26.12.13

Exonerando el marulo

Sigo con una constipación mental fruto (pero no tipo ciruela) de pensar todo el tiempo: "tengo que hacerlo, tengo que hacerlo" y sin embargo no puedo... no se me cae un arranque... hice la promesa de escribir las dos reseñas de una puta vez y a un momento de inspiración casi apolínea siguieron varios días de sequía cerebral en la que lo único que me quedó fue una cerveza en un freezer y un bronceado de ruta.
Quiero seguir ejercitando el cerebro pero está dejado como mis abdominales.
Me levanté a las cinco de la mañana y después de una partida de Age me sentí listo para el primer café; mientras lo batía escuché esta canción, que me hizo pensar que nada estaba perdido. El sentimiento se difuminó rápido, cantando mientras se alejaba ich bin gekommen um Adieu zu sagen.
Hace una semana y media me dijeron que soy un neurótico que piensa demasiado en las definiciones. ¿Qué es eso?, pregunté. Me respondieron algo como "justamente eso que preguntaste".
Acto seguido, axioma: el que mucho piensa poco actúa. Y viceversa, creo, pero no podría decirlo porque nunca me pasó.

Como medida cautelar para despejar el cerebro voy a pedalear hasta que se me termine la costanera, y cuando esté sudado y sucio voy a volver acá a trabajar. En el peor de los casos me sale algo que apeste.
La vida (tragicomedia escrita por un guionista ebrio) nos muestra que el futuro suele desenvolverse efectivamente como el peor de los casos.

25.12.13

Navidad

Creo que los tiempos están mejorando y es más fácil ser alcohólico. Felizmente, podemos equilibrar el gasto entre comida y sidra cada vez más, o invertimos lentamente en espumantes cada vez más caros (que incluso algunos shoppings regalan con una compra de ropa superior al valor de 500 pesos). El resultado de todo esto es que hay no mucho en la mesa en Navidad antes de las doce; y en cambio los vasos están y estarán llenos toda la noche.
Cada uno es libre de embriagarse a su manera, difuminándose por consiguiente la noción de conjunto. Todavía me acuerdo de ese tío que, solitario en la Navidad del año 2005, se pegó un pedo para cuatro y terminó bailando en bolas o no sé qué hizo, porque yo ya me había ido a dormir. La vergüenza pesó sobre él como una bolsa de cemento, y no volvió a aparecer sino por SMS. Hoy la Navidad es más bien una jungla.

Espíritu navideño. Mi víspera arrancó a las 11 de la mañana, cuando crucé al kiosco para comprar algo para el desayuno y vi una cola de tres o cuatro señoras, cada una con un carrito que traía un cajón de cerveza vacío.
El operativo fue absolutamente eficiente. Dos kiosqueros ponían los cajones vacíos en el piso junto a uno lleno, y en un laburo mecánico, casi chaplinesco, cambiaban los envases vacíos por envases llenos de a dos o tres por vez, agarrando los golletes entre el pulgar y el índice con una destreza magistral; cobraban lo suyo y la señora iba caminando por su barrio con 13 litros de cerveza en su carrito.
Esto fue Nochebuena, o la mañana que la anticipaba. El resto del día transcurrió normalmente. A las cinco de la mañana me encontré desentonando en una fiesta aburrido y apenas un poco ebrio. A las seis en punto era de día y yo estaba tomando el colectivo, o viendo la hora de volver a casa. La casa estaba sola, silenciosa; no nos habíamos juntado ahí para comer, así que no quedaba nada de esa comida gloriosa que uno encuentra tirada cuando vuelve y come casi a escondidas. La casa estaba como la dejé: la que otrora fue la casa del pueblo, mi cómoda covacha de dos pisos y tres piezas donde supieron hacerse los eventos navideños más exitosos (los que encontraron a los abuelos bailando Gloria Estefan) estaba silenciosa, brillante en el solcito mañanero, con un ratón bajo la heladera que no podemos atrapar y por eso nos esmeramos en dejar veneno en los rincones y las puertas bien cerradas.

Navidad.
La Municipalidad se toma la molestia de armar árboles y adornar los cables con luces de colores; los vecinos juegan al grinch con el vaso de sidra para que el año nuevo llegue más pronto.
No quiero decir que se perdió la mística de la Navidad. Quizás nos dejamos estar a favor de un sentido práctico, enemigo acérrimo del sentido espiritual.
Sólo voy a pensar en un departamento que dejé en Córdoba. El departamento que vio mis soledades más aburridas porque viví solo en él casi dos años completos. Uno puede llegar a ser auténticamente feliz en Nueva Córdoba, en esos edificios que parecen grandes pajareras; pero, si uno está solo en la noche de Navidad, o digamos antes (el adviento exhorta a armar ese pino horrible el 8 de diciembre), para qué un arbolito que puede admirar sólo uno y por qué no mejor una sidra, un vino tinto, un vaso de cerveza medio pelo para arriba y un budín individual; en silencio, o a lo sumo escuchando She and Him o mirando el reloj del noticiero.
Quizás Bukowski nos enseñó que vale la pena estar solo, y por eso fragmentamos el conjunto. Hace algunos años nos quejábamos de que la Navidad era un festejo hipócrita en el que tenías que saludar al primo que te cagó plata o a la tía que engañaba a su esposo.
Teníamos y tenemos razón. Las relaciones humanas se destilan solas como whisky. En realidad, estamos cada vez más cerca de ser libres - id est, de no depender de los otros para festejar las navidades.

24.12.13

Nochebuena

La noche siguiente era Nochebuena y la pasé con una botella de vino delante de la televisión disfrutando del programa y de la misa de gallo de la catedral de San Patricio, en Nueva York, con los obispos oficiando, y ceremonias resplandecientes y fieles; los sacerdotes con sus vestiduras de encaje blanco como la nieve ante grandes altares que no eran ni la mitad de grandes que mi lecho de paja debajo del pequeño pino, me imaginé. Luego, a medianoche, muy silenciosos, los pequeños padres, mi hermana y mi cuñado, pusieron los regalos bajo el árbol, y aquello resultó más glorioso que todos los Gloria in Excelsis Deos de la Iglesia de Roma y de todos sus obispos.
Mi gato Davey, de repente, me bendijo, dulce gato, al saltar a mi regazo. Cogí la Biblia y leí un poco de San Pablo junto a la estufa caliente y a las luces del árbol:
"Dejad que se vuelva necio para que se vuelva sabio".
(The Dharma Bums, J. Kerouac)

Gloria: In Excelsis Deo/Gloria by Patti Smith on Grooveshark

20.12.13

Último sueño bucólico de L. M. Flores en Córdoba capital

Recién me acerqué a la ventana con una esponja de acero en la mano para rasgar lo último que había quedado de pintura en el marco de metal. La casa está casi vacía. Rasgar el marco es lo último me que me queda para irme sin dejar pistas; después cierro un par de cajas que hay en el piso, las meto en el ascensor y cierro (nunca echo llave, porque no hace falta) esta puerta para siempre.
Esos son mis planes. La realidad, en este momento, es esa mancha verde en el marco de metal que me está esperando porque interrumpí mi labor apasionada para redactar esta entrada.
Esta es la última tarde que, creo, voy a pasar en este departamento en el que viví dos años. Con el que me recibió Córdoba. Elección de mi vieja: mesada de mármol y paredes verde agua. Es momento de confesar que no es el que más me gustó de todos los que vimos, pero era a todas luces uno muy conveniente (más aún cuando se hizo hora de convivir con cuatro o cinco personas bajo el mismo techo, cosa que jamás pudiera haber hecho en un monoambiente por Cañada del que me enamoré perdidamente, aún si daba a un patio interno).
Jodo con que no aprendí nada en Córdoba salvo que el aceite va después de cocinar los fideos y no antes. En realidad, aprendí muchas cosas; algunas importantes, algunas no, algunas que me gustaría olvidar, si fuera un poco más inteligente. Me sucedieron cosas en la misma proporción; meses con luz y meses oscuros en estos dos años. No es momento ni lugar para un navideño análisis.

Los momentos en los que la mente se relaja son los momentos en los que ninguna de las cosas que uno aprendió sirve. Estoy bien cuando no necesito combinar teoría y práctica; estoy bien cuando simplemente no necesito pensar qué estoy haciendo y para qué y fundamentalmente cómo.
Rasgar esa pintura verde que queda en el marco de la ventana (la cual sigue ahí, me está esperando, porque interrumpí mi apasionada labor para redactar esta entrada) es una de esas actividades que no requieren pensamiento.
Una vez que descubrí e interioricé la técnica -la esponja de acero debe adaptarse a la mano, y nunca al revés- el resto es laburo mecánico y puramente muscular, como una rutina de gimnasio. Pienso repetir esta técnica en todos los lugares de la casa que la ameriten, pero hete aquí que recién estaba justamente junto a la ventana.
La ventana es un mecanismo mágico. La ventana permite que entre aire, permite que entre ruido y permite que entre la vida de afuera, desde mosquitos a los famosos ladrones hombrearaña. La ventana es el último reducto de la casa que da motivo a una derrideana discusión entre el binarismo adentro/afuera. La ventana (habría que buscar la etimología) permite el viento, permite la ventilación, permite vislumbrar y en el mejor de los casos también permite ver.

