11.4.13

Desordenado elogio a la figura de C. Colón

En la clase ya lo dije medio en joda medio en serio: envidio infinitamente a Cristóbal Colón. Es una envidia diluida, que tiene mucho de romántica y mucho de irresponsable, un vislumbrar olores y sonidos que no da más de borroso, pero existe; una cosa como entre sueños, como si yo mismo lo hubiera vivido hace setenta años. (Esta cantidad de tiempo me es desconocida porque tengo casi veinte, pero no es más desconocida que la hazaña de Colón hace seiscientos). Cada vez que alguien relata los primeros registros de su llegada se me viene la imagen añeja: el gran hombre desde la cubierta de su barco. Habiendo tragado toda la sal de mar, agrio de esperanza podrida, sintiendo de repente el dulcísimo perfume de las desembocaduras, la picazón nublada de arena. El Gran Hombre de la Cubierta: dos manos viejas sosteniendo la madera podrida y en el horizonte tres luces verticales de antorchas indias. A su espalda todo lo conocido: desde el Río Jordan a las abadías de montaña; los resabios de creerse caer sobre una tortuga. Enfrente el nuevo mundo. El Nuevo Mundo ortografía contemporánea. Después de un delirante estar nada más, náufrago firme; después de haber mentido sobre distancias y haber especulado sobre redondeces y haber sentido la poco convincente falta de algo. Haber saboreado los indicios primeros como quien abre un cofre: la llegada del pájaro que duerme sólo en tierra firme, después la hoja verde flotando, después el aroma a transparente costa. El pensar que el sol debería haberse escondido después: una montaña se yergue en el medio.
Remito a las antorchas. Tres luces que el Almirante dice ver revolverse a noventa millas. Le creería si dijera noventa mil. La esperanza miope.
El primer capítulo en la genealogía del que suscribe, probablemente del que lee. Tres meses en tierra de hombres desnudos sin entender una palabra; asombrándose de iguanas, de hojas secas de tabaco, caníbales, estuarios, lignáloe, vidrio verde; sonidos: Cibao, Coroay, Mayonic, Guarionex, la promisoria Bofío. Pocos hombres fueron tan afortunados de llevar sobre sus hombros una revolución semejante, más allá de que él pensaba que había llegado a un lugar que otros ya conocían. Si hubiera sabido que en realidad no, probablemente hubiera enloquecido de codicia; quién sabe si, entrevistándose en privado con el rey portugués (que estaba a siete kilómetros de Lisboa escondido de una epidemia de peste) no lo hubiera matado para hacerse con su corona; si a pesar de su juramento hubiera desdeñado el nombre plomizo de una Europa ancestral y hubiera dado muerte a esos famosos Reyes Católicos; tan desmesurada la tierra nueva, la oportunidad que se abalanzaba. No puedo sino envidiarlo con fuerza. Leyendo un par de obras espectaculares (espectaculares y no ficcionales: esto es lo más envidiable) pudo hacerse con el favor de los reyes de España, que después de su tardío matrimonio eran dos de los individuos más fuertes del orbe viejo. Hay quien lee Rimbaud y quiere visitar el infierno; esto no se compara. Ir y venir ("d'essas costas", escribe como si fuera un turista) cuatro veces, atravesando esa masa salitre y hostil, sobreviviendo a la euforia de saberse en el paraíso y a la tortura de saberse castigado; y que luego, todo lo que recordó se hunda en la nada para que otros vengan a escribir sobre lo que hizo, ya tan pacíficamente muerto en los albores de la Edad Moderna. Ni siquiera retratos quedan del célebre almirante. Su nombre es sinónimo de un desprecio vago por lo extranjerizante. Remite a avenidas gruesas y estatuas trabajadas y, quizás un poco, a una figura satirizada ignorante de todo lo que sucedía: convencido de que iba a cruzarse casualmente con la ciudad de Tokio. Figura platino en el estante de los que saben qué y cómo hacer y por eso se permiten un poco de locura. Nunca sabremos lo que se le cruzó al hombre por su cabeza cuando, apoyado sobre los mástiles de la cubierta o escuchando el grito de los capitanes de la flota, salió a ver lo más fuerte que podría haber visto un hombre en treinta días de mar y nada: tres luces de llegada a un mundo totalmente nuevo. Si una síntesis de su lucha personal, si un desprecio maquiavélico por quien gritó "tierra", si una calma sensación de que no podía pasar otra cosa.

Quiero reservar una línea al hipo de sorpresa que habrá surgido de Américo Vespucio cuarenta años después cuando, flotando cerca de la Trinidad, sus hojas llenas de cálculo astronómico le indicaban ya sin error que flotaba cerca de una tierra que jamás había sido caminada por el hombre blanco.

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