29.5.13

El puente

(adv.: entrada en bruto y sin terminar).

Cruzar el puente caminando en un día despejado es una aventura que te llena el alma. El puente une la provincia de Corrientes (desde donde tengo mi base, por así decirlo) con la vecina provincia del Chaco; sale de la parte más viva de mi ciudad y a lo ancho de tres kilómetros atraviesa el río profundo para llegar a una rarísima selva, con casitas de pescadores desperdigadas en la llamada "costa salvaje", sus lanchas estacionadas, sus mostradores con frutos del río. Como cualquier costa opuesta, sorprende que el sol salga desde la ciudad de enfrente. Corrientes está acostumbrada a ver salir el sol desde detrás de su cabeza, de manera que jamás nos tocará un amanecer sobre el río; esta diferencia de perspectivas siempre me sorprendió: el gris plomizo del río antes del amanecer no existe desde mi costa, sí existe sin embargo desde la costa opuesta. Y de escenario, cómo no, las luces moribundas de la ciudad despertándose, si se pudiera añadir otra belleza a la belleza como el agua se añade al aceite.
Unir estas dos perspectivas es algo que no se hace de forma consciente. La gente va y viene casi todos los días; los domingos son un día de descanso no tanto del trabajo de oficina sino del trabajo de tener que ir a la oficina en Resistencia o viceversa. Como todo lo que está automatizado, las cosas se obvian por pura comodidad y está bien, sino nuestra cabeza reventaría de tantos datos e impresiones. Cuando se está lejos, uno se agarra de esas impresiones para que el puente no desaparezca, para que el puente siga allí en cada detalle; uno recuerda las cosas que no pensaba que recordaría: la mugre de los dedos cuando se agarran las barandas de hierro, el terrorífico espacio entre las baldosas y lo que tiembla cada vez que pasa un camión. Todo eso es esencial para que el puente siga en pie en el recuerdo; suspendido sobre el agua (de la memoria, si la comparación no es muy cursi) para volverse materia otra vez que tengamos la suerte de caminarlo. Lo he cruzado caminando tres veces: una de día y dos de noche. A veces pienso que no tengo vocación para guía turístico pero permítanme este comentario: si van, vayan de día. La noche es linda, es romántica, es callada, es profunda (pero ¿qué no es profundo si uno está suspendido 400 metros sobre la superficie de un río que se hunde otros 400 metros para abajo?). Estos hermosos adjetivos son lo mismo que decir que de noche no se ve nada. Las luces de Corrientes nos alumbran la cara; la palabra CASINO, escrita en letras rojas, se adivina para cualquiera a tres o cuatro kilómetros. El otro lado es pura tiniebla y no puede sino causarnos miedo, y el miedo es sólo una de las emociones posibles. De día la cosa es distinta, mucho más equilibrada, mucho más armoniosa. Armonía es, para los mayas, conciliación de los opuestos: Corrientes-ciudad se concilia con la costa salvaje para formar una orquesta que nosotros observamos, ni aquí ni allá, entre los pilares del puente. Los edificios no están mostrando con arrogancia sus luces amarillas, ni la costa parece demasiado salvaje porque los pescadores la están recorriendo lentamente en sus lanchas bordó con nombres de santos. Me parece una ociosidad describir el resto, que se puede imaginar con facilidad, sobre todo si se ha estado ahí. El Paraná (en guaraní, "Pariente del mar") es un río en bajada que se funde en seis mil riachos inferiores que se desvinculan, rebeldes, entre las lomadas verdes de ambas costas. A lo lejos, casi tan cerca como nuestra nariz, se aprecian dos o tres grandes islas encastradas en el río como un diamante en un anillo (otra comparación cursi, la primera que se me vino a la cabeza). Mirando atrás no es lo mismo. Ahora bien: para un soñador estos paisajes valen oro. Si uno cruza la calle y mira con Corrientes a su izquierda, esto es, el sur, uno adivina que siguiendo ese mismo camino por dos o tres días a bordo de un barquito con provisiones llegará a la hermosa ciudad de Rosario, no sin antes pasar por otras ciudades igualmente hermosas. La misma operación para la cara norte. Recorremos con la vista las curvas del río; terminarán en el Brasil, lo sabemos, y allí en lo profundo de la selva encrespada empezará otra aventura por Latinoamérica. Otra vez decidir entre grandes ciudades y grandes extensiones de campo silvestre. Es una decisión que está presente todo el tiempo. Ir y volver de un hormiguero a un bosque tropical y viceversa; ensuciarse las manos con fango o con yerba mate vieja.
Este es el puente; 

"A nadie le importa lo que hagas."