Cerca de la ventana, no así lejos de ella, puede sentirse la brisa que entra en una tarde de verano. Son las ocho y el sol no baja. Mañana es el día más largo del año.
Cerca de la ventana uno puede ver la gente que pasa. Y qué hago en mi ocio sino mirar, mientras rasgo pedacitos de pintura verde con una esponja de acero guiada por mi sabio pero irreverente dedo del fakiu, una chica de pelo corto, lentes de sol y piercing en la ceja izquierda que habla con una mujer policía que, también de lentes de sol, va bajando por la Balcarce.
Lo que me llama la atención: estas dos chicas bajan hablando entre ellas como si fueran amigas; pero pronto descubro que, poquito más acá, es decir, en una ubicación que me viene al pelo para ver sin ser visto, estas dos chicas se encuentran con dos policías más que bajan de dos motos con una planilla, o sea que la cosa viene en serio.
No es interés periodístico, en principio, lo que me anima a seguir chusmeando. Hasta aflojo con la esponja de acero y me cuelgo un poco con tres o cuatro manchones que van a seguir ahí si no los ataco. Aguardo un poquito y observo bien la situación, que es muy particular.

Su particularidad reside no tanto en los policías (ni siquiera en la policía mujer, que suelen ser menos frecuentes) sino en la expresión de la piba. Vestida a lo salvaje, con una musculosa suelta color verde y unos pantalones apretados y rotosos, se saca los lentes y mira a los dos policías a la cara como si fueran su empleada. No hay pedestal entre los policías y esta chica, que no pondría esa cara si la hubieran robado o si la estuvieran interrogando como sospechosa.
Simplemente, esa chica está hablando con los policías. Es obvio que ocurrió algo (¿qué carajo podría haber sido? y tanta información podría recabar si no estuviera escribiendo esta entrada sobre la chica y estuviera, en cambio, pispeando por la ventana); sea lo que sea, la chica no tiene cara ni de chorra ni de víctima ni siquiera de testigo. La chica habla con los policías, que están interesados en ella puesto que no sueltan sus planillas (pero acaso les cautiva esa misma irreverencia de dedo fakiu levantado, de la chica que se saca los lentes y sonríe casi burlándose).
No he visto a nadie que sepa mantener su compostura de esa forma frente a tres agentes, sea cual sea la situación. De alguna forma, todos suponemos que les debemos algún respeto a estos pitufos con agallas. De que los atacaremos por las redes sociales puede ser; eso se ve todos los días. Pero cuando se acercan ellos a hablar con nosotros, es como si nos pasaran un cubito de hielo por la espalda: no se puede hacer como si no estuvieran ahí.
Esta chica de veinte años o menos, parada en la vereda frente a una policía mujer y a dos policías con chaleco antibalas que acaban de bajar de sendas motos, simplemente se ríe. En ningún momento mira para la ventana a la que yo, como un esclavo sudado, todavía le consiento una limpieza con una esponja que me atrae cada vez menos. Por las dudas hago mi mejor pose, prendo un cigarrillo sin delicadeza con un gesto casi sexual, pero para qué. Ella sigue ahí risueña, pero no risueña estúpida como la que se pone a mirar todo. Ella está concentrada, metida en algo. La situación entera está envuelta en un velo de misterio.

Desgraciadamente llega la hora de admitir que esta irreverencia es la que me cautiva en las mujeres. Y que puede haber sido un sueño pero estuvo ahí; limpiando la ventana y sintiendo la brisa de verano de frente (de esa que llega cuando son las seis o las siete de la tarde, hora por lo demás perfecta para conocer mujeres de veinte en una ciudad que uno apenas conoce) tuve la poca delicadeza de perderme en una modorra idiota que todavía dura un poco, y de olvidarme cómo carajo agarrar la esponja. Mi viejo solía decirme "tenés que ser más despierto, más atento; sos un despistado y te va a pasar por encima un scania".
Y yo siempre así de perdón me colgué. Estaba viendo por la ventana a la cosa más linda que la tarde tuvo a bien traerme.
Viejo: ¿sos boludo vos o mis abuelos eran primos?

19.12.13

Con qué sueñan los gatos

Varias personas me explicaron cómo sienten amor los gatos: ellos no se encariñan con las personas, sino con los lugares. No pocas veces sentí cómo mi gato me miraba extrañado, porque para él yo era un mueble móvil o un dispenser de whiskas. Dicen que expresan su familiaridad frotándote las caras, y él lo hacía (lo sigue haciendo) con la misma cariñosa devoción para con mi rodilla o una de las patas del mueble del televisor.
A veces no puedo evitar sentirme un poco gato por la forma en la que me encariño con las personas: con la cautela de sospechar que algunas personas son sólo muebles móviles. Los lugares me despiertan un amor extraño que no siento por las personas, un apego invariable, pues los lugares cambian mucho menos que los seres humanos, volátiles como humo papal.

Ayer soñé por segunda vez con un pueblo que no conocía. La primera vez fue hace tres semanas; un pueblo en las sierras de San Luis, un pueblo chiquitito, de cuyo nombre no quiero acordarme, y que visitaba yo vaya a saber por qué razones. Estaba a dedo, y solo. En las afueras del pueblo vivía un viejo ermitaño. Llegué a su casa a la tardecita, de pura casualidad. Era una casa de madera y techo de paja, de un solo piso, sobre el costado de la ruta. Mientras el sol bajaba sobre los morros del fondo, yo atravesaba la entrada que era como de gravilla negra y con arbustos, casi igual de calientes y compactos como la calzada, y golpeaba una puerta enorme de madera maciza.
No me acuerdo de la cara del viejo, pero se presentó como Roldán de apellido. Me invitó a pasar, porque se estaba haciendo de noche y seguir viaje era una necedad boba. Retengo la imagen de su casa.
Como si fuera un galpón de madera enorme, apenas separado; abarrotado hasta el techo de libros, de discos, de cuadros, de revistas, de diarios viejos, de cuadernos rayoneados. El viejo era un acumulador incansable de cosas; tenía una ventaja que no le puedo desmerecer, a pesar de no acordarme de su cara: era viejo.
Su galpón lleno de cosas era fruto de un tozudo esfuerzo de años por acumular cosas que no estaba seguro de poder necesitar algún día, pero que terminaron conformando algo lindo de mirar.

Hoy soñé de nuevo con un pueblo en la Pampa. Me urgía la necesidad de ver algo en un pueblo que quedaba al lado, y a pesar de que no tenía un peso partido al medio, rompí las bolas a mi anfitrión para que me llevara en la chata ruta abajo. A medio camino me acordé qué buscaba. No quiero relacionar los dos sueños, porque para eso se necesita un título universitario, así que la siguiente frase va a ser impersonal adrede:
En el sueño de hoy buscaba a un viejo que tenía una casa sobre la ruta. Tenía la extraña convicción de que lo que tuviera el viejo en su casa, sea lo que fuere, me interesaba de alguna forma a mí.

A veces sueño con personas. Pero tiendo a soñar más con lugares. Y una de las singulares conclusiones que saqué después de pensar mucho en estos sueños es la siguiente. Los lugares en los sueños, que muchas veces son lugares que no existen, tienen coherencia física; hay en ellos espacio, hay en ellos líneas, hay en ellos profundidad, hay en ellos volumen, hay en ellos proporciones, hay en ellos características que hacen que se parezcan mucho a los lugares en la vida real.
Pero tienen algo más, de lo que los lugares en la vida real muchas veces carecen: como si se tratara de alguna medida extra, añadida al sueño por el puro gusto de darle color, los lugares en los sueños tienen emociones.
Las emociones no las siente uno, puesto que el sueño está ocurriendo en la cabeza de uno, está ocurriendo en uno. Los lugares en los sueños son reflejos de la emoción que esos lugares evocan; el pueblo de la chica linda jamás podría ser un páramo desolado y triste.
La casa del viejo que quiero encontrar a la salida de cualquier pueblo que haya recorrido dentro de mi cabeza, jamás va a dejar de tener eso, no sé qué es, que tiene el poder de interesarme.

Este extraño apego por los lugares que evocan a las personas me hacen sentir que soy un gato. Si fuera un tipo más directo y con menos pasta de místico, soñaría con la cara de la gente.
Sueño en vez de eso con casas, sueño en vez de eso con puentes, sueño en vez de eso con caminos.
No pocas veces me recuerdo qué lindo es vivir en mi cabeza y explorarla cuando se me presenta una oportunidad.

