28.11.12

¿Última? epístola a Charlie

Aunque quisiera, y aunque fuera tarde, a esta hora ya no podría leer; acabo de quemar, de una caída, el velador tenue que iluminaba mi pieza (que consiste en un escritorio y un colchón, con aspiraciones de budista) cuyo foquito de 75 watts tuve que cambiar tres veces. Inicio esta conversación, la más dolorosa de las conversaciones unilaterales, mediante cosas nimias; así fue, siempre desde tiempos inmemoriables, la forma más cómoda de iniciar este tipo de conversaciones fatales.
El otro día le dije a alguien que vos siempre fuiste una compañía espiritual y ahora no lo sos menos, excepto por el hecho de que ya no puedo hablar con vos. De manera que, como se hace con los dioses, tengo que inventarte pareceres en vez de consultártelos. Uno de ellos es el siguiente: vos no querés que yo esté mal. Hago lo posible por no estar mal, y a veces me siento medio egoísta porque me sale; lo que sí se es que vos no estás mal (sumergida como estás en ese viejísimo mundo lleno de amor y luz, que hace unos meses conociste en propia carne durante ocho minutos), así que yo voy a hacer el ensayo de no estar mal tampoco. Y me distraigo leyendo libros, alguno de los cuales me recuerda a vos, y alguno de los cuales incluso está marcado con tu propia caligrafía. La caligrafía que me hace sentir una emoción extraña, como un cosquilleo en las orejas que tuve la mañana que me enteré que falleciste, la misma caligrafía con la cual están escritas las palabras "te quiero". Tu caligrafía prolija y tu extraña manera de escribir las 'e' fueron la forma más cercana que tuve de vos, al no haber llegado nunca a abrazarte sino indirectamente, a través de gente que te conoció y con la que comparto ciudad (y con la que comparto también malas noticias, aunque también buenas). En fin, no sos más que una nube divina ahora mismo, ni sos menos que eso. Sos eso que pienso cuando escucho una canción que dice "todo lo mueve ella con su mano", o algo así; sólo que ahora es dolorosamente verdad, y tiene ese gustito amargo de las cosas de la vida (o de la no-vida) que no tienen regreso. Tu mano con las uñas pintadas de azul porque ese es el color que detesta tu madre.
Pensar en el último mensaje que te escribí, diciéndote que escales la montaña, que es imposible caerte; no sé qué podrías haber leído vos en ese mensaje, pero yo tampoco sé. Yo nunca estuve, y esto ya te lo dije, en posición de comprenderte. A pesar de lo bien que decís que lo hacía. No me gustaría hacer públicas nuestras conversaciones pero es un riesgo fatal de publicar esto en este blog, que estoy seguro, es una de las cosas de esta Tierra que te gustaría leer si pudieras leer algo. Porque habla de vos, y te amás, porque te amamos. Pensá que yo nunca fui religioso hasta hoy, día en el que vos parecés formar de una manera que se asemeja a un tejido inconsciente, varios fenómenos de mi vida. Como si todo estuviera efectivamente movido por tu mano. En ese caso, vos serías uno de los vértices de mi panteísmo. Me consuela, al escribir tan intrincado, el hecho de que no, de que no vas a leer esto y por lo tanto no tengo que explicarte: "dejá, yo me entiendo", pasemos a otra cosa.
Te vamos a extrañar mucho, pero yo creo que menos. No sé por qué. Será porque nunca te vi sonreír cara a cara, o será que con tu sonrisa marcada en mi propia sonrisa, que al fin y al cabo siempre fue o causa o efecto de ella, me alcanza; un ejercicio de pensarte en cada cosa que hago, ya de manera automática, porque vos también sos yo, esto es, porque yo también te llevo dentro.
Je t'embrasse encore deux fois y nos vamos a ver; pero ya sabés que, siendo los dos así de imprecisos, nunca aclaramos realmente dónde.

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