25.4.13

Carta

(Carta del señor Felipe de Sobremonte a su amigo, mentado sólo como Félix, fechada el 11 de agosto del 2011).
Córdoba, 11-VIII-11
Félix:
me alegra contactarte después de una larguísima ausencia, debida vos sabrás a qué cosas. espero no te moleste recibir esta carta. un amigo en común (el Ale, del almacén de Vedoya) me ha puesto al tanto de tu paradero, tan misterioso siempre, y resolví escribirte presuroso antes de entrar a dudar.
mi carta apunta a las novedades y en igual medida a los recuerdos; hasta acá no se diferencia de la correspondencia de viejos amigos. pero no somos viejos, Félix; yo no me siento viejo, y tu recuerdo imborrable me dice gravemente que vos menos que menos. y es por eso que añado una tercera parte a mi carta, cuya inclusión me preocupa especialmente: quiero hablarte de un proyecto.
(Siguen vagas referencias acerca de la mujer y los hijos del autor, prescindibles interrogantes acerca del destinatario, breve valoración del statu quo del barrio de Alta Córdoba.)
este proyecto que tengo en mente te incluye como (único) socio (posible) desde el vamos. vos como yo sabés que nos han arrojado al mundo sin promesas o estabilidad de ningún tipo; nos hemos ido haciendo de acá para allá, en solitaria comunidad de hombres solos, abandonados de vocación pero no de San Cayetano y, por lo menos, hemos terminado siendo zorros viejos. sé por el Ale que no tenés hijos ni profesión fija, lo que no puede sorprenderme. te doy la oportunidad de arrancar conmigo esta changa.
paso a contarte los pormenores. venía un martes de la taberna, como es costumbre, a la hora del aperitivo. no había nadie y pedí el vermút para tomármelo sin prisa. acto seguido salí a la calle. como tenía para hacer un par de trámites, enfilé al centro. no sé si has venido alguna vez desde el barrio —para vos, me juego lo que sea, lo sigue siendo— al centro, con los ojos bien abiertos. bien abiertos. la clave está acá, mi querido. yo sé notar cuándo las cosas cambian, los años no han podido hacerme idiota. las cosas han cambiado, Félix. una sola visita al centro te libra de toda duda. no te quiero aburrir con esto, pero te lo señalo para que lo tengás en cuenta. hay algo que nosotros conocimos y ya está muerto, olvidado, reducido a nada; en el medio de una brecha generacional (ya a mis hijos no los entiendo) quedó algo, algo indefinible, hundido justamente en esa brecha, muy oscuro para ser recordado por los viejos y también muy oscuro para ser explorado por los jóvenes, que no se sienten llamados a nada más grande que ellos mismos.
he dicho que este algo es indefinible, aunque así y todo es ejemplificable. hay sectores de la ciudad —no me sorprendería que vos te hayas dado cuenta de lo mismo— abarrotados en la oscuridad, tan desubicados, tan dislocados, tan absurdos, que para mí son de lo más noble, de lo más hermoso y de lo más significativo.
teléfonos y módems telefónicos, monitores blancos. altos vaqueros azules ("blue jeans"). relojeros, mesas de relojero, y también crucigramas estilo "mesa de relojero". también toda clase de publicidad gráfica desde posavasos a pósters cinematográficos; revistas y literatura, croquis viejos de refinerías o plantas de energía eléctrica enmarcadas en pino grabado con fecha; choperas, cassettes; carajo, hasta panfletos políticos de la época de Menem y cintas VHS con películas como La sirenita o Los hombres de negro —sic—.
Félix, todo eso es rentable. todo eso está ahí, muerto, y no se mueve sólo porque nadie indicó que vale algo. es sencilla y fácil la cosa: ponemos toda junta la chatarra en un galpón, Félix, y convencemos a todos de que la modernidad ha terminado, de que los tiempos pasados no volverán, y, sobre todo, de que las reliquias aquí expuestas son las únicas pruebas de que toda una época realmente existió y nos vio felices. Félix, nosotros a la delantera de un ejército de tuertos, mancos, rengos y sordos con audífonos de medio pelo, que ahora mismo están sueltos por ahí regalando su miseria sin darse cuenta de que son ESTATUAS ROMANAS DE BRONCE, Félix! que conocen algo de lo que pueden dar fe, el tiempo viejo, y lo único que resta por hacer es que nosotros, pregoneros del "porvenir de lo olvidado" (te ruego que no te olvidés de esta expresión, en cuanto hayas recibido la carta), lo único que tenemos que hacer es convencer a las nuevas generaciones de que la belleza de lo olvidado, ese gustito agridulce de lo irrecuperable, se encuentra ahora al alcance de sus manos y por un módico precio!
espero que te hayas entusiasmado con este proyecto tanto como yo, Félix; sin duda hay para explotar algo grandioso en las calles. esto tiene tanto de nostalgia como de novedad, y de eso nosotros tenemos mucha cancha; alcanzará, para encarar este proyecto, sentirnos jóvenes de nuevo, hacer de cuenta que todo está por delante.
mi más sincero cariño,
F. de S.