16.12.13

¿Qué tiene usted para enseñarme? (Y gracias por adelantado)

1.
Un día le escribí un mail a mi primo preguntándole qué música andaba escuchando. Por entonces yo tenía catorce y pelo largo como testimonio de una rebeldía romanticona. No conocía toda la música que conozco hoy, ni mucho menos toda la música que conoceré en diez años.
Mi primo sabía que la cabeza de un adolescente es caldo de cultivo de muchas cosas, desde el arte hasta los trastornos esquizoides. Respondió con un porteño "qué hacés primo" y una nómina de bandas entre las que recuerdo a Babasónicos, Control Machete, the Sonics, Sublime, os Mutantes, Illya Kuryaki, surf rock, Embajada Boliviana y Sonic Youth.
En su sabia diligencia me anexó dos o tres links para que la investigación siguiera su curso, en caso de que yo quisiera emprenderla. Esos links fueron detonantes. Todos lo sabemos: una sola banda buena puede llevar a conocer tres mil, si se le pone la terquedad necesaria a la búsqueda. Hoy en día está last.fm; a mis catorce (nunca pensé que sonaría así de retrógrado) apenas podíamos mandarnos por mail fragmentos en mp3 que habíamos bajado del Ares, que fue y será una mierda.
Mi primo se tomó la molestia de redactar una lista de bandas que no conocía, muy distintas entre ellas. Él sabía que la curiosidad adolescente tiende a salir disparada para muchos lugares a la vez, como hacer picar al mismo tiempo siete pelotas de goma en una habitación llena de ventiladores de techo.

Le debo respeto a esa gente capaz de presentarte una cosa insólita. De alguna forma, esa gente nos ofrece regalos.
Imagínense si esa gente sabia, en vez de decirnos "escuchá tal banda", nos regalara un candelabro, un sofá cama, un caballo: algo tangible, que tenemos que decidir urgente si tirar a la basura o guardar como un grato recuerdo a riesgo de sacrificar espacio físico. Si optáramos por la segunda, nuestra casa sería un muestrario circense y absurdo de los artículos más dispares. No se podría ni caminar y una mudanza sería un calvario.
Yo a mi pesar no soy ningún minimalista. Este desorden es con lo que sueño. Una casa llena de elementos híbridos. Entiéndase por casa "cabeza"; entiéndase también "casa", pero esto remite a hipotecas, impuestos y fichas catastrales.

2.
Ayer estaba cubriendo un evento. Había una mujer sobre el escenario cantando un tango salpicado de palabras en lunfardo entredichas con bronca, con candor, y con una gracia única, contundente. Esto me hizo pensar que, para escribir una buena nota, tendría que familiarizarme con lo que estaba viendo; nadie escribe bien sobre lo que no sabe. Es difícil que un ignorante te diga algo novedoso. El oficio (de escritor, de periodista) obliga; no es opción ni capricho. Si quiero contarle a usted algo interesante sobre lo que vi ayer, debería saber al menos dos o tres frases en lunfardo. Lo mismo con cualquier cosa. Aún corriendo el riesgo delicioso de que usted no me entienda: el lector curioso es el mejor tipo de lector que existe.

En ese momento me di cuenta de que el oficio periodístico es un oficio acumulativo, que se parece a este muestrario circense y absurdo. Nunca se sabe si en un momento dado el periodista artesano necesita reconocer en alguien a Kim Gordon, a Hesse, a un cacique qom, a Dmitri Mendeleiév, a Julio Sosa, a su propia madre. La probabilidad más grande al asistir a un evento cultural no es disfrutarlo, sino aprender algo. La cultura termina siendo una complejísima red donde todo está conectado con algo.

Una red en la que todo está conectado con algo.
De la que un pendejo como yo tiene (felizmente) una perspectiva muy limitada.

Juguemos a esta imagen, que es muy simple.
Una pelota unida a otra pelota por un hilo, ésta a su vez unida a otras tres, éstas tres a su vez unidas a otras trece millones de manifestaciones individuales que terminan implicando, por supuesto, a la pelota inicial; pues, ya lo sospechaba Deleuze, no hay raíces sino que la vida misma es un rizoma (y un carnaval, añade Celia Cruz, pues a Deleuze le faltaba la parte divertida).

Me siento orgulloso de decir que el oficio que elegí tiene esta responsabilidad; no es sólo una especialización en profundidad, como si un obrero cavara un hoyo en la tierra tan obstinadamente que quiere llegar al centro del planeta.
Es una preocupación extensiva por seguir todos los hilos posibles de todas las pelotas de esta Gran Red; una curiosidad inagotable, el querer saber de dónde viene todo y así seguirle la pista. Como un campesino que siembra grandes prados con semillas que se crecerán para ser, Dios mediante, imponentes árboles floridos o toneladas de trigo para los pobres.

3.
La figura central de todo esto es la persona que puede enseñarnos algo.
Ayer leía en un libro: "la noticia no es necesariamente un suceso, sino cualquier cosa que pueda resultar interesante o novedosa para alguien, aún en potencia."
La cultura es un torrente inagotable de cosas nuevas y potencialmente interesantes. Pelotitas con rastros vagos que llevan a otras pelotitas, quizás brillantes, gigantes; quizás opacas, llenas de polvo, pelotitas olvidadas que valdría la pena traer de nuevo para el presente, limpiar sus hilos, atarle algunos nuevos.
Los mentores son fundamentales. Necesitamos alguien que nos traiga de la mano y nos diga "mirá que lindo esto". ¿Cómo meternos en la red sin querer matarnos, sabiendo que ella nos rebalsará siempre?

Esta es una entrada de agradecimiento a toda esa gente (que, afortunadamente, comprende la gran mayoría de las personas con las que hablamos día a día) que tiene algo para enseñarnos.

No nos quedemos nunca en un campo estricto. Dejemos eso a los biólogos, que fieles a su oficio descubren cada vez más verdades sobre las membranas y las mitocondrias.
Nosotros, los Curiosos de la Humanidad, no trabajamos con microscopio ni mucho menos con verdades. Marchamos por campo abierto, a veces a caballo, a veces en una Ford Ranger, a veces a pata luchando con machete contra la maleza. Buenos días vinieron y vendrán así también como malos para vivir con este monstruo informe que llamamos cultura.
Pero jamás nos quedemos en un hueco. Algo podría ser importante, más que importante para nosotros, en este camino enorme sin huella; cavemos, usemos el hueco para dormir esta noche, pero mañana pasado o traspasado nos servirá mucho seguir caminando.
Ya se nos va a dar la posibilidad de volver a ese pozo y decir "mirá, acá fue cuando". Pero hay quien dice que uno empieza a morir cuando no se quieren descubrir cosas nuevas.

10.12.13

Pequeña marsella

Tombstone Blues by Bob Dylan on Grooveshark

"Mama's in the factory
She ain't got no shoes,
Daddy's in the alley
He's looking for food,
I'm in trouble with the
tombstone blues..."

7.12.13

"A good woman is hard to find"

A Good Woman Is Hard to Find by Morphine on Grooveshark

She was beauty and adventure. 
She seemed so glad to be alive.
I want to be happy, but not all the time.

A good woman is hard to find. 
A good woman is hard to find.
I'll live to love another one more time. 
A good woman is hard to find.
(Morphine)

Cuando al fin había llegado el momento de asumirme como hijo de padres divorciados, era porque había entendido el mecanismo, como en una epifanía. Cómo es esto de que un adulto, en la mitad de su vida y con dos hijos (cuando la vida debería estar, en alguna medida, resuelta) abandone un naufragio para encontrarse de nuevo a la deriva.
Nunca estuve realmente arriba de un barco con mi vieja. Este barco zarpó sin nosotros por razones que jamás tuvieron a bien aclararme. Mis padres, que en otra época habían sido los reyes de la bailanta, se separaron cuando yo tenía dos años. El único documento que queda de esta época es un videocasette en el que mi viejo me vistió de villero y salió a pasearme cámara en mano por una plaza del barrio Pujol; mi vieja sale como en una cameo, mientras nosotros nos cagamos de risa.
De ahí en más la vida es como la conozco. Sé cómo son los adultos que buscan amor. Como todo experto, son ligeramente cínicos. Parecen aburridos, como quien hace un trámite. A veces, no pocas veces, los adultos que buscan amor llaman al amor estabilidad económica, comodidad, incluso tranquilidad para hacer la suya sin ser molestados. Los padres de uno no buscan una figura materna en su pareja, ni viceversa; he aquí el motivo por el que los padrastros y madrastras no sean héroes ni ejemplos de vida.

Este mundo nuevo, que me daba repugnancia, hoy me da curiosidad. Sin ánimo alguno de adelantarme a mi edad, ya que soy un joven todavía exento de graves decepciones, me pregunto cómo debe ser realmente tener treinta y pico y estar buscando nuevamente al amor de la vida, con tanta vida atrás. No puedo dejar de pensar que los adultos están cansados y sus expectativas decrecen, a veces muchísimo.
Creo que este mundo no está exento de casos extremos como alguna cita a ciegas en un telo, porque el fin justifica los medios. La incesante búsqueda de amor, que a los veinte es tan color de rosa, a los cuarenta puede convertirse en una deriva errática y un tanto desesperada. Supongo que a los cuarenta y cinco se intensifica para, a los cincuenta y cinco, hacerse resignación. En el camino recorrido, queda una estela: un indecoroso pasado compuesto de soledades muy incómodas para ser nombradas sin servirse una medida de licor.

