—Son las más fuertes cabezas de su capital —repuso el director—, ninguno de ellos tiene un solo pensamiento propio; y si lo tuviese ya me encargaría de echar el pensamiento o al pensador. Esos maestros son perfectos alumnos y enseñan sólo lo que aprendieron, no, no, no queda en ellos ningún pensamiento propio.
—Cucu cuculato —dijo Pimko— veo que dejo a mi Pepe en buenas manos. Sólo un verdadero maestro sabrá inyectar a sus alumnos aquella agradable inmadurez, esa simpática indolencia e ineficacia ante la vida, que han de caracterizar a la nación para que constituya un buen campo de actuación para nosotros, verdaderos pedagogos dei gratia. Sólo con un personal bien adiestrado lograremos infantilizar a todo el mundo.
—Sss... sss... sss...—repuso el director Piorkowski tomándole por la manga—, es cierto, culacuquillo, pero cuidado, no hay que hablar de eso en voz alta.

3.
En este momento un cuerpo se volvió hacia otro cuerpo y preguntó: —Eh, eh, eh, y... ¿qué tal? ¿qué tal, doctor?
—¿Qué tal? —contestó el otro cuerpo—. Los precios suben, doctor.
—¿Suben? —dijo el primer cuerpo. —Bajan, creo, doctor.
¿Bajan? —preguntó el segundo cuerpo.
—Parece que suben.
—Los bizcochos suben —gruñó el otro cuerpo y envolvió los restos del bizcocho en el pañuelo.
—Los mantengo a dieta —murmuró Piorkowski, el director— porque sólo así serán bastante anémicos; y como ya usted sabe, nada favorece tanto como la anemia a los granitos, erupciones y mucosidades de l'age ingrat, de la edad ingrata.
(Witold Gombrowicz, Ferdydurke)

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