19.4.13

2. La ciudad

De chico necesitaba que me definan todo desde cero. El mejor profesor es el que te puede definir todo desde cero; el tema filosófico más embrollado puede ser bien entendido si se define enterito desde cero. Los mejores desarrollos son los que no dan por sentado nada. Por eso la vida nos cuesta tanto a veces: no sabemos diferenciar lo complicado de lo sencillo. Nos cuesta entender lo sencillo, acostumbrados a lo complicado; o viceversa.
Al principio interiorizamos todo, rápido, como si lo supiéramos desde siempre. ¿Qué pasaría si no interiorizáramos nada? "El fin de la sociedad normativa"... "el olvido constante"... no sé qué diablos pasaría, es tema para una novela larguísima, y tengo este blog justamente porque no sé escribir novelas. Es un trabajo que detesto, porque no lo sé hacer.
Si dejamos de lado los beneficios políticos/filosóficos de la des-interiorización (eso que llaman "ser crítico"), tenemos que en realidad, podemos inventar algunas cosas des-interiorizando lo que ya sabemos bien; en esto venía pensando hoy mientras volvía a mi casa. Ni este "uso" artístico ni aquel "uso" político son nada nuevos. Derrida dice que hay gente que usa la deconstrucción para la literatura; no sé si se está refiriendo a lo mismo, porque no entiendo para nada el concepto de deconstrucción. Y no voy a obligar al lector que entienda el concepto de deconstrucción; voy a tratar yo mismo, en lo posible, seguir mi propio precepto: no dar nada por entendido. Lo más aconsejable en estos casos quizás sea partir del ejemplo.

Hoy pensaba en la palabra "ciudad".
Una palabra muy querida es una especie de detonante en cadena: redirige a otras palabras, anexadas a imágenes, sonidos y olores que acuden a la mente ante su sola mención. Uno, más o menos, puede definir a grandes rasgos una ciudad pero antes, y lo que es acaso más importante, puede dar ejemplos de ciudad. Estos ejemplos, en el mundo actual, no son insignificantes. Habiendo al fin superado la población urbana a la rural en el mundo, mucha gente podría decir que nació, creció, vivió o al menos mantuvo un vínculo con al menos una ciudad en el transcurso de su vida. El recuerdo de esta sola ciudad es valiosa; se la ame o se la odie (generalmente, nunca se llega a odiarla del todo) ya configura muchas campanitas en nuestra cabeza. Ahora bien: hay olores y sonidos asociados a nuestra ciudad natal. Probablemente también los hay de otra ciudad cuyas sutilezas, lo que la hace extranjera, le dan ese toque tan apasionante, esa sensación de que la otra ciudad tiende naturalmente a enamorarnos, tarde o temprano.
Esta diferencia entre dos ciudades, la extranjera y la natal, a veces es pequeña; otras veces es abismal. No conozco ejemplos claros de diferencias abismales más allá de Ítalo Calvino [para no dejar en offside al lector, hay un libro llamado Las ciudades invisibles: un explorador llamado Marco Polo describe a un emperador, el Gran Khan, las ciudades de su propio imperio que él no tuvo tiempo ni fuerzas para visitar]. Las diferencias sutiles que conozco entre mi ciudad natal y mis pocas ciudades extranjeras es más que suficiente para hacer nacer en mí una sospecha, también sutil: ¿con qué justicia las dos se llaman "ciudad"? ("¿Qué es una ciudad?", se podría preguntar uno; pero este interrogante ingenuo corre el peligro de dejar servida una respuesta muy fácil, como de enciclopedia).

La respuesta a una pregunta como esta incluye una larguísima lista de convenciones que definen lo propio de una ciudad, pero (perdón) no me basta. La más importante de estas convenciones es: una ciudad ocupa un espacio físico determinado, la más de las veces, por los límites (imaginarios) de un municipio o por estar rodeada por una ancha avenida de circunvalación, aunque muchas veces la ciudad exceda esta demarcación física. Ítalo Calvino rebate gloriosamente, en una de las ciudades que Marco Polo describe, esta convención que no da más de falaz. La ciudad puede ser eso, pero nunca es sólo eso; el hecho de compartir un espacio físico no da cuenta de todos los fenómenos que nacen de la ciudad. Son, si me regalan el derecho a absolutizar esto, los fenómenos de naturaleza más heterogénea que el hombre civilizado conoce y conocerá en un espacio tan pequeño. Dicen que cada persona es en sí un universo; complicada telaraña debe ser la ciudad. Hoy venía pensando en estos dispares fenómenos. Quiero dedicar un párrafo corto a describir cómo me di cuenta, en oraciones breves y lo más concisas que sea posible.

Hoy estaba arriba de un colectivo cuando vi la hora: mediodía exacto. El día estaba arrancando. Por supuesto que sólo para mí; debía ser la única persona con esta desgraciada costumbre de levantarse tan tarde. Como era jueves, para la mayoría de la gente en el colectivo la mitad de la jornada ya se había ido entre cosa y cosa y yo era testigo (casual, pero testigo) de un momento sublime: la pausa para comer. En Córdoba, esta pausa dura alrededor de una hora. Los que estaban arriba del colectivo debían conformar la primera tanda. Había de todo, más que sólo estómagos rugiendo. Yo estaba parado junto a una señora con una bolsa de lencería enrollada al brazo que leía un libro de autoayuda para padres de mellizos. Nombre de personaje: "Agente Gus". (Nada más vago que la palabra "agente": "el que hace"; pero por supuesto, eso no debía interesar mucho a la señora. Ni hablemos de "Gus": diminutivo vacío, antinombre aburrido, monosílabo asilábico). Enfrente de mí: un yuppie de la nueva escuela: medio afeminado, vestía una camisa color aceituna y unos anteojos de sol. Hablaba por celular. Trataba de averiguar, escuchándolo por momentos, el motivo de su conversación: aunque era sin duda de trabajo, usó la palabra "yo" varias veces, de modo que tenía algún tipo de implicación personal. O se estaba tomando el trabajo demasiado en serio o realmente amaba lo que hacía y le afectaba profundamente. Parecía la primera de dos, pero no quería sembrar el prejuicio. Miraba constantemente hacia afuera y yo veía que mientras hablaba, algo le llamaba su atención y él le seguía obstinadamente con la cabeza; de modo que no pude creer que estuviera totalmente centrado en la conversación. Caben destacar dos o tres figuras más. Dos hermanas que no se hablaban; una mujer gorda, vestida de rosado, con un niño en brazos que no dejó de silbar la misma canción todo el camino, tres albañiles, una vendedora de milanesas. Al bajar yo no pude evitar oír su canto: "Milanesas a nueve pesos...........", en un tono decreciente que, si me preguntan, era muy triste. Estornudé cuando bajó a mi lado y no se atrevió a preguntarme.

