16.3.13

El marinero misterioso

En el prólogo relacionado con mis desventuras aludí al Marinero. Mi amistad con este perdulario fantasmagórico databa de un suceso casi absurdo. Nos encontramos un día yendo por la calle en dirección contraria. Él avanzó hacia mí manifestando con estas textuales palabras: "Experimento mucha alegría de encontrarlo nuevamente".
Le respondí que yo no lo conocía de ninguna parte, y que, además, no tenía ninguna curiosidad por saber quién era. Indignado retrocedió en la acera preguntándome a voz en cuello:
—Y entonces, ¿por qué me ha hecho usted un corte de manga?
Repuse que yo era un hombre de educación exquisita y por tanto jamás le haría en la calle, y a un desconocido, un corte de manga. Entonces el Marinero, guiñando socarronamente un ojo, añadió que mis razones no le daban ni frío ni calor, que en la vida existían cosas más importantes y "la identificación de las almas magnánimas frente a un vaso de vino le parecía una necesidad formal".
Ello constituía una clara invitación a echarse al estómago un vaso de vino y tomándonos del brazo entramos a un bodegón mugriento. Un muchacho puso ante nuestras narices un botellón de vino tinto, creo que era Nebiolo seco. Bebimos esa botella y después otra. Terminadas las dos botellas salimos a la puerta del establecimiento vinatero y comenzamos a hacerle cortes de manga a cuanto transeúnte pasaba, y a ponernos las manos en cornetilla sobre la boca para hacer un ruido semejante al que producen los gases que expelen los intestinos.
Se indignó el dueño del hostal y a empujones nos apartó del umbral de su comercio, brutalidad que nosotros aceptamos, comprendiendo que la vida encierra "cosas más profundas". Trazando zigzags avanzamos por las calles y el Marinero durmió esa noche como un fardo de pasto (si un fardo de pasto puede dormir), tendido en el piso de mi cuarto.
Desde ese día nos hicimos amigos.

(Fragmento de El traje del fantasma, de R. Arlt)

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