28.3.13

Historia basada en hechos reales

Una vez estaba volviendo en colectivo dos pisos desde Buenos Aires, era el 26 de mayo del 2010. Algo me llamó la atención, además del hecho de estar volviendo de Buenos Aires en un colectivo de dos pisos. Voy a tratar de describir eso, porque es algo que quise hacer desde que sucedió y nunca pude comunicar su plena importancia.
La autopista por la que venía estaba desierta, silenciosa, llana y tan limpia que se podía comer en ella. Reflejaba la luz naranja de los faroles y también reflejaba, aunque no lo escuchara, el tss tss de sus filamentos de tungsteno. El fin de semana largo no había terminado, por eso tan poca gente. Eran las 11 de la noche. Había un cartel electrónico a manera de pasacalles. Yo estaba sentado en la primera fila del segundo piso, con todo el ancho del cristal para mí como a mi me gusta (siempre que hay disponibilidad me mando, a sabiendas de que sentado ahí puedo ser el primero en morir en un choque frontal) - y como si estuviera escrito en los códices de no sé qué guionista estúpido que derramó su café sobre las pruebas de imprenta, el cartel decía:

"FELIZ BICENTENARIO
1810 - 2010"

Fin de la descripción

Concretamente, me llama la atención la forma en que estos hechos que parecen suceder a propósito en realidad, y con toda lógica, son accidentales. No fui el único que vio ese cartel, incluso si se tiene en cuenta que en esa ruta a esa hora había muy poca gente. Sería necio alegar que fui el único que percibió su dimensión histórica. Pero de hecho me sucedió dos o tres veces haber estado de paso en algún lugar, sintiéndome interpelado por el "universo" al ver que en otro lugar del mundo (o de la historia) estaban desenvolviéndose instantes significativos: la muerte de tal o cual persona pública o tal o cual violenta disolución de fronteras políticas, como cuando Forrest Gump veía distraídamente la llegada del hombre a la luna en el '69. Como Forrest, uno no se da cuenta (al final, todos somos 'idiotas': sólo que a algunos les ofende el stricto sensu) de la resonancia simbólica que pueden tener esas cosas que pasan en TN como importantes, metidas en el morbo de siempre que también juzgamos importante. Sagaz renovación de la fábula de la ovejita mentirosa combinada con cierto cuento de Poe sobre esconder algo grosso en tarjeteros que estén a la vista. Si uno tiene la cabeza en el momento, es en ese momento donde uno está tomando un café en una estación de servicio de Neuquén cuando se entera que murió Sandro - historia basada en hechos reales.

Hodie

Mentir se hizo costumbre. Las costumbres pasan desapercibidas. Son como fuegos alimentados por un kerosén heterogéneo cuyo origen olvidamos como parte rigurosa de la costumbre. Génesis tan dispar que apenas podemos ilustrarla diciendo que nace de la literatura, de la cosmética, de la música, de las pancartas. Mentir se hizo costumbre y, para compensar sus patas cortas, todo es compuesto por capas. Para llegar a una persona hay que atravesar capas como si fuera una cebolla. Escarbar con los dientes, arrancar con las uñas, mirarla fijamente hasta que la persona, en un annus mirabilis, haciéndonos testigos de quién sabe qué suceso importante, se muestre ante nosotros desnuda de espíritu y podamos aprehenderla para olvidarnos de ella por aburrida y transparente. Cáscara añeja que no usamos para nuestro horrible guiso. Cuando mentir no sea más costumbre, y la gente tenga a bien acostumbrarse a la verdad, vamos a ser una gran masa macrocéfala de conocimiento confuso y ruidoso y todos vamos a poder entendernos los unos a los otros, ya no como cebollas sino como esas aburridas uvas, que nacen todas del mismo racimo y son todas iguales entre sí. Parece justificable gritar: Dios salve a la mentira. Cuando la mentira se hizo costumbre, un buen día de invierno o primavera de quién sabe qué siglo (las grandes revoluciones comienzan siendo un chispazo en el cerebro de algún loco), y poco a poco se fue fomentando la saludable costumbre de mentir, poco a poco fue naciendo el arte en las formas ya descriptas. El lenguaje fue degenerando en lo que conocemos hoy en nuestra era vulgaris. La gran catapulta de la mentira convirtió en arte los rostros maquillados de esas actrices porno, cuyos granos dejan de ser tridimensionales. Dios bendiga a la tecnología en la misma medida. No se me ocurre nada que pueda alejarse de la mentira sin que sueñe forzado. El solo hecho de hacerles creer a ustedes que soy capaz de escribir estas líneas es también una forma de mentira latente, más peligrosa porque pasa desapercibida. Nadie es capaz de escribir nada sin alejarse de la verdad, y eso está bien o mal depende de qué mentiroso lo juzgue, valiéndose de sus moralmente juzgables juicios que someteremos asimismo a juicio sistemático. No se me ocurre nada que pueda alejarse de la mentira más que darla por sentado y contar cosas que jamás existieron pero que son verosímiles.