Más valdría dejar de reflexionar en todo esto y ser un Pibe De Mi Edad. Relatar a viva voz, entre dos rutinas de gimnasio, los detalles de la prueba y la glorificación: "de cómo la hice gritar en mi sommier". El sexo es para mí un deporte más, a veces menos comprometido que los federados.
Por desinterés, por desdén, por falta de talento deportivo (pues hay que ser deportista para saltar de una cama a otra, sin mencionar que hay que ser deportista para que te acepten en primera instancia), ese otro mundo me llama la atención: un bar humeante lleno de viejos en una búsqueda confusa y difícil. Ellos ya han vivido todo eso: han practicado el deporte de saltar de cama en cama, y, llegado el momento, han creído en un amor que se pinchó como una piñata y dejó dos efectos residuales que duermen en casa con placidez.
Esto despierta mi curiosidad porque ahora empiezo a entender a los adultos que buscan amor. No los entiendo con la cabeza. En cambio, es empatía.
Un adulto abandona la casa a la noche; en este horario, por descarte, es más fácil conocer a una persona. Funcionan los motores del alcohol, que saca a relucir con más sinceridad tanto los daños como las expectativas.
Así y todo, no ya por vocación deportiva sino por obstinación, salen al bar; cansados, solos.

Hay una mística del after hours de la que no me dejaron participar durante toda mi vida, cuyo funcionamiento me gustaría conocer con más profundidad.
Al fin y al cabo, estas cosas suceden. Y a veces, hasta acaban bien; id est, acaban al mismo tiempo.

3.12.13

Revolución sin paralelo en todos los milenios anteriores

En el Paleolítico, ocurre una cosa inédita en los 2.000 millones de años de evolución. Ocurre que un primate, el Pithecanthropus erectus, utiliza su cerebro y sus manos para construir instrumentos que potencien y prolonguen su capacidad de acción. Entre la naturaleza y el nuevo homínido se va a interponer así una realidad nueva, una especie de intermundo técnico, todavía muy rudimentario, pero que es la puerta que abre el camino para las prodigiosas proezas científicas que vendrán más tarde. El término, pues, del proceso de cerebración es la instalación de los homínidos en el mundo de la cultura, el salto a un mundo nuevo en el que nada está hecho y cuya esencia consiste, nada más y nada menos, que en la necesidad de inventarlo todo.
José Luis Pinillos. La mente humana, 1969.


Desde el momento en el que la primera piel fue usada como prenda de abrigo, desde el instante en que por primera vez se utilizó una lanza para la caza o se plantó la primera semilla, se realizó una gran revolución en la naturaleza, una revolución sin paralelo en todos los milenios anteriores, porque acababa de surgir un ser que no necesitaba seguir sujeto por más tiempo a los cambios de la naturaleza, un ser que en algún aspecto era superior a la naturaleza misma, por cuanto sabía cómo controlar y regular sus operaciones, y podía mantenerse en armonía con ella, no a través de cambios corporales, sino mediante un avance de la mente... El hombre no había simplemente escapado al dictado de la selección natural, sino que incluso había obtenido para sí una parte del poder que, antes de su aparición, era ejercido en exclusiva por la naturaleza misma. Podemos, pues, prever un tiempo en que la tierra sólo producirá plantas cultivadas y animales domésticos, un tiempo en que la selección humana habrá desplazado a la selección natural...
Alfred Russel Wallace. The Origin of Human Races
 and Antiquity of Man deduced from the theory of Natural Selection, 1864.

2.12.13

El oscuro placer de madrugar leyendo

Me pasó muchas veces cuando me encariñé demasiado con un libro y después me fui a la cama. Generalmente, cuando el libro tiene que ver con muertes. Después me ocurrió que no podía dormir. El sueño, en vez de ser ese deporte confortable que tanto nos pone en perspectiva las cosas (p. ej., ayer soñé que vivía en la luna, y después reflexioné sobre las leyes cósmicas y físicas y todo eso), se vuelve en cambio un calvario que vivimos en carne propia con vivacidad de televisor plasma. He aquí un ejemplo.

De tanto leer y de tanto imaginar situaciones, el sueño se vuelve tan oscuro como una grotesca duermevela. Ayer leí durante una hora y media, con una concentración intensa que no tenía hace meses, ni siquiera (como sería de esperarse) a los apuntes de la facultad.
Si quisiera pasar por erudito, acá cabría una referencia a Borges: cuando leo demasiado intensamente, mis sueños se parecen a los de Funes.
No voy a derretir esta entrada en ejemplos. No es una linda experiencia, y si pudiera explicarla no tendría ganas. Duermo entrecortado y a las tres o cuatro horas ya estoy arriba. Esto es lo que me pasó anoche.

Me di cuenta, a mi pesar, de que cuando me duermo feliz soy capaz de vegetar sin interrupción ni culpa alguna de doce a catorce horas. Si hay cansancio físico (que nunca lo hay, pues llevo una vida más sedentaria que la de un ciprés) este lapso se extiende hasta unas vergonzosas pero plácidas dieciséis horas, tras las cuales me despierto con los ojos casi en compota y unas ganas irrefrenables de asesinar al mundo hasta el café número dos.
Me di cuenta, a mi pesar, de que cuando me duermo con un libro en la mano después de hora y media de lectura intensa mis sueños se hacen insoportablemente reales. Esto debió haber sido común en otro tiempo; sobre todo cuando los jovencitos y las damiselas leían ávidamente libros tenían que ver con muertes. Después llegó la televisión para salvarnos. Dicen que la televisión reacomoda las ondas del cerebro de tal forma que la concentración es mucho más difusa y los sueños se vuelven un simulacro, como si el soñador los viera tras un plexiglás. Esto me vendría bien para noches como anoche.

La televisión no me obliga a esta angustia opresora, como si hubiera pasado la noche en una cama que no es la mía.
La televisión no me impone una angustia de abismo, de hilito suelto que parte la mente al medio si se lo jala.
Lo de anoche no fueron pesadillas; en cambio fue (para ilustrarlo con una cita del mismo libro que terminé de leer anoche) "esa clase de sueño que quebranta el cuerpo en vez de proporcionar descanso".

Y sin embargo, "mientras escribo estas líneas" (como dice cualquier bloguero cursi, y sabemos de sobra qué somos nosotros los blogueros) me siento algo orgulloso de un cerebrito que, tras un cierto entrenamiento, puede crear imágenes de la nada.
De un cerebrito que puede asimilar una pila de datos que tienen que ver con la aguda depresión y la consecuente muerte de una persona que jamás existió y que es capaz de enamorarnos.
Y no sólo eso. Un cerebrito que también es capaz de sensibilizarse hasta el punto de impedirse a sí mismo el sueño saludable. Como queriendo compartir algo, una empatía innecesaria pero generosa, con la víctima dentro de ese monstruo de pasta y tinta que queda sobre la mesita de luz.

29.11.13

Recuerdos de mochilebrio

El olor a lluvia de hoy no era un olor a lluvia normal. Era un plan concebido por la maligna madre naturaleza para golpear, gotita mediante, un sensor en el cerebro: un sensor que activa un archivo de recuerdos, cuyos cajones no podemos controlar. Los recuerdos del cerebro son como una oficina llena de carpetas que vuelan por los aires, y cazamos al vuelo; por acción de tardes así.
Se pasó la tarde lloviendo. Para las seis, cuando el sol bajaba (pero tras las nubes no se nota) el asfalto estaba justamente laminado por gotas saladas y la intensidad del temporal crecía y crecía y crecía. A cada rato eran más gotas. Tenían una pureza de sahumerio.
Hoy las cosas fueron un poco distintas. Todavía no entiendo por qué, pero heme aquí escribiendo esta entrada: sin buscar motivos, me puse a recordar a qué me recordaba la lluvia de esta tarde.
Fue excepcional.. Había un viento frío, a pesar de que ya es noviembre. Un desubicadísimo frío de verano, que sumado a la lluvia destartaló un ordenado almacén de recuerdos que creía más o menos organizados.
¿Organizados? Pensé olvidarme de esta experiencia de mierda, cuando nos ensopamos enteros en una ciudad infernal del sur llena de loros que chillaban. Tres días de puro infierno para el mochilero, en el cual (ni siquiera pudimos mantener la imagen) no podíamos hacer cosas de mochileros como cortar ramitas con cortaplumas o prender un fuego en algún lugar prohibido. Ni siquiera podíamos robar queso de cerdo, porque nos hubiéramos resbalado y caído de culo en el zaguán de la fiambrería.

Esperamos seis horas para que nos levanten y salir de esa ciudad de mierda, pero cuando se hizo de noche nos dimos por vencidos. Habíamos atravesado la ciudad a pie, y todo el mundo sabe que no es fácil salir de una ciudad a pie; lo rigió la falta de experiencia, o la falta de dinero.
Había llegado a su fin una intensa tormenta de tres días que nos agitó la carpa de arriba abajo. Tenía esas nubes de consuelo, tan tranquilas, que embellecen el cielo arrepintiéndose de lo que nos ha hecho. Volvíamos resignados de un mar helado como la muerte misma, que en toda su patagónica belleza nos costó tres días de un camping a precio dólar. A riesgo de pescar una neumonía grande como la ballena franca austral, no nos animamos a sacarnos el buzo polar cuando nos zambullimos en ese espejo salitre.