¿Cómo explicar la existencia de esta ciudad, que bien podría ser Córdoba (pero dejo eso a juicio del lector) a partir de la definición de sus límites políticos? Burdísima sinécdoque: realmente no creo que para todos nosotros exista una sola ciudad que cumpla con la hazaña de contenernos a todos nosotros. Hoy puse en duda muchas veces (esto me pasa siempre que voy al centro, que es un lugar caótico y deslumbrante) si al cruzar una esquina en realidad no estaba cruzando a otra ciudad, como pasa a veces en la frontera con el Brasil; si a cada paso no se trataba de una ciudad nueva, si en cada detalle que había para admirar no estaba expuesto lo extranjero; es decir, si cada cara nueva era en realidad una cara que nada tenía que ver con la anterior. Concluí: decir que naturalezas tan dispares pueden con-vivir en realidad es recurrir a un lugar común; estas naturalezas tan dispares no conviven, sino que viven (nunca he visto cosas tan vivas como hoy, cuando todos nos apartamos para dejar pasar una ambulancia por la peatonal, todos mirando pasar el mismo objeto grande, torpe, verde y ruidoso). Viven, y cada uno en su ciudad. Decir que es Córdoba es un regionalismo, es decir más o menos nada. Córdoba: nombre que un hombre extranjero pronunció hace quinientos años recordando románticamente a Andalucía. Extranjero por partida doble: un español que vivió hace quinientos años. Y nos arrogamos el derecho de llamar a la ciudad de la misma forma que la que se le ocurrió a él; ignorante de colectivos, de ambulancias, por mencionar algunos ejemplos. Un tradicionalismo como este no puede sino estar fundado en un andamio de lugares comunes; la interiorización de los cuales, por haraganería más que por ninguna otra razón, nos hace caer en este tipo de falacias profundas. No digo que sea una operación saludable desgajar y romper estas capas de historia como quien está por hacer una ensalada de repollo, pero a veces quizás nos viene bien saber que somos tan disímiles en esencia que no podemos ser reducidos torpemente a uno sin hacer pasar algunas cosas como obviedades.
Rescato el gesto de percibir, en la señora que pasa, un fruncir de cejas, una mirada cansada, una arruga en la comisura: expresiones tan humanas que me parece un atropello a la dignidad humana reducirlas a un prejuicio de clase, a un número a efectos de censo - palabra que tanto suena a censura.

17.4.13

"It's bigger. There's something out there, man."

