23.2.13

Folio #105

"el tiempo es un remanso inmóvil, en el centro del cual estamos todos."
(Eduardo Gudiño Kieffer)

hoy me vino a la mente¹, quién sabe por qué, una entrada de un blog, la cual señalaba los hechos que daban curioso testimonio del paso del tiempo.
entré hace un rato a verificar fuentes.
dice así.


"feliz bicentenario 1810 - 2010"
"hoy se cumplen 70 años del estreno de Casablanca en Buenos Aires"

res ipsa loquitur. los hechos no precisan de ningún exégeta (más que para esclarecer su arbitraria selección). hoy podría añadir que pronto será efectiva la segunda renuncia de un papa en 600 años. me reservo el derecho a algunas observaciones. estoy escuchando la emisora local de tangos, que me costó sintonizar luego de haberla perdido en el dial. la confundí con otra, en la que una mujer transcribía en piano zambas y chacareras (la idea primero no me cerró y después la escuché por inercia). la cosa se tornó turbia cuando empezaron a pasar noticias. ¡en mi radio no pasan noticias! pensé. mi radio es más bien como un reducto en el tiempo mayor de la humanidad, placer culposo si los hay, un remanso en el remanso...
confronté a esto la evidentísima reminiscencia del bicentenario. ¡carajo, nada menos que 200 años! intuyo que para Europa doscientos años no son nada, pero aquí se revalorizan... y cuando vi ese cartel reslumbrando en una autopista porteña no pude sino sentirme dentro de una fábula, una película de ciencia ficción, en el papel protagónico -vale decir el marginado o quizás el antihéroe; con Casablanca no me pasó, porque no vi la película y no le di mayor importancia. añadí eso a lo del Bicentenario para que lo del Bicentenario tenga el peso que se merecía.
quiero concluir que el tiempo pasa gracias o a pesar de nosotros, y allende los tangos de época, como en todo remanso hay que nadar para no ahogarnos.




_____________________
¹ los hechos delatan una íntima relación con lo subconsciente.

21.2.13

El humor

— ¿Por qué —decía—, por qué ha de ser tan insoportable la vida, que al fin y al cabo pende de un hilo? De un hilo emana, un hilo la anima, un hilo la mina, un hilo la minimiza. De no ser por eso, ¿quién soportaría los altibajos de la fortuna y las humillaciones de la carrera, los fraudes de los tenderos, las tarifas de los carniceros, el agua de los lecheros, el malhumor de los parientes, la cólera de los profesores, los gritos de las brigadas, la bajeza de los acomodados, los gemidos de los acogotados, el silencio de los espacios infinitos, el olor de las coliflores y la pasividad de los caballos de madera si no supiéramos que la malvada y proliferante conducta de unas ínfimas células (gesto) o la trayectoria de una bala cualquiera trazada por cualquier mano anónima, involuntaria e irresponsable podrían provocar inopinadamente la evaporación de todas las referidas preocupaciones en el azul del cielo? Yo mismo, este servidor que ahora les dirige la palabra, me he torturado con tales problemas mientras ataviado con un tutú enseñaba a panolis como ustedes mis muslos naturalmente harto velludos, fuerza es confesarlo, pero profesionalmente depilados. Sólo me resta añadir que, si así lo desean, pueden presenciar este espectáculo a partir de hoy por la noche.

— ¡Hurra! —exclamaron los viajeros de costumbre.
(Zazie en el metro, de Raymond Queneau)

18.2.13

'Patafísica 1.1.: La 'patafísica y la patáfora

Hugged-Too-Late se inclinó hacia adelante con una expresión de sospecha.
— ¿Puede ser que nunca hayas oído sobre eso?
Walsh frunció el ceño.
— ¡Nuestra Ciencia, chico!
— ¿Ciencia? —dijo Walsh.
H. T. L. miró espantado.
—La Ciencia - el apoyabrazos del intelecto, la gran puerta que se bate: ¡'PATAFÍSICA!
— ¿Metafísica?

