19.3.13

Un sueño

Con mi escuela no acostumbrábamos hacer excursiones a lugares naturales como para entrar en contacto con una vida ajena al hormigón. La única excursión que hicimos terminó en un blitzkrieg de avispas carnívoras para gran decepción de la profesora de Ciencias Naturales de turno y para mí mismo, que terminé perdiendo una mochila de Green Day y un celular que en ese momento era una novedad en tecnología.
Todo esto significa que el sueño que tuve anteayer puede tener un simbolismo que no entiendo, al no estar basado en hechos reales. Les voy a confiar la verdad de todas mis frustraciones. Hace rato estoy disconforme con las descripciones que hago; son, de muchas maneras, insuficientes. Las mejores descripciones que leí en mi vida son concisas, psicagógicas: las mías no son ninguna de las dos cosas hace algún tiempo. Esta entrada es un ensayo, mío y para mí, de probar la fuerza pictórica de estas descripciones. Como excusa para pulirlas, me baso en la excusa más personal que se me ocurre para escribir: un sueño.

Hace un año me dijeron que uno sueña que vuela cuando atraviesa una etapa feliz. En la semana más feliz de mi vida, soñé que volaba tres o cuatro veces. Hoy, no considero esta semana de marzo como una de las etapas más felices de mi vida, y por lo tanto no podría explicar por qué volaba en aquél sueño como si estuviera en una alfombra mágica llena de gente.

Puedo situar mi papel en el sueño en la proa de esta alfombra mágica. En realidad no era una alfombra mágica; solamente era yo, flotando por delante de un grupo de treinta personas entre los que contaban algunos compañeros de la secundaria, algunos compañeros de la universidad y algunos profesores. Los lugares merecen más descripción que las acciones. Este sueño fue hace dos noches y en la mañana de esa noche hubiera podido arriesgar un mapa del lugar; ahora ya no puedo. Lo que recuerdo es lo siguiente. Veníamos de un cerro, bajando. Teníamos que volver al colegio. Del cerro al colegio hay un largo tramo; arduo, aparte de largo, y nos desgastaba la sola idea de cruzarlo para el descanso merecido. Pero dijimos algo así como que teníamos que llegar ese mismo día. Éramos, como conté, treinta personajes muy heterogéneos. Mi papel en la obra no es mucha complicación, porque en mis sueños yo suelo actuar de mí mismo (esto puede sonar estúpido, pero conozco gente que me ha dicho que en sus sueños es otra persona). El medio de transporte era una alfombra mágica invisible. En ningún momento pensé que estaba sobre una alfombra mágica invisible. Por supuesto, daba por sabido que un grupo de treinta personas era perfectamente capaz flotar en el aire sobre un pantano (adelanto que es un pantano), guiados por una sola persona, que era yo, hacia la escuela donde habríamos de descansar todos del largo día.

El pantano en cuestión es (sigue siendo en alguna parte) un canal ancho de paredes bajas, como medianeras, de tierra colorada. El cielo era negro como la noche, aunque el pantano se veía nítido como si tuviera luz propia. Un pantano propiamente dicho. Se mostraba como si fuera un pasillo; por sobre las paredes bajas de tierra colorada había maleza y más maleza, tanta maleza baja y negra que mi intuición onírica aseveraba que no valía la pena cortar camino por ahí. El pantano era de aguas profundas y lo prueba mi constante miedo a caer (esto puede ser interesante para una simbología que no planeo ensayar acá) y era todo lo pantano que podía ser: agua marrón, para nada transparente, cubierta casi en su totalidad por nenúfares, camalotes, esas espigas altas y verdes que vemos en los bordes de los pantanos y animalitos pequeños, ranas e insectos, saltando de un lado para el otro indiferentes a nuestra presencia... recuerdo haber pensado en la palabra nenúfar, y haber detenido la vista (tan posible es dejar de volar como empezar a volar) en las raíces de uno, raíces de árbol vivo delgadas, pobladas, profundas, interminables, que se hundían en el agua marrón hasta que la vista lo permitía; todo hacía pensar que el fondo estaba mucho más lejos de lo que alcanzarían los pies del ahogado.

El elenco consistía, entonces, en un grupo de treinta personas que iba flotando apaciblemente, entre discusiones y chistes nerviosos (todos teníamos miedo de caer) sobre un pantano poblado de nenúfares verdes y espigas altas con profundas raíces y animalitos saltarines; de paredes bajas como medianeras de tierra colorada y maleza arriba que no valía la pena cruzar. Flotábamos de punto A a punto B (añado con ira, porque tengo el miedo básico a no hacerme entender ya habiendo renunciado a una entrada con finalidades estéticas) con el apremio del que quiere irse a descansar de una vez. El grupo estaba conformado por gente muy heterogénea que actuaba como si se conociera de toda la vida y no puedo evitar recordar, aunque quizás me esté engañando a mí mismo, que yo estaba un poco contrariado por todo esto. Sobre todo porque cargaba con la responsabilidad de que nuestra nave invisible no se hundiera, y nadie parecía colaborar demasiado con mi preocupación sapiente.
La escuela no era más que un edificio de cemento gris flotando en el pantano a su suerte, y en realidad cuando bajamos de la alfombra mágica invisible no pisamos tierra, sino el agua sucia del estero en una ribera semisumergida. Vadeamos entre chistes el camino del borde del canal a la escuela, y yo estaba aliviado pero todavía con ese humor del que no se relajó: desperté con el timbre del departamento justo cuando eché un vistazo a las ventanas celestes del edificio.

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