31.12.12

2012

Ya Eduardo Galeano relativizó todo lo que se puede el significado del fin de un año; en uno de los peores momentos de la historia en el que lo podía hacer: el paso del segundo al tercer milenio después de Jesucristo. Más allá de eso, aprovecho esto sólo para poner un punto final al trabajo (¿trabajo?) de escribir acá por este año, ya que, para no mentirme a mí mismo, no voy a publicar más cosas por ahora. Hace tiempo no publico nada, y está bien.
De cualquier manera sentía que no podía hacer esto sin un cierre. Sí sin un balance; eso es precisamente lo que omitiré ahora.
Ya hace un año este blog es una poderosa muralla de dos partes a través de la cual se canaliza un caudal de tikitikis en dos o tres teclados distintos. Creo que no es nada más que eso. La razón por la cual devienen los tikitikis, a veces organizadas y a veces no tanto, está abierta a un estudio ajeno a la finalidad misma del blog y por lo tanto no corresponde explicarla aquí tampoco.
Esto es un medio muy valioso y lo aprecio; por eso necesitaba un broche de oro oxidado para que lo luzca en las cenas de gala de fin de año.
Sin más: ¡feliz 2013, y vuelva pronto!

28.12.12

Los sauces

En el fondo del barrio (cerca de la casa comunal de los drogadictos, o de la planta purificadora de agua) están los únicos sauces que tolero. En las siestas de otoño me tiro por ahí sin mirarlos; por azar esparcidos cerca del río, se siente siempre su brisa intuitivamente aunque no se lo vea a él. Y si uno se acerca empieza a sentir el hedor a óxido del astillero ha treinta años abandonado. Lo digo comparándolo con el té de mi abuela, que  escucho que está revolviendo ahora; y aunque lo olería si subiera las escaleras, no lo veo.
(Los hebreos tenían una palabra muy curiosa para denotar a las escaleras: gg, que es a la vez verbo, sustantivo y adjetivo. Guarda relación etimológica con Gog, mencionado en la Biblia como el fundador de la mayoría de las tribus de Oriente Medio).

El té siendo revuelto en el fondo de mi casa o el sauce siendo agitado por el viento en el fondo de mi barrio; el cambio de escalas puede suceder a cualquier escala. Piénsese en un iceberg siendo partido al medio por algún acorazado, en el fondo del mundo; piénsese en la última piedra arenosa de Plutón o en ese piojo que cuelga de la oreja derecha de su perro caniche.
Los últimos serán los primeros, me dicen y yo no entiendo. Pero como Siddharta desalienta a usar las palabras ("no tienen aroma, textura, color, sólo tienen una cosa: palabras"), yo también intento comprender todo mediante hechos. Hechos inverificables o inodoros como el té de mi abuela; hechos que no están demasiado lejos de la imaginación, ella que los anhela pero que no es requisito per se para que los hechos tengan lugar efectivo.
La imaginación, sin embargo, cumple ese rol importante de querer activar lo que nosotros queremos ver; el sueño más puramente manifestado, aquél en el que se corre a doscientas mil millas por hora a campo traviesa para llegar a una laguna gris del tamaño del mundo, es producto de nuestra imaginación. Pero su belleza hace que queramos estar ahí; si los sauces del fondo del barrio son imaginados por mí, es porque me están llamando para que los visite.
Descuelgo un saco con los botones mal cosidos de tanto uso.

25.12.12

Azul

El sentirse azul (feeling blue) es un estado muy especial. A pesar de que el estudio de la cromática liga este color a la mente, lo cierto es que en muchas ocasiones el azul inspira un estado que trasciende cualquier frontera mental, tomándonos de la mano hacia una expansión versátil que nos recuerda la metacorporalidad.

19.12.12

Lulu volvió a la ciudad

Hoy:
una recomendación musical. Porque yo seré demagogo, pero también puedo ser psicagogo (y esto es algo un poco más personal), de manera que me gusta ganarme adulaciones simplemente compartiendo lo que me pone de buen humor; lo que, como estamos todos socialmente determinados, generalmente pone de buen humor también a mis allegados.

Primero paso a describir su situación relativa ideal, cosa que no la pasen mal reproduciendo el tema-recomendación en algún momento equivocado (funerales, cenas de recepción, citas con chicas aburridas, etc).

