17.4.13

"It's bigger. There's something out there, man."

Mi abuelo, hablando sentados en la vereda una noche, me enseñó que hay que ser un tipo sencillo y no arrogarse una carga más pesada de lo que uno puede aguantar; le pido que me perdone si tengo el descaro de arrogarme lo siguiente: que donde estés me vas a leer. Por eso nomás escribo. Si tuviera la terminal certeza (ahora voy a explicarte bien los términos de esa certeza) de que no me leés, para qué escribiría. Aparte de que seguramente escribiría igual.
Algunas cosas cambiaron, y cuando algunas cosas cambian, el pasado también cambia; el pasado no es más que como lo vemos, y al cambiar lo vemos con otros ojos. Las cosas que escribiste vos antes podrían haberme impactado menos de lo que me impactan ahora. "Ahora": incluso el presente cambia a cada momento. Tratar de asir este presente cambiante es la razón por la que escribo.
(Vi una vez un diagrama del tiempo: lejos de lo que pensamos que es, lineal y aburrido, el tiempo es un círculo o una esfera que contiene muchísimas espirales que se entrecruzan, nacidas de causas y que desembocan en efectos; según este modelo, no sé dónde estaría tu espiral, seguramente muy separada de mí. "Ahora" tu espiral es la mía; es la segunda cosa que me arrogo. Después voy a volver sobre esto).
Sigo viviendo en Córdoba, de donde entramos y salimos apresuradamente. Córdoba tiene una escala de tiempo curiosa: las cosas pasan en un día o en una semana, ni más ni menos. Te cito ejemplos que conocés: una noche yo estaba llegando mientras vos correteabas apresuradamente a Buenos Aires; una semana estuve yo esperándote ansiosa, secretamente hasta que en ocho minutos todo se desconfiguró y quedó así, estable como está ahora, lívido como si flotara. Bueno. Las muchas cosas que tengo todavía para decirte siguen amontonándose ahora que no puedo hacer nada; eso no está ni bien ni mal. Nacen cosas nuevas cada tanto. Las escribo para que no se escapen. Voy a ser más concreto.
Hoy a la mañana estaba leyendo un libro de Jean-Paul Sartre mientras re-escuchaba un CD de Green Day, ése que formó a nuestra generación de fanáticos. ¡Qué error!, me vas a decir, ¿por qué no hacés una cosa a la vez? O Green Day o Sartre, tonto. Uno no puede prestar atención a las dos cosas. Ta gueule!, dice mi mente ahora dispersa; entonces estaba tomando un café, leyendo efectivamente a Sartre y escuchando a Green Day, y mientras las palabras que escribió Billie se cruzaban con las palabras que escribió Sartre 58 años antes no podía evitar notar que había muchas discrepancias, pero también había escalofriantes coincidencias. Así leía, nada ortodoxa, nada académica, nada productivamente: mientras el CD que conozco de memoria lustraba, como un trapo sobre una mesa, un tejido de párrafos que yo no conocía, el resultado era de alguna manera tan incongruente que por momentos me estremecía de lo sublime.
En un momento el narrador pelirrojo se acerca a un cuadro de un hombre rollizo y respetable, un cálido anti-socialista que atrae a las ovejas descarriadas bajo su influencia y les presenta el camino correcto de la vida; una filosofía tan pura que atrae a los rebeldes y los convierte en adoradores de la élite; un caballero de labia envidiable, un burgués bien. El narrador pelirrojo, parado enfrente del cuadro de ese médico muerto, le decía: "señor, yo ni siquiera soy una oveja descarriada; ni siquiera soy una oveja; usted no puede hacerme amarlo, yo existo, nada más".
Cuando este buen hombre pelirrojo dio su media vuelta inapelable Billie cantó, como vos bien sabés que canta: "There is nothing left to analize!".
(¡OHH!) bueno, una cosa parecida acaba de pasar, pero antes tengo que contarte otra cosa.
Me tomé la molestia de reparar una vieja máquina de escribir verde que tengo en casa juntando polvo y pelos de gato, para poder transcribir algunos apuntes de clase (me alegra contarte que pasé sin mayores problemas a segundo año, aunque me quedó colgadita esa materia que odiaba). Me tomé la molestia de comer unos fideos y de tomar un cafecito de postre; y como ya me había tomado demasiadas molestias y ya era demasiado tarde para empezar a estudiar me puse a ver un capítulo de House, como hago algunas veces que ceno solo.
Me acordé de vos por segunda vez hoy, como para mantener una suerte de promedio diario. (Demás está decirte que sos como una niebla que impregna mis quehaceres de un arco iris que se esfuma ni bien lo veo; lo cual es buena señal, porque sé que en algún momento ese arco iris estuvo ahí). Hay un capítulo que se llama "97 Seconds".  No sé si lo viste. ¿Lo viste? Es importantísimo saber si lo viste; fatal.
En él hay un tipo que es atropellado por un conductor ebrio y pasa 97 segundos muerto.
Se mantiene un excepcional diálogo que no voy a transcribir acá entre House (Martina me corregirá si pienso que es un escéptico formidable) y el tipo en cuestión.
Los 97 segundos fueron para él una experiencia tan increíble que no dudó en buscarla conscientemente hundiendo una navaja de metal en un tomacorriente a la vista del médico de turno, que resultó ser House. Más tarde describió sus motivos con palabras que, confrontándolas a las de alguien que conozco, daban un resultado muy interesante. Su tesis: "hay algo allá afuera".
(No voy a cagarte el capítulo diciendo que esto deja a House con tanta intriga que él mismo intenta dilucidar la existencia de este ser lleno de luz hundiendo una navaja metálica en un tomacorriente a la vista de una de sus aprendices).
Mi egoísmo no me permite citarte. Tengo miedo de que alguna vez esos escritos que dan fe de tu (ya deambulante) sabiduría se pierdan por h o por b, pues nunca se sabe; debería pasarlos a papel cuanto antes, hacer alguna compilación que me interese sólo a mí, formar mi tentativa de obra de referencia. Pero lo único que pude hacer después de terminar de ver el capítulo es consultar. Te, consultarte.
Y como aprendí esta mañana, leer en silencio no sirve; para conmoverse, hay que conmoverse bien. (Esto no siempre sirve, pero no me vas a negar que sirve). Sí, vas a ver que se me cayeron algunas lágrimas por accidente. De vos aprendí a nombrar estos afortunados accidentes; "no sé si es por ___, o por ___, pero esto me hizo llorar...".
Voy a obviar para esta lectura la dureza de House en la última escena. Si no la obviara, no estaría escribiendo esto. No me queda otra que estar de acuerdo con un grupo de gente que fue tildada de irracional: a veces necesitamos aferrarnos a algo que "no existe" para sostener una cordura tambaleante. A mí me basta con poco; House dice que esa gran felicidad que siente uno en esos 97 segundos es una inmediata descarga de dopamina y serotonina... yo me aferro de esta descarga ajena para canalizar mi propia... y cada tanto vuelvo a lo mismo, a leer tu experiencia. Como si estuviera sentado frente a alguien mucho más viejo que yo, con la sorpresa de haberme encontrado con una persona de mi misma edad. Y que contra todo pronóstico, el sabio no hable sino escuche. Sólo que sin miedo; esas cosas malas (a diferencia de las otras) no permanecen.

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