17.2.13

Sábado común en Plaza Colón

Sentado en Plaza Colón se me acerca un tipo. Era ayer sábado y, según cualquiera puede saber, caminar un sábado de tarde por la ciudad es una experiencia mística, de modo que mi humor era más bien sublime. Cualquier cosa (la súbita aparición de dos ambulancias, tres gatos iguales escarbando la basura, una chica descalza portando un ramo de rosas) podía ser tomado como signo o designio directo de un dios, y en Córdoba todas las cosas parecen divinas un sábado... de modo que cuando el tipo se presento como Andrés y me empezó a buscar conversación me pareció digno de respeto y escuché casi enteramente atento.
No tardó en empezar a contar qué había hecho la noche del viernes; me preguntó si recordaba qué había pasado. Yo le dije que me había ido a dormir temprano y no me había enterado de cosas relevantes. Me contó algo más bien sencillo. El día anterior había habido una tormenta de verano, como las que suele haber en el febrero fulero: violentas, fugaces y sobre todo repentinas. Le pregunté qué relación podía tener eso con su vida, y aunque era una pregunta ingenua pero necesaria, Andrés me escrutó con la frente baja y los ojos altos, como suelen hacer algunos intelectuales descarados del ámbito que frecuento.
Así fue, más o menos, su relato.

Sí, no te voy a esconder que salí a un bar; en realidad a dos o tres, arrancamos un grupo de quince o diecisiete personas: para el segundo quedaban once, para el tercero ya no me acuerdo pero habremos sido alrededor de cinco. Son esos amigos volátiles que uno se hace en esta época del año, y después van decantando en grupos mucho más fuertes. Estos amigos volátiles son de esos que no te importan mucho cuando ya estás borracho y un capricho subconsciente te pide una caminata nocturna a gritos. No te miran con caras largas si decidís irte súbitamente ni te hacen reproches por irte a dormir tan temprano.
A las tres y media estaba caminando por Chacabuco y sentí ese vacío electrizante; fue tan vacío y tan eléctrico, dejame decirte, que me dio un escalofrío voraz que me perforó las entrañas y tuve que consultar mi reloj, por eso sé decirte la hora. El miedo que sentí como un baldazo de agua fría me despabiló un poco de la borrachera; apreté el paso, no sé en realidad por qué, yendo para arriba cuando sabía que tenía que ir para abajo. En mi agitación, crucé Plaza España en tiempo récord. Vos sabés qué arriesgado. No preví que podía perder la vida con esos autos locos mucho más fácilmente de lo que uno puede perder la vida atravesado por un rayo de esos que presentía cerca. El silencio era tan denso como no lo escuché nunca y el asfalto quemaba si te acercabas a él; había hecho calor desde temprano. Me empezó a doler la cabeza y respiraba con dificultad, porque soy asiduo fumador desde jovencito.
Tuve que sentarme. Me senté como alguien se sienta a admirar un espectáculo grotesco, como corridas de toros; me senté como a esperar. Me senté debajo de un árbol no obstante mi miedo a los rayos, iluminado por esos farolitos brillantes puestos a lo largo de la Chacabuco. Me senté de cara a los edificios altísimos, deseando que esa gente que estaba allí, tranquilo cada uno en su ventanita iluminada, pudiera entender mi situación y dejarme pasar como se deja pasar a un perro mojado: a riesgo de embarrarse toda la casa por la gracia divina de la caridad. Pero estaba solo y todavía un poco borracho. No había viento, no caían gotas, yo no sabía qué pasaba ni por qué se demoraba tanto pero suponía lúcidamente que iba a llegar. No quiero contarte una historia fantástica ni entrar demasiado en detalles para no aburrirte, amigo; efectivamente, a los pocos minutos empezaron a caer las primeras gotas, dulces como si estuvieran hechas de edulcorante pero fatídicas como si cayeran además sobre la escena del crimen. Nunca le di tanta importancia a una lluvia; ando generalmente ocupado en otras cosas. Tampoco soy un literato, soy verborrágico nomás. Pero esto pasó anoche y me angustió tanto que no he tenido oportunidad de hablar bien con nadie, siempre con el miedo a que se rieran de mí, y al verte a vos, que por lo demás sos un desconocido, me hacés acordar a mí mismo sentado en ese banco del parterre de Chacabuco, ya te digo, vos sin la cara de asustado pero sí mirando absorto a esa iglesia como yo miraba los edificios, iluminados con las estrellas que conformaban las ventanas de la gente tranquila, que hacía sus cosas ignorando siempre mi existencia, mi preocupación, mi miedo helado...

El relato de Andrés me aburría un poco. De repente pensé que una lluvia era solamente una lluvia, y él me pareció un exagerado. Sus palabras de profeta, allende mi estado de ánimo que rozaba lo profético, me parecieron una sarta de sinsentidos encadenados en un discurso paranoide... sonreía y asentía con compasión desmesurada, alarde que él parecía disfrutar mucho, hasta que alegué una cita urgente y lo dejé a Andrés sentado, solo, en un banco blanco de Plaza Colón, beatamente ornamentado por una línea de sol amarillo que iba bajando conforme se hacían las siete.
Pero a medida que me alejaba lo entendía todo un poco mejor. No podría decir que me espantó su presencia sino hay que ser sincero: me dejó pensando. Me dejó pensando hasta hoy, que es domingo, por eso escribo esto. Hoy no ha habido una tormenta; no sé si alguna vez la hubo. Creo que estaba ocupado, como él dice, en otras cosas. Pensé que esas cosas que él me describía las entendí sólo porque hablaba en mi mismo idioma. No recordé una sola oportunidad en la que hubiera sentido ese escalofrío que él describió tan finamente, ni siquiera el vacío eléctrico ni la sesuda preocupación por los rayos sobre el árbol. No recuerdo haber visto a las gotas, que siempre las hay esporádicas y débiles, como gotitas de edulcorante caídas del cielo como por decisión de algún admirable programador; y aunque me parecía tan sublime el hecho de estar sentado en Plaza Colón un sábado soleado, en realidad era como de esos momentos de los que me olvido sin dificultad al día siguiente, aún si se trataba de un domingo. Así que me conozco: me hubiera olvidado hoy mismo. Sin embargo, la azarosa conversación con Andrés me hizo cuestionarme estas melancólicas faltas de relieve.
Sin riesgo de engañarme puedo decir que no me alejé de Andrés porque su relato me hubiera parecido absurdamente exagerado, sino por otra razón comparable remotamente.
Me alejé de Andrés porque quería conocer yo mismo cómo terminaba su historia. Como si todos fuéramos efectivamente el mismo hombre a la hora del viento y la lluvia. Todo el mundo conoce la aprensión que sentimos los hombres ante la naturaleza y también ante la soledad; una experiencia tan difícil como ésta, y a la vez tan significativa, no la hubiera podido entender si la hubiera escuchado y no vivido. Y sospecho además que pasa así con todas las cosas.
Hoy es domingo y está nublado; acaso hoy tenga la suerte que espero.

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