La mañana en Corrientes se caracteriza por ser tan indulgentemente tórrida como todo el resto del día, ya que el sol no discrimina: nos odia a todos por igual. Hoy recordaba esas mañanas de invierno donde el viento arrecia y no te deja peinarte, donde tenés que ponerte una bufanda para tender la ropa o donde (igual que en verano, pero por distintas razones) no tenés ganas de salir de tu casa; hoy no es una de esas mañanas, ya habrá sospechado el perspicaz lector. Y el gran perjuicio que tiene Corrientes a nivel turístico es no tener ni una de esas mañanas en toda la temporada de verano.
Lo que no quita que tenga su encanto, pero es un encanto incomprendido. Lo ames o lo odies, es inexorablemente cruel y si bien nos trae concesiones y alegrías, nos impide hacer otras cosas. Qué argentino no quiere levantarse a las 7 de la mañana con un mate amargo, y no chivar como desgraciado a fin de satisfacer este deseo.
(Es difícil definirlo como deseo, porque leí que la yerba mate está incluida en el costo de la canasta básica de los argentinos. Lo cual hace más grave la cosa, pero no me voy a detener ahora en análisis económicos.)

La cosa es que siempre debiera buscarse la manera de hacer todo más leve. Pero la gente no se da cuenta y se queja. Y aquí entro yo. Porque me molesta que la gente se queje, ya que "el hombre feliz acepta las maneras de lo que le es inevitable": lo mejor que puedo hacer, si usted asiduo lector es una de esas personas, es recomendarse que cierre el pico que el calor siempre existirá y siempre ha existido; más o menos como la corrupción o los platos sucios.
Lo que no siempre existió, y lo que tampoco sabemos si será olvidado en las generaciones venideras, es Thelonious Monk. Que es uno de los antídotos para una mañana desagradable, pero el mundo tiende a olvidarse de los antídotos.

Y mi tarea, más por necesidad que por gusto, del día de hoy, a 5 minutos para las 8 de la mañana de una calurosa y húmeda mañana en Corrientes (que se confunde con la de ayer, con la de mañana y con la del fin del mundo) es recomendarle este tema que tantas veces he silbado en el invierno cordobés para alegrarme. Increíblemente, porque no pasa con todos los temas, tiene el mismo efecto en el verano litoraleño. "Lulu..." de Fats Waller, que según se dice habla con mucho humor de una prostituta; la versión de Thelonious es deliciosamente instrumental así que es bastante difícil inferir una historia.

18.12.12

El compromiso

No hay otra manera que alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí.
La tarea del escritor sería la de entrever los valores eternos que están implicados en el drama [social y político]¹ de su tiempo y lugar.
(Sabato, El escritor y sus fantasmas)
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¹ Quise aleccionar quedamente a olvidar las palabras "social" y "político" y a centrarse simplemente en la palabra "drama": ella sola involucra, si nos remitimos a su etimología, todo el "hacer" por sí mismo sin necesidad de involucrarlo, ni limitar su alcance, a alguna de estas esferas analíticas de su existencia.

14.12.12

Naturaleza de los haikus

Según íbamos subiendo el lago aparecía debajo de nosotros y, de pronto, en aquella superficie azul claro vimos los profundos agujeros donde el lago tenía sus manantiales, igual que pozos negros, y también vimos cardúmenes de peces.
— ¡Esto es como una mañana en China y he cumplido los cinco años en el tiempo sin principio! —exclamé, y sentí ganas de sentarme en el sendero y sacar mi cuaderno y escribir mis impresiones sobre todo aquello.
—Mira allí —dijo Japhy, entusiasmado también—, chopos amarillos. Esto me recuerda a un haiku: "Al hablar de la vida literaria, los chopos amarillos."
Al caminar por esos parajes se pueden entender las perfectas gemas de los haikus que han escrito los poetas orientales, no se embriagaban nunca en las montañas, no se excitaban, simplemente registraban con alegría infantil lo que veían, sin artificios literarios ni expresiones delicadas. Hicimos haikus mientras subíamos serpenteando por las laderas cubiertas de matorrales.
—Rocas en el borde del precipicio —dije—, ¿por qué no se caen?
—Eso podría ser un haiku y no serlo —dijo Japhy—, quizá resulte demasiado complicado. Un auténtico haiku tiene que ser simple como el pan y, sin embargo, hacerte ver las  cosas reales. Tal vez el haiku más grande de todos es el que dice: "El gorrión salta por la galería, con las patas mojadas". Es de Shiki. Ves claramente las huellas mojadas como una visión en u tu mente, y en esas pocas palabras también ves toda la lluvia que ha estado cayendo ese día y casi hueles la pinocha mojada.
(The Dharma Bums) 