Hoy venía caminando por la avenida Chacabuco. (Sencillo: "hoy venía caminando - por la avenida Chacabuco"; objeción primera correspondiente al primer sintagma es "¿y a mí qué me importa?" y es objeción más válida posible, que descalifica a la segunda de más vivacidad: "la avenida Chacabuco es un hermoso boulevard". Las dos quedarán respondidas al final de esta entrada, así que recomiendo al asiduo lector seguir leyendo). Después de ese gran puente blanco que tanto me llamó la atención la primera vez que fui, había una serie de basureros verdes vacíos y otra serie de objetos grises, algo que ver con cosas de electricidad, que tenían avisos pegados para que los transeúntes vean, se informen y, en casos excepcionales, disfruten.
Como a House me interesan los casos excepcionales, de lo contrario no me saldría narración. Hay alguna gente con un talento increíble para escribir cosas que son normales; yo me agarro a las excepciones, si las hay, para disparar algún relato cortito.
En uno de esos "cosos" habían tres o cuatro avisos sobre un gran gurú de la memoria fotográfica que venía a dar conferencias a estudiantes; más la publicidad regular sobre clases de capoeira, de flores de goma eva o las advertencias sobre redes de trata. O propaganda política. Estoy en el último de los cosos verdes, un poco antes de la esquina de Concepción Arenales (lo relataré después, una calle ancha que baja para las sierras y sube, lentamente, hasta llegar a la calle W. Paunero donde está el absurdamente grande edificio de los tribunales, color ámbar y siempre más vacío que un mausoleo); y aquí me detengo unos breves segundos, nada más de lo que se le permite a un peatón que carga un apuro leve. Y leo un cartel amarillo con letras grandes que reza un mensaje sencillo:

"A NADIE LE IMPORTA LO QUE HAGAS."

Dos cosas se me ocurrieron en un segundo.
Primero: es una máxima perfecta, si se desvincula de cualquier intención que haya podido tener el cartel. Para ser más claro, no importa quién lo pegó y por qué; el cartel ha pasado a pertenecer a la calle (como dicen que una "obra" pasa a pertenecer a la "literatura", que vendría a ser ese campo abierto donde le puede caber un balazo a uno en cualquier momento). De ahí que el impacto que haya provocado en mí ese cartel no haya sido más ni menos que eso: impacto de cartel sobre un peatón, una cosa tan simple que se podría proponer como una formulación algebraica. Aparte es perfectamente tautológico: si, como el mismo cartel dice, a nadie le importa lo que yo haga, a nadie le importará que yo piense que el cartel está efectivamente dirigido a mí.
Segundo: una máxima de tal envergadura no puede ser pasada por alto; a la vez, siempre puede pasarse por alto. Quién no ha escuchado en su vida el famoso "carpe diem", si no lo ha visto tatuado o se lo ha tatuado incluso; quién le ha dado al famoso "carpe diem" siquiera (como se dice acá) un tronco de bola en toda su vida. Vivimos olvidando las máximas más nobles y nos tatuamos las que suenan más lindo; las otras las dejamos en una especie de raro breviario que se asemeja a la Biblia o al Martín Fierro. Esta frase es el mismo caso, y la escuché formulada en muchas de sus variantes antes de toparme con ella hoy (por lo demás, hoy fue un día excepcional para mí). Lo segundo que pensé fue fugaz, cayó a mi cabeza armado como cae una frase que viene empaquetada desde un helicóptero que vuela por ahí: "esto es algo que no debemos olvidar: debemos recordar esta frase dos o tres veces por día, nada más que eso, ante cualquier cosa que estemos haciendo - y recordemos que, cualquier cosa que hagamos, a nadie le importa nada".
Es muy engorroso para cualquiera discutir en términos de verdad o de mentira. Bukowski se pintaba a sí mismo como el héroe de sus relatos; sus amigos lo han visto nadando en su propio vómito. Y está bien. No importa eso; no importa si es verdad. No importa si es verdad lo que reza el cartel: no importa, no me importa, y creo que a nadie le importa si eso es verdad. Por razones de comodidad me atengo a lo que pasó en realidad, y mis conclusiones bien mías y rudamente comunicables.
Qué feo es tener que vivir dando explicaciones. Qué feo es tener que formular razones, causales y lógicas (lógos: palabra) que encadenen un hecho con el anterior y estos a su vez con motivaciones psicológicas, para dar cuenta de una razón por la cual estoy acá escribiendo esto a las 4 de la mañana, o comiendo una naranja al sol, o masturbándome en un baño público. Qué feo tener que justificar como si uno compareciera efectivamente ante la justicia. Es feo tener que interrumpir la acción para ponerse a razonar por qué actúo. Ahorra mucho tiempo, mucha energía, mucho espíritu, mucho bienestar, mucha tranquilidad de conciencia pensar más bien: "no tengo que dar explicaciones a nadie de mi accionar (en tanto no haga mal a nadie, podríamos añadir); lo que es lo mismo que suponer que a nadie le importa en realidad tales razones".

