29.5.13

El puente

(adv.: entrada en bruto y sin terminar).

Cruzar el puente caminando en un día despejado es una aventura que te llena el alma. El puente une la provincia de Corrientes (desde donde tengo mi base, por así decirlo) con la vecina provincia del Chaco; sale de la parte más viva de mi ciudad y a lo ancho de tres kilómetros atraviesa el río profundo para llegar a una rarísima selva, con casitas de pescadores desperdigadas en la llamada "costa salvaje", sus lanchas estacionadas, sus mostradores con frutos del río. Como cualquier costa opuesta, sorprende que el sol salga desde la ciudad de enfrente. Corrientes está acostumbrada a ver salir el sol desde detrás de su cabeza, de manera que jamás nos tocará un amanecer sobre el río; esta diferencia de perspectivas siempre me sorprendió: el gris plomizo del río antes del amanecer no existe desde mi costa, sí existe sin embargo desde la costa opuesta. Y de escenario, cómo no, las luces moribundas de la ciudad despertándose, si se pudiera añadir otra belleza a la belleza como el agua se añade al aceite.
Unir estas dos perspectivas es algo que no se hace de forma consciente. La gente va y viene casi todos los días; los domingos son un día de descanso no tanto del trabajo de oficina sino del trabajo de tener que ir a la oficina en Resistencia o viceversa. Como todo lo que está automatizado, las cosas se obvian por pura comodidad y está bien, sino nuestra cabeza reventaría de tantos datos e impresiones. Cuando se está lejos, uno se agarra de esas impresiones para que el puente no desaparezca, para que el puente siga allí en cada detalle; uno recuerda las cosas que no pensaba que recordaría: la mugre de los dedos cuando se agarran las barandas de hierro, el terrorífico espacio entre las baldosas y lo que tiembla cada vez que pasa un camión. Todo eso es esencial para que el puente siga en pie en el recuerdo; suspendido sobre el agua (de la memoria, si la comparación no es muy cursi) para volverse materia otra vez que tengamos la suerte de caminarlo. Lo he cruzado caminando tres veces: una de día y dos de noche. A veces pienso que no tengo vocación para guía turístico pero permítanme este comentario: si van, vayan de día. La noche es linda, es romántica, es callada, es profunda (pero ¿qué no es profundo si uno está suspendido 400 metros sobre la superficie de un río que se hunde otros 400 metros para abajo?). Estos hermosos adjetivos son lo mismo que decir que de noche no se ve nada. Las luces de Corrientes nos alumbran la cara; la palabra CASINO, escrita en letras rojas, se adivina para cualquiera a tres o cuatro kilómetros. El otro lado es pura tiniebla y no puede sino causarnos miedo, y el miedo es sólo una de las emociones posibles. De día la cosa es distinta, mucho más equilibrada, mucho más armoniosa. Armonía es, para los mayas, conciliación de los opuestos: Corrientes-ciudad se concilia con la costa salvaje para formar una orquesta que nosotros observamos, ni aquí ni allá, entre los pilares del puente. Los edificios no están mostrando con arrogancia sus luces amarillas, ni la costa parece demasiado salvaje porque los pescadores la están recorriendo lentamente en sus lanchas bordó con nombres de santos. Me parece una ociosidad describir el resto, que se puede imaginar con facilidad, sobre todo si se ha estado ahí. El Paraná (en guaraní, "Pariente del mar") es un río en bajada que se funde en seis mil riachos inferiores que se desvinculan, rebeldes, entre las lomadas verdes de ambas costas. A lo lejos, casi tan cerca como nuestra nariz, se aprecian dos o tres grandes islas encastradas en el río como un diamante en un anillo (otra comparación cursi, la primera que se me vino a la cabeza). Mirando atrás no es lo mismo. Ahora bien: para un soñador estos paisajes valen oro. Si uno cruza la calle y mira con Corrientes a su izquierda, esto es, el sur, uno adivina que siguiendo ese mismo camino por dos o tres días a bordo de un barquito con provisiones llegará a la hermosa ciudad de Rosario, no sin antes pasar por otras ciudades igualmente hermosas. La misma operación para la cara norte. Recorremos con la vista las curvas del río; terminarán en el Brasil, lo sabemos, y allí en lo profundo de la selva encrespada empezará otra aventura por Latinoamérica. Otra vez decidir entre grandes ciudades y grandes extensiones de campo silvestre. Es una decisión que está presente todo el tiempo. Ir y volver de un hormiguero a un bosque tropical y viceversa; ensuciarse las manos con fango o con yerba mate vieja.
Este es el puente; 

1 comentario:

  1. Excelente, pibe. Excelente perspectiva... Abrazos de la mencha :)

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