25.4.13

Carta

(Carta del señor Felipe de Sobremonte a su amigo, mentado sólo como Félix, fechada el 11 de agosto del 2011).
Córdoba, 11-VIII-11
Félix:
me alegra contactarte después de una larguísima ausencia, debida vos sabrás a qué cosas. espero no te moleste recibir esta carta. un amigo en común (el Ale, del almacén de Vedoya) me ha puesto al tanto de tu paradero, tan misterioso siempre, y resolví escribirte presuroso antes de entrar a dudar.
mi carta apunta a las novedades y en igual medida a los recuerdos; hasta acá no se diferencia de la correspondencia de viejos amigos. pero no somos viejos, Félix; yo no me siento viejo, y tu recuerdo imborrable me dice gravemente que vos menos que menos. y es por eso que añado una tercera parte a mi carta, cuya inclusión me preocupa especialmente: quiero hablarte de un proyecto.
(Siguen vagas referencias acerca de la mujer y los hijos del autor, prescindibles interrogantes acerca del destinatario, breve valoración del statu quo del barrio de Alta Córdoba.)
este proyecto que tengo en mente te incluye como (único) socio (posible) desde el vamos. vos como yo sabés que nos han arrojado al mundo sin promesas o estabilidad de ningún tipo; nos hemos ido haciendo de acá para allá, en solitaria comunidad de hombres solos, abandonados de vocación pero no de San Cayetano y, por lo menos, hemos terminado siendo zorros viejos. sé por el Ale que no tenés hijos ni profesión fija, lo que no puede sorprenderme. te doy la oportunidad de arrancar conmigo esta changa.
paso a contarte los pormenores. venía un martes de la taberna, como es costumbre, a la hora del aperitivo. no había nadie y pedí el vermút para tomármelo sin prisa. acto seguido salí a la calle. como tenía para hacer un par de trámites, enfilé al centro. no sé si has venido alguna vez desde el barrio —para vos, me juego lo que sea, lo sigue siendo— al centro, con los ojos bien abiertos. bien abiertos. la clave está acá, mi querido. yo sé notar cuándo las cosas cambian, los años no han podido hacerme idiota. las cosas han cambiado, Félix. una sola visita al centro te libra de toda duda. no te quiero aburrir con esto, pero te lo señalo para que lo tengás en cuenta. hay algo que nosotros conocimos y ya está muerto, olvidado, reducido a nada; en el medio de una brecha generacional (ya a mis hijos no los entiendo) quedó algo, algo indefinible, hundido justamente en esa brecha, muy oscuro para ser recordado por los viejos y también muy oscuro para ser explorado por los jóvenes, que no se sienten llamados a nada más grande que ellos mismos.
he dicho que este algo es indefinible, aunque así y todo es ejemplificable. hay sectores de la ciudad —no me sorprendería que vos te hayas dado cuenta de lo mismo— abarrotados en la oscuridad, tan desubicados, tan dislocados, tan absurdos, que para mí son de lo más noble, de lo más hermoso y de lo más significativo.
teléfonos y módems telefónicos, monitores blancos. altos vaqueros azules ("blue jeans"). relojeros, mesas de relojero, y también crucigramas estilo "mesa de relojero". también toda clase de publicidad gráfica desde posavasos a pósters cinematográficos; revistas y literatura, croquis viejos de refinerías o plantas de energía eléctrica enmarcadas en pino grabado con fecha; choperas, cassettes; carajo, hasta panfletos políticos de la época de Menem y cintas VHS con películas como La sirenita o Los hombres de negro —sic—.
Félix, todo eso es rentable. todo eso está ahí, muerto, y no se mueve sólo porque nadie indicó que vale algo. es sencilla y fácil la cosa: ponemos toda junta la chatarra en un galpón, Félix, y convencemos a todos de que la modernidad ha terminado, de que los tiempos pasados no volverán, y, sobre todo, de que las reliquias aquí expuestas son las únicas pruebas de que toda una época realmente existió y nos vio felices. Félix, nosotros a la delantera de un ejército de tuertos, mancos, rengos y sordos con audífonos de medio pelo, que ahora mismo están sueltos por ahí regalando su miseria sin darse cuenta de que son ESTATUAS ROMANAS DE BRONCE, Félix! que conocen algo de lo que pueden dar fe, el tiempo viejo, y lo único que resta por hacer es que nosotros, pregoneros del "porvenir de lo olvidado" (te ruego que no te olvidés de esta expresión, en cuanto hayas recibido la carta), lo único que tenemos que hacer es convencer a las nuevas generaciones de que la belleza de lo olvidado, ese gustito agridulce de lo irrecuperable, se encuentra ahora al alcance de sus manos y por un módico precio!
espero que te hayas entusiasmado con este proyecto tanto como yo, Félix; sin duda hay para explotar algo grandioso en las calles. esto tiene tanto de nostalgia como de novedad, y de eso nosotros tenemos mucha cancha; alcanzará, para encarar este proyecto, sentirnos jóvenes de nuevo, hacer de cuenta que todo está por delante.
mi más sincero cariño,
F. de S.

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