—'PATAFÍSICA: Eso que se extiende más allá de la metafísica en tanto la metafísica se extiende más allá de la física.
— ¿Qué tiene que ver tu ciencia conmigo?
—Todo. Especialmente si querés salir de este placard con tu cerebro en su lugar.
Walsh se agarró la cabeza.

[...]

—Todo lo que quiero es volver a casa. ¿Puede tu Ciencia lograr eso?
— ¡No tengas miedo! —dijo Hugged-Too-Late. —La 'patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias.
—Preferiría soluciones reales.
—La realidad es para los mediocres. Es mejor que no jodas con ella cuando uno descubrió que no hay verdaderos caminos de salida.

[...]

—Explicá tu 'patafísica.
— ¿Ya no lo hice?
—Tu definición no tiene sentido. Después de todo la metafísica, simplemente definida, es "eso que se extiende más allá de la física", entonces no tiene ningún sentido inventar un término para "eso que se extiende más allá de lo que se extiende más allá de la física". ¿No es igual de absurdo que decir "más lejos que lejos"?
—Entendiste mal. Vamos a tomar nuestra Ciencia y aplicarla a algo menos general: el lenguaje.
—Procedé, pero no tardes.
—Vamos a tomar como base física una frase o imagen descrita en un trabajo de ficción. Algo simple, irrecusable de sí mismo. La luna se levantó sobre el mar. Juzgamos este enunciado como físico. Aunque para un trabajo literario podría ser un diablito acostado sobre la suma de sus partes, no podemos negar que las palabras sobre esta página dicen lo que dicen, incluso si el enunciado puede ser puesto en duda más adelante.
—Continuá.
—La metáfora, por otra parte, es un artificio metafísico. El ojo amarillo se levantó sobre el mar. Pero la luna permanece siendo el elemento dominante, el ojo es un agregado a lo físico con la intención de embellecerlo. ¿Me seguís?
—Sí.
—Permitiremos ahora, en nombre de la educación de nuestro señor Walsh, la acuñación de un simple término: la patáfora. ¿Qué pasaría si nuestra frase se leyera: "El ojo amarillo se levantó sobre el mar: con el tiempo, una lágrima cayó deslizándose sobre un bigote para caer en el plato de porcelana azul"? Habiendo tomado el reemplazante de nuestro objeto físico seriamente (la forma de ojo), hemos llevado ese elemento a un nuevo contexto donde el vehículo se vuelve lo físico. El momento de la patáfora sucede cuando la metáfora se ha vuelto tan embellecida que ya no se relaciona a eso a lo cual estaba destinada a embellecer. Ergo: la PATÁFORA es lo que ocurre cuando la cola del lagarto crece tanto que se rompe y da lugar a una nueva lagartija.

En este punto Walsh quiso pararse, golpeándose la cabeza en el estante elevado.
— ¡Ow! Veo ahora: tan lejos de la metafísica en tanto la metafísica se separa de la física. ¡Imaginación basada en imaginación!
— ¡Bravo! —exclamó H. T. L., dando palmadas a Walsh en la espalda. —La transformación es el estetoscopio de la 'pataciencia.

17.2.13

Folio #32

La música puede acompañar un momento —pensó el somnoliento Cooper—, muchos momentos, hacerlos más bellos, o patéticos, o soportables, o inconexos, pero hay uno solo que no.
Cooper hizo una breve pausa para tomar un sorbo de café, pero como con un estremecimiento, una congoja... afuera la cosa estaba áspera y no pocas veces le había tocado esa misma reflexión a la intemperie, por uno u otro motivo, sin techo ni abrigo ni café. Ésto era lo que le hacía estremecerse.
—La tormenta —objetó de una vez— es música sublime en sí misma. Tiene todo para hacer callar a los instrumentos, con miedo, porque con su fuerza destructiva podría hacerlos volar también a ellos. Su polifonía te pega en la cara y sus notas, movidas por el viento y los truenos, te inundan los zapatos. Y es por eso que uno no siente necesidad de música que acompañe a la tormenta: sobre todo por la necia pretensión de superar su volumen con una reproducción humana. Y no es aconsejable, tampoco. La tormenta nos conecta con una fuente primitiva de barbarie que no encontraremos en Schubert ni en Brahms ni en Vivaldi... ninguno de ellos es tan desprolijamente pulcro, y por lo mismo, tan desgarradoramente sincero.
(La cúspide, B. B. Thornton, fragmento)