Usted lector, si existe, tiene una vida distinta a la mía. No me cuesta imaginar que usted no es yo, sino estaríamos en un problema. Lo afirmo con vehemencia, que es algo que intento evitar. Usted tiene una especie de rutina, si no le ofende el término, distinta a la mía que repite, hecho más hecho menos, de lunes a viernes o de martes a domingo, etc. Una rutina que puede diferir muchísimo o muy poco pero difiere; diferirá también, y esto es lo interesante, su forma de ver esta rutina una vez asimilada esta máxima (aunque asimilar una máxima es una tarea muy difícil - más fácil es amasar una fortuna). Si usted efectivamente piensa, siguiendo a un mal consejero como puedo ser yo, si usted recuerda dos o tres veces por día este cartel que ni siquiera leyó con sus propios ojos, probablemente sus acciones tomen un cariz un poco distinto. Se dará cuenta de lo limitado que es usted en el mundo y, por lo mismo, de lo ilimitadas que son sus posibilidades. Si uno se pone a la defensiva, vale decir, si uno se pone a intentar explicaciones antes de llevar a cabo la acción (ejemplo extremo y enfermizo que me pasaba muy a menudo) el mundo se le cierra como una almeja en la nariz y se queda mirándolo desde afuera, confundido, siempre pareciendo un tonto (aunque piense que esto es irrelevante). Sólo al darnos cuenta de que nuestras acciones no duran, que nuestras actitudes no tienen trascendencia y no hay nada que, en fin, sea de interés para todo el mundo, es donde empezamos a actuar sinceramente desde nuestra salvaje naturaleza.

