14.12.12

Naturaleza de los haikus

Según íbamos subiendo el lago aparecía debajo de nosotros y, de pronto, en aquella superficie azul claro vimos los profundos agujeros donde el lago tenía sus manantiales, igual que pozos negros, y también vimos cardúmenes de peces.
— ¡Esto es como una mañana en China y he cumplido los cinco años en el tiempo sin principio! —exclamé, y sentí ganas de sentarme en el sendero y sacar mi cuaderno y escribir mis impresiones sobre todo aquello.
—Mira allí —dijo Japhy, entusiasmado también—, chopos amarillos. Esto me recuerda a un haiku: "Al hablar de la vida literaria, los chopos amarillos."
Al caminar por esos parajes se pueden entender las perfectas gemas de los haikus que han escrito los poetas orientales, no se embriagaban nunca en las montañas, no se excitaban, simplemente registraban con alegría infantil lo que veían, sin artificios literarios ni expresiones delicadas. Hicimos haikus mientras subíamos serpenteando por las laderas cubiertas de matorrales.
—Rocas en el borde del precipicio —dije—, ¿por qué no se caen?
—Eso podría ser un haiku y no serlo —dijo Japhy—, quizá resulte demasiado complicado. Un auténtico haiku tiene que ser simple como el pan y, sin embargo, hacerte ver las  cosas reales. Tal vez el haiku más grande de todos es el que dice: "El gorrión salta por la galería, con las patas mojadas". Es de Shiki. Ves claramente las huellas mojadas como una visión en u tu mente, y en esas pocas palabras también ves toda la lluvia que ha estado cayendo ese día y casi hueles la pinocha mojada.
(The Dharma Bums) 

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