*hay* *un hombre* *caminando* *desde la ventana* *a la mesa* *sin camisa*
*el hombre* *se ha puesto la camisa* *en el camino* *que separa* *la ventana* *de* *la mesa*
*son las 7 y cuarto de la mañana* *el hombre acaba de* *despertarse*
*el hombre* *acostumbra* *dormir* *sin camisa*
*desde la ventana* *él* *ve*
*una fila* *larguísima* *de taxis*
*son* *veinte*
*taxis* *uno detrás de los otros* *y así sucesivamente*
*todos* *haciendo sonar* *el claxon* *repetidamente* *ansiosamente* *histéricamente*
*es feriado*
*son las 7 y cuarto de la mañana*
*el hombre* *ve* *la taza de café* *caliente*
*prende* *la radio*
*hay tango*
*sobre la mesa* *el humo* *del café* *dibuja* *círculos*
*el hombre* *piensa*:
+ *una playa*
+ *un címbalo*
+ *un tornado*
+ *un balde lleno de perfume para pisos*

He puesto entre asteriscos todo lo falso o incomprobable.
El principito de Saint-Exupéry dice que la palabra es una fuente de malentendidos. Añadiría que es la única, porque si nadie hablara nadie sentiría la necesidad de entender bien al otro.

21.3.13

Las palabras del punk

Con motivo de un video que me publicó Raymond en Facebook (y esos chispatazos que te tira el inconsciente cuando estás aburrido en clase) me puse a escuchar, con todo el apuro que tengo ahora mismo, un par de bandas si se quiere de música "punk" que escuchaba hace unos años sin mucha pasión pero viendo que despertaban muchas pasiones ajenas. Estas bandas, pese a ser las dos "punk" (y ¿qué significa "punk"? he leído que significa "vago", "vagabundo", "clochard", "irresponsable") son muy distintas. Estas bandas son Casualties y Embajada Boliviana. No creo que su diferencia radique en su país de procedencia, aunque se sabe que el punk más famoso de nuestro país es en alguna medida un poco más hedonista y un poco más quedo en eso de los problemas sociales. Lo que me llamaba la atención del "punk" es que los propios punks vean la necesidad de involucrarse en los problemas sociales, siendo que en principio la palabra designa a un vagabundo y a un irresponsable. Esto es lo que quiero desarrollar hoy, brevemente. Las pasiones que despertaban esta banda eran disímiles aunque muy fuertes; desde la mayor dejadez y el mayor desdén a los proyectos futuros de vida (así haya muchos: icónico es el caso de la muerte de Ricky Espinosa en el 2002) hasta la militancia más voraz y excesiva que pasa a la violencia desmedida, no se sabe si a un régimen, a un scheme o al enemigo que está más adentro de uno (el video de Raymond).
Todo esto me hizo sospechar en su momento, puesto que siempre fui un novato y siempre lo seré en esto de los movimientos colectivos, que había muchos matices contradictorios (capaz de sumir en la confusión existencial a un inocente mancebo como era yo) agrupados dentro de la categoría "punk", si bien se reconocían estos matices como parte de un mismo grupo, por la estética o por lo que sea. Sospeché de algo todavía más grave, que recuerdo haber reprimido bastante bien. Esta lectura la hago hoy, fuera tanto de la militancia excesiva como del nihilismo fatal.
Cierta vez estábamos con un amigo anarquista (que ahora es budista y filósofo) en la vereda de su casa y queríamos tomar una Coca. Yo no hacía ninguna objeción a sus decisiones, porque siempre fue una figura de autoridad para mí. Dos años mayor, había confrontado a sus padres con éxito para adoptar la estética punk y le hacía frente continuamente al colegio religioso donde los dos íbamos para conservar esa cresta de la que estaba tan orgulloso. De manera que cuando dijo Coca y a mí me resonaron, obviamente, todas las pancartas anti-capitalismo que él mismo enarbolaba (a veces), yo no dije absolutamente nada. Y fuimos al kiosco, y el kiosco tenía solo Pepsi. Y le dije "y bueno, comprá una Pepsi, las dos tienen el mismo sabor". Me respondió vehementemente: "¡NO CAIGAMOS EN EL CONFORMISMO! EL CONFORMISMO ES LO PEOR QUE TE PUEDE PASAR". El problema se resolvió caminando un par de cuadras más. Lo cual es una medida saludable, que hubiera adoptado también hoy: ad astra per aspera, cocacola.
Y recién escuchando Embajada Boliviana y prestando atención a la letra de un tema, el primer tema de su disco Soñando Locuras, escucho "no me importa una mierda, soy conformista, vivo de fiesta..."
Creo que estoy en condiciones de, lejos de los miedos adolescentes que son miedos tiernos si uno se pone a repensarlo, suponer que estas palabras que los punks usan para expresar sus sentimientos hacia la vida en realidad también son palabras vacías. Me dio mucho miedo pensar esto, porque en este caso es una nimiedad, pero me preocupaba que lo fueran cosas un poco más graves. Por supuesto que el lector las conoce mejor que yo: libertad, amor, y ante todo anarquía.
No me siento cómodo para desarrollar todo lo que la anarquía significó (a fines prácticos) para mí, y sigue significando, así que lo voy a resumir en una sola palabra: nada. Nada me unió a la anarquía, y nada me unió a los punks en realidad, que cuando dejaron de ser punks para mí se convirtieron en mis amigos y vi que había en ellos una humanidad que no podía sino ser fruto de la mejor cepa de nuestra generación, y no eran un puñado de renegados sociales como se querían hacer ver en principio. Supongo que cuando uno deja de ver al otro como el extranjero inalcanzable (me pasó en todos lados: con porteños, con europeos, con punks, con militantes políticos o con chicas hermosas) es cuando está en condiciones de conectarse verdaderamente con otra persona. Y ya lo dijo Linklater: la conexión real va más allá de las pobres palabras.