Purificación

1.
Un neuquino bueno (aquél que habrá saldado la deuda con su provincia, conociendo a fondo sus dinos) sabrá lo largo que es el desierto, camino de entrada a un pueblo llamado El Chocón. Quiero escribir esta crónica solamente para no olvidarme del calor que sentí ese día exponiendo mi bronceado de camionero y cargando una guitarra pesadísima a través de todo ese camino; ha dicho Aristóteles que la purificación se logra mediante una amplificación (no usó estas palabras) de la misma emoción impura, pero manteniendo una distancia. Se me ocurre como la más lógica de las soluciones liberarme del calor y de los mosquitos, en mi húmedo taragüí, escribiendo sobre uno de los días más calurosos de mi vida: y tiene como escenario nada casual el arribo al Chocón, un pueblito perdido y encontrado en Neuquén de cara al lago más azul que vi en mi vida.
Consejo repetido hasta el hartazgo éste de viajar, para: 1) ver cosas nuevas 2) "abrir tu cabeza" (¿qué tiene que ver todo esto con nuevas experiencias?, pienso ahora que estoy lejos). De lo único que puedo alardear, y esto nomás agrandándome frente a algún lector hipotético que no viva en la Patagonia, es de haber conocido ese azulísimo lago que en el recuerdo me parece una de las cosas más hermosas que vi. Era tan azul que no se veía el fondo; causa contraria y misma consecuencia son los ríos de esta región, que están tan sucios que uno no ve el fondo. Pero uno no tiene escrúpulos en meterse hasta la cabeza en el lago azulísimo en cuestión; pero estoy acá para redactar una crónica de dukkha, no para purificarme recordando ese impuro lago que nada representa el calor que siento en este momento.
(Como cuando, para bañarme con agua fría, gritaba para no sufrir: "Traful, Traful").

2.
El camino estaba marcado vagamente en la arena por un asfalto compacto e hirviente; las líneas, que han surgido como convención de ingenieros, marcaban para dónde había que ir camino de ida y camino de vuelta. No sabíamos bien cuál de las dos líneas seguir, pero optamos por seguir el de ida, aunque no se viera el pueblo sino más allá de dunas espinosas y no menos hirvientes que el camino; a una distancia que, calculaba, no era menor a seis kilómetros. El camino, si mi mente no me engaña con sus imágenes (signos de la idea de un concepto, dice Eco en su obra más renombrada: el concepto la ruta, la idea mi ojo y el signo su espina), era cuesta abajo, lo cual lo hacía un poco menos sufrido porque nadie pensaba, en realidad, en el camino de vuelta. Ahora que menciono el camino de vuelta, no recuerdo cómo salimos del pueblo. Ese día lllegamos con muy buen humor. Diego, influenciado por Into the Wild seguramente (película que nos instó a ver pero no llegamos a ver antes del viaje) fue feliz al bañarse en el azulado lago y nos instó a los otros dos a hacer lo mismo; fue el baño más refrescante de mi vida. A veces, sobre todo los días de frío, me siento culpable por ensuciar el lago con desechos de acondicionador para el cabello.
Pero desvarío. Sí, era cuesta abajo, y en nada colaboraba contra el sol abrasador. Nuestro optimismo era desmedido, porque nos llevaron allí después de una espera de casi dos días en un páramo desolado, donde había solamente una estación de servicio, un hotel y un viejo pedófilo que se hacía pasar por cacique mapuche (luego supimos que las palabras que él decía traducir en mapuche con una sonrisa desdentada, en realidad no eran tales y un verdadero cacique mapuche se rió de sus ocurrencias y nos dijo el significado verdadero de, por ejemplo, Chos Malal). De modo que, por designio del destino, caminamos esa ruta cuesta abajo de buen humor, anticipándonos a los hechos: el invierno estaba muy cerca, porque Bariloche estaba muy cerca, cada vez menos aunque lo nuestro fuera camino de hormiga. Y pronto veríamos, al salir de ese desierto espinoso, inmensas moles de piedra con pinos, y turistas extranjeros que eran de buen agüero, porque elegían siempre los lugares más vistosos. Pero una parada, entre mágica y obligada, era este pueblito de Neuquén. Y mientras caminábamos podíamos ver, y esto no lo dije hasta ahora, el lago azul al fondo. Rodeado por modestas sierras que nada tenían para atraer a un turista ruidoso, pero que en cambio, por su sencillez, nos seducían a nosotros. O acaso sólo a mí, que aprovecho haber aprendido la figura retórica del plural también modesto.