Sábado común en Plaza Colón

Sentado en Plaza Colón se me acerca un tipo. Era ayer sábado y, según cualquiera puede saber, caminar un sábado de tarde por la ciudad es una experiencia mística, de modo que mi humor era más bien sublime. Cualquier cosa (la súbita aparición de dos ambulancias, tres gatos iguales escarbando la basura, una chica descalza portando un ramo de rosas) podía ser tomado como signo o designio directo de un dios, y en Córdoba todas las cosas parecen divinas un sábado... de modo que cuando el tipo se presento como Andrés y me empezó a buscar conversación me pareció digno de respeto y escuché casi enteramente atento.
No tardó en empezar a contar qué había hecho la noche del viernes; me preguntó si recordaba qué había pasado. Yo le dije que me había ido a dormir temprano y no me había enterado de cosas relevantes. Me contó algo más bien sencillo. El día anterior había habido una tormenta de verano, como las que suele haber en el febrero fulero: violentas, fugaces y sobre todo repentinas. Le pregunté qué relación podía tener eso con su vida, y aunque era una pregunta ingenua pero necesaria, Andrés me escrutó con la frente baja y los ojos altos, como suelen hacer algunos intelectuales descarados del ámbito que frecuento.
Así fue, más o menos, su relato.

Sí, no te voy a esconder que salí a un bar; en realidad a dos o tres, arrancamos un grupo de quince o diecisiete personas: para el segundo quedaban once, para el tercero ya no me acuerdo pero habremos sido alrededor de cinco. Son esos amigos volátiles que uno se hace en esta época del año, y después van decantando en grupos mucho más fuertes. Estos amigos volátiles son de esos que no te importan mucho cuando ya estás borracho y un capricho subconsciente te pide una caminata nocturna a gritos. No te miran con caras largas si decidís irte súbitamente ni te hacen reproches por irte a dormir tan temprano.
A las tres y media estaba caminando por Chacabuco y sentí ese vacío electrizante; fue tan vacío y tan eléctrico, dejame decirte, que me dio un escalofrío voraz que me perforó las entrañas y tuve que consultar mi reloj, por eso sé decirte la hora. El miedo que sentí como un baldazo de agua fría me despabiló un poco de la borrachera; apreté el paso, no sé en realidad por qué, yendo para arriba cuando sabía que tenía que ir para abajo. En mi agitación, crucé Plaza España en tiempo récord. Vos sabés qué arriesgado. No preví que podía perder la vida con esos autos locos mucho más fácilmente de lo que uno puede perder la vida atravesado por un rayo de esos que presentía cerca. El silencio era tan denso como no lo escuché nunca y el asfalto quemaba si te acercabas a él; había hecho calor desde temprano. Me empezó a doler la cabeza y respiraba con dificultad, porque soy asiduo fumador desde jovencito.
Tuve que sentarme. Me senté como alguien se sienta a admirar un espectáculo grotesco, como corridas de toros; me senté como a esperar. Me senté debajo de un árbol no obstante mi miedo a los rayos, iluminado por esos farolitos brillantes puestos a lo largo de la Chacabuco. Me senté de cara a los edificios altísimos, deseando que esa gente que estaba allí, tranquilo cada uno en su ventanita iluminada, pudiera entender mi situación y dejarme pasar como se deja pasar a un perro mojado: a riesgo de embarrarse toda la casa por la gracia divina de la caridad. Pero estaba solo y todavía un poco borracho. No había viento, no caían gotas, yo no sabía qué pasaba ni por qué se demoraba tanto pero suponía lúcidamente que iba a llegar. No quiero contarte una historia fantástica ni entrar demasiado en detalles para no aburrirte, amigo; efectivamente, a los pocos minutos empezaron a caer las primeras gotas, dulces como si estuvieran hechas de edulcorante pero fatídicas como si cayeran además sobre la escena del crimen. Nunca le di tanta importancia a una lluvia; ando generalmente ocupado en otras cosas. Tampoco soy un literato, soy verborrágico nomás. Pero esto pasó anoche y me angustió tanto que no he tenido oportunidad de hablar bien con nadie, siempre con el miedo a que se rieran de mí, y al verte a vos, que por lo demás sos un desconocido, me hacés acordar a mí mismo sentado en ese banco del parterre de Chacabuco, ya te digo, vos sin la cara de asustado pero sí mirando absorto a esa iglesia como yo miraba los edificios, iluminados con las estrellas que conformaban las ventanas de la gente tranquila, que hacía sus cosas ignorando siempre mi existencia, mi preocupación, mi miedo helado...

