29.5.13

"A nadie le importa lo que hagas."

Hoy venía caminando por la avenida Chacabuco. (Sencillo: "hoy venía caminando - por la avenida Chacabuco"; objeción primera correspondiente al primer sintagma es "¿y a mí qué me importa?" y es objeción más válida posible, que descalifica a la segunda de más vivacidad: "la avenida Chacabuco es un hermoso boulevard". Las dos quedarán respondidas al final de esta entrada, así que recomiendo al asiduo lector seguir leyendo). Después de ese gran puente blanco que tanto me llamó la atención la primera vez que fui, había una serie de basureros verdes vacíos y otra serie de objetos grises, algo que ver con cosas de electricidad, que tenían avisos pegados para que los transeúntes vean, se informen y, en casos excepcionales, disfruten.
Como a House me interesan los casos excepcionales, de lo contrario no me saldría narración. Hay alguna gente con un talento increíble para escribir cosas que son normales; yo me agarro a las excepciones, si las hay, para disparar algún relato cortito.
En uno de esos "cosos" habían tres o cuatro avisos sobre un gran gurú de la memoria fotográfica que venía a dar conferencias a estudiantes; más la publicidad regular sobre clases de capoeira, de flores de goma eva o las advertencias sobre redes de trata. O propaganda política. Estoy en el último de los cosos verdes, un poco antes de la esquina de Concepción Arenales (lo relataré después, una calle ancha que baja para las sierras y sube, lentamente, hasta llegar a la calle W. Paunero donde está el absurdamente grande edificio de los tribunales, color ámbar y siempre más vacío que un mausoleo); y aquí me detengo unos breves segundos, nada más de lo que se le permite a un peatón que carga un apuro leve. Y leo un cartel amarillo con letras grandes que reza un mensaje sencillo:

"A NADIE LE IMPORTA LO QUE HAGAS."

Dos cosas se me ocurrieron en un segundo.
Primero: es una máxima perfecta, si se desvincula de cualquier intención que haya podido tener el cartel. Para ser más claro, no importa quién lo pegó y por qué; el cartel ha pasado a pertenecer a la calle (como dicen que una "obra" pasa a pertenecer a la "literatura", que vendría a ser ese campo abierto donde le puede caber un balazo a uno en cualquier momento). De ahí que el impacto que haya provocado en mí ese cartel no haya sido más ni menos que eso: impacto de cartel sobre un peatón, una cosa tan simple que se podría proponer como una formulación algebraica. Aparte es perfectamente tautológico: si, como el mismo cartel dice, a nadie le importa lo que yo haga, a nadie le importará que yo piense que el cartel está efectivamente dirigido a mí.
Segundo: una máxima de tal envergadura no puede ser pasada por alto; a la vez, siempre puede pasarse por alto. Quién no ha escuchado en su vida el famoso "carpe diem", si no lo ha visto tatuado o se lo ha tatuado incluso; quién le ha dado al famoso "carpe diem" siquiera (como se dice acá) un tronco de bola en toda su vida. Vivimos olvidando las máximas más nobles y nos tatuamos las que suenan más lindo; las otras las dejamos en una especie de raro breviario que se asemeja a la Biblia o al Martín Fierro. Esta frase es el mismo caso, y la escuché formulada en muchas de sus variantes antes de toparme con ella hoy (por lo demás, hoy fue un día excepcional para mí). Lo segundo que pensé fue fugaz, cayó a mi cabeza armado como cae una frase que viene empaquetada desde un helicóptero que vuela por ahí: "esto es algo que no debemos olvidar: debemos recordar esta frase dos o tres veces por día, nada más que eso, ante cualquier cosa que estemos haciendo - y recordemos que, cualquier cosa que hagamos, a nadie le importa nada".
Es muy engorroso para cualquiera discutir en términos de verdad o de mentira. Bukowski se pintaba a sí mismo como el héroe de sus relatos; sus amigos lo han visto nadando en su propio vómito. Y está bien. No importa eso; no importa si es verdad. No importa si es verdad lo que reza el cartel: no importa, no me importa, y creo que a nadie le importa si eso es verdad. Por razones de comodidad me atengo a lo que pasó en realidad, y mis conclusiones bien mías y rudamente comunicables.
Qué feo es tener que vivir dando explicaciones. Qué feo es tener que formular razones, causales y lógicas (lógos: palabra) que encadenen un hecho con el anterior y estos a su vez con motivaciones psicológicas, para dar cuenta de una razón por la cual estoy acá escribiendo esto a las 4 de la mañana, o comiendo una naranja al sol, o masturbándome en un baño público. Qué feo tener que justificar como si uno compareciera efectivamente ante la justicia. Es feo tener que interrumpir la acción para ponerse a razonar por qué actúo. Ahorra mucho tiempo, mucha energía, mucho espíritu, mucho bienestar, mucha tranquilidad de conciencia pensar más bien: "no tengo que dar explicaciones a nadie de mi accionar (en tanto no haga mal a nadie, podríamos añadir); lo que es lo mismo que suponer que a nadie le importa en realidad tales razones".

Usted lector, si existe, tiene una vida distinta a la mía. No me cuesta imaginar que usted no es yo, sino estaríamos en un problema. Lo afirmo con vehemencia, que es algo que intento evitar. Usted tiene una especie de rutina, si no le ofende el término, distinta a la mía que repite, hecho más hecho menos, de lunes a viernes o de martes a domingo, etc. Una rutina que puede diferir muchísimo o muy poco pero difiere; diferirá también, y esto es lo interesante, su forma de ver esta rutina una vez asimilada esta máxima (aunque asimilar una máxima es una tarea muy difícil - más fácil es amasar una fortuna). Si usted efectivamente piensa, siguiendo a un mal consejero como puedo ser yo, si usted recuerda dos o tres veces por día este cartel que ni siquiera leyó con sus propios ojos, probablemente sus acciones tomen un cariz un poco distinto. Se dará cuenta de lo limitado que es usted en el mundo y, por lo mismo, de lo ilimitadas que son sus posibilidades. Si uno se pone a la defensiva, vale decir, si uno se pone a intentar explicaciones antes de llevar a cabo la acción (ejemplo extremo y enfermizo que me pasaba muy a menudo) el mundo se le cierra como una almeja en la nariz y se queda mirándolo desde afuera, confundido, siempre pareciendo un tonto (aunque piense que esto es irrelevante). Sólo al darnos cuenta de que nuestras acciones no duran, que nuestras actitudes no tienen trascendencia y no hay nada que, en fin, sea de interés para todo el mundo, es donde empezamos a actuar sinceramente desde nuestra salvaje naturaleza.

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