3.
Para Zapala, que fue no menos de siete días después, estaba totalmente marrón; para Salta, que fue no menos de veinte días después, mi piel había adquirido un saludable tono naranja. Creo que debo la mayor parte de esta inesperada melanina (mi piel curada de espanto, acaso también purificada) a esa larguísima caminata que no hizo más que aplacarnos el buen humor. Y todo bajo el sol abrasante que ya mencioné e inmensas planicies llenas de espinas, planicies de leves ondulaciones con perros muertos y quién sabe qué bichos del desierto (no me aventuraría ahí en verano jamás, y era enero); quién pudiera componer una canción inspirado en su silencio, de manera que sonara como esas melodías aborígenes australianas. Arbustitos pequeños, que nos llegaban a la cintura pero que no medimos; a lo lejos el pueblo, a lo lejos, del lado opuesto, la estación de servicio y la milagrosa ruta a Bariloche. Nosotros in medio, muertos de sed y de cansancio a causa de unas mochilas que tenían nuestro peso y de una caminata cuestabajo por la dificilísima banquina; sumado a la frustración de no poder conseguir un "aventón" hasta el maldito (ya maldito) pueblo que estaba ahí nomás. Nuestro humor fue decayendo, ya lo digo, progresivamente.

Ya lo dice Kerouac, o dice otra gente que dice Kerouac, o lo dijeron los antiguos budistas citando a Kerouac o más probablemente al revés: la vida es sufrimiento. Puede ser, pero no puedo estar seguro de haber sufrido desde aquél baño en el lago azul. No me di cuenta ahí, pero sí poniendo las cosas en perspectiva: mi vida no ha vuelto a ser horrible desde ese momento, si alguna vez lo fue. No recuerdo desde entonces un solo momento en el que haya preferido la muerte. ¿Sumergirse en ese lago azul tendrá alguna especie de efecto mágico? Ahora tengo miedo de zambullirme ahí de nuevo, no sea cosa que el embrujo se revierta; ciertamente, soy feliz desde entonces si bien podría alegar, arriesgándome a sacrilegio, que también era feliz desde mucho antes.

La historia de esta entrada termina cuando empieza nuestro alivio; a la ruta le empezaban a crecer pinos secos, y vimos de cerca una granjita con animales.


9.12.12

Re:

Tuve tiempo de digerir tu última epístola una vez leída viajando todo el camino; dormí tres horas (ahora me arrepiento porque no tengo las fuerzas para levantarme de la silla e ir a ver a Molotov) en las cuales seguramente soñé con vos diciéndome todo, pero no me acuerdo. Cuando me desperté, estaba en Resistencia; ya todo era escalofriantemente familiar. Haciendo una relectura, que no ansiaba ser muy distinta de la primera diez horas antes, garabateé esto mientras el colectivo caluroso me lo permitió en su inercia. Arrancó cuando estaba redactando el pie de página, que es más bien macabro y no pasa de información complementaria.
el encuentro con la muerte, via uno de sus emisarios (que todo el tiempo son millones¹) es inevitable, arcaico (qué linda palabra) hasta el punto que remite al primer hombre que, bajo la lluvia, lloró ya viudo; no sabiendo en primitiva confusión si las gotas caían del cielo o si llovía él mismo sobre su difunta amada, sobre su sepultura cuya sencillez profanarían hombres años más tarde alegando santidad o ciencia.
me siento heredero herético de estos superhombres que lejos de la aprensión que provocan estas situaciones límite, han sabido sobreponerse para su propia calma: mental y de espíritu.
algo dentro me dice que debo sonreír ante tu partida; obedezco sin culpas.
_______________
¹ basta con recordar que en el planeta Tierra se produce una muerte por suicidio cada cuarenta segundos.
 

