19.4.13

2. La ciudad

De chico necesitaba que me definan todo desde cero. El mejor profesor es el que te puede definir todo desde cero; el tema filosófico más embrollado puede ser bien entendido si se define enterito desde cero. Los mejores desarrollos son los que no dan por sentado nada. Por eso la vida nos cuesta tanto a veces: no sabemos diferenciar lo complicado de lo sencillo. Nos cuesta entender lo sencillo, acostumbrados a lo complicado; o viceversa.
Al principio interiorizamos todo, rápido, como si lo supiéramos desde siempre. ¿Qué pasaría si no interiorizáramos nada? "El fin de la sociedad normativa"... "el olvido constante"... no sé qué diablos pasaría, es tema para una novela larguísima, y tengo este blog justamente porque no sé escribir novelas. Es un trabajo que detesto, porque no lo sé hacer.
Si dejamos de lado los beneficios políticos/filosóficos de la des-interiorización (eso que llaman "ser crítico"), tenemos que en realidad, podemos inventar algunas cosas des-interiorizando lo que ya sabemos bien; en esto venía pensando hoy mientras volvía a mi casa. Ni este "uso" artístico ni aquel "uso" político son nada nuevos. Derrida dice que hay gente que usa la deconstrucción para la literatura; no sé si se está refiriendo a lo mismo, porque no entiendo para nada el concepto de deconstrucción. Y no voy a obligar al lector que entienda el concepto de deconstrucción; voy a tratar yo mismo, en lo posible, seguir mi propio precepto: no dar nada por entendido. Lo más aconsejable en estos casos quizás sea partir del ejemplo.

Hoy pensaba en la palabra "ciudad".
Una palabra muy querida es una especie de detonante en cadena: redirige a otras palabras, anexadas a imágenes, sonidos y olores que acuden a la mente ante su sola mención. Uno, más o menos, puede definir a grandes rasgos una ciudad pero antes, y lo que es acaso más importante, puede dar ejemplos de ciudad. Estos ejemplos, en el mundo actual, no son insignificantes. Habiendo al fin superado la población urbana a la rural en el mundo, mucha gente podría decir que nació, creció, vivió o al menos mantuvo un vínculo con al menos una ciudad en el transcurso de su vida. El recuerdo de esta sola ciudad es valiosa; se la ame o se la odie (generalmente, nunca se llega a odiarla del todo) ya configura muchas campanitas en nuestra cabeza. Ahora bien: hay olores y sonidos asociados a nuestra ciudad natal. Probablemente también los hay de otra ciudad cuyas sutilezas, lo que la hace extranjera, le dan ese toque tan apasionante, esa sensación de que la otra ciudad tiende naturalmente a enamorarnos, tarde o temprano.
Esta diferencia entre dos ciudades, la extranjera y la natal, a veces es pequeña; otras veces es abismal. No conozco ejemplos claros de diferencias abismales más allá de Ítalo Calvino [para no dejar en offside al lector, hay un libro llamado Las ciudades invisibles: un explorador llamado Marco Polo describe a un emperador, el Gran Khan, las ciudades de su propio imperio que él no tuvo tiempo ni fuerzas para visitar]. Las diferencias sutiles que conozco entre mi ciudad natal y mis pocas ciudades extranjeras es más que suficiente para hacer nacer en mí una sospecha, también sutil: ¿con qué justicia las dos se llaman "ciudad"? ("¿Qué es una ciudad?", se podría preguntar uno; pero este interrogante ingenuo corre el peligro de dejar servida una respuesta muy fácil, como de enciclopedia).

La respuesta a una pregunta como esta incluye una larguísima lista de convenciones que definen lo propio de una ciudad, pero (perdón) no me basta. La más importante de estas convenciones es: una ciudad ocupa un espacio físico determinado, la más de las veces, por los límites (imaginarios) de un municipio o por estar rodeada por una ancha avenida de circunvalación, aunque muchas veces la ciudad exceda esta demarcación física. Ítalo Calvino rebate gloriosamente, en una de las ciudades que Marco Polo describe, esta convención que no da más de falaz. La ciudad puede ser eso, pero nunca es sólo eso; el hecho de compartir un espacio físico no da cuenta de todos los fenómenos que nacen de la ciudad. Son, si me regalan el derecho a absolutizar esto, los fenómenos de naturaleza más heterogénea que el hombre civilizado conoce y conocerá en un espacio tan pequeño. Dicen que cada persona es en sí un universo; complicada telaraña debe ser la ciudad. Hoy venía pensando en estos dispares fenómenos. Quiero dedicar un párrafo corto a describir cómo me di cuenta, en oraciones breves y lo más concisas que sea posible.