El balneario estaba desierto. Por la ciudad circulaban, en callecitas apenas empedradas y llenas de barro por una tormenta continua, cuatriciclos de rionegrinos pudientes que tenían balcones a la playa. Nuestro balcón consistía, por el contrario, en un camping sin agua caliente. La mayor parte de nuestra estadía consistió en tomar té sentados en las mesas del oscuro comedor, porque llovía demasiado para salir a explorar la city. Era la segunda vez que acampábamos; la primera había sido nada menos que 1000 kilómetros antes. Digamos que la cosa arrancó prometiendo: rápida, confusa, ensopada, pero con una promesa seductora de señorita con vestido transparentado por la lluvia, que mantiene apenas funcionando una vela con kerosén.
La señorita nos miraba mordiéndose el dedo índice, casi en bolas sobre la calle empedrada. "Vengan, chicos del norte. Ustedes no conocen ni la nieve ni la sal. Les ofrezco playas, montañas, mar."
El sol salía por el este, que es para donde mira el mar. Cada día, el balneario nos sorprendía con un sublime amanecer. Mejor hubiera sido que nos trajera el desayuno a la carpa, pues nunca nos molestábamos en abrir los ojos antes de las once de la mañana. Al tercer día nos cansamos de dos cosas: de la monotonía de ese pueblo hostil, y de su clima de mierda. Dejó de llover cuando estábamos saliendo de Viedma, esperando no volver nunca más.

La ruta es una experiencia increíble. Es una experiencia madre de tantas otras experiencias. O una experiencia-baúl, una experiencia que incluye a muchísimas en su seno: es difícil explicárselo, lector (como toda experiencia es imposible de transmitir, y sin embargo uno se obstina terco como una mula en tratar de relatársela a sus camaradas).
"La ruta" incluye un racconto de diversas cosas agrupables en la misma categoría milagrosa. Un café humeante en la mañana de un pueblo con vista a la cordillera; sentados en un tronco, mirando un mapa rutero como esperando que nos respondiera dónde mierda íbamos a dormir esa noche.
Largas tardes en las que el sol pegaba en la nuca y uno amontonaba piedritas en la calzada, una por cada auto que pasaba de largo.
Y noches que, si el clima inclemente lo permitía, los camiones pasaban junto a nosotros: primero anunciándose con sus faros de trasatlántico, después con un desdén atronador que hacía vibrar nuestra carpa dormida.

Cuando llueve, y el viento frío golpea en la cara, me acuerdo de Viedma no sé si con rencor o con nostalgia. Me acuerdo sus noches frías de pies empapados, pues todo el mundo sabe que las medias deben ser lo último en mojarse y Viedma tenía la puta delicadeza de ponernos charcos en el camino.

Estoy escuchando a los Cowboy Junkies. El otro día los escuché en una película llamada "Natural born killers", donde a lo Bonnie & Clyde una pareja de jóvenes atraviesan el desierto en un descapotable llenando de plomo en la cara de cuanto infeliz se les cruce.
Digamos que mis vacaciones no fueron tan intensas, pero Cowboy Junkies tiene esa mística de ruta, un improbable límite, muy díficil de encontrar en otro lado, entre erotismo y aventura.

Misguided Angel by Cowboy Junkies on Grooveshark

26.11.13

Women, pt. 3

1.
Era bonita, como un pecado de amor.
No tendría más de veinticuatro años, de cabellos blondos, de grandes y rasgados ojos grises; ojos con destellos de pecado y cocaína; ojos que tenían un algo de Satán y un algo de Dios, engarzados en profundas ojeras, pinceladas de insomnio, sobre la piel rosa-oro.
Boca pequeña, de labios pintados, tibios y húmedos, dejaban entrever al sonreír sus dientes pequeños y perlados... boca de carmín, tenía ese rictus, embustero, delicioso y un poco canalla de todas las bocas nacidas para mentir y besar; labios de mujer, de boca cansada de besar.
Las manos suaves, afiebradas y húmedas, pálidas y largas, manos de enferma, que ella cuidaba suntuosamente, como las basílicas bizantinas con berilos y caledonias que fulgían cual si fueran pupilas de gatos endemoniados. El escote atrevido, casi siempre exagerado, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, ánforas de alabastro tibio, que se adivinaban macizos tras la tenue seda; senos de hembra, senos para besar y morder.
Vestía entre el polvo y los harapos del pueblo, con telas suntuosas: rojo cardenalicio, morados sombríos, negros bordados en oro... y sin embargo, su aspecto era el de una de esas heroínas de novela moderna; un poco romántica, un poco artificial, un poco perversa... que aman el éter, la nafta, el haschisch y las aberraciones de la gran Cleopatra.
Pero lo más divino era su cabello. Aquellos rizos que le enmarcaban las sienes en un nimbo de coquetería, de bertinismo artístico, de oro, enmadejado; cabellera encrespada, como olas magníficas y luminosas.
(El derecho de matar, R. Barón Biza, 1933)


M. Stefford
1905 - 1931


















────────────────────────────────────────────────

2.
Era, en verdad, imposible contemplar más subyugante belleza que la de Marguerite.
[...]
En un óvalo de gracia indescriptible, colocad dos ojos negros coronados por cejas de un arco tan puro que diríase pintado; velad esos ojos con largas pestañas que, al parpadear, proyectan sombra sobre la tez rosada de las mejillas; trazad una nariz fina, recta, espiritual, con ventanillas un poco dilatadas por una ardiente aspiración hacia la vida sensual; dibujad una boca regular, cuyos labios se abrieran delicadamente sobre unos dientes blancos como la leche; coloread la piel con la aterciopelada pelusilla que recubre los melocotones no tocados por mano alguna, y obtendréis el conjunto de aquella encantadora cabeza.
Los cabellos negros como el azabache, ondulados no sé si natural o artificialmente, se partían sobre la frente en dos abundosos bandós y se perdían hacia la nuca dejando ver los lóbulos de las orejas donde brillaban dos diamantes de un valor de cuatro mil francos a cinco mil francos cada uno.
Nos vemos obligados a constatar, sin comprenderlo, cómo la ardiente vida de Marguerite conservaba en su rostro la expresión virginal, incluso infantil, que la caracterizaba.

(La dame aux camélias, A. Dumas, 1848)

M. Duplessis
1824 - 1847


19.11.13

"Go away, thieves of the mind!"

La creatividad es todo un tema. La receta es honestidad + espontaneidad. Dicen. Mi receta es un búnker. Tengo las cortinas cerradas. Hace calor. Estoy escuchando un disco de Laura Marling.
"Go away, thieves of the ...!"
Los ladrones de la mente. ¿Quiénes son? ¿Las acciones? ¿La hostilidad?
¿El alcohol? Digamos que degrada las neuronas. Or Mr. Pot.
"La marihuana afecta tu memoria; vos tenés buena memoria."
Dos opciones:
1. La marihuana afecta tu memoria → no la eches a perder
2. La marihuana afecta tu memoria → vos tenés buena memoria → capaz no fumás mucha marihuana → (dale para adelante).

A la hora de la creatividad, y no a la hora de la erudición, la memoria influye algo menos que la capacidad creadora; efecto, entre otras cosas, de las ondas alfa del cerebro, que la marihuana potencia.
Pero yo no fumo marihuana. Hoy tengo que crear mis propias ondas alfa, como quien hace un cultivo bacteriológico. Y en este caso, mi piletita llena de moho sería mi piecita dos por dos, más dos instrumentos de cuerdas en el piso, las cortinas bien cerradas, calor y un poquito, pero apenas un poquito, de hambre; cosa de tener una excusa, en más o menos una hora, de hacer una breve pausa.
Mientras tanto, me prometí a mí mismo escribir 10 ensayos de 400 palabras cada uno; no sé qué tanto sean 400 palabras, pero este es uno de esos ensayos de prueba no publicables.

"Go away, thieves of the mind!"
Gritaba Kerouac mirando una cascada gigante.
"Thieves of the mind". "Pensamientos invasivos". Parece increíble la lucidez de Jack Kerouac, su concisión certera. Descompongamos la frase:
"Ladrones de la mente" "invasivos ladrones" "ladrones que entran a tu mente"
"Pensamientos que entran a tu mente, la invaden, la roban"
"La saquean".
¿Qué son esos pensamientos que saquean tu mente? ¿Cómo ponerte a salvo de ellos?
Pues...
La mente pura
Es:

El "go away" de los "thieves of the mind"; sólo en una mente pura (completamente honesta, y completamente espontánea) puede darse el cultivo bacteriológico de las buenas ideas; i. e., la creatividad.
En los piletones enormes y limpios, crece espontáneamente una brizna que rápidamente deviene en flor:
Necesito diez flores. A ver si abordo la primera.



17.11.13

"La cabeza", de C. Bukowski (fragmento)

1.