19.3.13

Un sueño

Con mi escuela no acostumbrábamos hacer excursiones a lugares naturales como para entrar en contacto con una vida ajena al hormigón. La única excursión que hicimos terminó en un blitzkrieg de avispas carnívoras para gran decepción de la profesora de Ciencias Naturales de turno y para mí mismo, que terminé perdiendo una mochila de Green Day y un celular que en ese momento era una novedad en tecnología.
Todo esto significa que el sueño que tuve anteayer puede tener un simbolismo que no entiendo, al no estar basado en hechos reales. Les voy a confiar la verdad de todas mis frustraciones. Hace rato estoy disconforme con las descripciones que hago; son, de muchas maneras, insuficientes. Las mejores descripciones que leí en mi vida son concisas, psicagógicas: las mías no son ninguna de las dos cosas hace algún tiempo. Esta entrada es un ensayo, mío y para mí, de probar la fuerza pictórica de estas descripciones. Como excusa para pulirlas, me baso en la excusa más personal que se me ocurre para escribir: un sueño.

Hace un año me dijeron que uno sueña que vuela cuando atraviesa una etapa feliz. En la semana más feliz de mi vida, soñé que volaba tres o cuatro veces. Hoy, no considero esta semana de marzo como una de las etapas más felices de mi vida, y por lo tanto no podría explicar por qué volaba en aquél sueño como si estuviera en una alfombra mágica llena de gente.

Puedo situar mi papel en el sueño en la proa de esta alfombra mágica. En realidad no era una alfombra mágica; solamente era yo, flotando por delante de un grupo de treinta personas entre los que contaban algunos compañeros de la secundaria, algunos compañeros de la universidad y algunos profesores. Los lugares merecen más descripción que las acciones. Este sueño fue hace dos noches y en la mañana de esa noche hubiera podido arriesgar un mapa del lugar; ahora ya no puedo. Lo que recuerdo es lo siguiente. Veníamos de un cerro, bajando. Teníamos que volver al colegio. Del cerro al colegio hay un largo tramo; arduo, aparte de largo, y nos desgastaba la sola idea de cruzarlo para el descanso merecido. Pero dijimos algo así como que teníamos que llegar ese mismo día. Éramos, como conté, treinta personajes muy heterogéneos. Mi papel en la obra no es mucha complicación, porque en mis sueños yo suelo actuar de mí mismo (esto puede sonar estúpido, pero conozco gente que me ha dicho que en sus sueños es otra persona). El medio de transporte era una alfombra mágica invisible. En ningún momento pensé que estaba sobre una alfombra mágica invisible. Por supuesto, daba por sabido que un grupo de treinta personas era perfectamente capaz flotar en el aire sobre un pantano (adelanto que es un pantano), guiados por una sola persona, que era yo, hacia la escuela donde habríamos de descansar todos del largo día.

El pantano en cuestión es (sigue siendo en alguna parte) un canal ancho de paredes bajas, como medianeras, de tierra colorada. El cielo era negro como la noche, aunque el pantano se veía nítido como si tuviera luz propia. Un pantano propiamente dicho. Se mostraba como si fuera un pasillo; por sobre las paredes bajas de tierra colorada había maleza y más maleza, tanta maleza baja y negra que mi intuición onírica aseveraba que no valía la pena cortar camino por ahí. El pantano era de aguas profundas y lo prueba mi constante miedo a caer (esto puede ser interesante para una simbología que no planeo ensayar acá) y era todo lo pantano que podía ser: agua marrón, para nada transparente, cubierta casi en su totalidad por nenúfares, camalotes, esas espigas altas y verdes que vemos en los bordes de los pantanos y animalitos pequeños, ranas e insectos, saltando de un lado para el otro indiferentes a nuestra presencia... recuerdo haber pensado en la palabra nenúfar, y haber detenido la vista (tan posible es dejar de volar como empezar a volar) en las raíces de uno, raíces de árbol vivo delgadas, pobladas, profundas, interminables, que se hundían en el agua marrón hasta que la vista lo permitía; todo hacía pensar que el fondo estaba mucho más lejos de lo que alcanzarían los pies del ahogado.

El elenco consistía, entonces, en un grupo de treinta personas que iba flotando apaciblemente, entre discusiones y chistes nerviosos (todos teníamos miedo de caer) sobre un pantano poblado de nenúfares verdes y espigas altas con profundas raíces y animalitos saltarines; de paredes bajas como medianeras de tierra colorada y maleza arriba que no valía la pena cruzar. Flotábamos de punto A a punto B (añado con ira, porque tengo el miedo básico a no hacerme entender ya habiendo renunciado a una entrada con finalidades estéticas) con el apremio del que quiere irse a descansar de una vez. El grupo estaba conformado por gente muy heterogénea que actuaba como si se conociera de toda la vida y no puedo evitar recordar, aunque quizás me esté engañando a mí mismo, que yo estaba un poco contrariado por todo esto. Sobre todo porque cargaba con la responsabilidad de que nuestra nave invisible no se hundiera, y nadie parecía colaborar demasiado con mi preocupación sapiente.
La escuela no era más que un edificio de cemento gris flotando en el pantano a su suerte, y en realidad cuando bajamos de la alfombra mágica invisible no pisamos tierra, sino el agua sucia del estero en una ribera semisumergida. Vadeamos entre chistes el camino del borde del canal a la escuela, y yo estaba aliviado pero todavía con ese humor del que no se relajó: desperté con el timbre del departamento justo cuando eché un vistazo a las ventanas celestes del edificio.

