16.5.13

Bettiana

Unas circunstancias desparejas me acercaron a Bettiana, una predisposición a esas amistades raras que uno se hace en la adolescencia (¡éramos los dos adolescentes y seguimos siendo!) hizo el resto. Recuerdo lo mal que la pasé una noche de enero en la que salí con unos amigos a Paso de la Patria y terminamos en la casa de un tipo que, pasado de cocaína, estaba a los sillazos limpios con su hija y amenazándonos de muerte a nosotros. Atinamos a sacar nuestras cosas silenciosamente y escapar de ahí sin saludar; naturalmente nos conocíamos todos en Facebook, y a las dos semanas me agregó Bettiana, amiga de amigos. Como yo era "joven" (más joven que ahora) aceptaba con entusiasmo cualquier solicitud que pareciera "sumar a mi vida" (ya voy a ilustrar esto más adelante) y no tardamos en empezar a hablar, porque los dos teníamos algunas cosas en común pero entre ellas, una forma un poco desviada de ver la vida. La primera vez que hablamos fue a propósito de una película de travestis en Europa Europa. Viéndolo en retrospectiva, me parece raro que en ese entonces las conversaciones larguísimas no hayan sido raras. No sé si sea por la edad o por las pocas responsabilidades (o muchas irresponsabilidades) que tenía, pero no era raro quedarme hablando con alguien por el (bendito) MSN Messenger hasta las cinco de la mañana. ¿Hubiera aprovechado más la afortunada circunstancia, si hubiera sabido que se terminaría?
Esta nota nostálgica tiene un por qué y es lo que quiero pasar a explicar antes de ahondar en más detalles. Hace poco mudé de lugar una caja de galletitas Bagley que tenía guardada en el ropero, cubierta con un manto violeta. Dentro de la caja hay lo que toda persona tendría que tener por lo menos para consulta referencial: cuadernos viejos. (Es difícil saber quién se es si se olvida qué se escribió y cuándo; no hay duda de que escribir es una tendencia natural que también naturalmente tendemos a reprimir de algún modo). Entre ellas encontré esta libretita, que es una historia aparte. Me costó $1,80 en uno de esos bazares de baratijas por la peatonal de Corrientes, y menos me sedujo por su utilidad práctica que por su bajo precio. Sin embargo, y aunque venía escribiendo en cuadernos grandes, me acostumbré a escribir tres o cuatro palabras y pum chau hoja y a lo que sigue. Esa libretita tenía en el bolsillo la primera vez que fui a Resistencia a juntarme con Bettiana; sinceramente no me acuerdo qué habremos hecho ese día pero estoy casi seguro de que no fue la misma vez que me caí de las escaleras del cine, porque me hubiera muerto de vergüenza en vez de morirme de risa. La libreta era curiosa y despertaba la curiosidad de todo aquél que la veía; a primera vista era obvio que no podía tener utilidad práctica y por eso mismo yo siempre invitaba al interlocutor a escribir algo grato que pudiera quedar como recuerdo. Encontré la libretita suelta dentro de la caja, haciendo un ruido casi inaudible entre tantos cuadernos grandes y libros de ejercicios de idiomas extranjeros... yo que estaba por aprovechar estas horas de madrugada para estudiar me aboqué sin embargo a la melancolía y al recuerdo (¡qué cursi suena!) y no pude pasar esta hoja sin hacerle un debido homenaje a su significado.
Bettiana es una amistad de las más importantes: de las que enseñan. Lo peor que nos pasa en la vida guarda siempre, en su interior, la semilla de algo nuevo, de un cambio "radical", de raíz. Esa noche que mencioné en el Paso fue una de las peores noches de mi vida (durante mucho tiempo la consideré la peor, pero ahora trato de alejarme de los extremos). Se lo dije a Bettiana una de las primeras veces que hablamos, de esas veces en las que vas tanteando un poco a ciegas cómo ganarte la confianza del otro. Algo que me gustó desde el principio fue que en ningún momento ese tanteo se complicó demasiado. El hecho de que tengamos pocas cosas en común pero que sepamos entendernos bien hace crecer una relación de amistad tan fructífera como didáctica: aprendí muchas cosas de Bettiana (importantes y triviales) y si no seguí aprendiendo fue porque mi propia dejadez (ya tuve bastante tiempo para arrepentirme de esto) me hizo creer que necesitaba aprender otra clase de cosas. Sin embargo, no hay duda de que construimos nuestras vidas a partir de los cimientos que nos ponen los otros. Todo este largo rodeo es para recordarme que debo recordar mis propios cimientos; los albañiles, que a veces también son profesores, que muchas veces también son amigos, son una parte fundadora de la vida (en el sentido más estricto de la palabra) y olvidarlos es una traición de las peores. Y como es sano no sólo estar bien con el pasado sino también quererlo, escribí esta entrada. Ahora sí, ilustro.


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