LA CABEZA
Margie solía empezar a tocar nocturnos de Chopin cuando se ponía el sol. Vivía en una casa grande, un poco retirada de la calle, y a la puesta de sol ya estaba colocada con coñac o whisky. Tenía cuarenta y tres años y aún conservaba una buena figura y un rostro delicado. [...]
Desde la muerte de su marido, había tenido dos amantes, pero las aventuras habían sido esporádicas y fugaces. Parecía que los hombres carecieran de magia, la mayoría eran malos amantes, sexual y espiritualmente. Sus intereses parecían limitarse a sus coches nuevos, el deporte y la televisión. Al menos Harry, su difunto marido, la llevaba de vez en cuando a un concierto. [...] Margie se había resignado, sencillamente, a una existencia sin sexo masculino. Llevaba una vida plácida, con su piano, su coñac y su whisky. Y cuando el sol se ponía, sentía una enorme necesidad de su piano, de su Chopin y de su whisky y/o coñac. En cuanto empezaba a oscurecer, Margie empezaba a encender un cigarrillo detrás de otro.
(Bukowski)



2.
Un poco retirada de la calle, y a la puesta de sol

¿Un patio larguísimo con verde pasto y una entrada para dos autos? Pues Margie estaba casada. La casa de Bukowski era así. Su padre le obligaba a cortar el pasto, y corroboraba brizna por brizna que estuviera absolutamente parejo. Si no lo estaba, lo golpeaba.
"Pull down your pants", decía.
El joven Bukowski obedecía.

Fue así desde los cuatro a los doce años. Él gritaba cada vez. Un día, su padre le dijo:
"Pull down your pants".
Y una vez más, le aplicó una serie de potentes nalgadas, las madres y musas del rigor. Pero esta vez el joven Bukowski no gritó.
Bukowski cuenta que su padre se horrorizó; desde ese día, no hubo más nalgadas.
Esta anécdota es contada por Bukowski en la entrada de su patio (en inglés se llama "lawn", palabra que significa césped y remite al césped frontal de un hogar); señalando a la casa la llamaba cariñosamente "the house of horror".

3.
Parecía que los hombres carecieran de magia, la mayoría eran malos amantes, sexual y espiritualmente

Cuando algo no te llena. Recuerdo una pequeña piscina redonda en el campo que llenaban con agua helada de pozo; yo tenía seis o siete años y no llegaba al fondo. Pero lo que me preocupaba es que mi madre tampoco llegara al fondo. Me sentía totalmente solo, y poco importaba que fuera una piscina pequeña o un vasto océano; la posibilidad estaba de ahogarme igual. Su tamaño no importaba, sino su profundidad: la profundidad es lo que mata. A la larga uno se pone a pensar toda el agua que necesitaría esa respetable piscina para ser llenada; no mucha en comparación con un vasto océano, pero capaz de ahogarte igual.
En esto consiste el respeto que le debo a la gente compleja.
Piscinas para ahogarse.

4.
Se había resignado, sencillamente

Las teclas de un piano sonando claramente en un living room que se está oscureciendo; una repisa polvorienta, un vitreaux, acaso un gato.
Las teclas de un piano accionado por Margie; viuda joven, buena figura y rostro delicado.
Las teclas de un piano accionado por Margie que en un arranque de sana entrega había tenido la lucidez de decidir solamente corresponder al amor las teclas de su piano.
Siempre hay un roto para un descosido, pero bienaventurado aquél que no fuerza las situaciones.

5.
Y cuando el sol se ponía,
sentía una enorme necesidad
de su piano, de su Chopin

Un buen comentario no puede prescindir de un par de tecnicismos, pero el lector debe adecuarse a ellos como si fueran una anécdota, no la palabra de un especialista:
El aspecto iterativo se opone al aspecto puntual. Es una característica del verbo.

El aspecto puntual es una acción concreta en el tiempo:
"El sol se puso", "ella sintió la necesidad de".

El aspecto iterativo, por el contrario, es la repetición que revela una costumbre; el verbo permite poner el énfasis en esta costumbre y no tanto en la acción realizada.
(Cada vez que) "el sol se ponía, ella sentía la necesidad de".

El aspecto iterativo tiene algunas ventajas sobre el aspecto puntual a la hora de estetizar una narración.
El aspecto puntual nos cuenta la historia de una mujer que, un día, al atardecer, sintió la necesidad de escuchar a Chopin y tomar un whisky.
El aspecto iterativo nos cuenta la historia de una mujer que, solitaria viuda de rostro conservado y figura esbelta, resignada a una vida sin la compañía masculina, al atardecer, necesitaba (¿obstinación? ¿constancia? ¿rutina?) a Chopin y al whisky.

El aspecto iterativo nos indica el sol bajando todos los días y sus consecuencias; espero que el lector tenga la sensibilidad de reconocer esta maravilla.
El aspecto puntual nos sitúa de lleno en la noche con el sol ya puesto; no priva a Margie de su whisky, sino a nosotros del placer de conocer las costumbres de Margie.

6.
Con este cuento entiendo que los fenómenos emocionales que me parecían naturales a los 16 años, cuando en el ocio del verano se me daba por tirarme en el piso a escuchar un blues al anochecer, en realidad son la repetición de una historia ajena. Este cuento fue publicado en 1983, 10 años antes de mi nacimiento. Hoy Margie tendría setenta y tres años, si siguiera viva después de tanto whisky.
Margie y yo, y quién sabe cuántas otras personas, mantenemos vivo un ciclo de solitarios mediante una operación de reencarnación; que seguramente no empezó con Margie ni terminará conmigo.

FIN.
"Siempre hay un roto para". Margie: a mi modo (un modo naïve, un modo adolescente, un modo que prescinde del whisky y del coñac y de una renta mensual de dos mil dólares, más aún de la viudez y de la soledad), entiendo tu necesidad y la reivindico entre tantas necesidades inútiles, falaces, perversas, imaginarias, obsesivas, escondidas, hipócritas, obsecuentes o de plástico.

15.11.13

Miller y Kerouac

Suele decirse que el poeta, o el genio, se adelanta a su propia época. Es cierto, pero solamente debido a que también es un ser profundamente de su época. "¡No se detengan!", nos va diciendo. "Todo esto ya ha ocurrido antes millones de veces." ("Siempre adelante", decía Rimbaud). Pero los que se resisten a cambiar no entienden esta clase de palabras. (Todavía andan rezagados en relación con Isidore Ducasse). ¿Qué hacen, pues? Le derriban de su alta percha, le matan de hambre, de una patada le hunden los dientes en la garganta. A veces son menos misericordiosos incluso: hacen como si el genio no existiera.

(HENRY MILLER,
prólogo a "Los subterráneos" de J. KEROUAC)


14.11.13

Nota elogiosa sobre una bicicleta playera azul

Hoy no voy a decir nada nuevo.
Esta entrada pertenece a una excelsa categoría que involucra cosas viejas.
En parte escribo esto para no perder la práctica de escribir. Pero hay una práctica que me parece mucho más importante que escribir; su valor me prohíbe la negligencia de perderla.

(Algo análogo puede pensar un señor albañil:
de qué sirve escribir una novela, si se ha olvidado cómo hacer la mezcla.
Escribir no es un oficio para mí. Nunca será.
Hay cosas prescindibles, y escribir es una de ellas. Yo no soy Charles Bukowski).

Dicen que nunca te olvidás cómo andar en bicicleta. No sé si concuerdo. Hasta ahora jamás me olvidé.
En cambio, creo que hay algo que sí puede olvidarse: apreciar un buen viaje en bicicleta.
Escribo esto con suma nostalgia (estoy hablando con Tere en este momento, y tanto ella, como la promesa de un whisky por venir, me hacen extrañar muchísimo el pago).

Una de las cosas que más extraño de Corrientes es la bicicleta.
Bromeo con la comida; bromeo con el tereré; bromeo con el calor; bromeo hasta con el río; bromeo con la licencia para tomar alcohol en la vía pública (aunque eso no lo digo tan en joda).

Supongo que no "la bicicleta". El adicto no extraña la jeringa; el adicto extraña el efecto.
Supongo que no la bicicleta. Supongo, en cambio, ese viento que en las orejas hace shhh, como bien lo describe J. D. Morrison: "la brisa de la ventana / como las olas allá en la playa".
Supongo, en cambio, llegar a cualquier punto de Corrientes en diez minutos, con o sin compromiso serio; con o sin obligación de volver a casa; con o sin lluvia, porque en Corrientes te sorprende un chaparrón de la misma forma que te sorprende un semáforo en rojo.

Esto es una nota nostálgica de las que abundan. Las escribe un expatriado, antes que un escritor romántico o un correntino de corazón. Un expatriado por sana elección, pero que no deja de soñar con su ciudad cada vez que ve contrariado a algún suertudo pedalear por una calle empinada. Pues en Corrientes no existe tal cosa como las calles empinadas.
Irse es la mejor forma de destilar lo mejor del hogar; "heureux qui, comme Ulysse, a fait un beau voyage et puis est retourné pleine d'usage et raison...".

Licor que, en dos tragos y con hielo, uno bebe cuando le toca regresar.

Women, pt. 1

13.11.13

La mirada

Está en la chica con la que coincidís al abrir la puerta de entrada. Ella se apresura a encerrarse en el ascensor mientras vos, en el lobby, te quedás con el hola en la lengua en pleno rastro de su frutal perfume.
Está en la señora con la que te tropezás mientras ella sale del supermercado con las bolsas en la mano; una señora tan insolentemente tímida para pedir ayuda que te la negaría si se la ofrecieras.
Está en el joven muchacho que, con auriculares en las orejas, sale a pasear a un perro de departamento: un filántropo de vocación, tan harto de su oficio que hace una pausa al calzarse los auriculares.

Está en todos ellos esta mirada tan particular. Una mirada concisa. Una mirada que te recorre de arriba abajo; desde el mechón despeinado que inaugura tu coronilla, hasta la punta mugrosa de las zapatillas tipo converse.
Es una ojeada fugaz, pero lo suficientemente larga para deducir con certeza cómo te vestís, qué hacés, si sos nocivo o corrosivo y cuánto ganan tus padres; si vale la pena saludar o mejor ni gastar saliva.
Es un gesto mudo y desinteresado. Es lo único que en la calle se prodiga. Es un juicio sordo e inapelable, que lo único que tiene es un fino ojo y un filoso acervo de prejuicios criados en el miedo a los otros.

No me duele ni me alegra decir que la mirada es un registro más que eficiente; es una herramienta al alcance de cualquier señora que, al verte, saluda apenas con la cabeza y las dos manos sobre su cartera.
Es una herramienta irreemplazable. No requiere esfuerzo. Es única como una tarjeta de beneficios del Club La Voz. Es de esos registros económicos, tan útiles en la ciudad.
La mirada es el primer golpe de una gigantesca excavadora que sigue abriendo abismos.

11.11.13

Out Law

Stuck Inside of Mobile With the Memphis Blues Again by Bob Dylan on Grooveshark

"the rainman gave me two cures
then he said, "jump right in!"
the one was Texas medicine
the other was just railroad gin

and like a fool I mixed them
and it strangled up my mind
and now, people just get uglier
and I have no sense of time..."

10.11.13

Blues para Ike

Ike. Me acuerdo que de chico me sorprendía el mutismo de Santana, que tocaba la guitarra pero no cantaba. Eso para mí era una aberración, como los CD's que no traían ni las letras de los temas, sino apenas una foto de la banda haciéndose la narcicista, a veces ni eso. El rock era una figura estándar con funciones bien marcadas; no importa si bien o mal, pero cantar era normal. Más o menos laxa, ésta era mi postura.

Ike.
Una vez hasta le pregunté a mamá "mamá, ¿Santana es mudo?"
"¿Por qué, hijo?"
"No sé. No canta nunca."
Peor que nunca. En este tema puede escucharse a Santana apenas tartamudeando algo como mamumamamachuma en una voz muy grave mientras Wyclef Jean canta otra cosa. Esto era, para mí, la prueba final de su mutismo. Los mudos o no hablan, o emiten unos soniditos guturales que no comunican nada. Acaso el mutismo de Santana, del que se le habrán reído mucho en la escuela al pobre, era la razón por la cual decidió no cantar nunca y agarró como consuelo una guitarra. Si la logró dominar con maestría o no, no importaba; Santana lidiaba con la cruz de su fracaso.

Ike. El mutismo, ¿discapacidad?
La palabra del mudo no puede expresarse. Al no poder hablar, Santana se habrá guardado muchas cosas en la boca.
Quizás Santana tuvo alguna especie de diario personal en el que escribía todas las cosas que no podía decir a nadie. Nunca se me ocurrió pensar eso. Acaso daba por sentado que, mediante su guitarra, él decía todas las cosas que no podía decir con lengua, labios y dientes.
Hoy no cabe duda de que Santana no quiere cantar ni lo necesita. Pero en ese entonces, era todavía inconcebible para mí. Bastaba este fino rasgo para hacer de Santana un músico sui generis. Porque aparte, Santana no es el nombre de su banda; Santana es Carlos Santana, Santana es sólo él.
¿Cómo entonces es que, él estando solo, no canta ni le interesa cantar? ¿No es un músico monstruosamente incompleto?

Ike. ¿Santana era dis-capacitado?
Palabra hoy por hoy en tela de juicio.
En realidad, hoy por hoy tela de juicio significa más bien "indianajonesiana búsqueda del eufemismo más apropiado".
Merced a esta búsqueda y en defensa de Carlos Santana: él parecía mudo, pero hacía muy bien otras cosas; entre ellas, tocar la guitarra. Mi profesor de guitarra decía, por ejemplo, que tenía un muy buen vibrato.
Tenía los cinco dedos puestos sobre el mástil y sacaba de él sonidos que iban del voltaje al sedante; su guitarra, bermeja y carísima, acompañaba dignamente a músicos como Maná y Rob Thomas, allá a finales de los noventa.
Tenía los cinco dedos puestos sobre.

Ike.
Estoy muy exhausto y muy ocupado para una nota biográfica extensa, así que voy a recurrir a un libro de mi biblioteca que resume más o menos bien lo que yo me abstengo de contar, así puedo pasar a otra cosa; más específica, lo que particularmente nos atañe aquí y ahora, bajo esta mansa lluvia.
Nació en una caravana de gitanos. Pasó sus primeros años en los caminos de Bélgica, acompañando con el banjo los bailes de un oso y una cabra.
Tenía dieciocho años cuando su carreta se incendió. Quedó más muerto que vivo. Perdió una pierna. Perdió una mano. Adiós al camino, adiós a la música, dijeron los médicos. Pero recuperó la pierna, cuando se la iban a amputar, y de la mano perdida consiguió salvar dos dedos. Y con esto le alcanzó para convertirse en uno de los mejores guitarristas de toda la historia del jazz.
Había un pacto secreto entre Django Reinhardt y su guitarra. Para que él la tocara, ella le daba los dedos que le faltaban.
(Eduardo Galeano, "Resurrección de Django"
en "Espejos", pág. 246) 

La mano izquierda de Django Reinhardt, la que se ubica sobre el mástil de su guitarra, tiene tres dedos encogidos sobre la palma. Si uno ve una foto de Django Reinhardt tocando la guitarra, parecería que siempre está haciendo un extraño acorde de sólo dos notas: ése acorde bifalángico, mucho más limitado que el acervo de sonidos que posee Santana, le alcanza.

Ike. 
Santana y su mutismo. ¿Qué dejamos para este pobre guitarrista gitano? Que aparte de no cantar nunca, tiene tres dedos encogidos sobre el diapasón. No sabemos qué palabras tiene para decirnos; apenas los títulos de sus canciones prefiguran un ambiente, que jamás adivinamos con palabras. "Chez moi a six heures" o "September song" no son palabras que conformen precisamente un relato. Mutismo extremo. ¿Qué necesitamos para tener un relato?
¿El relato hecho?
¿O precisamos más bien eso que sugiere la guitarra de Django Reinhardt; eso que, fertilizado por el estímulo de una imaginación suave como un perfume, produce casi accidentalmente su propia historia?

Es así que "Canción de septiembre" es una extraña melodía que solía escuchar, conmovido, bajo los árboles moribundos de mayo. Es así que "En mi casa a las 6" es una crónica única del encuentro con una mujer, estipulado a las 8 de la noche, en un bar del centro de Corrientes.

¿Sonido universal?
Discapacidad + mutismo. Tres dedos que producen una melodía sin igual; pues, habiendo sobrevivido al fuego, no le queda a Django sólo la habilidad (que ya es bastante), sino algo todavía más importante: el estilo.

Éste es un blues para Ike. No es un blues, y se lo dedico a Django Reinhardt.

7.11.13

Ni un día sin una línea / take it as it comes

"Ni un día sin una línea". Maldito Zola. Después uno se siente totalmente inútil.
"Ni un día sin una línea"; hábito cultivado por el hábito periodístico, que obliga a escribir sobre temas de interés general todos los días sin excepción. La efectividad del periodismo es su regularidad: el periodismo es un oficio casi intestinal. O se hace siempre, o no se hace. El periodismo comparte un tinte de responsabilidad fatal con las panaderías, con los hospitales.

Estos trabajos me llenan de una admiración temblorosa. Mi familia está compuesta por docentes. Los docentes trabajan de lunes a viernes, a veces medio día. Es un trabajo del que cabe reclamar vacaciones y fines de semana.

Pero no puedo elegir olvidarme de mi trabajo si soy periodista. La señora quiere comprar el pan, que ya debe estar hecho cuando lo venga a buscar.
Al señor le está dando un paro cardiorrespiratorio. En Nochebuena.

