4.3.13

Gramado y Canela



Si me preguntan, y tengo que responder, respondería Gramado. O Canela. Si además de eso me pidieran un escape o una distracción original, les recomendaría que vayan en julio. Si me preguntan cuál es el camino más fácil para llegar, no sabría cuál es; añadiría que no quiero mentirles, pero sit venia verbo todos los caminos son hermosos, de manera que no podría elegir (decisión dolorosa porque innecesaria) sólo uno. Yo fui desde la playa: todo lo que puedo sugerir es que en julio tomen el camino inverso, que no puede ser menos pintoresco. Una vez que lleguen allí no podría nombrar un hotel con media pensión (todos, generalmente, son castillos restaurados) o algún hermoso bar para conocer de noche (me bastó con visitar una iglesia, una galería cubierta, un parque de piedras coloridas); les recomendaría, por el contrario, que lo primero que hagan sea dejar el auto en la zona azul (llaman así a las zonas donde los parquímetros te cobran 50 centavos de real por la mínima permanencia de 20 minutos) y salgan a recorrer sus calles parquizadas de piedra beige con estatuas vivientes, cines de madera y faroles de gas. Gramado es una ciudad construida sobre las inconfundibles bases del folklore septentrional: personas trabajadoras hasta la obsesión que ostentan apellidos polacos o alemanes y que gustan de verlo todo endiabladamente prolijo, ha dos o tres generaciones. Para un temperamento poco perfeccionista como el argentino (o incluso el brasileño del sur) ver las hortensias podadas es chocante, como si fuera todo un homenaje a propósito de la visita de uno. Las hortensias podadas parecen perversas; pero las hortensias, cabe destacar, son una especie endémica en las sierras del sur, el único lugar del Brasil donde nieva. Si van a estar un solo día o una sola tarde, cosa muy frecuente entre los turistas que visitan Gramado, les recomendaría que vayan temprano a la tarde para saborear la inconfundible calma de las siestas en el extranjero y que elijan un día nublado y frío. Olvidarán perversamente a América Latina por los veinte minutos del parquímetro, gusto que los turistas catan y acatan. Y si tienen suerte de encontrar un lugar vacío en un café de la avenida central de Canela, que tenga techo de tejas rojas a dos aguas y sirvan chocolate, siéntense a mirar: la gente ignora que está donde está y pone caras que son graciosas a la luz de este olvido.


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