16.5.13

Bettiana

Unas circunstancias desparejas me acercaron a Bettiana, una predisposición a esas amistades raras que uno se hace en la adolescencia (¡éramos los dos adolescentes y seguimos siendo!) hizo el resto. Recuerdo lo mal que la pasé una noche de enero en la que salí con unos amigos a Paso de la Patria y terminamos en la casa de un tipo que, pasado de cocaína, estaba a los sillazos limpios con su hija y amenazándonos de muerte a nosotros. Atinamos a sacar nuestras cosas silenciosamente y escapar de ahí sin saludar; naturalmente nos conocíamos todos en Facebook, y a las dos semanas me agregó Bettiana, amiga de amigos. Como yo era "joven" (más joven que ahora) aceptaba con entusiasmo cualquier solicitud que pareciera "sumar a mi vida" (ya voy a ilustrar esto más adelante) y no tardamos en empezar a hablar, porque los dos teníamos algunas cosas en común pero entre ellas, una forma un poco desviada de ver la vida. La primera vez que hablamos fue a propósito de una película de travestis en Europa Europa. Viéndolo en retrospectiva, me parece raro que en ese entonces las conversaciones larguísimas no hayan sido raras. No sé si sea por la edad o por las pocas responsabilidades (o muchas irresponsabilidades) que tenía, pero no era raro quedarme hablando con alguien por el (bendito) MSN Messenger hasta las cinco de la mañana. ¿Hubiera aprovechado más la afortunada circunstancia, si hubiera sabido que se terminaría?
Esta nota nostálgica tiene un por qué y es lo que quiero pasar a explicar antes de ahondar en más detalles. Hace poco mudé de lugar una caja de galletitas Bagley que tenía guardada en el ropero, cubierta con un manto violeta. Dentro de la caja hay lo que toda persona tendría que tener por lo menos para consulta referencial: cuadernos viejos. (Es difícil saber quién se es si se olvida qué se escribió y cuándo; no hay duda de que escribir es una tendencia natural que también naturalmente tendemos a reprimir de algún modo). Entre ellas encontré esta libretita, que es una historia aparte. Me costó $1,80 en uno de esos bazares de baratijas por la peatonal de Corrientes, y menos me sedujo por su utilidad práctica que por su bajo precio. Sin embargo, y aunque venía escribiendo en cuadernos grandes, me acostumbré a escribir tres o cuatro palabras y pum chau hoja y a lo que sigue. Esa libretita tenía en el bolsillo la primera vez que fui a Resistencia a juntarme con Bettiana; sinceramente no me acuerdo qué habremos hecho ese día pero estoy casi seguro de que no fue la misma vez que me caí de las escaleras del cine, porque me hubiera muerto de vergüenza en vez de morirme de risa. La libreta era curiosa y despertaba la curiosidad de todo aquél que la veía; a primera vista era obvio que no podía tener utilidad práctica y por eso mismo yo siempre invitaba al interlocutor a escribir algo grato que pudiera quedar como recuerdo. Encontré la libretita suelta dentro de la caja, haciendo un ruido casi inaudible entre tantos cuadernos grandes y libros de ejercicios de idiomas extranjeros... yo que estaba por aprovechar estas horas de madrugada para estudiar me aboqué sin embargo a la melancolía y al recuerdo (¡qué cursi suena!) y no pude pasar esta hoja sin hacerle un debido homenaje a su significado.
Bettiana es una amistad de las más importantes: de las que enseñan. Lo peor que nos pasa en la vida guarda siempre, en su interior, la semilla de algo nuevo, de un cambio "radical", de raíz. Esa noche que mencioné en el Paso fue una de las peores noches de mi vida (durante mucho tiempo la consideré la peor, pero ahora trato de alejarme de los extremos). Se lo dije a Bettiana una de las primeras veces que hablamos, de esas veces en las que vas tanteando un poco a ciegas cómo ganarte la confianza del otro. Algo que me gustó desde el principio fue que en ningún momento ese tanteo se complicó demasiado. El hecho de que tengamos pocas cosas en común pero que sepamos entendernos bien hace crecer una relación de amistad tan fructífera como didáctica: aprendí muchas cosas de Bettiana (importantes y triviales) y si no seguí aprendiendo fue porque mi propia dejadez (ya tuve bastante tiempo para arrepentirme de esto) me hizo creer que necesitaba aprender otra clase de cosas. Sin embargo, no hay duda de que construimos nuestras vidas a partir de los cimientos que nos ponen los otros. Todo este largo rodeo es para recordarme que debo recordar mis propios cimientos; los albañiles, que a veces también son profesores, que muchas veces también son amigos, son una parte fundadora de la vida (en el sentido más estricto de la palabra) y olvidarlos es una traición de las peores. Y como es sano no sólo estar bien con el pasado sino también quererlo, escribí esta entrada. Ahora sí, ilustro.


15.5.13

Joaquín

un panelista avanzó al frente entre toses y situándote equidistante al público y al vulgar telón verde esmeralda dijo:

"señor productor:
¿qué garantía hay de mi tranquilidad si yo mismo no me fío de la realidad de este mundo... de sus posibilidades...? si es un trabajo de imaginación no menor el construir deliberadamente mundos posibles a partir de ahora, ¿cómo vivir el ahora - calmo y sencillo, sabiendo que todo, hasta lo más disparatado, está latente? ¿cómo considerar esto y sus mil variaciones? ¿cómo no ser a secas neurótico?
uno intenta relajar la cabeza sobre una mullida almohada que nos regaló nuestra abuela, habiéndola rellenado ella misma, sin historia. pero ya hay ahí mucho que analizar: ¿dónde ha estado esa sencilla almohada, qué ha visto y precisamente cuándo? ¿qué me garantiza que no vaya a estallar, haciendo estallar con ella mi cabeza en mil pedazos? ¿quién me lo garantiza? ¿Guillermo de Occam? Guillermo de Occam nunca oyó hablar de mí, no me conoce ni sabe que existo y traerlo a colación es perversamente similar a poner de garante a Thatcher para un nuevo y pacífico orden mundial. nada, nada o muy poco hay que pueda aprender de otros mundos (si del de ahora derivan mil, de mi cabeza derivan en un segundo quinientos millones), no dude que se suceden como fotogramas infernales 176.588.935.711.623.441.37
3.675.990 cosas que podría estar pensando ahora y no pienso, y tampoco dude en atribuir a ese torrente insano mi conducta observable: morderme las uñas hasta dejarlas en carne viva, golpear mis rodillas frenéticamente detrás del panel que me toca. mi propio universo personal, un fluctuante carro de estiércol aguado y postrado ahí yo como demiurgo, testaferro y observador imparcial. mi torpeza no es atribuible a la misma clase de torpeza que tiene un bruto cadáver atendiendo en la caja de un supermercado; mi torpeza se debe, contra todo pronóstico, a un exceso de vida. ¿cómo remediarlo?
quiero agradecerle por el espacio y me reservo las plegarias para hacer esto un poquito más ameno. perdón por el tiempo que hice perder a los televidentes."

