14.12.12

Purificación

1.
Un neuquino bueno (aquél que habrá saldado la deuda con su provincia, conociendo a fondo sus dinos) sabrá lo largo que es el desierto, camino de entrada a un pueblo llamado El Chocón. Quiero escribir esta crónica solamente para no olvidarme del calor que sentí ese día exponiendo mi bronceado de camionero y cargando una guitarra pesadísima a través de todo ese camino; ha dicho Aristóteles que la purificación se logra mediante una amplificación (no usó estas palabras) de la misma emoción impura, pero manteniendo una distancia. Se me ocurre como la más lógica de las soluciones liberarme del calor y de los mosquitos, en mi húmedo taragüí, escribiendo sobre uno de los días más calurosos de mi vida: y tiene como escenario nada casual el arribo al Chocón, un pueblito perdido y encontrado en Neuquén de cara al lago más azul que vi en mi vida.
Consejo repetido hasta el hartazgo éste de viajar, para: 1) ver cosas nuevas 2) "abrir tu cabeza" (¿qué tiene que ver todo esto con nuevas experiencias?, pienso ahora que estoy lejos). De lo único que puedo alardear, y esto nomás agrandándome frente a algún lector hipotético que no viva en la Patagonia, es de haber conocido ese azulísimo lago que en el recuerdo me parece una de las cosas más hermosas que vi. Era tan azul que no se veía el fondo; causa contraria y misma consecuencia son los ríos de esta región, que están tan sucios que uno no ve el fondo. Pero uno no tiene escrúpulos en meterse hasta la cabeza en el lago azulísimo en cuestión; pero estoy acá para redactar una crónica de dukkha, no para purificarme recordando ese impuro lago que nada representa el calor que siento en este momento.
(Como cuando, para bañarme con agua fría, gritaba para no sufrir: "Traful, Traful").

2.
El camino estaba marcado vagamente en la arena por un asfalto compacto e hirviente; las líneas, que han surgido como convención de ingenieros, marcaban para dónde había que ir camino de ida y camino de vuelta. No sabíamos bien cuál de las dos líneas seguir, pero optamos por seguir el de ida, aunque no se viera el pueblo sino más allá de dunas espinosas y no menos hirvientes que el camino; a una distancia que, calculaba, no era menor a seis kilómetros. El camino, si mi mente no me engaña con sus imágenes (signos de la idea de un concepto, dice Eco en su obra más renombrada: el concepto la ruta, la idea mi ojo y el signo su espina), era cuesta abajo, lo cual lo hacía un poco menos sufrido porque nadie pensaba, en realidad, en el camino de vuelta. Ahora que menciono el camino de vuelta, no recuerdo cómo salimos del pueblo. Ese día lllegamos con muy buen humor. Diego, influenciado por Into the Wild seguramente (película que nos instó a ver pero no llegamos a ver antes del viaje) fue feliz al bañarse en el azulado lago y nos instó a los otros dos a hacer lo mismo; fue el baño más refrescante de mi vida. A veces, sobre todo los días de frío, me siento culpable por ensuciar el lago con desechos de acondicionador para el cabello.
Pero desvarío. Sí, era cuesta abajo, y en nada colaboraba contra el sol abrasador. Nuestro optimismo era desmedido, porque nos llevaron allí después de una espera de casi dos días en un páramo desolado, donde había solamente una estación de servicio, un hotel y un viejo pedófilo que se hacía pasar por cacique mapuche (luego supimos que las palabras que él decía traducir en mapuche con una sonrisa desdentada, en realidad no eran tales y un verdadero cacique mapuche se rió de sus ocurrencias y nos dijo el significado verdadero de, por ejemplo, Chos Malal). De modo que, por designio del destino, caminamos esa ruta cuesta abajo de buen humor, anticipándonos a los hechos: el invierno estaba muy cerca, porque Bariloche estaba muy cerca, cada vez menos aunque lo nuestro fuera camino de hormiga. Y pronto veríamos, al salir de ese desierto espinoso, inmensas moles de piedra con pinos, y turistas extranjeros que eran de buen agüero, porque elegían siempre los lugares más vistosos. Pero una parada, entre mágica y obligada, era este pueblito de Neuquén. Y mientras caminábamos podíamos ver, y esto no lo dije hasta ahora, el lago azul al fondo. Rodeado por modestas sierras que nada tenían para atraer a un turista ruidoso, pero que en cambio, por su sencillez, nos seducían a nosotros. O acaso sólo a mí, que aprovecho haber aprendido la figura retórica del plural también modesto.

3.
Para Zapala, que fue no menos de siete días después, estaba totalmente marrón; para Salta, que fue no menos de veinte días después, mi piel había adquirido un saludable tono naranja. Creo que debo la mayor parte de esta inesperada melanina (mi piel curada de espanto, acaso también purificada) a esa larguísima caminata que no hizo más que aplacarnos el buen humor. Y todo bajo el sol abrasante que ya mencioné e inmensas planicies llenas de espinas, planicies de leves ondulaciones con perros muertos y quién sabe qué bichos del desierto (no me aventuraría ahí en verano jamás, y era enero); quién pudiera componer una canción inspirado en su silencio, de manera que sonara como esas melodías aborígenes australianas. Arbustitos pequeños, que nos llegaban a la cintura pero que no medimos; a lo lejos el pueblo, a lo lejos, del lado opuesto, la estación de servicio y la milagrosa ruta a Bariloche. Nosotros in medio, muertos de sed y de cansancio a causa de unas mochilas que tenían nuestro peso y de una caminata cuestabajo por la dificilísima banquina; sumado a la frustración de no poder conseguir un "aventón" hasta el maldito (ya maldito) pueblo que estaba ahí nomás. Nuestro humor fue decayendo, ya lo digo, progresivamente.

Ya lo dice Kerouac, o dice otra gente que dice Kerouac, o lo dijeron los antiguos budistas citando a Kerouac o más probablemente al revés: la vida es sufrimiento. Puede ser, pero no puedo estar seguro de haber sufrido desde aquél baño en el lago azul. No me di cuenta ahí, pero sí poniendo las cosas en perspectiva: mi vida no ha vuelto a ser horrible desde ese momento, si alguna vez lo fue. No recuerdo desde entonces un solo momento en el que haya preferido la muerte. ¿Sumergirse en ese lago azul tendrá alguna especie de efecto mágico? Ahora tengo miedo de zambullirme ahí de nuevo, no sea cosa que el embrujo se revierta; ciertamente, soy feliz desde entonces si bien podría alegar, arriesgándome a sacrilegio, que también era feliz desde mucho antes.

La historia de esta entrada termina cuando empieza nuestro alivio; a la ruta le empezaban a crecer pinos secos, y vimos de cerca una granjita con animales.


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