6.3.13

Diálogo en una oficina escolar

—Tome nota de lo que le digo, señor Dedalus —agregó—. Inglaterra está en manos de los judíos. En todos los puestos más elevados: su finanza, su prensa. Y ellos son los signos de la decadencia de una nación. Dondequiera que se reúnan consumen la fuerza vital de la nación. Hace años que lo veo venir. Tan cierto como que estamos aquí de pie, los comerciantes judíos están ya ocupados en su obra de destrucción. La vieja Inglaterra se muere.
Dio unos pasos rápidos, volviendo a la vida azul sus ojos al pasar un ancho rayo de sol. Dio media vuelta y volvió otra vez.
—Se muere —agregó—si no está ya muerta.
El grito de la ramera, de calle en calle
tejerá el sudario de la vieja Inglaterra. 
Sus ojos dilatados por la visión, se fijaron severamente en el rayo de sol en que hizo alto.
—Un comerciante —dijo Esteban—es uno que compra barato y vende caro, judío o gentil, ¿no es así?
—Pecaron contra la luz —exclamó el señor Deasy gravemente—. Y usted puede ver las tinieblas en sus ojos. Y por eso es que andan todavía errantes sobre la tierra.
Sobre los escalones de la bolsa de París, los hombres de epidermis dorada cotizando precios con sus dedos enjoyados. Parloteo de gansos. Bullían escandalizando groseramente en el templo, con sus cabezas conspirando estúpidamente bajo torpes casquetes de seda. No los de ellos: estos vestidos, este lenguaje, estos gestos. Sus ojos llenos y pesados desmentían las palabras, el ardor de los gestos inofensivos, pero sabían que el rencor se amasaba entre ellos y sabían que su celo era vano. Paciencia vana para amontonar y atesorara. El tiempo seguramente lo dispersaría todo. Un montón acumulado al borde del camino: pisoteado y dispersándose. Sus ojos conocían los años de vagancia y, pacientes, los estigmas de su raza.
— ¿Quién no lo ha hecho? —dijo Esteban.
— ¿Qué quiere decir usted? —preguntó el señor Deasy.
Adelantó un paso y se encontró al lado de la mesa. Su mandíbula inferior cayó oblicuamente perpleja. ¿Es ésta la sabiduría de los viejos? Espera escucharme a mí.
—La historia —afirmó Esteban —es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar.
Un clamor se elevó desde el campo de juego. Un silbato vibrante: gol. ¿Qué pasaría si la pesadilla te diera un alevoso puntapié?
—Los procedimientos del Creador no son los nuestros —dijo el señor Deasy—. Toda la historia avanza hacia una gran meta: la manifestación de Dios.
Con un golpe del pulgar Esteban señaló la ventana, exclamando:
—Eso es Dios.
¡Hurai! ¡Ay! ¡Hurrui!
— ¿Qué? —preguntó el señor Deasy.
—Un grito en la calle —contestó Esteban, encogiéndose de hombros.

(Ulises, de Joyce)

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