hubo un aplauso tímido y luego efusivo mientras el panelista se acomodaba de nuevo en su lugar. su nombre era Joaquín Maldonado, tenía 36 años, dos hijos, estado civil casado, habitaba entonces en Temperley pero su familia era de San Justo, provincia de Santa Fe.
a este humilde panelista, aficionado de paso a las películas de zombies, a los dramas de Sony y a las canciones de Zambayonny, no le parecía absurda la idea de una novela o, digámoslo ya, un best-seller (en toda la didáctica dignidad de ese término) en el que el protagonista principal, un antihéroe como se estila en estos días, relate en carne propia una experiencia de enloquecimiento progresivo, una especie de diario de viaje sin otro destino que los oscurísimos anales de la mente, tema morboso, tema fetiche que se reinventa de era a era precavido siempre de saberse trillado.
sí: como Ulises, un señor, agreguémosle para mayor intimidad las iniciales J. M., se embarca en un frágil botecito que lo llevará a través de un mar claro, calmo, hasta familiar... después del breve regocijo del ocaso naranja la noche. y el hombre, flotando todavía como una cáscara, empieza a considerar algunas cosas cada vez más seriamente.
inciso número 1: siempre está la posibilidad de una tormenta, cuando no un iceberg o un marciano extraviado, que serían más tolerables al no ser fenómenos tan difusos.
inciso 2: por lo mismo, el botecito está siempre próximo a romperse.
inciso 3: no sabemos cuándo llegará la costa, lo que es igual a decir que no hay costa.
inciso 4: haciendo un breve repaso de monstruos marinos que mi enciclopedia de marinero propone, evalúo los que podrían estar presentes en estas aguas: no son los más amigables.
el hombre atravesará más bien rápidamente un estuario, un pantano, lagunas playas y hondísimas fosas cuya profundidad se infiere al ser más oscuras que la noche misma, que su reflejo en el agua. al amanecer, se encontrará encallado en un frío desierto sin pisadas: inaprehensible, arenoso, simple. el aislamiento extremo, el laberinto perfecto; con licencia para alternar entre cuadros psicóticos y esquizoides, nuestro Ulises hará gran uso de su libertad de ser nada: solo en el desierto, con las voces de su cabeza o su propia calamidad personal o sus culpas irresueltas pero al fin solo. nadie que le pregunte nada, nadie que lo maltrate, que abuse de él en ninguna forma posible ni que lo escuche, ni que se queje, ni que respire. y él tampoco nada para nadie. tendrá nada y no podría morir de hambre pero cargará, caminando a veces y descansando a veces, un peso de plomo fundido: su cabeza.
la novela, didáctica como pocas, ni siquiera necesitará una alusión al carácter inútil del suicidio del antihéroe. como él, no buscará conmiseración ni mucho menos limosna (será un best-seller sin pedirlo, así como él un antihéroe sin saberlo). buscará acercarse lo más posible a la esencia del infinito desierto, lugar donde nada hay, fin de toda llegada que no admite escapatoria más de lo que admite descripción detallada.
aunque es posible, díjose Joaquín súbitamente asustado, que el que aborde la escritura de tal novela se vea asimismo seducido por las parcas deformes de la locura, que como la marea del mar engullen los pedacitos de madera en el naufragio por impacto, y poco a poco los cuerpos podridos. y ci falt la geste.

