5.3.13

Perdón por el atrevimiento, profesor

Perdón por el atrevimiento, profesor, pero me siento profundamente movido (o movido por algo profundo) a comentarle qué es lo que he estado pensando últimamente. No le molestará leer un par de líneas al respecto. He descubierto, no sé si temprana o tardíamente, que la lectura de la página que nos puede revelar todo lo que queremos saber sobre nuestra vida, separadamente de su digestión interminable, puede tardar no más de dos o tres minutos. Lo mismo sucede con la peor página que hayamos leído. Su lectura tampoco puede tardar más de dos o tres minutos.
Por eso acostumbro rodearme de gente a la que no interesa perder dos o tres minutos para leer una página. Y reinvierte el tiempo perdido en leer más páginas, y así puede (con muchísima suerte y muchísimo esfuerzo intelectual) llegar a completar la lectura de un libro, que dicen que es un instrumento inmejorable como un martillo o una tijera. Completar la lectura de un libro es una instancia fatal, y mediante este intrincado camino el texto nos dice cosas que su tapa no; de ahí que uno de los refranes más repetidos por los lectores (y por los no lectores, por esos hombres que aprecian fervientemente dos o tres minutos demás) "nunca juzgues a un libro por su portada".
Me siento, si me permite la expresión, llevado por una corriente que no sé si asciende o asciende, pero empuja. Como si estuviera sumido en un remanso salino; como si todo lo que conozco hubiera adoptado un color nuevo. Imagínese qué caótico ver roja la mesa del desayuno, verde la pasta dental, amarillo su café: todo pintado con colores básicos, colores que no ansían mezclarse, colores que quieren ser examinados en toda su pureza. Imagínese ser consciente de que todo lo que percibe todo el día, y todo lo que piensa a lo largo de todo el día (y déjeme subrayar mi admiración por usted diciéndole que esto se ve más cabalmente en una persona pensante como usted) no esté hecho sino de la combinación de tres colores primarios que su mente se encarga de mezclar para crear los infinitos tintes. He descubierto esto, y en buena hora entiendo que todo no es sino una mezcla primaria, personal, intransferible, entrañable.
Estoy convencido de esto hace tres semanas, cuando entré en el instituto. Una vez consciente de esto, no puede evitar pensar que todo lo que me sucede no hace sino hablar de otra cosa; todo lo que veo no hace sino hablar de otra cosa; todo lo que me dicen no hace sino esconder proposiciones veladas. Un profesor de literatura me habló de la etimología de la palabra eucalipto: dejo que usted investigue esta analogía. Y en realidad, yo no hago sino rumiar todas estas conjeturas, a riesgo de mezclar todavía más los colores en la brocha. Señor: mi teoría ya no tiene que estar desligada de su espacio ni de su tiempo; ya hemos superado el neoclasicismo, ya el posmodernismo (en sus propias palabras) se volvió tan confuso que alguien no tardará en atribuírselo a Homero; no me interesa nada de esto, no me siento (al menos en principio) reflejado íntegramente en alguna de esas palabras que designan corrientes filosóficas: pintores que destacan el verde entre el azul y el amarillo, y tantos otros pintores que de este verde, de cuya existencia ya no dudan, pasan a identificar matices que nombrarán césped, inglés, estanque.
Lo que mastico largamente en mi fuero personal es lo siguiente: todo no hace sino remitirnos a otra cosa. Y ya no sé ni siquiera si hablar en términos de cosas o subcosas, en términos de jerarquía, de niveles que van y vuelven; de inferencias en cuanto a la naturaleza de la mariposa que se postra sobre la flor, porque me han contado que no existen dos mariposas sobre dos flores iguales. No hablo ya de generalizaciones: hablo de redes. De rizomas, quizá. De hombres y mujeres que llevan de la mano a otros hombres y mujeres, cual protegés, a bibliotecas enormes llenas de volúmenes hasta el techo, para sentarlos frente a otro hombre y mujer, que ya no puedo sino considerar igual, para una charla informal sobre los matices del mundo. Una cosa siempre remitirá a otra cosa. El mérito de no considerar perdidos esos dos o tres minutos, que al fin y al cabo podrán algún día azarosamente conducirnos a la mejor página que habremos leído en nuestras vidas, es reconocer que en esos dos o tres minutos están los caminos abiertos para muchísimas otras cosas que también conforman el mundo, y que por lo tanto nos conforman a nosotros. Reconocerlas y aprovecharlas requiere un compromiso, que (para volver a la metáfora inicial) se asemeja a zambullirse en ese remanso salado. De alguna manera, doloroso, como también es doloroso que la corriente nos empuje e incluso es doloroso que nos empuje contra una piedra (que supongo que las hay, en este camino infinito); por mi parte todo lo que puedo hacer es seguir a donde me lleve el río, aunque no haya dos ríos iguales (ni siquiera para los que nadan lado a lado). Acaso ciegamente sin nunca poder saber si el mismo río en el que me sumerjo denota otra cosa más grande que el río.

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