17.3.13

Waking Life, pt. 2

Recién estoy entendiendo la amplitud del film de Linklater que mencioné antes... es una obra filosófica hecha y derecha y sus bases son radicales; simpatizan con el existencialismo aunque no son precisamente él, y con el posmodernismo tiene un sentimiento de indiferencia amable sospechoso de que tiene algo incompleto. (Todo esto según pude entender). Sus diálogos siempre me parecieron muy densos, pero ahora me siento en posición de poder desentrañar mínimamente algo. Y no porque de repente sea un erudito. Por una razón muy distinta: le he perdido el miedo a las palabras, al mismo tiempo que descubrí que estaban todas vacías, en realidad. No llego al extremo de admitir que todo esta vacío como dice Kerouac, pero no hay que negar la perversidad de las palabras: suelen ser algo y a la vez lo opuesto en un sistema de muy dudosas limitaciones... antes me sentía muy lejos de entender cualquier -ismo, porque pensaban que todos tendían a lo mismo. Hoy los ismos se me llenaron en un trabajo de investigación que me sirvió para saber que, si en efecto todos tendemos a lo mismo, los ismos son una escala innecesaria y muy intensa en el debate (para/trans)filosófico de qué hacer con nuestra vida. Ismoísmo: un aeropuerto siempre extranjero donde las posturas de la historia se pelean por valijas vacías.
La propuesta de Linklater es una más de entre ellas, asida a su fe en la posibilidad de dar un ejemplo. Puede parecer poco creíble porque no ha salido en formato de tratado filosófico, sino en formato cinematográfico. El cine remite afortunadamente al arte: pero no debería remitir solamente al arte, porque esto sería quitarle su estatus de disparador de mensajes diferentes al arte por sí mismo. Con esto quiero decir: no es razón suficiente para subestimar esta propuesta, decir que estar presentada en forma de diálogos diáfanos a través de las vivencias de unos personajes bosquejados de forma muy extraña. Por otra parte, si recordamos personajes bosquejados de forma muy extraña bastará nombrar a Holden Caulfield o Raskolnikov.
Si no lo malinterpreto, uno de sus pensamientos básicos está retomado desde muchos puntos de vista, todos los cuales son dados al personaje por otros personajes que (siguiendo su propia lógica) dudosamente podrían ser siquiera personajes, o algo más que personajes. Este pensamiento básico que recuerdo estructura toda la película, desde los diálogos hasta la fotografía. A saber.
¿Qué pasaría si en realidad fuéramos el sueño de otra persona?
Si discutimos sobre el interrogante mismo, no saldremos del aeropuerto y de la eterna pelea por valijas vacías. Occam dirá que sería mejor no pensarlo; E. Bachrach dirá que hay pruebas muy fehacientes (aunque no concluyentes, dirá un escéptico) de que nuestro cerebro es en gran medida autónomo. El primer problema es en realidad sentar a todos los sabios a discutir el tema, porque cada uno está siempre ocupado en sus propias cosas. Por la puerta de atrás del aeropuerto veo salir a un grupo de viejos chinos risueños y los sigo. Entre ellos, despreocupadamente, Sartre o quizás el mismo Kerouac. No quiero poner en bolsas a todos los grandes nombres cargados de un significado que ni sus portadores sospechan.
Una de las respuestas: la diferencia real está en nuestra acción, que también es, en principio, pensamiento.
Guy Forsyth (corremos el riesgo de que a Linklater no le guste su apellido y por lo tanto sería mala educación estar recordándoselo constantemente) expresa, dos puntos.
"The trick is to combine your waking rational abilities with the infinite possibilities of your dreams".
Todo, esta entrada misma también, queda sujeto a revisión.

16.3.13

El marinero misterioso

En el prólogo relacionado con mis desventuras aludí al Marinero. Mi amistad con este perdulario fantasmagórico databa de un suceso casi absurdo. Nos encontramos un día yendo por la calle en dirección contraria. Él avanzó hacia mí manifestando con estas textuales palabras: "Experimento mucha alegría de encontrarlo nuevamente".
Le respondí que yo no lo conocía de ninguna parte, y que, además, no tenía ninguna curiosidad por saber quién era. Indignado retrocedió en la acera preguntándome a voz en cuello:
—Y entonces, ¿por qué me ha hecho usted un corte de manga?
Repuse que yo era un hombre de educación exquisita y por tanto jamás le haría en la calle, y a un desconocido, un corte de manga. Entonces el Marinero, guiñando socarronamente un ojo, añadió que mis razones no le daban ni frío ni calor, que en la vida existían cosas más importantes y "la identificación de las almas magnánimas frente a un vaso de vino le parecía una necesidad formal".
Ello constituía una clara invitación a echarse al estómago un vaso de vino y tomándonos del brazo entramos a un bodegón mugriento. Un muchacho puso ante nuestras narices un botellón de vino tinto, creo que era Nebiolo seco. Bebimos esa botella y después otra. Terminadas las dos botellas salimos a la puerta del establecimiento vinatero y comenzamos a hacerle cortes de manga a cuanto transeúnte pasaba, y a ponernos las manos en cornetilla sobre la boca para hacer un ruido semejante al que producen los gases que expelen los intestinos.
Se indignó el dueño del hostal y a empujones nos apartó del umbral de su comercio, brutalidad que nosotros aceptamos, comprendiendo que la vida encierra "cosas más profundas". Trazando zigzags avanzamos por las calles y el Marinero durmió esa noche como un fardo de pasto (si un fardo de pasto puede dormir), tendido en el piso de mi cuarto.
Desde ese día nos hicimos amigos.

