17.2.13

Folio #32

La música puede acompañar un momento —pensó el somnoliento Cooper—, muchos momentos, hacerlos más bellos, o patéticos, o soportables, o inconexos, pero hay uno solo que no.
Cooper hizo una breve pausa para tomar un sorbo de café, pero como con un estremecimiento, una congoja... afuera la cosa estaba áspera y no pocas veces le había tocado esa misma reflexión a la intemperie, por uno u otro motivo, sin techo ni abrigo ni café. Ésto era lo que le hacía estremecerse.
—La tormenta —objetó de una vez— es música sublime en sí misma. Tiene todo para hacer callar a los instrumentos, con miedo, porque con su fuerza destructiva podría hacerlos volar también a ellos. Su polifonía te pega en la cara y sus notas, movidas por el viento y los truenos, te inundan los zapatos. Y es por eso que uno no siente necesidad de música que acompañe a la tormenta: sobre todo por la necia pretensión de superar su volumen con una reproducción humana. Y no es aconsejable, tampoco. La tormenta nos conecta con una fuente primitiva de barbarie que no encontraremos en Schubert ni en Brahms ni en Vivaldi... ninguno de ellos es tan desprolijamente pulcro, y por lo mismo, tan desgarradoramente sincero.
(La cúspide, B. B. Thornton, fragmento)

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