6.5.13

China

El pueblo chino es artesano nato.
Todo lo que se puede encontrar carpinteando, ya lo han descubierto los chinos.
La carretilla, la imprenta, la pólvora de cañón, la mecha, el barrilete, el taxímetro, el molino de agua, la antropometría, la acupuntura, la circulación de la sangre, tal vez la brújula y muchas otras cosas. La escritura china parece un idioma de empresarios, un conjunto de signos de taller.
El chino es artesano y artesano hábil. Tiene dedos de pianista.
Sin ser hábil no se puede ser chino: imposible.
Hasta para comer, como él lo hace con dos palillos, hay que tener una cierta habilidad. Esta habilidad, la ha buscado. El chino podía inventar el tenedor, que cien pueblos han encontrado, y utilizarlo. Pero ese instrumento, cuyo uso no requiere destreza alguna, le repugna.
En la china el "unskilled worker" no existe.
¿Qué cosa más sencilla que ser un vendedor de diarios?
Un vendedor de diarios europeo, es un pilluelo gritón y romántico que se agita y vocea a voz en cuello: "¡Matin! ¡Infran! 4a edición", y tropieza con uno.
Un vendedor de diarios chino es un experto. Examina la gente que recorre, observa dónde están las personas y, poniéndose la mano como pantalla, dirige la voz a una ventana, a un grupo, más lejos a la izquierda, en fin, donde sea necesario, tranquilamente.
¿A qué ahuecar la voz y lanzarla donde no hay nadie?
En la China no hay nada sin destreza.
La cortesía del Extremo Oriente no es una simple refinamiento dejado más o menos a la apreciación y al buen gusto de cada uno. El cronómetro no es un simple refinamiento dejado a la apreciación de cada uno. Es un trabajo que ha necesitado años de aplicación.
Hasta el bandido chino es un bandido calificado, tiene una técnica. No es bandido por rabia social. No mata inútilmente. No busca la muerte de las personas, sino el rescate. No los daña más que lo estrictamente necesario, cortándoles un dedo tras otro, que expide a la familia con pedidos de dinero y amenazas calculadas. Además ,la astucia en la China no es sólo aliada del mal, sino de todo.
La virtud es "lo que está mejor combinado".
Por fin, para citar un gremio, a menudo despreciado: los changadores. Los changadores, en todas partes, amontonan generalmente sobre la cabeza y sobre sus espaldas todo lo que pueden. Su inteligencia no brilla bajo los muebles.
Los chinos han llegado de hacer del transporte una operación de precisión. El chino ama sobre todas las cosas un justo equilibrio. En un armario, un cajón que se opone a tres o dos a siete. El chino que va a transportar un mueble, lo divide de tal manera que la parte que sujeta atrás equilibrará la de adelante. Las cosas van sujetas a un grueso tallo de bambú que lleva a la espalda. Se ve con frecuencia, de un lado, una enorme marmita que suspira o una estufa humeante, y del otro cajas, platos, cajones. Es fácil darse cuenta de la habilidad que eso requiere. Y ese desfile tiene lugar en todo el Extremo Oriente.


*

La poesía china es tan delicada, que no encuentra jamás una idea (en el sentido europeo de la palabra).
Un poema chino es intraducible. Ni en pintura, ni en poesía, ni en el teatro, hay esa voluptuosidad cálida, espesa, de los europeos. En un poema, indica, y los rasgos que indica no son los más importantes, no tienen una evidencia alucinante, la evitan, y ni siquiera la sugieren, como suele decirse. Más bien, se deduce de ellos el paisaje y su atmósfera.
Cuando Li Po nos dice cosas aparentemente fáciles como esto que es un tercio del poema:


Azul es el agua y clara la luna de otoño
Recogemos en el lago sur lirios blancos
Parecen suspirar de amor
y llenan de melancolía el corazón del hombre en la barca.

hay que empezar diciendo que el golpe de vista del pintor es tan común en la China que sin otra indicación, el lector ve de manera satisfactoria, se regocija, y con toda naturalidad puede dibujar con el pincel el cuadro en cuestión. Un ejemplo antiguo de esa facultad:
Hacia el siglo XVI, no sé bajo qué emperador, la policía china ordenaba a sus inspectores que dibujaran subrepticiamente el retrato de cada extranjero que entraba en el Imperio. Diez años después de haber visto ese único retrato la policía lo reconocía. Más aún, si se cometía un crimen y el asesino huía, había siempre alguien en la vecindad que podía hacer de memoria el retrato del cual se tiraban muchos ejemplares, que se enviaban a la carrera por las grandes rutas del Imperio. Acorralado por sus retratos, el asesino acababa por entregarse al juez.
A partir de ese donde ver, el interés que tomaría un chino en la traducción francesa o inglesa del poema sería mediocre. Y después de todo, ¿qué contienen en francés esos 4 versos de Li Po? Una escena.

Pero en chino, contienen unas treinta: son un bazar, son un cinematógrafo, son un gran cuadro. Cada palabra es un paisaje, un conjunto de signos cuyos elementos, hasta en el poema más breve, promueven un sin fin de alusiones. Un poema chino es siempre demasiado largo, es tan repleto, tan realmente halagador y tan erizado de comparaciones.

En la palabra azul (Spirit of Chinese Poetry, de V. W. W. S. Purcell) está el signo de partir leña y el del agua, sin contar el de la seda. En la palabra claro, la luna y el sol a la vez. En la palabra otoño, el fuego y el trigo, etcétera.
De modo que al cabo de tres versos, hay una afluencia tal de aproximaciones y de refinamientos que uno queda maravillado. Este encanto se produce por equilibrio y armonía, estado que el chino gusta por sobre todas las cosas, y en el que encuentra una especie de paraíso.
Este sentimiento, más opuesto a la paz exaltada de los hindúes que a la nerviosidad y acción europeas, sólo se encuentra en las razas amarillas.
(Henri Michaux, Un bárbaro en Asia)

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