(Fragmento de El traje del fantasma, de R. Arlt)

10.3.13

Rozar el alba

Voy a escribir esta entrada por tres razones.
1. Estoy escuchando un disco de Modest Mouse que (espero no ofender a nadie) me hace acordar mucho a otro, un disco que me gusta mucho, que ahora voy a pasar a explicar. Este disco se llama The Lonesome Crowded West y es del año 1997, el mismo año en el que salió uno de mis discos favoritos de todo el mundo, pero esa es otra historia.
2. Estoy de muy mal humor y no conviene escribir cosas para expresar desprecio o desacuerdo; no se aprovecha nada de la lectura sino meramente de la escritura, que es un paso insignificante (dicen los semióticos) comparado con aquél que el público debe dar, con o sin iniciativa.
3. Hay una calurosa tormenta en curso de una madrugada de sábado. Es una circunstancia circularmente opuesta a la que estoy por relatar ahora: un amanecer de enero, tranquilo y frío.

Cuando me despierto o no puedo dormir, lo primero que consideraba en Corrientes era el techo; la gente que habita en mi casa, que suele ser mi familia, odia el hecho de que yo me suba al techo. Los vecinos me oyen zapatear, llaman al sereno, tiran huevos, gritan como gatos. Pero después de no dormir en toda la noche, o de despertarse a esa hora (puedo recordar cuál de las dos causas potenciales fue: una charla de seis horas por teléfono fijo sobre pintura y fantasmas con una chica que me gustaba) nadie se da por enterado de lo que hago y por consiguiente no me interesa mucho que no se den por enterados. Ni siquiera los vecinos oirán, sumidos en su más profundo sueño de vacaciones, mis pasos descalzos sobre el techo de chapa... por lo demás, lo único que espero al subirme al techo es sentarme. Es cansador estar ahí parado. Un amanecer es un espectáculo más bien lento, duradero; también solitario, frío, tan progresivo que roza lo latente.
No voy a ahorrarme detalles. El muro de mi casa, que es un segundo piso erigido sobre el primer piso del vecino (uno se asombraría de lo privado, de lo desconocido que es el techo de uno a menos, claro está, que lo camine otro: creo que esto es lo que más les molestaba de mis paseítos furtivos) está precedido por una parrilla sin techo, una parrilla triste que no servirá cuando llueve. El muro y la parrilla están ubicados en un patio que también cumple función de terraza a través de cuyo zaguán techado uno accede mediante una puerta chirriante a la cocina, y mediante una ventana a mi habitación. No servirá aclarar cuál de las dos rutas tomé para caminar hacia la parrilla, valerme de ella para subir al muro y sentarme en su borde, perfecto en tamaño para mis nalgas adolescentes, y desenredar mis auriculares color estaño y enchufarlos en un mp3 o un celular que yo tenía con un disco que consideré perfecto para ese momento y cuya perfección ahora compruebo al oír en él este amanecer frío que ahora describo.
El disco es Nothing's Shocking de Jane's Addiction. Empieza con una canción casi instrumental, con una guitarra muy suspendida; los casi instrumentales me gustan mucho. Digo casi instrumental porque casi al final de la canción se dicen dos palabras: "Home, home".
Si algún afortunado lector puede reconocer este disco, me alegrará que lo recuerde si decide seguir leyendo esta entrada después de este dato tan trivial. Si algún no tan afortunado lector no está familiarizado con este disco, por haberse pasado la vida entera escuchando Spinetta o La Ley, le rogaría fervientemente que intente un acercamiento apenas mediante este enlace, como para hacer más fructífera la experiencia de seguir leyendo (si así lo quisiera). Bastará con comentar, fiel a mi promesa de no omitir nada, que para mí la experiencia es una sola con este disco: ese amanecer y punto.
El amanecer era gris y naranja. Las nubes eran como metales gruesos, curvos, hirvientes, inflados como maíz. No sé si había llovido o llovió durante ese día. El silencio era casi pleno. Era martes; pero de enero. Eso explica muchísimas cosas, salvo al menos una: el frío que tenía sentado sobre el techo del vecino mientras Perry Farrell cantaba suavemente "It ain't easy living..."
No hay mucho que pueda decir de los amaneceres, salvo apuntar este pequeño detalle. Hace alrededor de cinco años, rescatando sin saberlo una frase que después leería de John Lennon, escribí un pequeño poema llamado "Las horas sublimes". El poema es menos memorable que el mensaje, por demás unívoco, que quise transmitir. Una brevisíma reflexión sobre el siguiente respecto: ¿qué estamos haciendo, todos los días, a "las horas sublimes", cuando el sol sale o se pone y el cielo se tiñe de más colores de los que podremos fielmente describir?
Durmiendo, seguramente (es una hipótesis propuesta en el poema en cuestión); seguramente trabajando, seguramente desvariando con alguien por teléfono, seguramente llorando, acariciando gatos, untando manteca en cortezas crocantes (estas hipótesis, implícitas, no estaban reflejadas en la fresca textura sin arrugas del poema de siete líneas). Creo que quiero instar a pensar esto, aprovechando la tormenta que ya amenaza con esas primeras gotas desde afuera: no olvidemos que el amanecer o el atardecer está ahí todos los días, y en estos tiempos de intranquilidad espiritual generalizada no hace falta, en principio, tomarse un bus a las sierras cordobesas o sentarse en el techo de una casa ajena. Basta con mirar, pero mirar en serio (no al estilo "Lo hice porque lo leí en algún blog") ese infinito cielo, para el cual nuestros problemas son nulos y por lo mismo estará siempre totalmente exento de la necesidad de juicio y castigo para nuestras viditas estúpidas y grandilocuentes.

