15.5.13

Joaquín

un panelista avanzó al frente entre toses y situándote equidistante al público y al vulgar telón verde esmeralda dijo:

"señor productor:
¿qué garantía hay de mi tranquilidad si yo mismo no me fío de la realidad de este mundo... de sus posibilidades...? si es un trabajo de imaginación no menor el construir deliberadamente mundos posibles a partir de ahora, ¿cómo vivir el ahora - calmo y sencillo, sabiendo que todo, hasta lo más disparatado, está latente? ¿cómo considerar esto y sus mil variaciones? ¿cómo no ser a secas neurótico?
uno intenta relajar la cabeza sobre una mullida almohada que nos regaló nuestra abuela, habiéndola rellenado ella misma, sin historia. pero ya hay ahí mucho que analizar: ¿dónde ha estado esa sencilla almohada, qué ha visto y precisamente cuándo? ¿qué me garantiza que no vaya a estallar, haciendo estallar con ella mi cabeza en mil pedazos? ¿quién me lo garantiza? ¿Guillermo de Occam? Guillermo de Occam nunca oyó hablar de mí, no me conoce ni sabe que existo y traerlo a colación es perversamente similar a poner de garante a Thatcher para un nuevo y pacífico orden mundial. nada, nada o muy poco hay que pueda aprender de otros mundos (si del de ahora derivan mil, de mi cabeza derivan en un segundo quinientos millones), no dude que se suceden como fotogramas infernales 176.588.935.711.623.441.37
3.675.990 cosas que podría estar pensando ahora y no pienso, y tampoco dude en atribuir a ese torrente insano mi conducta observable: morderme las uñas hasta dejarlas en carne viva, golpear mis rodillas frenéticamente detrás del panel que me toca. mi propio universo personal, un fluctuante carro de estiércol aguado y postrado ahí yo como demiurgo, testaferro y observador imparcial. mi torpeza no es atribuible a la misma clase de torpeza que tiene un bruto cadáver atendiendo en la caja de un supermercado; mi torpeza se debe, contra todo pronóstico, a un exceso de vida. ¿cómo remediarlo?
quiero agradecerle por el espacio y me reservo las plegarias para hacer esto un poquito más ameno. perdón por el tiempo que hice perder a los televidentes."

hubo un aplauso tímido y luego efusivo mientras el panelista se acomodaba de nuevo en su lugar. su nombre era Joaquín Maldonado, tenía 36 años, dos hijos, estado civil casado, habitaba entonces en Temperley pero su familia era de San Justo, provincia de Santa Fe.
a este humilde panelista, aficionado de paso a las películas de zombies, a los dramas de Sony y a las canciones de Zambayonny, no le parecía absurda la idea de una novela o, digámoslo ya, un best-seller (en toda la didáctica dignidad de ese término) en el que el protagonista principal, un antihéroe como se estila en estos días, relate en carne propia una experiencia de enloquecimiento progresivo, una especie de diario de viaje sin otro destino que los oscurísimos anales de la mente, tema morboso, tema fetiche que se reinventa de era a era precavido siempre de saberse trillado.
sí: como Ulises, un señor, agreguémosle para mayor intimidad las iniciales J. M., se embarca en un frágil botecito que lo llevará a través de un mar claro, calmo, hasta familiar... después del breve regocijo del ocaso naranja la noche. y el hombre, flotando todavía como una cáscara, empieza a considerar algunas cosas cada vez más seriamente.
inciso número 1: siempre está la posibilidad de una tormenta, cuando no un iceberg o un marciano extraviado, que serían más tolerables al no ser fenómenos tan difusos.
inciso 2: por lo mismo, el botecito está siempre próximo a romperse.
inciso 3: no sabemos cuándo llegará la costa, lo que es igual a decir que no hay costa.
inciso 4: haciendo un breve repaso de monstruos marinos que mi enciclopedia de marinero propone, evalúo los que podrían estar presentes en estas aguas: no son los más amigables.
el hombre atravesará más bien rápidamente un estuario, un pantano, lagunas playas y hondísimas fosas cuya profundidad se infiere al ser más oscuras que la noche misma, que su reflejo en el agua. al amanecer, se encontrará encallado en un frío desierto sin pisadas: inaprehensible, arenoso, simple. el aislamiento extremo, el laberinto perfecto; con licencia para alternar entre cuadros psicóticos y esquizoides, nuestro Ulises hará gran uso de su libertad de ser nada: solo en el desierto, con las voces de su cabeza o su propia calamidad personal o sus culpas irresueltas pero al fin solo. nadie que le pregunte nada, nadie que lo maltrate, que abuse de él en ninguna forma posible ni que lo escuche, ni que se queje, ni que respire. y él tampoco nada para nadie. tendrá nada y no podría morir de hambre pero cargará, caminando a veces y descansando a veces, un peso de plomo fundido: su cabeza.
la novela, didáctica como pocas, ni siquiera necesitará una alusión al carácter inútil del suicidio del antihéroe. como él, no buscará conmiseración ni mucho menos limosna (será un best-seller sin pedirlo, así como él un antihéroe sin saberlo). buscará acercarse lo más posible a la esencia del infinito desierto, lugar donde nada hay, fin de toda llegada que no admite escapatoria más de lo que admite descripción detallada.
aunque es posible, díjose Joaquín súbitamente asustado, que el que aborde la escritura de tal novela se vea asimismo seducido por las parcas deformes de la locura, que como la marea del mar engullen los pedacitos de madera en el naufragio por impacto, y poco a poco los cuerpos podridos. y ci falt la geste.

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