Mi abuelo, hablando sentados en la vereda una noche, me enseñó que hay que ser un tipo sencillo y no arrogarse una carga más pesada de lo que uno puede aguantar; le pido que me perdone si tengo el descaro de arrogarme lo siguiente: que donde estés me vas a leer. Por eso nomás escribo. Si tuviera la terminal certeza (ahora voy a explicarte bien los términos de esa certeza) de que no me leés, para qué escribiría. Aparte de que seguramente escribiría igual.
Algunas cosas cambiaron, y cuando algunas cosas cambian, el pasado también cambia; el pasado no es más que como lo vemos, y al cambiar lo vemos con otros ojos. Las cosas que escribiste vos antes podrían haberme impactado menos de lo que me impactan ahora. "Ahora": incluso el presente cambia a cada momento. Tratar de asir este presente cambiante es la razón por la que escribo.
(Vi una vez un diagrama del tiempo: lejos de lo que pensamos que es, lineal y aburrido, el tiempo es un círculo o una esfera que contiene muchísimas espirales que se entrecruzan, nacidas de causas y que desembocan en efectos; según este modelo, no sé dónde estaría tu espiral, seguramente muy separada de mí. "Ahora" tu espiral es la mía; es la segunda cosa que me arrogo. Después voy a volver sobre esto).
Sigo viviendo en Córdoba, de donde entramos y salimos apresuradamente. Córdoba tiene una escala de tiempo curiosa: las cosas pasan en un día o en una semana, ni más ni menos. Te cito ejemplos que conocés: una noche yo estaba llegando mientras vos correteabas apresuradamente a Buenos Aires; una semana estuve yo esperándote ansiosa, secretamente hasta que en ocho minutos todo se desconfiguró y quedó así, estable como está ahora, lívido como si flotara. Bueno. Las muchas cosas que tengo todavía para decirte siguen amontonándose ahora que no puedo hacer nada; eso no está ni bien ni mal. Nacen cosas nuevas cada tanto. Las escribo para que no se escapen. Voy a ser más concreto.
Hoy a la mañana estaba leyendo un libro de Jean-Paul Sartre mientras re-escuchaba un CD de Green Day, ése que formó a nuestra generación de fanáticos. ¡Qué error!, me vas a decir, ¿por qué no hacés una cosa a la vez? O Green Day o Sartre, tonto. Uno no puede prestar atención a las dos cosas. Ta gueule!, dice mi mente ahora dispersa; entonces estaba tomando un café, leyendo efectivamente a Sartre y escuchando a Green Day, y mientras las palabras que escribió Billie se cruzaban con las palabras que escribió Sartre 58 años antes no podía evitar notar que había muchas discrepancias, pero también había escalofriantes coincidencias. Así leía, nada ortodoxa, nada académica, nada productivamente: mientras el CD que conozco de memoria lustraba, como un trapo sobre una mesa, un tejido de párrafos que yo no conocía, el resultado era de alguna manera tan incongruente que por momentos me estremecía de lo sublime.
En un momento el narrador pelirrojo se acerca a un cuadro de un hombre rollizo y respetable, un cálido anti-socialista que atrae a las ovejas descarriadas bajo su influencia y les presenta el camino correcto de la vida; una filosofía tan pura que atrae a los rebeldes y los convierte en adoradores de la élite; un caballero de labia envidiable, un burgués bien. El narrador pelirrojo, parado enfrente del cuadro de ese médico muerto, le decía: "señor, yo ni siquiera soy una oveja descarriada; ni siquiera soy una oveja; usted no puede hacerme amarlo, yo existo, nada más".
Cuando este buen hombre pelirrojo dio su media vuelta inapelable Billie cantó, como vos bien sabés que canta: "There is nothing left to analize!".
(¡OHH!) bueno, una cosa parecida acaba de pasar, pero antes tengo que contarte otra cosa.
Me tomé la molestia de reparar una vieja máquina de escribir verde que tengo en casa juntando polvo y pelos de gato, para poder transcribir algunos apuntes de clase (me alegra contarte que pasé sin mayores problemas a segundo año, aunque me quedó colgadita esa materia que odiaba). Me tomé la molestia de comer unos fideos y de tomar un cafecito de postre; y como ya me había tomado demasiadas molestias y ya era demasiado tarde para empezar a estudiar me puse a ver un capítulo de House, como hago algunas veces que ceno solo.
Me acordé de vos por segunda vez hoy, como para mantener una suerte de promedio diario. (Demás está decirte que sos como una niebla que impregna mis quehaceres de un arco iris que se esfuma ni bien lo veo; lo cual es buena señal, porque sé que en algún momento ese arco iris estuvo ahí). Hay un capítulo que se llama "97 Seconds".  No sé si lo viste. ¿Lo viste? Es importantísimo saber si lo viste; fatal.
En él hay un tipo que es atropellado por un conductor ebrio y pasa 97 segundos muerto.
Se mantiene un excepcional diálogo que no voy a transcribir acá entre House (Martina me corregirá si pienso que es un escéptico formidable) y el tipo en cuestión.
Los 97 segundos fueron para él una experiencia tan increíble que no dudó en buscarla conscientemente hundiendo una navaja de metal en un tomacorriente a la vista del médico de turno, que resultó ser House. Más tarde describió sus motivos con palabras que, confrontándolas a las de alguien que conozco, daban un resultado muy interesante. Su tesis: "hay algo allá afuera".
(No voy a cagarte el capítulo diciendo que esto deja a House con tanta intriga que él mismo intenta dilucidar la existencia de este ser lleno de luz hundiendo una navaja metálica en un tomacorriente a la vista de una de sus aprendices).
Mi egoísmo no me permite citarte. Tengo miedo de que alguna vez esos escritos que dan fe de tu (ya deambulante) sabiduría se pierdan por h o por b, pues nunca se sabe; debería pasarlos a papel cuanto antes, hacer alguna compilación que me interese sólo a mí, formar mi tentativa de obra de referencia. Pero lo único que pude hacer después de terminar de ver el capítulo es consultar. Te, consultarte.
Y como aprendí esta mañana, leer en silencio no sirve; para conmoverse, hay que conmoverse bien. (Esto no siempre sirve, pero no me vas a negar que sirve). Sí, vas a ver que se me cayeron algunas lágrimas por accidente. De vos aprendí a nombrar estos afortunados accidentes; "no sé si es por ___, o por ___, pero esto me hizo llorar...".
Voy a obviar para esta lectura la dureza de House en la última escena. Si no la obviara, no estaría escribiendo esto. No me queda otra que estar de acuerdo con un grupo de gente que fue tildada de irracional: a veces necesitamos aferrarnos a algo que "no existe" para sostener una cordura tambaleante. A mí me basta con poco; House dice que esa gran felicidad que siente uno en esos 97 segundos es una inmediata descarga de dopamina y serotonina... yo me aferro de esta descarga ajena para canalizar mi propia... y cada tanto vuelvo a lo mismo, a leer tu experiencia. Como si estuviera sentado frente a alguien mucho más viejo que yo, con la sorpresa de haberme encontrado con una persona de mi misma edad. Y que contra todo pronóstico, el sabio no hable sino escuche. Sólo que sin miedo; esas cosas malas (a diferencia de las otras) no permanecen.

13.4.13

1. "Hacer negocio"

Pensar, analizar, inventar (me escribió también) 
no son actos anómalos, 
son la normal respiración de la inteligencia. 
Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función,
 atesorar antiguos y ajenos pensamientos, 
recordar con incrédulo estupor lo que 
el doctor universalis pensó, es confesar
 nuestra languidez o nuestra barbarie.
(Borges)

También necesité que en algún momento me explicaran la noción de "hacer negocio", "ser negocio", "ser un negocio", "negociar ...". Mi ingenuidad en esta clase de vaivenes no me hace calcular suficientemente rápido los dolores de costo/beneficio; mi padre, en cambio, vive de ello y tengo una sensación muy fuerte de que tengo que honrarlo de alguna forma haciendo lo mismo que hace él. (Y no algo diametralmente opuesto, como lo que estoy haciendo ahora: vivir para estudiar y estudiar para vivir es esforzarse para económicamente nada; o muy poco, llegado el caso). Por lo que para este proyecto de enciclopedia no puedo escribir un artículo convincente y didáctico sobre la expresión "hacer negocio" o "ser negocio" (v.g.: "x cosa 'no es negocio', porque perdés más de lo que ganás") ni tampoco puedo recopilar las pocas cosas que mi viejo me explica sobre su vocación, porque la vocación de uno es algo que uno da tan por sentado que no siente la necesidad de ir explicándoselo a todo el mundo. Capaz estoy errado; capaz esa no es su vocación, y por eso mismo no me la explica. Pero dejando de lado estas variables, lo único que puedo arriesgar acá es una crítica impresionista.