El relato de Andrés me aburría un poco. De repente pensé que una lluvia era solamente una lluvia, y él me pareció un exagerado. Sus palabras de profeta, allende mi estado de ánimo que rozaba lo profético, me parecieron una sarta de sinsentidos encadenados en un discurso paranoide... sonreía y asentía con compasión desmesurada, alarde que él parecía disfrutar mucho, hasta que alegué una cita urgente y lo dejé a Andrés sentado, solo, en un banco blanco de Plaza Colón, beatamente ornamentado por una línea de sol amarillo que iba bajando conforme se hacían las siete.
Pero a medida que me alejaba lo entendía todo un poco mejor. No podría decir que me espantó su presencia sino hay que ser sincero: me dejó pensando. Me dejó pensando hasta hoy, que es domingo, por eso escribo esto. Hoy no ha habido una tormenta; no sé si alguna vez la hubo. Creo que estaba ocupado, como él dice, en otras cosas. Pensé que esas cosas que él me describía las entendí sólo porque hablaba en mi mismo idioma. No recordé una sola oportunidad en la que hubiera sentido ese escalofrío que él describió tan finamente, ni siquiera el vacío eléctrico ni la sesuda preocupación por los rayos sobre el árbol. No recuerdo haber visto a las gotas, que siempre las hay esporádicas y débiles, como gotitas de edulcorante caídas del cielo como por decisión de algún admirable programador; y aunque me parecía tan sublime el hecho de estar sentado en Plaza Colón un sábado soleado, en realidad era como de esos momentos de los que me olvido sin dificultad al día siguiente, aún si se trataba de un domingo. Así que me conozco: me hubiera olvidado hoy mismo. Sin embargo, la azarosa conversación con Andrés me hizo cuestionarme estas melancólicas faltas de relieve.
Sin riesgo de engañarme puedo decir que no me alejé de Andrés porque su relato me hubiera parecido absurdamente exagerado, sino por otra razón comparable remotamente.
Me alejé de Andrés porque quería conocer yo mismo cómo terminaba su historia. Como si todos fuéramos efectivamente el mismo hombre a la hora del viento y la lluvia. Todo el mundo conoce la aprensión que sentimos los hombres ante la naturaleza y también ante la soledad; una experiencia tan difícil como ésta, y a la vez tan significativa, no la hubiera podido entender si la hubiera escuchado y no vivido. Y sospecho además que pasa así con todas las cosas.
Hoy es domingo y está nublado; acaso hoy tenga la suerte que espero.

16.2.13

El puente

Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
— ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? —pregunta Kublai Kan.
—El puente no está sostenido por esta piedra o aquélla —responde Marco—, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade: — ¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco lo que me importa.
Polo responde: —Sin piedras no hay arco.
(Las ciudades invisibles de Italo Calvino)

12.2.13

Folio #46

(otros recortes periodísticos)

LA ENERGÍA ES COMO una flor blanca como el benjuí y cuyo aroma suave, o mejor dicho, la inspiración de este aroma, provoca la apertura al mundo y la consecuente convicción de que uno es por fin alguien en la Tierra infinita.
Cualquier página perfumada con su olor es fácilmente reconocible: abrir la flor milenaria, extraer su polen y saber traducirlo en la koiné de los hombres no es un trabajo de un día y su noche. La flor delicada puede parecer de cemento sin la apertura primaria del espíritu y del intelecto. Creo que eso explica aproximadamente por qué mucha gente permanece toscamente insensible al inconfundible olor del benjuí.
Su medicina cala hondo en la pluma del que la conoce. Para bien o para mal, el único oficio comparable a escribir bajo su tutela es sentir nacer la propia santidad a partir de las palabras de los otros.