6.5.13

China

El pueblo chino es artesano nato.
Todo lo que se puede encontrar carpinteando, ya lo han descubierto los chinos.
La carretilla, la imprenta, la pólvora de cañón, la mecha, el barrilete, el taxímetro, el molino de agua, la antropometría, la acupuntura, la circulación de la sangre, tal vez la brújula y muchas otras cosas. La escritura china parece un idioma de empresarios, un conjunto de signos de taller.
El chino es artesano y artesano hábil. Tiene dedos de pianista.
Sin ser hábil no se puede ser chino: imposible.
Hasta para comer, como él lo hace con dos palillos, hay que tener una cierta habilidad. Esta habilidad, la ha buscado. El chino podía inventar el tenedor, que cien pueblos han encontrado, y utilizarlo. Pero ese instrumento, cuyo uso no requiere destreza alguna, le repugna.
En la china el "unskilled worker" no existe.
¿Qué cosa más sencilla que ser un vendedor de diarios?
Un vendedor de diarios europeo, es un pilluelo gritón y romántico que se agita y vocea a voz en cuello: "¡Matin! ¡Infran! 4a edición", y tropieza con uno.
Un vendedor de diarios chino es un experto. Examina la gente que recorre, observa dónde están las personas y, poniéndose la mano como pantalla, dirige la voz a una ventana, a un grupo, más lejos a la izquierda, en fin, donde sea necesario, tranquilamente.
¿A qué ahuecar la voz y lanzarla donde no hay nadie?
En la China no hay nada sin destreza.
La cortesía del Extremo Oriente no es una simple refinamiento dejado más o menos a la apreciación y al buen gusto de cada uno. El cronómetro no es un simple refinamiento dejado a la apreciación de cada uno. Es un trabajo que ha necesitado años de aplicación.
Hasta el bandido chino es un bandido calificado, tiene una técnica. No es bandido por rabia social. No mata inútilmente. No busca la muerte de las personas, sino el rescate. No los daña más que lo estrictamente necesario, cortándoles un dedo tras otro, que expide a la familia con pedidos de dinero y amenazas calculadas. Además ,la astucia en la China no es sólo aliada del mal, sino de todo.
La virtud es "lo que está mejor combinado".
Por fin, para citar un gremio, a menudo despreciado: los changadores. Los changadores, en todas partes, amontonan generalmente sobre la cabeza y sobre sus espaldas todo lo que pueden. Su inteligencia no brilla bajo los muebles.
Los chinos han llegado de hacer del transporte una operación de precisión. El chino ama sobre todas las cosas un justo equilibrio. En un armario, un cajón que se opone a tres o dos a siete. El chino que va a transportar un mueble, lo divide de tal manera que la parte que sujeta atrás equilibrará la de adelante. Las cosas van sujetas a un grueso tallo de bambú que lleva a la espalda. Se ve con frecuencia, de un lado, una enorme marmita que suspira o una estufa humeante, y del otro cajas, platos, cajones. Es fácil darse cuenta de la habilidad que eso requiere. Y ese desfile tiene lugar en todo el Extremo Oriente.


*

La poesía china es tan delicada, que no encuentra jamás una idea (en el sentido europeo de la palabra).
Un poema chino es intraducible. Ni en pintura, ni en poesía, ni en el teatro, hay esa voluptuosidad cálida, espesa, de los europeos. En un poema, indica, y los rasgos que indica no son los más importantes, no tienen una evidencia alucinante, la evitan, y ni siquiera la sugieren, como suele decirse. Más bien, se deduce de ellos el paisaje y su atmósfera.
Cuando Li Po nos dice cosas aparentemente fáciles como esto que es un tercio del poema:


Azul es el agua y clara la luna de otoño
Recogemos en el lago sur lirios blancos
Parecen suspirar de amor
y llenan de melancolía el corazón del hombre en la barca.

hay que empezar diciendo que el golpe de vista del pintor es tan común en la China que sin otra indicación, el lector ve de manera satisfactoria, se regocija, y con toda naturalidad puede dibujar con el pincel el cuadro en cuestión. Un ejemplo antiguo de esa facultad:
Hacia el siglo XVI, no sé bajo qué emperador, la policía china ordenaba a sus inspectores que dibujaran subrepticiamente el retrato de cada extranjero que entraba en el Imperio. Diez años después de haber visto ese único retrato la policía lo reconocía. Más aún, si se cometía un crimen y el asesino huía, había siempre alguien en la vecindad que podía hacer de memoria el retrato del cual se tiraban muchos ejemplares, que se enviaban a la carrera por las grandes rutas del Imperio. Acorralado por sus retratos, el asesino acababa por entregarse al juez.
A partir de ese donde ver, el interés que tomaría un chino en la traducción francesa o inglesa del poema sería mediocre. Y después de todo, ¿qué contienen en francés esos 4 versos de Li Po? Una escena.

