28.3.13

Hodie

Mentir se hizo costumbre. Las costumbres pasan desapercibidas. Son como fuegos alimentados por un kerosén heterogéneo cuyo origen olvidamos como parte rigurosa de la costumbre. Génesis tan dispar que apenas podemos ilustrarla diciendo que nace de la literatura, de la cosmética, de la música, de las pancartas. Mentir se hizo costumbre y, para compensar sus patas cortas, todo es compuesto por capas. Para llegar a una persona hay que atravesar capas como si fuera una cebolla. Escarbar con los dientes, arrancar con las uñas, mirarla fijamente hasta que la persona, en un annus mirabilis, haciéndonos testigos de quién sabe qué suceso importante, se muestre ante nosotros desnuda de espíritu y podamos aprehenderla para olvidarnos de ella por aburrida y transparente. Cáscara añeja que no usamos para nuestro horrible guiso. Cuando mentir no sea más costumbre, y la gente tenga a bien acostumbrarse a la verdad, vamos a ser una gran masa macrocéfala de conocimiento confuso y ruidoso y todos vamos a poder entendernos los unos a los otros, ya no como cebollas sino como esas aburridas uvas, que nacen todas del mismo racimo y son todas iguales entre sí. Parece justificable gritar: Dios salve a la mentira. Cuando la mentira se hizo costumbre, un buen día de invierno o primavera de quién sabe qué siglo (las grandes revoluciones comienzan siendo un chispazo en el cerebro de algún loco), y poco a poco se fue fomentando la saludable costumbre de mentir, poco a poco fue naciendo el arte en las formas ya descriptas. El lenguaje fue degenerando en lo que conocemos hoy en nuestra era vulgaris. La gran catapulta de la mentira convirtió en arte los rostros maquillados de esas actrices porno, cuyos granos dejan de ser tridimensionales. Dios bendiga a la tecnología en la misma medida. No se me ocurre nada que pueda alejarse de la mentira sin que sueñe forzado. El solo hecho de hacerles creer a ustedes que soy capaz de escribir estas líneas es también una forma de mentira latente, más peligrosa porque pasa desapercibida. Nadie es capaz de escribir nada sin alejarse de la verdad, y eso está bien o mal depende de qué mentiroso lo juzgue, valiéndose de sus moralmente juzgables juicios que someteremos asimismo a juicio sistemático. No se me ocurre nada que pueda alejarse de la mentira más que darla por sentado y contar cosas que jamás existieron pero que son verosímiles.

*hay* *un hombre* *caminando* *desde la ventana* *a la mesa* *sin camisa*
*el hombre* *se ha puesto la camisa* *en el camino* *que separa* *la ventana* *de* *la mesa*
*son las 7 y cuarto de la mañana* *el hombre acaba de* *despertarse*
*el hombre* *acostumbra* *dormir* *sin camisa*
*desde la ventana* *él* *ve*
*una fila* *larguísima* *de taxis*
*son* *veinte*
*taxis* *uno detrás de los otros* *y así sucesivamente*
*todos* *haciendo sonar* *el claxon* *repetidamente* *ansiosamente* *histéricamente*
*es feriado*
*son las 7 y cuarto de la mañana*
*el hombre* *ve* *la taza de café* *caliente*
*prende* *la radio*
*hay tango*
*sobre la mesa* *el humo* *del café* *dibuja* *círculos*
*el hombre* *piensa*:
+ *una playa*
+ *un címbalo*
+ *un tornado*
+ *un balde lleno de perfume para pisos*

He puesto entre asteriscos todo lo falso o incomprobable.
El principito de Saint-Exupéry dice que la palabra es una fuente de malentendidos. Añadiría que es la única, porque si nadie hablara nadie sentiría la necesidad de entender bien al otro.

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