6.3.13

Diálogo en una oficina escolar

—Tome nota de lo que le digo, señor Dedalus —agregó—. Inglaterra está en manos de los judíos. En todos los puestos más elevados: su finanza, su prensa. Y ellos son los signos de la decadencia de una nación. Dondequiera que se reúnan consumen la fuerza vital de la nación. Hace años que lo veo venir. Tan cierto como que estamos aquí de pie, los comerciantes judíos están ya ocupados en su obra de destrucción. La vieja Inglaterra se muere.
Dio unos pasos rápidos, volviendo a la vida azul sus ojos al pasar un ancho rayo de sol. Dio media vuelta y volvió otra vez.
—Se muere —agregó—si no está ya muerta.
El grito de la ramera, de calle en calle
tejerá el sudario de la vieja Inglaterra. 
Sus ojos dilatados por la visión, se fijaron severamente en el rayo de sol en que hizo alto.
—Un comerciante —dijo Esteban—es uno que compra barato y vende caro, judío o gentil, ¿no es así?
—Pecaron contra la luz —exclamó el señor Deasy gravemente—. Y usted puede ver las tinieblas en sus ojos. Y por eso es que andan todavía errantes sobre la tierra.
Sobre los escalones de la bolsa de París, los hombres de epidermis dorada cotizando precios con sus dedos enjoyados. Parloteo de gansos. Bullían escandalizando groseramente en el templo, con sus cabezas conspirando estúpidamente bajo torpes casquetes de seda. No los de ellos: estos vestidos, este lenguaje, estos gestos. Sus ojos llenos y pesados desmentían las palabras, el ardor de los gestos inofensivos, pero sabían que el rencor se amasaba entre ellos y sabían que su celo era vano. Paciencia vana para amontonar y atesorara. El tiempo seguramente lo dispersaría todo. Un montón acumulado al borde del camino: pisoteado y dispersándose. Sus ojos conocían los años de vagancia y, pacientes, los estigmas de su raza.
— ¿Quién no lo ha hecho? —dijo Esteban.
— ¿Qué quiere decir usted? —preguntó el señor Deasy.
Adelantó un paso y se encontró al lado de la mesa. Su mandíbula inferior cayó oblicuamente perpleja. ¿Es ésta la sabiduría de los viejos? Espera escucharme a mí.
—La historia —afirmó Esteban —es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar.
Un clamor se elevó desde el campo de juego. Un silbato vibrante: gol. ¿Qué pasaría si la pesadilla te diera un alevoso puntapié?
—Los procedimientos del Creador no son los nuestros —dijo el señor Deasy—. Toda la historia avanza hacia una gran meta: la manifestación de Dios.
Con un golpe del pulgar Esteban señaló la ventana, exclamando:
—Eso es Dios.
¡Hurai! ¡Ay! ¡Hurrui!
— ¿Qué? —preguntó el señor Deasy.
—Un grito en la calle —contestó Esteban, encogiéndose de hombros.

(Ulises, de Joyce)

