21.2.13

El humor

— ¿Por qué —decía—, por qué ha de ser tan insoportable la vida, que al fin y al cabo pende de un hilo? De un hilo emana, un hilo la anima, un hilo la mina, un hilo la minimiza. De no ser por eso, ¿quién soportaría los altibajos de la fortuna y las humillaciones de la carrera, los fraudes de los tenderos, las tarifas de los carniceros, el agua de los lecheros, el malhumor de los parientes, la cólera de los profesores, los gritos de las brigadas, la bajeza de los acomodados, los gemidos de los acogotados, el silencio de los espacios infinitos, el olor de las coliflores y la pasividad de los caballos de madera si no supiéramos que la malvada y proliferante conducta de unas ínfimas células (gesto) o la trayectoria de una bala cualquiera trazada por cualquier mano anónima, involuntaria e irresponsable podrían provocar inopinadamente la evaporación de todas las referidas preocupaciones en el azul del cielo? Yo mismo, este servidor que ahora les dirige la palabra, me he torturado con tales problemas mientras ataviado con un tutú enseñaba a panolis como ustedes mis muslos naturalmente harto velludos, fuerza es confesarlo, pero profesionalmente depilados. Sólo me resta añadir que, si así lo desean, pueden presenciar este espectáculo a partir de hoy por la noche.

— ¡Hurra! —exclamaron los viajeros de costumbre.
(Zazie en el metro, de Raymond Queneau)

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