Leí una vez un power-point, de esos que se mandaban por cadenas de mail cuando se estilaba hacer eso (se estilaba tener mail, y se estilaba también, por alguna razón misteriosa, mandar cadenas). El power-point lo vi repetido en un libro de Jorge Bucay; este chiste tan malo es totalmente cierto así que espero que haga reír a alguien. En él se contaba la historia de un hombre que iba a pedir trabajo a Microsoft, y le ofrecían un trabajo como limpiador de baños. Para completar sus datos y finalizar la transacción, le pidieron dirección de correo electrónico: él no la tenía. Le dijeron que no podía no tener dirección de correo electrónico, que no era nadie si no la tenía, y que no era digno de realizar tan digno trabajo. El hombre se resignó y salió a la calle, con nada más que diez pesos en el bolsillo.
Caminó, sin saber por qué, a una frutería. En la frutería cambió sus diez pesos por una docena de frutillas, revendiendo cada una a un peso. Al final del arduo día de trabajo contaba con dos pesos de ganancia; reinvirtió esos doce pesos en más frutillas que a la vez seguía vendiendo a un precio un poco mayor, y enseguida (contaba la historia, que evitaba todo lo posible la consecuencia inevitable de aburrir al lector) contó con un carrito de madera, que trocó más tarde por una pequeña camioneta; fue apilando cajas y cajas de frutillas en su activo y más pronto de lo que uno esperaría contaba con grandes flotas de camiones último modelo para una empresa de transportes y logística, de éxito incomparable y gran resonancia mundial.
Llega un día en el que el humilde millonario decide sacar un seguro de vida. Va a una empresa especializada y empieza a llenar su formulario. Al llegar al correo electrónico, repite: "no lo tengo". Y le preguntan que cómo, cómo no iba a tener correo electrónico, que se hiciera una idea de que si hasta acá había llegado sin correo electrónico dónde podría estar con el correo electrónico. El hombre, fiel a su memoria, responde simplemente: "si tuviera correo electrónico, estaría limpiando inodoros en Microsoft".

No sé cuál es la moraleja de tan conmovedora historia; las lecturas moralistas son propuestas, lo sabrá el lector vintage, al final de cada power-point. Sinceramente no sé qué conclusión se puede extraer hoy por hoy de esta historia. Se notará que el libro de Jorge Bucay también habrá sido editado por los años de la incipiente Internet, y seguramente al tiempo habrá recibido numerosos e-mails de lectores diciendo que tenía razón, Hotmail y Yahoo son perversas empresas e iban a hacer todo lo posible para cambiar espiritualmente su vida. No creo que tal cosa haya pasado a mayores. Necesitamos sentir mucho tiempo la necesidad de cambiar, darnos cuenta que está ahí ya configurando de algún modo nuestras acciones, antes de que nos animemos a dar un primer paso que la más de las veces es radical. Todo esto no pasa de opiniones mías; ante duda u olvido consulte este fascículo introductorio. Quiero rescatar el lado más optimista de la historia.
Dejando de lado el hecho de que el exitoso hombre haya efectivamente podido edificar una gran empresa de logística a principios de los años 2000 sin necesidad de usar correo electrónico, en realidad el germen (lo que los emprendedores llaman orgullosamente "espíritu emprendedor", ese núcleo mezcla de proactividad, intuición e inteligencia que tanto admira el yuppie promedio) ya se encontraba en él cuando, decidido a limpiar inodoros de Microsoft, sacrificó sesudamente sus ambiciones vitales. Todo esto no me hace pensar sino que el emprendedor no se construye, se nace. Esto es un peligro para todos nosotros, los que quedamos de este lado, el lado teórico, el lado de los libros, como se quiera llamarlo: ¿qué nos queda? ¿nos queda la militancia política, vamos a poner por ejemplo? Puede ser; vuelvo a citar textualmente a mi viejo "la política no me interesa, es un grupo de personas que piden que des la cara por ellos y después se cagan en vos ni bien pueden". Mi viejo la celebridad. Pero del mundo práctico no nos queda nada, y la añoranza viene cada tanto cuando leemos algún libro de Robert Kiyosaki o vemos alguna película sobre un hombre que, simplemente y sin más sabe lo que hace. Qué podemos saber los academiófilos, ¿qué hacemos, qué sabemos? Creo que absolutamente nada, mal que le pese a la epistemología o a cualquier clase de ismo. Nuestra justificación para ser lo que somos nunca podrá ir convincentemente más allá de lo emocional. Reitero la necesidad de sentir la necesidad apremiante, mucho tiempo, antes de poder efectivamente dar paso al cambio. Pero quizás sea demasiado tarde. Quizás ninguno de nosotros sea emprendedor, ninguno de nosotros tenga pasta de revendedor de frutillas más de lo que tenemos pasta para limpiador de inodoros; y en realidad el sensato principio de una vida alejada de los bienes materiales no es más que una resentida excusa ante esta gran discapacidad, este sentirnos menos ante los hombres de acción que flamean la bandera blanca, limpia y ancestral: res, non verba.
Invito a pensar esto a modo de cierre: estas cosas de las que estamos por momentos tan violentamente convencidos, ¿no serán en realidad síntoma de nuestra propia pusilanimidad?