3.12.12

Este año en general, al estar todo como nunca en condiciones de depender nada más que de mí mismo, empecé intuitivamente un proceso de autoconocimiento mental en el cual trato de manejar, lo mejor posible, las emociones propias para abocarlas con más energía a las cosas que me nacen en un momento como responsabilidad ética. (¿Qué?)
No pienso explayarme mejor sobre esto. Lo que es importante hoy es descubrir que esta mi muy humilde capacidad de controlar mis estados de ánimo, alejando algunas sensaciones o pensamientos e intentando como puedo atraer otras para algún fin específico, fue practicada hace mucho tiempo (y tengo la sospecha de que hoy sigue siendo practicada) por una religión de la cual se tiene una idea difusa más que un conocimiento profundo en el mundo de hoy: el hinduismo.
No sé si sea una religión en un sentido tristemente dogmático que conocemos nosotros; ya el año pasado leí que Borges citaba un texto en el cual decía que se podía ser hinduista o budista siendo a la vez cristiano o musulmán. Está claro que no es una característica inherente a Occidente el ser tan dicotómicos, pero es en cambio un malestar generalizado. El hinduismo, según lo poco que sé, no es así. Y es por eso que, se me hace, los artistas o los pensadores más brillantes o por lo menos más completos tuvieron en algún momento un acercamiento leve o profundo a este estilo de vida: desde Hesse a Lennon, todos quisieron ponerse en contacto con estos modos de percibir la vida y la naturaleza, que el new age ha recuperado, según tengo entendido, tiñéndolo de superstición. Estamos llenos, y sobre todo a fines de marketing, de palabras que suenan tan "orientales" y que no hacen más que construir la confusión, una confusión que las une con ese vulnerable mundo tan desprolijamente estructurado que vivimos en las grandes ciudades donde lucramos sin peligro.
Hace un tiempo tenía miedo de abordar las lecturas sobre este modo de ver el mundo, simplemente porque no sabía por dónde empezar. Hace dos semanas sí sé, y ahora lo estoy leyendo de a poco sistemáticamente. El puntapié inicial fue Los vagabundos del Dharma, un libro lleno de pasajes muy interesantes que poco más o menos fui adaptando a mis propias necesidades, y abordaré en un tiempo una relectura, para ver si mis necesidades felizmente cambiaron. El hinduismo, como todo fenómeno cultural nuevo y complejo, está lleno de su terminología propia que es la que los comerciantes adoptaron; todo el mundo conoce a la señora que vende sahumerios y usa de esas polleras grandes y coloridas, pero no muchos entienden a qué se refiere cuando dice la palabra "mantra". Por decir un ejemplo de algo que aprendí hoy: "mantra" es simplemente un sonido, revestido de un manto sagrado, que nos ayuda a, con su repetición, alejar los malos pensamientos. El clásico OM, representado por escrito con el símbolo ॐ. Mediante su repetición consciente, la mente se libera de los pensamientos improductivos y se encuentra progresivamente más clara y tranquila. Aquí la cosa se tornó preocupantemente parecida a lo que vengo cultivando hace ya más de un año: pero con una vuelta de rosca más, a saber, un tinte de espiritualidad, una elevación más allá de lo humano y cotidiano (la paz cotidiana, una especie de sumiso aturdimiento, fue en realidad lo que buscaba con mi sosiego a rasguñones y que algunas veces me sirvió, pero otras veces fue imposible). Encuentro en una doctrina, que no se caracteriza por su violencia y pocas objeciones tiene en cuanto pocas objeciones emite, una respuesta a lo que buscaba y una proposición para buscar algo nuevo. ¿Por qué no seguir ahondando en este misterioso cosmos, perteneciente a la segunda parte de la humanidad, que los de este lado (vaga región cultural llamada Occidente) solemos ignorar deliberadamente?
El camino es larguísimo, difícil no sé, pero sobre todo largo; hay algunos, conozco y los menospreciaba, que ahora lo están transitando. Puede llegar muy lejos o cortarse mañana; lo que me gusta es una idea preconcebida de libertad, que quise aplicar a las oraciones del cristianismo cuando iba a la iglesia y me dijeron repetidas veces que no, que estaba mal, que así no se rezaba. Todo esto para qué sirve, no sé. Tampoco aspiro a la budeidad o al nirvana, porque pienso que estoy muy contaminado, si es que no soy íntegramente formado de, la esencia enfermiza de Occidente. No sé a qué atribuir el vocablo de "enfermiza"; un gigantesco hastío de la división que se nos impone, haciéndonos ver al otro desde siempre como el competidor hostil que viene a escupirnos el asado. El asado: la vaca sagrada de la India.
¿Alguien sabe qué es ese círculo con forma de rueda que está en la bandera de la India?
A riesgo de sonar pedante, como los viejos maestros que nos inundan de palabras incomprensibles, deseo explicarlo brevemente con toda la concisión que me es posible (aunque no me destaco por ella):
representa la rueda de lo sagrado, lo que siempre se repite, la verdad universal.
Otra vuelta de tuerca de la creencia, pobremente cultivada, que espero conocer un poco más profundamente.