Estimado Raymond

El gran estilo de moda hoy y siempre, para los sabios y las personas comunes con pretensión de sabios, es escribirse cartas los unos a los otros sobre algún tema elevado en particular.
La primer cosa importante al momento de escribir una carta, aparte de querer pertenecer al selecto grupo de sabios (generalmente la intención siempre está), es tener un tema sobre el cual escribir.
Ésta es la parte más difícil. Si se trata de una persona común con amigos comunes que hablan sobre temas comunes, ninguno de los dos entenderá la intención de escribir una carta para hablar sobre más de lo mismo. Si a esto se añade el hecho de que el destinatario esté lejos, no es mucho más difícil, sino que bastará nada más que un mail conciso de claros fines. A nadie le importaría en un principio que esta carta sea pública o no. Pero si por esas casualidades una persona común (por ejemplo, yo) conoce a una persona fuera de lo común, y esta persona fuera de lo común se comunica para pedirle opinión sobre algo, ya estamos hablando desde otro plano un poco más interesante. De manera que, creo, vale la pena el riesgo que corro de escribir algo aunque no suene tan interesante como lo estoy pintando. Aprovecho también la circunstancia para colgar lo que salga acá, y que se enteren (si alguien sigue leyendo esto) de la existencia de tipos que admiro.
Estimado Raymond.
Acá estaba, tomando tereré y leyendo revistas de filosofía coloreadas. Lo que se dice un feriado promedio. Entré de ocioso (un ocio un poco menos productivo) a Facebook y chequeé tu mensaje nuevo, en el que me contabas que te convencieron para hacerte un blog y me pedías que no lo divulgue, cosa que voy a intentar no hacer. De cualquier manera creo que todo el mundo debería conocer tu idea, y tus ideas: la "idea" de hacerte un blog es muy buena (felicitalo/a al/la que te convenció) para colgar en Internet tus brillanteces.
Creo que el blog es sólo un medio y en realidad lo que vale es la "voz" - el estilo personal de cada uno, la manera que largamente uno busca para expresarse. Me sorprende que me pidas opinión a mí, porque vos siempre estuviste mucho más cerca que yo de encontrar tu "voz" propia. Todos deberían poder encontrarla aunque no muchos se aventuran a la búsqueda; vos siempre estuviste muy cerca de la conquista a lo largo de los años en los que te conozco, y creo que esa es la razón de que seas a la vez prolífico y talentoso. El hecho de que tengas o no un blogspot (o un wordpress o un twitter) es secundario, y totalmente lógico: el mundo siempre necesita más arte. Este blog va a transmitir arte para la net. Por eso es totalmente aceptable. El hecho de que tu arte (léase, el contenido de este blog) sea aceptable es otro tema; para mí lo es sin duda. Es un debate complicado y totalmente inútil.
No tengo mucho más que decirte; tenés todo mi apoyo en cualquiera de tus proyectos mientras no quieras quemar vivo a mi gato. Seguí nutriendo al mundo con lo tuyo; mantenete siempre abierto al cambio así seguís sorprendiéndonos a tus biógrafos. Alguna vez me dijiste que bloquearse, trabarse, es normal en el mundo del arte: bastante tiempo después leí en algún lugar que los baches son en realidad algo bueno. "Creativity is allowing oneself to make mistakes - Art is knowing which ones to keep". Viene a cuento el hecho de que sea un "raw business". Así que sin miedo, a ser sincero y crítico (como quise ser yo acá), que ya estás muy avanzado en el camino del artista como para que la pifies con un error irreparable. Si es que ésos existen.