12.4.13

Mississippi John Hurt

Recién vine rumiando la idea: ¿y si todo lo que pensamos que es sublime pasa sólo por nuestra cabeza (que es mucho decir)? Todo lo que nos parece hermoso nos incumbe, de alguna manera, con lo que queremos ser; y querer ser no es más que pensar qué es lo que queremos ser. Todo lo que nos parece hermoso pasa por nuestras mentes; lo apreciamos con nada más que con nuestra cabeza.
Subí las escaleras, saludé al portero y giré la llave para entrar a mi casa. Y cuando entré en mi casa me puse a ver el siguiente video. Ya recomendé música por acá, con algún éxito (el éxito de la recomendación es convencer al otro de que se tome la molestia de escuchar lo que se propone; tomo como medida de este éxito una entrada que convenció a Alfredo, que no me conocía, para escuchar un disco entero que recomendé yo acá por puro capricho). Esta vez no quiero sólo recomendar, o quiero recomendar de la forma más honda posible. Tómense la molestia, ya digo sin paliarlo más: vean este video. Véanlo con el corazón. Sitúense, con toda la fuerza de sus mentes capaces de pasión, en el video como si fuera una pileta. Recurran con obstinación a todos los recursos que puedan: imaginen el contenido de esas tazas sobre la mesa, imaginen grillos cantando como si se tratara de la humedad de un verano, imaginen su propio pie golpeando el piso de madera para seguir el ritmo a la guitarra polifónica, enfundado en un zapato de gamuza.
Imaginen a este hombre, a este solo hombre, moviendo poderosamente el mundo con la facilidad de quien mueve cuatro dedos para marcar un compás.
Todo en este hombre es facilidad: la ejecución y su escucha. La simpleza es arte. Por eso no me caben dudas de que éste puede efectivamente ser uno de los mejores guitarristas de la historia.
Mississippi John Hurt.


11.4.13

Desordenado elogio a la figura de C. Colón

En la clase ya lo dije medio en joda medio en serio: envidio infinitamente a Cristóbal Colón. Es una envidia diluida, que tiene mucho de romántica y mucho de irresponsable, un vislumbrar olores y sonidos que no da más de borroso, pero existe; una cosa como entre sueños, como si yo mismo lo hubiera vivido hace setenta años. (Esta cantidad de tiempo me es desconocida porque tengo casi veinte, pero no es más desconocida que la hazaña de Colón hace seiscientos). Cada vez que alguien relata los primeros registros de su llegada se me viene la imagen añeja: el gran hombre desde la cubierta de su barco. Habiendo tragado toda la sal de mar, agrio de esperanza podrida, sintiendo de repente el dulcísimo perfume de las desembocaduras, la picazón nublada de arena. El Gran Hombre de la Cubierta: dos manos viejas sosteniendo la madera podrida y en el horizonte tres luces verticales de antorchas indias. A su espalda todo lo conocido: desde el Río Jordan a las abadías de montaña; los resabios de creerse caer sobre una tortuga. Enfrente el nuevo mundo. El Nuevo Mundo ortografía contemporánea. Después de un delirante estar nada más, náufrago firme; después de haber mentido sobre distancias y haber especulado sobre redondeces y haber sentido la poco convincente falta de algo. Haber saboreado los indicios primeros como quien abre un cofre: la llegada del pájaro que duerme sólo en tierra firme, después la hoja verde flotando, después el aroma a transparente costa. El pensar que el sol debería haberse escondido después: una montaña se yergue en el medio.
Remito a las antorchas. Tres luces que el Almirante dice ver revolverse a noventa millas. Le creería si dijera noventa mil. La esperanza miope.
El primer capítulo en la genealogía del que suscribe, probablemente del que lee. Tres meses en tierra de hombres desnudos sin entender una palabra; asombrándose de iguanas, de hojas secas de tabaco, caníbales, estuarios, lignáloe, vidrio verde; sonidos: Cibao, Coroay, Mayonic, Guarionex, la promisoria Bofío. Pocos hombres fueron tan afortunados de llevar sobre sus hombros una revolución semejante, más allá de que él pensaba que había llegado a un lugar que otros ya conocían. Si hubiera sabido que en realidad no, probablemente hubiera enloquecido de codicia; quién sabe si, entrevistándose en privado con el rey portugués (que estaba a siete kilómetros de Lisboa escondido de una epidemia de peste) no lo hubiera matado para hacerse con su corona; si a pesar de su juramento hubiera desdeñado el nombre plomizo de una Europa ancestral y hubiera dado muerte a esos famosos Reyes Católicos; tan desmesurada la tierra nueva, la oportunidad que se abalanzaba. No puedo sino envidiarlo con fuerza. Leyendo un par de obras espectaculares (espectaculares y no ficcionales: esto es lo más envidiable) pudo hacerse con el favor de los reyes de España, que después de su tardío matrimonio eran dos de los individuos más fuertes del orbe viejo. Hay quien lee Rimbaud y quiere visitar el infierno; esto no se compara. Ir y venir ("d'essas costas", escribe como si fuera un turista) cuatro veces, atravesando esa masa salitre y hostil, sobreviviendo a la euforia de saberse en el paraíso y a la tortura de saberse castigado; y que luego, todo lo que recordó se hunda en la nada para que otros vengan a escribir sobre lo que hizo, ya tan pacíficamente muerto en los albores de la Edad Moderna. Ni siquiera retratos quedan del célebre almirante. Su nombre es sinónimo de un desprecio vago por lo extranjerizante. Remite a avenidas gruesas y estatuas trabajadas y, quizás un poco, a una figura satirizada ignorante de todo lo que sucedía: convencido de que iba a cruzarse casualmente con la ciudad de Tokio. Figura platino en el estante de los que saben qué y cómo hacer y por eso se permiten un poco de locura. Nunca sabremos lo que se le cruzó al hombre por su cabeza cuando, apoyado sobre los mástiles de la cubierta o escuchando el grito de los capitanes de la flota, salió a ver lo más fuerte que podría haber visto un hombre en treinta días de mar y nada: tres luces de llegada a un mundo totalmente nuevo. Si una síntesis de su lucha personal, si un desprecio maquiavélico por quien gritó "tierra", si una calma sensación de que no podía pasar otra cosa.