Pero en chino, contienen unas treinta: son un bazar, son un cinematógrafo, son un gran cuadro. Cada palabra es un paisaje, un conjunto de signos cuyos elementos, hasta en el poema más breve, promueven un sin fin de alusiones. Un poema chino es siempre demasiado largo, es tan repleto, tan realmente halagador y tan erizado de comparaciones.

En la palabra azul (Spirit of Chinese Poetry, de V. W. W. S. Purcell) está el signo de partir leña y el del agua, sin contar el de la seda. En la palabra claro, la luna y el sol a la vez. En la palabra otoño, el fuego y el trigo, etcétera.
De modo que al cabo de tres versos, hay una afluencia tal de aproximaciones y de refinamientos que uno queda maravillado. Este encanto se produce por equilibrio y armonía, estado que el chino gusta por sobre todas las cosas, y en el que encuentra una especie de paraíso.
Este sentimiento, más opuesto a la paz exaltada de los hindúes que a la nerviosidad y acción europeas, sólo se encuentra en las razas amarillas.
(Henri Michaux, Un bárbaro en Asia)

4.5.13

Pedagogía

1. 
Mientras caminábamos por el largo corredor escolar [...] Pimko escupía en cada escupidera encontrada sobre el camino, y a mí me ordenó hacer lo mismo —no podía, pues, protestar porque escupía y así, salivando, alcanzamos el despacho del director Piorkowski.
Piorkowski, un gigante de gigantesca estatura, nos recibió sentado absoluta y poderosamente sobre sus asentaderas, me pellizcó sin demora en la mejilla con una bondad paternal, produjo un ambiente simpático, me acarició el mentón, yo hice una reverencia en vez de protestar y el director por encima de mí dijo a Pimko:
— ¡Cucu, cuculeíto! Créame que los adultos, artificialmente por nosotros infantilizados y achicados, constituyen un elemento aún más propicio que los niños en estado natural. ¡Cucu, cuculao, sin alumnos no habría escuelas y sin escuelas no existiríamos nosotroso! Confío que no me olvidará en lo adelante, mi institución seguramente se lo merece, nuestros métodos de fabricación de los cuculeítos son sin competencia y el Cuerpo Docente está seleccionado con sumo cuidado para esos fines. ¿Quiere ver el cuerpo?
—Con el mayor gusto —contestó Pimko—, es sabido que nada influye tanto sobre el espíritu como el cuerpo.

2.
El director entreabrió la puerta de la sala contigua y ambos doctores arrojaron un discreto vistazo; yo lo arrojé también. Me asusté seriamente. Los profesores, sentados detrás del a mesa, tomaban té con bizcochos. Nunca he tenido la oportunidad de ver juntos tantos y tan lamentables viejitos. La mayoría sorbía ruidosamente, uno ingurgitaba, otro deglutía, otro engullía, otro mascaba, otro manducaba y el sexto tenía la cara de un desgraciado.
—Sí, doctor —dijo el director con orgullo— el cuerpo está bien elegido. Aquí no hay ni un solo cuerpo agradable, simpático, normal y humano, son sólo cuerpos pedagógicos como ya ve; y si la necesidad me obliga a tomar un nuevo maestro, siempre me cuido mucho que sea profunda y perfectamente aburridor, estéril, dócil y abstracto.
—Sí, pero la maestra de francés parece interesante —observó Pimko.
— ¡Pero qué esperanza! Yo mismo no puedo hablar con ella durante un minuto sin bostezar dos veces por lo menos.
— ¡Ah, entonces es otra cosa! ¿Serán sin embargo, bastante experimentados y conscientes de su misión pedagógica?
—Son las más fuertes cabezas de su capital —repuso el director—, ninguno de ellos tiene un solo pensamiento propio; y si lo tuviese ya me encargaría de echar el pensamiento o al pensador. Esos maestros son perfectos alumnos y enseñan sólo lo que aprendieron, no, no, no queda en ellos ningún pensamiento propio.
—Cucu cuculato —dijo Pimko— veo que dejo a mi Pepe en buenas manos. Sólo un verdadero maestro sabrá inyectar a sus alumnos aquella agradable inmadurez, esa simpática indolencia e ineficacia ante la vida, que han de caracterizar a la nación para que constituya un buen campo de actuación para nosotros, verdaderos pedagogos dei gratia. Sólo con un personal bien adiestrado lograremos infantilizar a todo el mundo.
—Sss... sss... sss...—repuso el director Piorkowski tomándole por la manga—, es cierto, culacuquillo, pero cuidado, no hay que hablar de eso en voz alta.