5.3.13

Perdón por el atrevimiento, profesor

Perdón por el atrevimiento, profesor, pero me siento profundamente movido (o movido por algo profundo) a comentarle qué es lo que he estado pensando últimamente. No le molestará leer un par de líneas al respecto. He descubierto, no sé si temprana o tardíamente, que la lectura de la página que nos puede revelar todo lo que queremos saber sobre nuestra vida, separadamente de su digestión interminable, puede tardar no más de dos o tres minutos. Lo mismo sucede con la peor página que hayamos leído. Su lectura tampoco puede tardar más de dos o tres minutos.
Por eso acostumbro rodearme de gente a la que no interesa perder dos o tres minutos para leer una página. Y reinvierte el tiempo perdido en leer más páginas, y así puede (con muchísima suerte y muchísimo esfuerzo intelectual) llegar a completar la lectura de un libro, que dicen que es un instrumento inmejorable como un martillo o una tijera. Completar la lectura de un libro es una instancia fatal, y mediante este intrincado camino el texto nos dice cosas que su tapa no; de ahí que uno de los refranes más repetidos por los lectores (y por los no lectores, por esos hombres que aprecian fervientemente dos o tres minutos demás) "nunca juzgues a un libro por su portada".
Me siento, si me permite la expresión, llevado por una corriente que no sé si asciende o asciende, pero empuja. Como si estuviera sumido en un remanso salino; como si todo lo que conozco hubiera adoptado un color nuevo. Imagínese qué caótico ver roja la mesa del desayuno, verde la pasta dental, amarillo su café: todo pintado con colores básicos, colores que no ansían mezclarse, colores que quieren ser examinados en toda su pureza. Imagínese ser consciente de que todo lo que percibe todo el día, y todo lo que piensa a lo largo de todo el día (y déjeme subrayar mi admiración por usted diciéndole que esto se ve más cabalmente en una persona pensante como usted) no esté hecho sino de la combinación de tres colores primarios que su mente se encarga de mezclar para crear los infinitos tintes. He descubierto esto, y en buena hora entiendo que todo no es sino una mezcla primaria, personal, intransferible, entrañable.
Estoy convencido de esto hace tres semanas, cuando entré en el instituto. Una vez consciente de esto, no puede evitar pensar que todo lo que me sucede no hace sino hablar de otra cosa; todo lo que veo no hace sino hablar de otra cosa; todo lo que me dicen no hace sino esconder proposiciones veladas. Un profesor de literatura me habló de la etimología de la palabra eucalipto: dejo que usted investigue esta analogía. Y en realidad, yo no hago sino rumiar todas estas conjeturas, a riesgo de mezclar todavía más los colores en la brocha. Señor: mi teoría ya no tiene que estar desligada de su espacio ni de su tiempo; ya hemos superado el neoclasicismo, ya el posmodernismo (en sus propias palabras) se volvió tan confuso que alguien no tardará en atribuírselo a Homero; no me interesa nada de esto, no me siento (al menos en principio) reflejado íntegramente en alguna de esas palabras que designan corrientes filosóficas: pintores que destacan el verde entre el azul y el amarillo, y tantos otros pintores que de este verde, de cuya existencia ya no dudan, pasan a identificar matices que nombrarán césped, inglés, estanque.
Lo que mastico largamente en mi fuero personal es lo siguiente: todo no hace sino remitirnos a otra cosa. Y ya no sé ni siquiera si hablar en términos de cosas o subcosas, en términos de jerarquía, de niveles que van y vuelven; de inferencias en cuanto a la naturaleza de la mariposa que se postra sobre la flor, porque me han contado que no existen dos mariposas sobre dos flores iguales. No hablo ya de generalizaciones: hablo de redes. De rizomas, quizá. De hombres y mujeres que llevan de la mano a otros hombres y mujeres, cual protegés, a bibliotecas enormes llenas de volúmenes hasta el techo, para sentarlos frente a otro hombre y mujer, que ya no puedo sino considerar igual, para una charla informal sobre los matices del mundo. Una cosa siempre remitirá a otra cosa. El mérito de no considerar perdidos esos dos o tres minutos, que al fin y al cabo podrán algún día azarosamente conducirnos a la mejor página que habremos leído en nuestras vidas, es reconocer que en esos dos o tres minutos están los caminos abiertos para muchísimas otras cosas que también conforman el mundo, y que por lo tanto nos conforman a nosotros. Reconocerlas y aprovecharlas requiere un compromiso, que (para volver a la metáfora inicial) se asemeja a zambullirse en ese remanso salado. De alguna manera, doloroso, como también es doloroso que la corriente nos empuje e incluso es doloroso que nos empuje contra una piedra (que supongo que las hay, en este camino infinito); por mi parte todo lo que puedo hacer es seguir a donde me lleve el río, aunque no haya dos ríos iguales (ni siquiera para los que nadan lado a lado). Acaso ciegamente sin nunca poder saber si el mismo río en el que me sumerjo denota otra cosa más grande que el río.

4.3.13

Gramado y Canela



Si me preguntan, y tengo que responder, respondería Gramado. O Canela. Si además de eso me pidieran un escape o una distracción original, les recomendaría que vayan en julio. Si me preguntan cuál es el camino más fácil para llegar, no sabría cuál es; añadiría que no quiero mentirles, pero sit venia verbo todos los caminos son hermosos, de manera que no podría elegir (decisión dolorosa porque innecesaria) sólo uno. Yo fui desde la playa: todo lo que puedo sugerir es que en julio tomen el camino inverso, que no puede ser menos pintoresco. Una vez que lleguen allí no podría nombrar un hotel con media pensión (todos, generalmente, son castillos restaurados) o algún hermoso bar para conocer de noche (me bastó con visitar una iglesia, una galería cubierta, un parque de piedras coloridas); les recomendaría, por el contrario, que lo primero que hagan sea dejar el auto en la zona azul (llaman así a las zonas donde los parquímetros te cobran 50 centavos de real por la mínima permanencia de 20 minutos) y salgan a recorrer sus calles parquizadas de piedra beige con estatuas vivientes, cines de madera y faroles de gas. Gramado es una ciudad construida sobre las inconfundibles bases del folklore septentrional: personas trabajadoras hasta la obsesión que ostentan apellidos polacos o alemanes y que gustan de verlo todo endiabladamente prolijo, ha dos o tres generaciones. Para un temperamento poco perfeccionista como el argentino (o incluso el brasileño del sur) ver las hortensias podadas es chocante, como si fuera todo un homenaje a propósito de la visita de uno. Las hortensias podadas parecen perversas; pero las hortensias, cabe destacar, son una especie endémica en las sierras del sur, el único lugar del Brasil donde nieva. Si van a estar un solo día o una sola tarde, cosa muy frecuente entre los turistas que visitan Gramado, les recomendaría que vayan temprano a la tarde para saborear la inconfundible calma de las siestas en el extranjero y que elijan un día nublado y frío. Olvidarán perversamente a América Latina por los veinte minutos del parquímetro, gusto que los turistas catan y acatan. Y si tienen suerte de encontrar un lugar vacío en un café de la avenida central de Canela, que tenga techo de tejas rojas a dos aguas y sirvan chocolate, siéntense a mirar: la gente ignora que está donde está y pone caras que son graciosas a la luz de este olvido.