Quiero reservar una línea al hipo de sorpresa que habrá surgido de Américo Vespucio cuarenta años después cuando, flotando cerca de la Trinidad, sus hojas llenas de cálculo astronómico le indicaban ya sin error que flotaba cerca de una tierra que jamás había sido caminada por el hombre blanco.

7.4.13

La enciclopedia imposible

Debería haber una enciclopedia de tabúes. Una enciclopedia de cosas que la gente se ha puesto a reflexionar por su cuenta, pero nunca se ha tomado la molestia de publicar. Verbigracia:
# "Grandes y pequeñas conclusiones sobre la utilidad o la/s parautilidad/es del coso de la pizza"
# "Grandes y pequeñas cuestiones inherentes al uso y abuso de perfumes para piso"
# "Grandes y pequeños dilemas sobre las grandes y pequeñas ventajas y desventajas de la subida o la bajada a pie o en auto de una calle en subida o bajada"
Y otras cuestiones que, por más fácilmente aplicables a la vida, pueden pasar también por más serias (palabra que mucha gente confunde sin piedad con "filosóficas"). En este momento quiero escribir sobre una en particular. Acaso lo que pueda escribir acá (en realidad, sería una suerte) pueda conformar un artículo de esa misma enciclopedia de ensueño, que para venderse mejor no revelaría su pretencioso contenido a priori y podría adosarse a la revista Anteojito, si existe todavía. Veamos una muestra de su funcionamiento. Se propone una pregunta:

¿Existe una especie de envidia constructiva? Los pasos para resolver este sencillo interrogante serían: en primera instancia, formularlo claramente (esto definirá su alcance) y segundo, recopilar citas, frases, párrafos, aforismos o títulos de obras que recojan, retomen, replanteen, reformulen o respondan esta problemática. Es un trabajo de erudición no menor.
Supongamos que la problemática tiene fácil solución, como la cuestión de la correcta colocación del papel higiénico en su lugar ad hoc. La cosa no pasará a mayores. Tratemos de responder el ejemplo antes citado.

¿Existe una especie de envidia constructiva?
Los eruditos son gente muy talentosa que pasa su vida en bibliotecas tratando de excavar detalles y rarezas sobre lo dicho acerca de un tema en particular; los sabios, palabra sacra que muchas veces considero sinónima de "truhanes", intentan ahorrarse este camino que implica esfuerzo vano y arriesgar su propia respuesta, que muchas veces no es más que una opinión. Que se haga esto es muy molesto para los eruditos, porque aparte de la recopilación de todas las (± novedosas) opiniones emitidas sobre un tema en particular, son los encargados de hacer un estudio de la legitimidad de los opinadores. Pero eso es otro tema.
Hagamos como los sabios, porque es muy tarde para mí hacer una investigación vía blogger.

Supongamos que sí, que hay un tipo de envidia constructiva. Como "envidia" es una palabra muy fuerte, el lector buscará el eufemismo que prefiera. No me importa mucho. De cualquier manera, hay mucha gente (esto lo leí en la propia enciclopedia que estoy tratando de armar) que dice que ninguna palabra bastará para referirse a una cosa, menos si no está presente, mucho menos si es abstracta. Según esta gente, decir "envidia" es tan ambiguo como decir "ambiguo" o decir "biberón". A otra gente le chocará esta idea de "envidia constructiva". Para mí no hay nada más viable. Convengamos una sola cosa: todos hemos tenido ídolos. El fanatismo es, visto desde fuera, una cosa aburrida porque hace caer a uno constantemente en lugares comunes; pero ídolos hemos tenido todos. Y todos hemos tenido que mudar de ídolos: cambiarlos, atenuarlos, desilusionarnos de ellos y acabar matándolos (figurativamente y no). Todos hemos sentido que la presencia de alguien nos mueve a hacer una cosa que hasta ahora no hemos hecho. Todos hemos visto en alguien una cualidad de la que nosotros carecíamos, y la cual nosotros deseábamos fervientemente poseer: ¿no funciona esto, en algún punto, igual que la envidia? Cuando nos apropiamos de esta cualidad, así sea la más humilde, consideramos al ídolo de igual a igual y ya estamos en condiciones de establecer una relación de aburridísima empatía entre pares.
Esta apremiante necesidad de adquirir nuevas cualidades, para mejorarnos a nosotros mismos (y mejorarnos en un punto de vista estrictamente personal y nunca universal, porque es muy difícil que todos estemos de acuerdo en qué es una cualidad y qué no; ejemplo: un hombre quiere convertirse en un ingenioso estafador después de haber leído la Odisea) no puede sino ser llamada "constructiva". Intenta construir algo. Analogía: un hombre tiene un par de terrenos, y quiere construir un edificio nuevo. El plano de este edificio nuevo será el reflejo de la otra persona en nuestros propios intereses; creo que aquí podríamos hablar de los hombres que, por una obstinada austeridad, nunca pasan de poseer prados vírgenes.
Quede claro que no me estoy refiriendo a cosas materiales porque las cosas materiales son también de las más tediosas. Porque son las más deseadas. Desear fervientemente mucha materia es querer meterse en una habitación llena de gente que empuja y que se apretuja por lo mismo. O querer deliberadamente hacer una de esas interminables colas en los bancos, esas cosas que en realidad son consideradas el lado B de ser feliz y no un medio por sí mismas. Atengámonos a cualidades, si se quiere, espirituales.