9.2.13

Folio #55

La tranquilidad de espíritu estadual no es mejor en el (ya llamado) "espacio cibernético".
El fotolog de una ferviente evangelista, a la que llamaremos V., cargado de una fuerte dosis de ironía que complica el análisis hermenéutico, detalla (trad.):
Trainspotting es uno de los filmes más inspiradores que vi. Lo recuerdo siempre en muchos momentos de mi vida, para convencerme a mí misma de que ésta podría ser peor, pero Dios así no lo quiso.
Trainspotting me ha ayudado a superar difíciles momentos de aprensión que tenían que ver con situaciones incómodas o degradantes. Recuerdo que el año pasado, cuando quise ingresar al equipo federado de handball del Litoral, me pidieron nada menos que ¡un análisis de sangre! Ojo, chicos* (olhar, gente) este terrible obstáculo para la vocación deportiva de una. Los que me conocen saben que siempre he tenido miedo a las agujas, no por su fuerza penetrante (dice el Apocalipsis que la palabra de Dios también lo es) sino porque considero sacrílego quitar de lugar mediante procedimientos de dudosa fe aquello que colocó Dios en su infinita sabiduría.
Sin embargo, previa promesa de correspondiente penitencia, lo hice. Y no puedo negar que recordé las varias escenas de este sublime filme donde los héroes se inyectan ese poderoso estimulante (sic), ni tampoco puedo esconder que el recuerdo de la música de Lou Reed e Iggy Pope (sic) sirvió también de estímulo, que Dios los tenga en su gloria. Pude pasar la prueba de fe, y no los voy a decepcionar, chicos: esa misma noche acaricié las cuentas azules del rosario. Mi determinación tuvo sus frutos: Dios quiso que gracias a ella fuera colocada en el plantel del equipo confederado de handball del litoral como titular y capitana, y la semana que viene salimos desde Xangri-Lá para competir en el primer partido contra Curitiba.
¡Que la paz sea con ustedes, galera
 

