4.11.12

Por qué

Cuando iba cruzando ese boulevard hermoso que tengo como Costanera (si me habré hartado de criticarla, lo recuerdo ahora que estoy viejo) le decía a Coco "estas diversiones de pueblo, son lo que más me gusta".
"Esto no es un pueblo". (No puedo a esta altura dar nombres de cuentas de Twitter).
"Sí que es. Tenés que ver..."
Y cruzamos todo el boulevard, un auto interrumpiendo con un estruendo (estoy exagerando) mi exposición diferida de urbanismo. Entonces bajamos lentamente una escalera de cemento que hervía a rayos, porque eran las tres de la tarde de una tarde de primavera incipiente en Corrientes; al final de la escalera había unas barras de hierro oxidado, por las cuales fue dificilísimo hacer pasar la bici. Después de esa barra la escalera seguía, pero ya no llevaba a ninguna parte: cualquier persona que haya estado allí sabrá que antes había un puente de hierro y ahora no hay nada, de manera que la escalera se interrumpe bruscamente en un final abrupto, que en tiempos de crecida es un abismo al río mismo.
Allí me senté, una vez ubicada pobremente la bici cosa de que no nos lleve a ninguno de los dos por delante, y suspendí mis pies en el abismo que entonces daba a una playa y hubiera roto, por consiguiente, mis piernas. Coco hizo lo mismo, pero recostándose en la baranda de cemento de la escalera absurda; allí saqué un cigarrillo de marihuana de mi bolsillo y lo prendí queriendo disfrutar el atardecer, y no pudiendo en realidad.
"Tengo poco tiempo y vos también, pero vamos..."
"Sí", dijo él, "un rato".
(Todo esto no fue así en realidad, pero lo estoy sintetizando a efectos de).
Allí miré ese mismo río al cual le había escrito muchísimas cosas, desde el día en que empecé a escribir hasta hoy. Tomo el día en que empecé a escribir como una fecha que no da más de arbitraria, porque el primer poema al río que recuerdo lo escribí a mis quince años, pero también recuerdo haber comenzado a escribir muchísimo tiempo antes.
Un poco de esa esencia quise agarrar y supuse que iba a ser más fácil con la marihuana. Ése era, en realidad, mi objetivo secreto; pasé a buscar a Coco solamente para tener una expresión oral, no quedar hablando solo como un loco que en Corrientes esas cosas no son jamás recomendables. Con Coco la conversación se desvió a otras cosas, pero no importaban: todo forma parte, como dije antes, de una misma cosmogonía que nace y muere en el momento en que la recordamos y olvidamos, respectivamente.
Me hubiera gustado inspirarme para escribir un libro enorme de poesías al Paraná en ese momento, in chamamesco modo, pero realmente no pude. De cualquier manera, el cigarrillo estuvo bien, y como eran épocas de abundancia no me forcé demasiado y una vez terminado lo tiré a ese abismo arenoso del cual alguien rescataría. Miré un rato a los pescadores allá, en esa isla que (debido al río muy bajo) era hoy accesible; los que estuvieron allí recordarán de qué isla se trata. Era la auténtica diversión de pueblo, y Corrientes es un pueblo más allá de sus pretensiones: de cualquier manera, aunque los demógrafos digan que sí, no me hubiera gustado vivir toda mi adolescencia en un pueblo de verdad, porque tendría a la vez dos efectos: un aburrimiento voraz y unas fuertísimas raíces de las cuales todavía no me podría haber comenzado a desprender con seguridad.
Interrumpí a Coco con sus planes de viajar a Texas, Estados Unidos, poniéndome de pie de una vez: habían venido a mi mente imágenes del Josefina (ese antiguo instituto de inglés y bellas artes construido como a principio del siglo XX) que regía todo el barrio, que se llama Deporte (no sé por qué). A ese barrio me tenía que ir ahora. No quedaba lejos, y el camino era hermoso: todo el mundo sabe que para llegar a cualquier lado en Corrientes uno toma mil caminos uno más corto que el otro, pero la Costanera sigue siendo la experiencia menos práctica pero más pintoresca para llegar. Subí como pude otra vez mi bicicleta a la vereda, la superior, que daba ya a la avenida de los autos estruendosos. Me despedí, agradeciendo en voz alta haber tenido la prudencia de venir en septiembre porque por cuestiones vegetales la avenida es perturbadoramente rosada; me puse en camino pedaleando mi bicicleta azul y oxidada, que nadie saca nunca menos yo, recordando el día anterior el cual había consistido en un cansador viaje de ida y vuelta por los confines de la ciudad, los autos más estruendosos de todo, el amor de sus esquinas y el diálogo con una historia que dormía porque era domingo y encima de septiembre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario