10.3.13

Rozar el alba

Voy a escribir esta entrada por tres razones.
1. Estoy escuchando un disco de Modest Mouse que (espero no ofender a nadie) me hace acordar mucho a otro, un disco que me gusta mucho, que ahora voy a pasar a explicar. Este disco se llama The Lonesome Crowded West y es del año 1997, el mismo año en el que salió uno de mis discos favoritos de todo el mundo, pero esa es otra historia.
2. Estoy de muy mal humor y no conviene escribir cosas para expresar desprecio o desacuerdo; no se aprovecha nada de la lectura sino meramente de la escritura, que es un paso insignificante (dicen los semióticos) comparado con aquél que el público debe dar, con o sin iniciativa.
3. Hay una calurosa tormenta en curso de una madrugada de sábado. Es una circunstancia circularmente opuesta a la que estoy por relatar ahora: un amanecer de enero, tranquilo y frío.

Cuando me despierto o no puedo dormir, lo primero que consideraba en Corrientes era el techo; la gente que habita en mi casa, que suele ser mi familia, odia el hecho de que yo me suba al techo. Los vecinos me oyen zapatear, llaman al sereno, tiran huevos, gritan como gatos. Pero después de no dormir en toda la noche, o de despertarse a esa hora (puedo recordar cuál de las dos causas potenciales fue: una charla de seis horas por teléfono fijo sobre pintura y fantasmas con una chica que me gustaba) nadie se da por enterado de lo que hago y por consiguiente no me interesa mucho que no se den por enterados. Ni siquiera los vecinos oirán, sumidos en su más profundo sueño de vacaciones, mis pasos descalzos sobre el techo de chapa... por lo demás, lo único que espero al subirme al techo es sentarme. Es cansador estar ahí parado. Un amanecer es un espectáculo más bien lento, duradero; también solitario, frío, tan progresivo que roza lo latente.
No voy a ahorrarme detalles. El muro de mi casa, que es un segundo piso erigido sobre el primer piso del vecino (uno se asombraría de lo privado, de lo desconocido que es el techo de uno a menos, claro está, que lo camine otro: creo que esto es lo que más les molestaba de mis paseítos furtivos) está precedido por una parrilla sin techo, una parrilla triste que no servirá cuando llueve. El muro y la parrilla están ubicados en un patio que también cumple función de terraza a través de cuyo zaguán techado uno accede mediante una puerta chirriante a la cocina, y mediante una ventana a mi habitación. No servirá aclarar cuál de las dos rutas tomé para caminar hacia la parrilla, valerme de ella para subir al muro y sentarme en su borde, perfecto en tamaño para mis nalgas adolescentes, y desenredar mis auriculares color estaño y enchufarlos en un mp3 o un celular que yo tenía con un disco que consideré perfecto para ese momento y cuya perfección ahora compruebo al oír en él este amanecer frío que ahora describo.
El disco es Nothing's Shocking de Jane's Addiction. Empieza con una canción casi instrumental, con una guitarra muy suspendida; los casi instrumentales me gustan mucho. Digo casi instrumental porque casi al final de la canción se dicen dos palabras: "Home, home".
Si algún afortunado lector puede reconocer este disco, me alegrará que lo recuerde si decide seguir leyendo esta entrada después de este dato tan trivial. Si algún no tan afortunado lector no está familiarizado con este disco, por haberse pasado la vida entera escuchando Spinetta o La Ley, le rogaría fervientemente que intente un acercamiento apenas mediante este enlace, como para hacer más fructífera la experiencia de seguir leyendo (si así lo quisiera). Bastará con comentar, fiel a mi promesa de no omitir nada, que para mí la experiencia es una sola con este disco: ese amanecer y punto.
El amanecer era gris y naranja. Las nubes eran como metales gruesos, curvos, hirvientes, inflados como maíz. No sé si había llovido o llovió durante ese día. El silencio era casi pleno. Era martes; pero de enero. Eso explica muchísimas cosas, salvo al menos una: el frío que tenía sentado sobre el techo del vecino mientras Perry Farrell cantaba suavemente "It ain't easy living..."
No hay mucho que pueda decir de los amaneceres, salvo apuntar este pequeño detalle. Hace alrededor de cinco años, rescatando sin saberlo una frase que después leería de John Lennon, escribí un pequeño poema llamado "Las horas sublimes". El poema es menos memorable que el mensaje, por demás unívoco, que quise transmitir. Una brevisíma reflexión sobre el siguiente respecto: ¿qué estamos haciendo, todos los días, a "las horas sublimes", cuando el sol sale o se pone y el cielo se tiñe de más colores de los que podremos fielmente describir?
Durmiendo, seguramente (es una hipótesis propuesta en el poema en cuestión); seguramente trabajando, seguramente desvariando con alguien por teléfono, seguramente llorando, acariciando gatos, untando manteca en cortezas crocantes (estas hipótesis, implícitas, no estaban reflejadas en la fresca textura sin arrugas del poema de siete líneas). Creo que quiero instar a pensar esto, aprovechando la tormenta que ya amenaza con esas primeras gotas desde afuera: no olvidemos que el amanecer o el atardecer está ahí todos los días, y en estos tiempos de intranquilidad espiritual generalizada no hace falta, en principio, tomarse un bus a las sierras cordobesas o sentarse en el techo de una casa ajena. Basta con mirar, pero mirar en serio (no al estilo "Lo hice porque lo leí en algún blog") ese infinito cielo, para el cual nuestros problemas son nulos y por lo mismo estará siempre totalmente exento de la necesidad de juicio y castigo para nuestras viditas estúpidas y grandilocuentes.

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