3.
En este momento un cuerpo se volvió hacia otro cuerpo y preguntó: —Eh, eh, eh, y... ¿qué tal? ¿qué tal, doctor?
—¿Qué tal? —contestó el otro cuerpo—. Los precios suben, doctor.
—¿Suben? —dijo el primer cuerpo. —Bajan, creo, doctor.
¿Bajan? —preguntó el segundo cuerpo.
—Parece que suben.
—Los bizcochos suben —gruñó el otro cuerpo y envolvió los restos del bizcocho en el pañuelo.
—Los mantengo a dieta —murmuró Piorkowski, el director— porque sólo así serán bastante anémicos; y como ya usted sabe, nada favorece tanto como la anemia a los granitos, erupciones y mucosidades de l'age ingrat, de la edad ingrata.
(Witold Gombrowicz, Ferdydurke)

2.5.13

Voyeur

felipe frente a la Casa.
¿quién vivirá ahí: un marqués, un ingeniero? cuatro ventanitas chiquitas forman los barrotes en cruz de su ventanal ocre, dentro percibiéndose el movimiento continuo de la cortina crema acariciada por el vaho del aparato AC y detrás de su recelosa opacidad el soñador adivina su inventario:
estudio quedo, sutilmente iluminado por tres focos amarillos de 75 w. tras respectivas sombras cilíndricas ubicadas paralelamente y a lo largo de la pared y opuestamente a los amplios espejos. escritorio nogal. vidriado y supra: fotos de hijos. recuerdos de egresado. cita con el médico. teléfonos de interés. puestos arriba: libros de medicina, revistas de arquitectura, guías, howto's, índex (no excluyentes). portarretratos vertical 25x18 la esposa en algún lugar del caribe venezolano, del mediterráneo griego o de lo que llaman oriente; sobrio esquema completado con tres sillones tapizados de fieltro marrón oscuro con finas líneas beige sostenidos por sendas patas de madera ejerciendo un equilibrado contrapeso perpendicular al piso de parquet (tiras de tronco oscuro colocadas en diagonal: configuración espejada cielo-tierra de otro sobrio esquema). encerar dos veces por semana. una puerta y (como se ha dicho) un imponente ventanal dividido en cuatro por barrotes en cruz, juiciosamente colocado en el vértice enfrentado a la puerta, cuyo haz de luz se desploma sobre la acera de roca compacta y tempranas briznas silvestres a pocos pasos de donde el soñador observa en silencio.
- ¿qué mirás, felipe?
los puntitos de la piel de gallina suben en congregación curva desde el bajovientre a la nuca al cálido roce de la mano de su esposa. isla de calor en un viento frío, inmóvil y pusilánime. oscura tarde invernal.
-nada, mi amor.
felipe frente a la Casa: las cortinas crema balanceándose al calor del AC doble función, las cuatro ventanitas color ocre. cuesta desviar la mirada (puntitos en helada congregación) menos real que creíble.

Barthes

La comodidad

Hedonista (ya que se cree tal), aspira a un estado que es en suma el confort; pero este confort es más complicado que el confort doméstico cuyos elementos fija nuestra sociedad; es un confort que él mismo se organiza, que se fabrica con sus propias manos (como mi abuelo B., que al fin de su vida se había armado un pequeño estrado a lo largo de su ventana para ver mejor el jardín mientras trabajaba). Este confort personal podríamos llamarlo la comodidad. La comodidad recibe una dignidad teórica [...] y también una fuerza ética: es la pérdida voluntaria de todo heroísmo, aun en el goce.

(Roland Barthes, Roland Barthes par Roland Barthes)

Deleuze

No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso, como en el «caso de Nietzsche». Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles. De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una nueva visión a la cual se va abriendo al pasar.
(Gilles Deleuze, La literatura y la vida en Crítica y clínica)