3.3.13

Derrida pt. 2

Creo que ya es hora de confesar públicamente (¿qué es públicamente? esto no deja de ser sino un acto de cobardía) qué es lo que me llama la atención de Jacques Derrida; es el mismo algo que llama la atención de algunas personas como rockstars o vagabundos y que confronto en mi enciclopedia juvenil con algún libro escrito por Aristóteles. Su teoría, o sus teorías, o la teoría, no me causa sino molestias. No podría estar pensando ni leyendo en todo lo que piensa él todo el tiempo que piensa ni lee; me encantaría no sentir la necesidad de hacer ver al entrevistador la farsa de una entrevista televisada. Me limitaría a pasarme un peine prolijo sobre mi jopo blanco, y responder las preguntas que me hacen sin muchos rodeos. Pero por supuesto, su teoría o sus teorías o la teoría se basa en los rodeos, en esos intersticios (¿lo estaré leyendo bien?) que hay en las cosas que decimos u omitimos decir. Algo que la Iglesia limitó a pecado, es la omisión; lejos de la proscripción eclesiástica (según me inclino a creer) Derrida emprende el estudio de esas cosas que fatalmente omitimos.
Lo que me sorprende es que tiene tanta pasta de rockstar y vagabundo como ningún otro filósofo televisado tuvo. Pero seguramente, en la época donde no existía el séptimo arte (el arte que Derrida admira o admiró, porque ahora no podría decirse que es lo mismo que entonces; ese séptimo arte encargado de sublimar a las personalidades y de paso a las personas) existió algún filósofo mejor, más sublime, más convincente... como yo sí sé reconocer cuáles son mis competencias y qué es lo que no me interesa recalcar, no voy a ahondar más en este aspecto; por lo demás, sabemos aunque lo demos por sentado que todo lo muerto ya se ha perdido, e intentar recuperarlo es una empresa condenada al fracaso como aferrarse con uñas y dientes a lo que alguna vez conocimos, pero ya no conocemos más (ya no se actualiza, según los teóricos de la narratividad); Derrida es, también, algo así. Hago notoria la mía hipocresía de querer revivirlo juntando trozos de entrevistas televisadas que quedaron de él; ni siquiera a través de sus textos, porque él mismo asesinó a sus textos diciendo que no existen o que no hay nada alrededor de ellos o algo así; la persona, o la persona ficta, de Jacques Derrida, esa persona que sopesa las palabras una por una, con facilidad de joyero, con precisión de relojero, con erudición de diccionario, y que las pone como un torrente una detrás de la otra para decir básicamente que nada es perfectamente cognoscible de primera mano; una premisa vieja, pero mucho más extrema, ya abordada por Nietzsche o por algún otro (al que todos en realidad hoy en día debemos).

Maculelê

[Antes que nada, invitamos a hacer clic en este enlace.]

El maculelê es una danza folclórica de raíces africanas, brasileñas e indígenas.
Actualmente es una forma de danza que simula una lucha tribal
usando como arma dos bastones llamados grimas en rondas
llamadas rodas. Esta danza está muy asociada a otras
manifestaciones culturales como la capoeira y el frevo.
Popo do Maculelê fue  uno de los responsables de su divulgación,
formando un grupo con sus hijos, nietos y otros habitantes
de la Rua da Lida en Santo Amaro [...]
(http://pt.wikipedia.org/wiki/Maculelê, trad.)

Sonhei que eu tava no cais da Bahia,
Sonhei que ouvi o Berimbau tocar,
Sonhei que eu tava no cais da Bahia,
Sonhei, sonhei não queria acordar
Mas eu sonhei! 
(Roda da Paz, del Grupo Capoeira Origem.
"En el transcurso de un sueño, todos los mestres antiguos
se reunían en una roda donde todos los viejos rencores
serían olvidados en beneficio de un juego por la paz.")





Entrevista entre el Mestre Popo y Maria Mutti, del Grupo Folclórico Oxala, año 1968.

OXALA:

Popo, el maculelê ¿es baile o lucha?


POPO:

¿Son cosas separadas? Maculelê es una danza y una lucha al mismo tiempo. Defensa y ataque mezclados con ritmo negro. (Ésta es la definición que Popo usaba un montón cuando hablaba sobre el ritmo del maculelê). Cantamos y bailamos en adoración a nuestra Virgen Madre y también disfrutamos rindiendo homenaje a la princesa Isabel, que liberó a los negros del cautiverio.


OXALA:

En ese sentido, señor, ¿cree que los esclavos de esa era practicaban el maculelê como una lucha?


POPO:

Escondiéndola en una danza. Si un amo aparecía en los cuarteles esclavos a la noche, hubiera creído que ésta era la manera en la que los esclavos adoraban a los dioses de su tierra, y la música africana que cantaban no se dejaba entender.


OXALA:

¿Sabe usted, señor, sobre qué tratan las canciones del maculelê? Pregunto porque he visto a su grupo cantar en africano...


POPO:

Piden poder y agilidad en la danza, para cuando el día de la libertad llegue. Hay algunas que sé todavía y enseño a los chicos, pero hay otras que olvidé. Acá cantamos música de candomblé y de cabloco. También tenemos 'musicas de chegada' y 'saida' (de llegada y salida) que creamos. La gente aplaude mucho y queremos agradecerles. Vava, mi hijo, es el que ha compuesto la mayoría de la música de nuestro grupo.