Hoy estaba arriba de un colectivo cuando vi la hora: mediodía exacto. El día estaba arrancando. Por supuesto que sólo para mí; debía ser la única persona con esta desgraciada costumbre de levantarse tan tarde. Como era jueves, para la mayoría de la gente en el colectivo la mitad de la jornada ya se había ido entre cosa y cosa y yo era testigo (casual, pero testigo) de un momento sublime: la pausa para comer. En Córdoba, esta pausa dura alrededor de una hora. Los que estaban arriba del colectivo debían conformar la primera tanda. Había de todo, más que sólo estómagos rugiendo. Yo estaba parado junto a una señora con una bolsa de lencería enrollada al brazo que leía un libro de autoayuda para padres de mellizos. Nombre de personaje: "Agente Gus". (Nada más vago que la palabra "agente": "el que hace"; pero por supuesto, eso no debía interesar mucho a la señora. Ni hablemos de "Gus": diminutivo vacío, antinombre aburrido, monosílabo asilábico). Enfrente de mí: un yuppie de la nueva escuela: medio afeminado, vestía una camisa color aceituna y unos anteojos de sol. Hablaba por celular. Trataba de averiguar, escuchándolo por momentos, el motivo de su conversación: aunque era sin duda de trabajo, usó la palabra "yo" varias veces, de modo que tenía algún tipo de implicación personal. O se estaba tomando el trabajo demasiado en serio o realmente amaba lo que hacía y le afectaba profundamente. Parecía la primera de dos, pero no quería sembrar el prejuicio. Miraba constantemente hacia afuera y yo veía que mientras hablaba, algo le llamaba su atención y él le seguía obstinadamente con la cabeza; de modo que no pude creer que estuviera totalmente centrado en la conversación. Caben destacar dos o tres figuras más. Dos hermanas que no se hablaban; una mujer gorda, vestida de rosado, con un niño en brazos que no dejó de silbar la misma canción todo el camino, tres albañiles, una vendedora de milanesas. Al bajar yo no pude evitar oír su canto: "Milanesas a nueve pesos...........", en un tono decreciente que, si me preguntan, era muy triste. Estornudé cuando bajó a mi lado y no se atrevió a preguntarme.

¿Cómo explicar la existencia de esta ciudad, que bien podría ser Córdoba (pero dejo eso a juicio del lector) a partir de la definición de sus límites políticos? Burdísima sinécdoque: realmente no creo que para todos nosotros exista una sola ciudad que cumpla con la hazaña de contenernos a todos nosotros. Hoy puse en duda muchas veces (esto me pasa siempre que voy al centro, que es un lugar caótico y deslumbrante) si al cruzar una esquina en realidad no estaba cruzando a otra ciudad, como pasa a veces en la frontera con el Brasil; si a cada paso no se trataba de una ciudad nueva, si en cada detalle que había para admirar no estaba expuesto lo extranjero; es decir, si cada cara nueva era en realidad una cara que nada tenía que ver con la anterior. Concluí: decir que naturalezas tan dispares pueden con-vivir en realidad es recurrir a un lugar común; estas naturalezas tan dispares no conviven, sino que viven (nunca he visto cosas tan vivas como hoy, cuando todos nos apartamos para dejar pasar una ambulancia por la peatonal, todos mirando pasar el mismo objeto grande, torpe, verde y ruidoso). Viven, y cada uno en su ciudad. Decir que es Córdoba es un regionalismo, es decir más o menos nada. Córdoba: nombre que un hombre extranjero pronunció hace quinientos años recordando románticamente a Andalucía. Extranjero por partida doble: un español que vivió hace quinientos años. Y nos arrogamos el derecho de llamar a la ciudad de la misma forma que la que se le ocurrió a él; ignorante de colectivos, de ambulancias, por mencionar algunos ejemplos. Un tradicionalismo como este no puede sino estar fundado en un andamio de lugares comunes; la interiorización de los cuales, por haraganería más que por ninguna otra razón, nos hace caer en este tipo de falacias profundas. No digo que sea una operación saludable desgajar y romper estas capas de historia como quien está por hacer una ensalada de repollo, pero a veces quizás nos viene bien saber que somos tan disímiles en esencia que no podemos ser reducidos torpemente a uno sin hacer pasar algunas cosas como obviedades.
Rescato el gesto de percibir, en la señora que pasa, un fruncir de cejas, una mirada cansada, una arruga en la comisura: expresiones tan humanas que me parece un atropello a la dignidad humana reducirlas a un prejuicio de clase, a un número a efectos de censo - palabra que tanto suena a censura.

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