3.3.13

Derrida pt. 2

Creo que ya es hora de confesar públicamente (¿qué es públicamente? esto no deja de ser sino un acto de cobardía) qué es lo que me llama la atención de Jacques Derrida; es el mismo algo que llama la atención de algunas personas como rockstars o vagabundos y que confronto en mi enciclopedia juvenil con algún libro escrito por Aristóteles. Su teoría, o sus teorías, o la teoría, no me causa sino molestias. No podría estar pensando ni leyendo en todo lo que piensa él todo el tiempo que piensa ni lee; me encantaría no sentir la necesidad de hacer ver al entrevistador la farsa de una entrevista televisada. Me limitaría a pasarme un peine prolijo sobre mi jopo blanco, y responder las preguntas que me hacen sin muchos rodeos. Pero por supuesto, su teoría o sus teorías o la teoría se basa en los rodeos, en esos intersticios (¿lo estaré leyendo bien?) que hay en las cosas que decimos u omitimos decir. Algo que la Iglesia limitó a pecado, es la omisión; lejos de la proscripción eclesiástica (según me inclino a creer) Derrida emprende el estudio de esas cosas que fatalmente omitimos.
Lo que me sorprende es que tiene tanta pasta de rockstar y vagabundo como ningún otro filósofo televisado tuvo. Pero seguramente, en la época donde no existía el séptimo arte (el arte que Derrida admira o admiró, porque ahora no podría decirse que es lo mismo que entonces; ese séptimo arte encargado de sublimar a las personalidades y de paso a las personas) existió algún filósofo mejor, más sublime, más convincente... como yo sí sé reconocer cuáles son mis competencias y qué es lo que no me interesa recalcar, no voy a ahondar más en este aspecto; por lo demás, sabemos aunque lo demos por sentado que todo lo muerto ya se ha perdido, e intentar recuperarlo es una empresa condenada al fracaso como aferrarse con uñas y dientes a lo que alguna vez conocimos, pero ya no conocemos más (ya no se actualiza, según los teóricos de la narratividad); Derrida es, también, algo así. Hago notoria la mía hipocresía de querer revivirlo juntando trozos de entrevistas televisadas que quedaron de él; ni siquiera a través de sus textos, porque él mismo asesinó a sus textos diciendo que no existen o que no hay nada alrededor de ellos o algo así; la persona, o la persona ficta, de Jacques Derrida, esa persona que sopesa las palabras una por una, con facilidad de joyero, con precisión de relojero, con erudición de diccionario, y que las pone como un torrente una detrás de la otra para decir básicamente que nada es perfectamente cognoscible de primera mano; una premisa vieja, pero mucho más extrema, ya abordada por Nietzsche o por algún otro (al que todos en realidad hoy en día debemos).

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