1.12.12

En este sábado nublado y...

En este sábado nublado y caluroso comunico: estoy perdido.
Estoy perdido dentro de mi mate demasiado caliente para este calor y que no sabe a nada; que me hice con la esperanza de despabilarme de la siesta (qué hermosa palabra resuena en los labios de mi bisabuela, cuando me decía "despertate y despabilate que hay que comer", subiendo a durísimas penas 16 escalones [los conté en la infancia] a pesar de su progresiva artrosis); una bombilla del Gauchito Gil perdida en Córdoba que traje, siempre tan legendaria, porque es la que usaba para los tererés dulces y los vinos; perdido en fin dentro del mate como Maná se pierde en un barco, se pierde en tus brazos.
También estoy perdido dentro del gato. El gato que me tiene como esclavo limpiando su mierda y acariciándole las orejas, y yo que me dejo por puro amor. Podría no hacerlo y a él le importaría, pero no por mucho tiempo: eso admiro de los gatos y de los seres irracionalmente racionales en general; aceptan lo que les viene merced a una amnesia constante de quiénes han sido, en sus vidas, los bienhechores y los malhechores. Como la vez que fui a buscarlo después de un mes sin tenerlo, y el gato me mordió porque no me reconocía. Ahora que somos como padre e hijo un poco, un poco como compañeros de piso, y ya nos conocemos todas nuestras mañas, nos llevamos bien. La incongruente relación sigue basada en el hecho de que todavía yo soy el encargado de comprarle la comida, lo que supone un esfuerzo monumental sobre todo cuando se termina en los días no hábiles léase sábados nublados.
También estoy perdido dentro del blog. Acá se cierra un poco el proceso: el mate, el gato, el blog, el sábado tiñendo de gris toda la parafernalia; el blog, no sé para qué sirve el blog, y es más: no sé si estoy escribiendo ahora, a pesar de estar efectivamente escribiendo; no sé si soy yo el que escribe, no sé asimilar (nunca hice el ensayo) esta forma de escribir como mi auténtico estilo, aunque haya recibido alguna que otra crítica positiva aislada. Nunca escribí así. Es difícil explicar este sentimiento, pero es un sentimiento basado en eso: en la dificultad de explicar también el blog; para qué sirve, qué espero de él. Y como dije en alguna entrada anterior (pero no quiero esperar del asiduo lector una erudición, lo que se dice erudición, sobre todas las sandeces que digo, siempre propensas a ser demolidas) no me gustan las cosas que no puedo aprehender semánticamente por completo; me cuesta iniciar una novela si no leí una reseña de cómo termina. Tonto pero es así. No me gusta estar a la deriva, y con este blog estoy no a la deriva pero remando sin saber a dónde. Quisiera ya que me asignen un trabajo, o una causa noble, pero no hay nada. El blog está muerto por definición. Estoy remando en un ataúd, y mientras tanto, recolectando nenúfares.