13.4.13

1. "Hacer negocio"

Pensar, analizar, inventar (me escribió también) 
no son actos anómalos, 
son la normal respiración de la inteligencia. 
Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función,
 atesorar antiguos y ajenos pensamientos, 
recordar con incrédulo estupor lo que 
el doctor universalis pensó, es confesar
 nuestra languidez o nuestra barbarie.
(Borges)

También necesité que en algún momento me explicaran la noción de "hacer negocio", "ser negocio", "ser un negocio", "negociar ...". Mi ingenuidad en esta clase de vaivenes no me hace calcular suficientemente rápido los dolores de costo/beneficio; mi padre, en cambio, vive de ello y tengo una sensación muy fuerte de que tengo que honrarlo de alguna forma haciendo lo mismo que hace él. (Y no algo diametralmente opuesto, como lo que estoy haciendo ahora: vivir para estudiar y estudiar para vivir es esforzarse para económicamente nada; o muy poco, llegado el caso). Por lo que para este proyecto de enciclopedia no puedo escribir un artículo convincente y didáctico sobre la expresión "hacer negocio" o "ser negocio" (v.g.: "x cosa 'no es negocio', porque perdés más de lo que ganás") ni tampoco puedo recopilar las pocas cosas que mi viejo me explica sobre su vocación, porque la vocación de uno es algo que uno da tan por sentado que no siente la necesidad de ir explicándoselo a todo el mundo. Capaz estoy errado; capaz esa no es su vocación, y por eso mismo no me la explica. Pero dejando de lado estas variables, lo único que puedo arriesgar acá es una crítica impresionista.

Leí una vez un power-point, de esos que se mandaban por cadenas de mail cuando se estilaba hacer eso (se estilaba tener mail, y se estilaba también, por alguna razón misteriosa, mandar cadenas). El power-point lo vi repetido en un libro de Jorge Bucay; este chiste tan malo es totalmente cierto así que espero que haga reír a alguien. En él se contaba la historia de un hombre que iba a pedir trabajo a Microsoft, y le ofrecían un trabajo como limpiador de baños. Para completar sus datos y finalizar la transacción, le pidieron dirección de correo electrónico: él no la tenía. Le dijeron que no podía no tener dirección de correo electrónico, que no era nadie si no la tenía, y que no era digno de realizar tan digno trabajo. El hombre se resignó y salió a la calle, con nada más que diez pesos en el bolsillo.
Caminó, sin saber por qué, a una frutería. En la frutería cambió sus diez pesos por una docena de frutillas, revendiendo cada una a un peso. Al final del arduo día de trabajo contaba con dos pesos de ganancia; reinvirtió esos doce pesos en más frutillas que a la vez seguía vendiendo a un precio un poco mayor, y enseguida (contaba la historia, que evitaba todo lo posible la consecuencia inevitable de aburrir al lector) contó con un carrito de madera, que trocó más tarde por una pequeña camioneta; fue apilando cajas y cajas de frutillas en su activo y más pronto de lo que uno esperaría contaba con grandes flotas de camiones último modelo para una empresa de transportes y logística, de éxito incomparable y gran resonancia mundial.
Llega un día en el que el humilde millonario decide sacar un seguro de vida. Va a una empresa especializada y empieza a llenar su formulario. Al llegar al correo electrónico, repite: "no lo tengo". Y le preguntan que cómo, cómo no iba a tener correo electrónico, que se hiciera una idea de que si hasta acá había llegado sin correo electrónico dónde podría estar con el correo electrónico. El hombre, fiel a su memoria, responde simplemente: "si tuviera correo electrónico, estaría limpiando inodoros en Microsoft".

No sé cuál es la moraleja de tan conmovedora historia; las lecturas moralistas son propuestas, lo sabrá el lector vintage, al final de cada power-point. Sinceramente no sé qué conclusión se puede extraer hoy por hoy de esta historia. Se notará que el libro de Jorge Bucay también habrá sido editado por los años de la incipiente Internet, y seguramente al tiempo habrá recibido numerosos e-mails de lectores diciendo que tenía razón, Hotmail y Yahoo son perversas empresas e iban a hacer todo lo posible para cambiar espiritualmente su vida. No creo que tal cosa haya pasado a mayores. Necesitamos sentir mucho tiempo la necesidad de cambiar, darnos cuenta que está ahí ya configurando de algún modo nuestras acciones, antes de que nos animemos a dar un primer paso que la más de las veces es radical. Todo esto no pasa de opiniones mías; ante duda u olvido consulte este fascículo introductorio. Quiero rescatar el lado más optimista de la historia.
Dejando de lado el hecho de que el exitoso hombre haya efectivamente podido edificar una gran empresa de logística a principios de los años 2000 sin necesidad de usar correo electrónico, en realidad el germen (lo que los emprendedores llaman orgullosamente "espíritu emprendedor", ese núcleo mezcla de proactividad, intuición e inteligencia que tanto admira el yuppie promedio) ya se encontraba en él cuando, decidido a limpiar inodoros de Microsoft, sacrificó sesudamente sus ambiciones vitales. Todo esto no me hace pensar sino que el emprendedor no se construye, se nace. Esto es un peligro para todos nosotros, los que quedamos de este lado, el lado teórico, el lado de los libros, como se quiera llamarlo: ¿qué nos queda? ¿nos queda la militancia política, vamos a poner por ejemplo? Puede ser; vuelvo a citar textualmente a mi viejo "la política no me interesa, es un grupo de personas que piden que des la cara por ellos y después se cagan en vos ni bien pueden". Mi viejo la celebridad. Pero del mundo práctico no nos queda nada, y la añoranza viene cada tanto cuando leemos algún libro de Robert Kiyosaki o vemos alguna película sobre un hombre que, simplemente y sin más sabe lo que hace. Qué podemos saber los academiófilos, ¿qué hacemos, qué sabemos? Creo que absolutamente nada, mal que le pese a la epistemología o a cualquier clase de ismo. Nuestra justificación para ser lo que somos nunca podrá ir convincentemente más allá de lo emocional. Reitero la necesidad de sentir la necesidad apremiante, mucho tiempo, antes de poder efectivamente dar paso al cambio. Pero quizás sea demasiado tarde. Quizás ninguno de nosotros sea emprendedor, ninguno de nosotros tenga pasta de revendedor de frutillas más de lo que tenemos pasta para limpiador de inodoros; y en realidad el sensato principio de una vida alejada de los bienes materiales no es más que una resentida excusa ante esta gran discapacidad, este sentirnos menos ante los hombres de acción que flamean la bandera blanca, limpia y ancestral: res, non verba.
Invito a pensar esto a modo de cierre: estas cosas de las que estamos por momentos tan violentamente convencidos, ¿no serán en realidad síntoma de nuestra propia pusilanimidad?


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