Podríamos cerrar con un ejemplo.
Si hay algo que envidio de la gente en general, aunque también podría citar personas concretas, es la capacidad de decir la palabra justa en el momento indicado. Puede ser que tenga un extraño fetiche con esto de las palabras, pero para mí no hay cosa más importante. Después de todo, es inevitable; no estamos solos, nunca vamos a estar solos, y nunca vamos a poder estar más que totalmente solos. Una combinación perfecta de palabras dicha en el momento indicado (estos son muy frágiles) puede hacer ver al otro el estado anímico total del enunciador, pero éste es sólo el mejor de los casos; puede convencer, cómo no, aunque esto haya sido discutido y estudiado y practicado hasta el hartazgo. Le mot parfait requiere una doble capacidad: la capacidad de entender al otro, a lo que enunció o lo que podría enunciar; y la capacidad de formar una respuesta en base a eso, en un proceso mental fugaz. Este proceso mental fugaz es parecido a una intuición; un hombre intuitivo no es necesariamente un hombre crítico pero (quizás todo lo contrario:) es un hombre fiel a su propia naturaleza.
Creo que esto es, en términos generales, lo que envidio. Y lo pienso tanto, que quisiera la ayuda de alguien más para pensarlo. Es urgente la necesidad de terminar esa enciclopedia. "Intuición for dummies", "cómo elaborar la respuesta justa en el momento indicado" (y sus homólogos: "qué es repuesta justa" y "qué es momento indicado"), "¿de dónde saqué esta gran idea?", "consideraciones mayores y menores sobre los ídolos" y por fin el interrogante-disparador: "¿existe alguna especie de envidia constructiva?".
En realidad lo único que que necesito, al fin, es alguien que me diga que todo lo que estoy pensando está bien, y más básico: que está bien pensar todo lo que estoy pensando. De nuevo siento la preocupación de encontrarme totalmente solo, por tener una cabeza harta de nudos incomunicables en una enciclopedia imposible.

4.4.13

La valla que huele a madera mojada



Es la una y media. Estoy en el café Mably comiendo un sandwich, todo es casi normal. Además, en los cafés todo es siempre normal, y especialmente en el café Mably, gracias al gerente, Fasquelle, que ostenta en su cara un aire canallesco muy positivo y tranquilizador. Pronto será la hora de la siesta y tiene los ojos enrojecidos, pero su porte sigue siendo vivo y decidido.

[...]

Todavía hay unos veinte clientes, solteros, modestos ingenieros, empleados. Almuerzan rápidamente en pensiones de familia, lo que ellos llaman el rancho, y como necesitan un poco de lujo, vienen aquí después de la comida, toman un café y juegan al póker de ases; hacen un poco de ruido, un ruido inconsistente que no me molesta. También ellos necesitan juntarse para existir.

[...]

Esos jóvenes me maravillan; mientras beben el café cuentan historias claras y verosímiles. Si se les pregunta qué hicieron ayer, no se turban; os lo dicen en dos palabras. En su lugar, yo farfullaría. Es cierto que desde hace mucho, nadie se ocupa de cómo empleo el tiempo. Cuando se vive solo ni siquiera se sabe ya lo que es contar; lo verosímil desaparece al mismo tiempo que los amigos. También se deja correr los acontecimientos; se sumerge uno en historias sin pies ni cabeza; sería un execrable testigo. Pero, en compensación, no se pasa por alto todo lo inverosímil, todo lo que nadie creería en los cafés. Por ejemplo, el sábado, a eso de las cuatro de la tarde, en el caminito de tablas del depósito de la estación, una mujercita vestida de azul celeste corría hacia atrás, riendo, agitando un pañuelo. Al mismo tiempo un negro con un impermeable color crema, zapatos amarillos y sombrero verde doblaba la esquina y silbaba. La mujer tropezó con él, retrocediendo todavía, bajo una linterna suspendida en la valla, que se enciende a la noche. Estaban, pues, allí, al mismo tiempo, la valla que huele a madera mojada, la linterna, la mujercita rubia en los brazos del negro, bajo un cielo de fuego. De haber sido cuatro o cinco, supongo que hubiéramos notado el choque, todos aquellos colores tiernos, el hermoso abrigo azul que parecía un edredón, el impermeable claro, los vidrios rojos de la linterna; nos hubiéramos reído de la estupefacción que manifestaban esos dos rostros de niños.

Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír; el conjunto se animó para mí, de un sentido muy fuerte y hasta hosco, pero puro. Después se dislocó: sólo quedó la linterna, la valla, el cielo: todavía era bastante hermoso. Una hora después la linterna estaba encendida, soplaba el viento, el cielo era negro; ya no quedaba absolutamente nada.

(La náusea, de J. P. Sartre)

La valla, cont.


Cuadro confeccionado por la iniciativa Track Your Happiness, encabezada por M. Killingsworth (¡qué apellido, doctor!) sobre los efectos de la divagación mental en las actividades del presente.