3.12.12

Este año en general, al estar todo como nunca en condiciones de depender nada más que de mí mismo, empecé intuitivamente un proceso de autoconocimiento mental en el cual trato de manejar, lo mejor posible, las emociones propias para abocarlas con más energía a las cosas que me nacen en un momento como responsabilidad ética. (¿Qué?)
No pienso explayarme mejor sobre esto. Lo que es importante hoy es descubrir que esta mi muy humilde capacidad de controlar mis estados de ánimo, alejando algunas sensaciones o pensamientos e intentando como puedo atraer otras para algún fin específico, fue practicada hace mucho tiempo (y tengo la sospecha de que hoy sigue siendo practicada) por una religión de la cual se tiene una idea difusa más que un conocimiento profundo en el mundo de hoy: el hinduismo.
No sé si sea una religión en un sentido tristemente dogmático que conocemos nosotros; ya el año pasado leí que Borges citaba un texto en el cual decía que se podía ser hinduista o budista siendo a la vez cristiano o musulmán. Está claro que no es una característica inherente a Occidente el ser tan dicotómicos, pero es en cambio un malestar generalizado. El hinduismo, según lo poco que sé, no es así. Y es por eso que, se me hace, los artistas o los pensadores más brillantes o por lo menos más completos tuvieron en algún momento un acercamiento leve o profundo a este estilo de vida: desde Hesse a Lennon, todos quisieron ponerse en contacto con estos modos de percibir la vida y la naturaleza, que el new age ha recuperado, según tengo entendido, tiñéndolo de superstición. Estamos llenos, y sobre todo a fines de marketing, de palabras que suenan tan "orientales" y que no hacen más que construir la confusión, una confusión que las une con ese vulnerable mundo tan desprolijamente estructurado que vivimos en las grandes ciudades donde lucramos sin peligro.
Hace un tiempo tenía miedo de abordar las lecturas sobre este modo de ver el mundo, simplemente porque no sabía por dónde empezar. Hace dos semanas sí sé, y ahora lo estoy leyendo de a poco sistemáticamente. El puntapié inicial fue Los vagabundos del Dharma, un libro lleno de pasajes muy interesantes que poco más o menos fui adaptando a mis propias necesidades, y abordaré en un tiempo una relectura, para ver si mis necesidades felizmente cambiaron. El hinduismo, como todo fenómeno cultural nuevo y complejo, está lleno de su terminología propia que es la que los comerciantes adoptaron; todo el mundo conoce a la señora que vende sahumerios y usa de esas polleras grandes y coloridas, pero no muchos entienden a qué se refiere cuando dice la palabra "mantra". Por decir un ejemplo de algo que aprendí hoy: "mantra" es simplemente un sonido, revestido de un manto sagrado, que nos ayuda a, con su repetición, alejar los malos pensamientos. El clásico OM, representado por escrito con el símbolo ॐ. Mediante su repetición consciente, la mente se libera de los pensamientos improductivos y se encuentra progresivamente más clara y tranquila. Aquí la cosa se tornó preocupantemente parecida a lo que vengo cultivando hace ya más de un año: pero con una vuelta de rosca más, a saber, un tinte de espiritualidad, una elevación más allá de lo humano y cotidiano (la paz cotidiana, una especie de sumiso aturdimiento, fue en realidad lo que buscaba con mi sosiego a rasguñones y que algunas veces me sirvió, pero otras veces fue imposible). Encuentro en una doctrina, que no se caracteriza por su violencia y pocas objeciones tiene en cuanto pocas objeciones emite, una respuesta a lo que buscaba y una proposición para buscar algo nuevo. ¿Por qué no seguir ahondando en este misterioso cosmos, perteneciente a la segunda parte de la humanidad, que los de este lado (vaga región cultural llamada Occidente) solemos ignorar deliberadamente?
El camino es larguísimo, difícil no sé, pero sobre todo largo; hay algunos, conozco y los menospreciaba, que ahora lo están transitando. Puede llegar muy lejos o cortarse mañana; lo que me gusta es una idea preconcebida de libertad, que quise aplicar a las oraciones del cristianismo cuando iba a la iglesia y me dijeron repetidas veces que no, que estaba mal, que así no se rezaba. Todo esto para qué sirve, no sé. Tampoco aspiro a la budeidad o al nirvana, porque pienso que estoy muy contaminado, si es que no soy íntegramente formado de, la esencia enfermiza de Occidente. No sé a qué atribuir el vocablo de "enfermiza"; un gigantesco hastío de la división que se nos impone, haciéndonos ver al otro desde siempre como el competidor hostil que viene a escupirnos el asado. El asado: la vaca sagrada de la India.
¿Alguien sabe qué es ese círculo con forma de rueda que está en la bandera de la India?
A riesgo de sonar pedante, como los viejos maestros que nos inundan de palabras incomprensibles, deseo explicarlo brevemente con toda la concisión que me es posible (aunque no me destaco por ella):
representa la rueda de lo sagrado, lo que siempre se repite, la verdad universal.
Otra vuelta de tuerca de la creencia, pobremente cultivada, que espero conocer un poco más profundamente.

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