5.11.12

Sensibilidad medieval

Cuento esto pobremente con la pava puesta para el mate cocido, que se sabe, tiene efectos anestésicos. Lo digo, para poder dormir porque son casi las cinco y media de la mañana, y tengo un día corto por delante, pero que debe ser empezado tempranamente.
De chico me gustó viajar con la mente. Mis destinos predilectos en esa época eran los que trataban de ciencia ficción; mi familia acostumbraba regalarme con libros de este estilo, en su mayoría muy ingenuos y que me marcaron para siempre. "La luna, en cambio, es aburrida como una pizza sin salsa...", decía uno que espero conservar todavía (es cuestión de ver en la biblioteca).
Pegando un salto grande en mi línea de tiempo, recuerdo haber tenido predilección por esos destinos terrestres pero todavía imposibles como Nueva York. Mi gran sueño (aunque chocara con mi ideal de acumulación de capitales) era tener un departamento desde el cual poder ver el atardecer, y a la noche ver tranquilamente Saturday Night Live o incluso presenciarlo de vez en cuando; poco a poco eso evolucionó a una casa florida y grande, como la de Maxwell Sheffield. Aquí alternaba entre la Nueva York querida e Inglaterra o similares. Cuando trabé amistad con las alemanas de mi corazón, también soñé con su país o algún país nórdico; siempre, llamaría Kundera, el mismo "kitsch".
También soñé con caravanas gitanas o freighthopping en el corazón de Norteamérica. Muchísimas cosas inducidas por los productos culturales que decidí consumir en tal o cual época de mi vida.
Hoy estoy en ese momento de indagación sobre cosas que dejaron de existir hace mucho tiempo: basta recordar mi nada urgente obligación de estudiar la tragedia griega para el día miércoles o jueves. Un poco más cerca, cronológicamente, de tal distancia inaprehensible (en el transcurso de la cual muchísimo bagaje cultural fue perdido), llego a la música medieval, que siempre despertó mi curiosidad. Quiero relatar brevemente cómo llegué a esta obsesión que me ocupó toda la noche, de manera que ahora, a las cinco y media, quisiera seguir desarrollando pero necesito un mate cocido para aplacar y poder dormirme.
Se me ocurrió ver un documental de Canal Encuentro sobre San Pedro Pescador, un pueblo del Chaco que queda bajando el puente en Corrientes. Hasta aquí nada extraño. Por relación a este documental recordé otro, que trataba sobre cierto manuscrito ilustrado medieval, llamado el Salterio Luttrell (Luttrell Psalter); no lo encontré en la página de Canal Encuentro porque no era de producción nacional pero lo encontré en Youtube y ahora ¡oh casualidad! lo estoy descargando para verlo entero. En los primeros diez segundos de programa sonaba una música de laúd de fondo: quise saber más sobre esta música, concretamente nombres de artistas o nombres de composiciones.
La música medieval se mantiene siendo un misterio, y se compone en su gran mayoría de cantos corales en alabanza al dios cristiano, que eran compuestos por grandes virtuosos en su mayoría italianos o ibéricos. Pero estos cantos corales no me interesan en lo más mínimo; indagando sobre música instrumental llegué a que todas tenían en común un instrumento: el laúd.
No voy a describir técnicamente qué es un laúd, sino cómo suena: como todos nosotros imaginamos al medioevo. Trae un poco de dragones, un poco de peste negra, un poco de héroes bélicos con tendencias suicidas, tranquilidad de campos, señores feudales y esas cosas destructivas que aprendíamos en el Age of Empires II, y que los obispos de nuestro colegio católico desalentaban como si el catolicismo hubiera sido la religión más pacífica de la historia occidental.
Recalqué ya mi obsesión nocturna por esta música, en la cual me estuve iniciando en las últimas tres horas desde que corté el teléfono con Sofi y la escuché por casualidad, la investigué todavía por casualidad y me apasioné por algo que puede ser casualidad pero en realidad era sentimentalismo largamente madurado (de lo contrario, no me hubiera interesado tanto). Como resultado de esta indagación surgió el presente álbum, que presento a ustedes (público hipotético todavía, que en poco menos de un mes dejará de serlo): un álbum con quince canciones que tienen en común un laúd y una composición apasionada.

El álbum se denomina Empfindsamkeit, que es la palabra alemana para "sensibilidad" y en realidad designa a un capítulo tardío de esta apasionante historia musical, que sin lugar a mucha duda se estudia en los conservatorios de esta ciudad misma y acaso también en los de la ciudad de donde vengo. No pude menos que caer en ella, encantado, y ya iniciado en nombres procedo seguramente a una obsesión muy larga. Todo empieza y termina, por hoy, en este disco de quince canciones del cual puedo presumir como articulación totalmente mía.

Clic en Juana la Loca para su deleite.

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