4.4.13

La valla que huele a madera mojada



Es la una y media. Estoy en el café Mably comiendo un sandwich, todo es casi normal. Además, en los cafés todo es siempre normal, y especialmente en el café Mably, gracias al gerente, Fasquelle, que ostenta en su cara un aire canallesco muy positivo y tranquilizador. Pronto será la hora de la siesta y tiene los ojos enrojecidos, pero su porte sigue siendo vivo y decidido.

[...]

Todavía hay unos veinte clientes, solteros, modestos ingenieros, empleados. Almuerzan rápidamente en pensiones de familia, lo que ellos llaman el rancho, y como necesitan un poco de lujo, vienen aquí después de la comida, toman un café y juegan al póker de ases; hacen un poco de ruido, un ruido inconsistente que no me molesta. También ellos necesitan juntarse para existir.

[...]

Esos jóvenes me maravillan; mientras beben el café cuentan historias claras y verosímiles. Si se les pregunta qué hicieron ayer, no se turban; os lo dicen en dos palabras. En su lugar, yo farfullaría. Es cierto que desde hace mucho, nadie se ocupa de cómo empleo el tiempo. Cuando se vive solo ni siquiera se sabe ya lo que es contar; lo verosímil desaparece al mismo tiempo que los amigos. También se deja correr los acontecimientos; se sumerge uno en historias sin pies ni cabeza; sería un execrable testigo. Pero, en compensación, no se pasa por alto todo lo inverosímil, todo lo que nadie creería en los cafés. Por ejemplo, el sábado, a eso de las cuatro de la tarde, en el caminito de tablas del depósito de la estación, una mujercita vestida de azul celeste corría hacia atrás, riendo, agitando un pañuelo. Al mismo tiempo un negro con un impermeable color crema, zapatos amarillos y sombrero verde doblaba la esquina y silbaba. La mujer tropezó con él, retrocediendo todavía, bajo una linterna suspendida en la valla, que se enciende a la noche. Estaban, pues, allí, al mismo tiempo, la valla que huele a madera mojada, la linterna, la mujercita rubia en los brazos del negro, bajo un cielo de fuego. De haber sido cuatro o cinco, supongo que hubiéramos notado el choque, todos aquellos colores tiernos, el hermoso abrigo azul que parecía un edredón, el impermeable claro, los vidrios rojos de la linterna; nos hubiéramos reído de la estupefacción que manifestaban esos dos rostros de niños.

Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír; el conjunto se animó para mí, de un sentido muy fuerte y hasta hosco, pero puro. Después se dislocó: sólo quedó la linterna, la valla, el cielo: todavía era bastante hermoso. Una hora después la linterna estaba encendida, soplaba el viento, el cielo era negro; ya no quedaba absolutamente nada.

(La náusea, de J. P. Sartre)

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