8.2.13

París y Corrientes

¿Vieron que un grupo de gente publicando cosas sucesivas ("cada loco con su tema") puede llegar a ser una cosa muy arbitraria en la red social Facebook? Pero esas libres relaciones que se pueden sacar de la forma en que cada uno de nuestros "conocidos" ve al mundo, hipótesis de sentido que le dicen, nos pueden hacer sacar conclusiones nuevas a nivel personal, conclusiones que ignorarán esos conocidos de los que hablo particularmente en estos momentos porque sé que no son asiduos lectores, y aparte el blog está herméticamente cerrado para que no salga volando su interminable flujo de ideas.
Hoy estaba leyendo Los autonautas de la cosmopista, una bitácora en la que Julio Cortázar y su cónyuge Carol Dunlop relatan un viaje que iba desde París a Marsella en el transcurso de un mes a razón de dos paradas por día, siempre en la autopista; por supuesto, a pesar de las fotografías que nunca vi, pero que en Cortázar siempre sorprenden (como cualquier otra cosa: manuscritos, poemas, citas, haikus, dibujos, recortes o palabras-baúl), no conozco París, no conozco Marsella sino que guardo esa inocente intriga, esa romántica intriga, de "seguir los pasos del maestro" como quien dice algún día y embarcarme, también románticamente, en un buque de carga en el cual cuando se den cuenta que logré entrar ilegalmente ya sea demasiado tarde para bajarme en algún puerto y no les quede otra que bajarme en la costa del África o intermedias en las Canarias, que ya es bastante cerca.
París es una ciudad que a todos nos gustaría conocer si pudiéramos, o a la gran mayoría. Sobre todo a las personas, como yo, que tienden a personalizar las ciudades. Porque todo en la ciudad es pista de algo más grande, como un carácter propio, como una propia forma de ver el mundo: al fin y al cabo, las ciudades están hechas de personitas. Pero hay pocas ciudades tan míticas en estas latitudes del mundo como París (quizás Roma, pero Italia no me interesa tanto en sí como Francia) y tan formadas, vía relatos, vía fotografías, vía conversaciones con esos afortunados compatriotas que han podido superar ese miedo que los cartógrafos llaman Atlántico, que uno sentiría que ya está familiarizado con muchos nombres importantes. Y cuando uno ve que una persona, llamémosla A., ha puesto fotos de sus vacaciones en París bajo esos cielos grises que nos cuenta Edith Piaf, mirando al infinito tapizado de pavimento y edificios desde un balcón parisino al estilo XIX como esos que burdamente quiere imitar Córdoba, no puede evitar una picazón interna.
Pero cuando eso se correlaciona con lo de inmediatamente abajo (una publicación de una persona, llamémosla L.) que lo único que hace es poner el nombre de un parque de Corrientes como incitando a sus amigos a ir, esa picazón se vuelve una alergia desesperada; y no tanto porque se quiera escapar lo más posible del lugar de donde es uno sino que, en esta instancia también intermedia que es Córdoba (que no es ni el comienzo ni el fin: a saber, ni París ni Corrientes, sino una mediadora entre ambas) en realidad no se decide dónde uno estaría mejor, el corazón se le llena de incertidumbre.
¿Qué de mítico puede tener en realidad, piensa el nostálgico nihilista, la plaza más hermosa del mundo donde transcurrieron Las babas del diablo y no sé qué otras cosas que con ansiedad adolescente leí amontonando los libros en la repisa?
Completo la pregunta: comparándola quizás, con la simpleza de ese parque lleno de hormigas y pastos altos que conozco de memoria, del cual podría hacer desde aquí, sin verlo, un racconto más preciso que el Doomsday Book, de todas las cosas que hay en ese parque lleno de nada y todas las personas que lo frecuentan a lo largo de los siete días de la semana, en un ciclo interminable que tanto gusta a los pueblos chicos.
Y entonces no sabe uno en dónde quedarse; y así como cuando uno está en un lugar sublime y se olvida por momentos que está parado en un lugar sublime que tiene de nombre, pongamos por ejemplo, París o Niágara o Canela, uno también olvida que está parado en el lugar más sencillo (por decir, cotidiano) del mundo y sin embargo eso no lo priva de esa sensación sublime. Lo que me hace pensar que en realidad no es nada inmanente al lugar lo que lo hace sublime, sino una extraña disposición mental a absorber la energía de los lugares que uno considera más bellos que otros en la infinita faz del mundo, que nunca conoceremos en su totalidad; hablo de predisposiciones mentales, pero soy un romántico (falluto, quizás) y estoy muy lejos de ser un neurólogo. A su juicio.

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