Responsabilidad.
"Ni un día sin una línea. Ni un día sin una tira de pan, o sin una RCP". Zola (pero en realidad, muchísima otra gente también) me hace sentir irresponsable. La grandeza es en realidad un hábito bien cultivado que consiste en ser lo que uno es, todo el tiempo y sin pausa. De nada sirve un gran rescatista
que a la hora de salvar tu vida decide tomar agua de coco bajo una palmera.
El hábito que roza la tozudez es la clave de muchos oficios. No todos.
Mi ascendencia eminentemente compuesta por docentes me hace inclinarme por esos "no todos"; quién pudiera descansar del trabajo dos o tres días por semana, para reincorporarse un lunes, eso sí, odiando la vida.
A menudo pienso que los basureros no deben odiar los lunes, si ya están trabajando desde el domingo. A estos héroes me refiero. Zola lo mismo.

Pero mi viejo me diría que la diferencia entre Zola y los basureros son dos:
1. Zola es una figura histórica (pero ni mi viejo ni yo sabemos por qué);
pero sobre todo
2. Zola "hacía lo que le gusta".

"Ni un día sin una línea". Zola era escritor, decidió ser escritor, igual que decidió ser periodista. Escribió una novela de veinte volúmenes, confección que debe a la costumbre casi viciosa de escribir un poco todos los días. Debe esa costumbre casi viciosa a un oficio periodístico; un oficio constante.

A la larga, todos los grandes hombres se deben a sí mismos algo que les ate. Un oficio que amen (he conocido taxistas que aman ser taxistas); pero a cambio de este amor, la entrega debe ser incondicional. Me asusta la expresión 24/7. Es como la cárcel. Uno no puede escapar de ese oficio que ama, e incluso a veces uno no puede escapar de los oficios que no ama también, como el activismo o la maternidad. Hay algo de kafkiano en todo esto. Uno no puede evitar sentirse siempre en jaque por fuerzas exteriores. ¿Me entiende, lector?


Time to live
Time to lie
Time to laugh
Time to die
Take it easy, baby
Take it as it comes
Don't move too fast
Los de mi generación (no sé si todos, ni si solamente nosotros) tenemos un cierto pánico al compromiso. ¿Cómo no elegir aquello de lo que podamos huir fácilmente? El matrimonio es una institución fosilizada; nada nos aterra más que un fósil. Más aún, convertirnos en fósiles nosotros mismos.
Allá lejos en el tiempo (no así en el espacio) están las grandes iglesias góticas que hoy no son bares o bibliotecas. De última, una modesta iglesia, efímera también, como las que saben construir los mormones en los empalmes. Probablemente en diez años vengan de plástico desmontable.

El terror de una posible esclavitud está siempre ahí a la hora de elegir nuestra vocación, pero nosotros ponemos cara de que amamos lo que hacemos. Y esgrimimos una frase casi ad hoc de Confucio: "elige un trabajo que ames y no tendrás que trabajar un solo día en tu vida".
"Menos mal", piensa el adolescente frente a su pedagogo.
É. Zola (1840 - 1902)

5.11.13

The Incredible String Band - "October Song"

"When hunger calls my footsteps home..."

Un punto ciego es un lugar donde uno se sienta y ve sin ser visto. Del espía, más que el anhelo, es el objetivo.
Para mí, antes paseante que espía, los puntos ciegos de la ciudad son un pasatiempo inocente. Un domingo a las seis de la tarde, me senté bajo una acacia del parque Sarmiento a terminar un libro.
La tarde es la agonizante más preciosa. El sol pierde su candor entre las hojas y el observador es testigo pero también agente.
Yo miraba al sol sin ser visto. Estrategia. Economía. Discreción.
¿Punto ciego? El parque Sarmiento está lleno de gente los domingos.
Señores: he aquí la gloria de haber encontrado una acacia.

"The fallen leaves that jewel the ground,
they know the art of dying..."

Era un domingo de abril, mes contrario a octubre.
Abril es el mes de mi cumpleaños. Seis meses después, el 22 de octubre me encaja circunstancias harto distintas. El año que despega es en octubre el año que decrece. La mente está puesta en otras cosas; las fantasías de uno sufrieron una severa alteración en los polos.
El libro que leía esa tarde hablaba sobre los mayas, que guerreaban entre ellos por no encontrar la armonía. La armonía para los mayas es la conciliación de los opuestos. Esto es algo que yo siempre tengo presente; acaso más que los mayas: el 12 de octubre, hombres vestidos de hierro los encontraron los unos sometiendo a los otros por diferencias inconciliables.
Mi cabeza divagaba en Tlaxcala. El domingo había dejado de ser un mal chiste. Cuando el libro se terminó con la llegada de los hombres rubios de ojos azules (que habían "llegado del mar") el sol temblaba en las últimas como brasa que hay que atizar. Teníamos una obstinación cansada, el sol y yo. El domingo preparaba su partida, con resignación de fénix desplumado.

"I met a man whose name was Time,
he said 'I must be going', but just how long ago it was
I have no way of knowing..."

The Incredible String Band sacó su debut en el año 1966, un año antes del año que, según dicen, fue el mejor de la historia de la música occidental.
El segundo tema de su disco homónimo se llama "October song". Tiene una de las letras más hermosas que escuché en mi vida.
Sri Sri Ravi Shankar tiene una frase que leí hoy: "la meditación para el alma es como para el cuerpo la comida".
Om. Sílaba sagrada, que se asemeja al sonido del universo. Hesse dice que meditar es como afinar el corazón en el mismo acorde que el cosmos. Sentado bajo la acacia, atizar la brasa para que no se apague. El candor de un banquete que yo como, escondido desde mi rincón. Una larga y oscura sala de comedor iluminada apenas por un candelabro, cuya llama danzante me habían encargado. Punto ciego, porque el ciego no era yo.
Cuando oscureció al fin pensé: "yo también tengo que ir yendo".

3.11.13

Putrefacción pop: la frialdad institucional de cancelar

Activistas feministas hacen cola en Rosario para interrumpir gratuitamente embarazos con una droga: "tengo derecho sobre mi cuerpo" o "saquen sus rosarios de mis ovarios". La discusión es vieja. Pero reflexionemos un momento sobre la grotesca imagen de mujeres y mujeres haciendo fila en hospitales para matar fetos con drogas inocuas. Sólo reflexionemos. Es una imagen que no golpea directamente a la emoción; yo, particularmente, siento más una punzada en mi médula de Huxley.

¿Es que la efusividad de un nuevo discurso, que se asemeja a una revolución (o acaso es la revolución misma) madura y madura hasta volverse reclamo de ley
y madura y madura hasta volverse legítima
y madura y madura hasta volverse de la misma materia compacta y fea de la que se compone aquello contra lo que alguna vez luchó?
Se refieren algunos al mal de la masividad; hordas de gente haciendo cosas porque [...?].

A esto me refiero con un discurso podrido. Las palabras, en un momento dado, se vuelven fruta apestosa traída a menos.
"Apestar": el mal olor se hace perceptible; sin necesidad todavía de ver la fruta, de oírla o de tocarla. Las partículas del mal olor llegan a nuestra nariz anticipándose a su fuente, haciéndonos fruncir la cara en la sospecha de que algo anda mal; confirmación que llegará después cuando la fruta en el suelo amarillenta y con moscas.

La música es el único discurso que no se pudre. La música (liberada de lirismo y de agresividad jamás traducible) es, entre todas las frutas del Edén, el mármol que constituye sus puertas.

1.11.13

bràthaireil

] Feliz noviembre a tutti!
En 2009 una encuesta realizada por OnePoll.com, 5 mil mujeres participantes aseguraron que el acento del inglés irlandés era el más sexy del mundo, seguido por el italiano, el inglés escocés y por último el francés.



Hace un tiempito venía obsesionado con la lengua celta.
Esta obsesión se remonta a cuando en un libro del lingüista André Martinet leí que la palabra glas (de la que deriva Glasgow) hace referencia a una ambigua gama de colores que va desde el verde a el azul, sin cubrir totalmente el espectro de ninguno.

La rama celta tiene muchas manifestaciones individuales.
El Ulises está plagado de pasajes en irlandés, que reivindican un folklore de cuyo deterioro se acusa a los ingleses y a los judíos. La música bretona es pródiga en referencias muy poéticas a cataratas y a barcos perdidos en la neblina. Tolkien se basó en estas lenguas para crear el élfico, lengua artificial con una morfología única. Uno esperaría que la versión de blackbird en gáelico sonara remotamente similar, pero no; surge la sospecha de lo diferente que es el celta del inglés.

El pueblo celta es un pueblo que alguna vez ocupó una zona amplia de Europa occidental; hoy recuerdan esa época con más o menos efervescencia revolucionaria.
Ejemplos: la mítica I.R.A., o la williamwallaceana frustración de los yonquis de Trainspotting que frente un sublime paisaje alegan que Escocia es una mierda colonizada por unos imbéciles.
Los curas bretones tienen fama de ser gordos y salvajes. El bretón mismo tiene fama de ser una lengua de provincia, vulgar y soez. Se adivina un imperio bajo la tierra (los lingüistas lo llaman 'substrato', como el humus que alimenta las flores que uno ve sobre la tierra), milenario pero conquistado, forzado con los siglos a ser fiel a una herencia que viene de unos lares no lejanos, pero ya muy distintos.

Hace un tiempo me pregunté cómo es que en Europa no hay indígenas.
¿A ver...?