8.2.13

París y Corrientes

¿Vieron que un grupo de gente publicando cosas sucesivas ("cada loco con su tema") puede llegar a ser una cosa muy arbitraria en la red social Facebook? Pero esas libres relaciones que se pueden sacar de la forma en que cada uno de nuestros "conocidos" ve al mundo, hipótesis de sentido que le dicen, nos pueden hacer sacar conclusiones nuevas a nivel personal, conclusiones que ignorarán esos conocidos de los que hablo particularmente en estos momentos porque sé que no son asiduos lectores, y aparte el blog está herméticamente cerrado para que no salga volando su interminable flujo de ideas.
Hoy estaba leyendo Los autonautas de la cosmopista, una bitácora en la que Julio Cortázar y su cónyuge Carol Dunlop relatan un viaje que iba desde París a Marsella en el transcurso de un mes a razón de dos paradas por día, siempre en la autopista; por supuesto, a pesar de las fotografías que nunca vi, pero que en Cortázar siempre sorprenden (como cualquier otra cosa: manuscritos, poemas, citas, haikus, dibujos, recortes o palabras-baúl), no conozco París, no conozco Marsella sino que guardo esa inocente intriga, esa romántica intriga, de "seguir los pasos del maestro" como quien dice algún día y embarcarme, también románticamente, en un buque de carga en el cual cuando se den cuenta que logré entrar ilegalmente ya sea demasiado tarde para bajarme en algún puerto y no les quede otra que bajarme en la costa del África o intermedias en las Canarias, que ya es bastante cerca.
París es una ciudad que a todos nos gustaría conocer si pudiéramos, o a la gran mayoría. Sobre todo a las personas, como yo, que tienden a personalizar las ciudades. Porque todo en la ciudad es pista de algo más grande, como un carácter propio, como una propia forma de ver el mundo: al fin y al cabo, las ciudades están hechas de personitas. Pero hay pocas ciudades tan míticas en estas latitudes del mundo como París (quizás Roma, pero Italia no me interesa tanto en sí como Francia) y tan formadas, vía relatos, vía fotografías, vía conversaciones con esos afortunados compatriotas que han podido superar ese miedo que los cartógrafos llaman Atlántico, que uno sentiría que ya está familiarizado con muchos nombres importantes. Y cuando uno ve que una persona, llamémosla A., ha puesto fotos de sus vacaciones en París bajo esos cielos grises que nos cuenta Edith Piaf, mirando al infinito tapizado de pavimento y edificios desde un balcón parisino al estilo XIX como esos que burdamente quiere imitar Córdoba, no puede evitar una picazón interna.
Pero cuando eso se correlaciona con lo de inmediatamente abajo (una publicación de una persona, llamémosla L.) que lo único que hace es poner el nombre de un parque de Corrientes como incitando a sus amigos a ir, esa picazón se vuelve una alergia desesperada; y no tanto porque se quiera escapar lo más posible del lugar de donde es uno sino que, en esta instancia también intermedia que es Córdoba (que no es ni el comienzo ni el fin: a saber, ni París ni Corrientes, sino una mediadora entre ambas) en realidad no se decide dónde uno estaría mejor, el corazón se le llena de incertidumbre.
¿Qué de mítico puede tener en realidad, piensa el nostálgico nihilista, la plaza más hermosa del mundo donde transcurrieron Las babas del diablo y no sé qué otras cosas que con ansiedad adolescente leí amontonando los libros en la repisa?
Completo la pregunta: comparándola quizás, con la simpleza de ese parque lleno de hormigas y pastos altos que conozco de memoria, del cual podría hacer desde aquí, sin verlo, un racconto más preciso que el Doomsday Book, de todas las cosas que hay en ese parque lleno de nada y todas las personas que lo frecuentan a lo largo de los siete días de la semana, en un ciclo interminable que tanto gusta a los pueblos chicos.
Y entonces no sabe uno en dónde quedarse; y así como cuando uno está en un lugar sublime y se olvida por momentos que está parado en un lugar sublime que tiene de nombre, pongamos por ejemplo, París o Niágara o Canela, uno también olvida que está parado en el lugar más sencillo (por decir, cotidiano) del mundo y sin embargo eso no lo priva de esa sensación sublime. Lo que me hace pensar que en realidad no es nada inmanente al lugar lo que lo hace sublime, sino una extraña disposición mental a absorber la energía de los lugares que uno considera más bellos que otros en la infinita faz del mundo, que nunca conoceremos en su totalidad; hablo de predisposiciones mentales, pero soy un romántico (falluto, quizás) y estoy muy lejos de ser un neurólogo. A su juicio.

5.2.13

Rosetta Tharpe

Una señora, que de alguna manera estaba conectada con ella, alegaba que ella creció escuchando discos de Bessie Smith, pero su familia de cristiana formación no le permitía cantar "the blues" (que en Bessie Smith se asocia, prematuramente en la historia del adolescente nihilismo, a cerveza y marihuana); y aunque lo admirase, no renunciaría a su fe sino bien lo contrario: se animaría a cantar por ella. Y aunque uno sea ateo, y sea todo lo reaccionario que quiera, si no se quiere caer en un fanatismo idiótico es inevitable reconocer la calidad magistral de las voces gospel. Y la Hermana Rosetta Tharpe es una. La misma señora alegaba que, de la misma manera que Bessie, Rosetta fue una herencia para su infancia.
Y daba muchísimos detalles sobre todo lo profundo que calaba el sonido penetrante de su voz. Que hoy no discuto, sino que quiero aleccionar a conocer.
Y si no conozco mucho de música gospel, ni mucho menos soy un experto en la biografía de este personaje, no puedo evitar recomendar atentamente su escucha. Porque de cualquier manera, como todas las sensaciones, Rosetta es una más no muy distinta para el escucha sentimental a aquella que pueden trasmitir Billie Holiday o la propia Bessie. Y si de esto queremos extraer conclusiones más históricamente contextuadas añadiremos que ella era la primer mujer que salía a tocar, virtuosamente por cierto, la guitarra en sus shows. Su voz no queda atrás, ni tampoco su poderosa decisión de dejar atrás lo que unos podrían ver como las limitaciones de su credo para transformarlas en potencia creativa.