4.11.12

Los Bee Gees

Mi viejo y mi vieja me propusieron cada uno por su lado volver a Brasil este verano; hace diez años que no voy. Todos mis amigos y allegados en general fueron a Brasil en algún momento de su niñez o adolescencia, que siempre es más cercano cronológicamente que la última vez que fui; a esto se deben conocimientos sobrados de la cartografía brasilera que prefiero ignorar o rudimentos lingüísticos de los cuales presumen de cuando en cuando. Mis recuerdos de Brasil son mucho más difusos y corresponden a una casa comunal (con toda mi familia) una cicatriz por un golpe con un picaporte (que todavía conservo) haberme perdido en la playa (haber pensado que mi vieja era una vieja cualquiera y haber caminado con ella dos cuadras) y una tarde lluviosa en la que compré el primer disco original que tuve: de los Bee Gees.
En mi adolescencia "punk" me daba vergüenza recordar que era fanático de los Bee Gees, por haberlos visto un día en esos clips que pasaba el Canal 13; hoy, como me da vergüenza mi adolescencia punk, vuelvo por antítesis al recuerdo de los Bee Gees. Los recordé por el blog de Rabo, que recomiendo siempre: al costado hay algunas fotos de íconos de la música contemporánea entre los que están los Bee Gees y un poco más, es decir, los tres hermanos y otros dos músicos los cuales uno podría ser Andy, el cuarto hermano que murió tempranamente de sobredosis unos meses después de haber entrado a la banda. (Esta historia es una de las que más me impresionó, y es la primera mención que recuerdo del mundo de las drogas y sus consecuencias). Decidí poner algunos temas de los Bee Gees en Grooveshark para acompañar el estudio, pero por supuesto no puedo estudiar ahora. Y guiado por la música recordé ese Brasil con mi familia; mientras Corrientes estaba inundada y mi bisabuelo nos pasaba por teléfono prepago los datos de la tormenta y el desborde del río, nos divertíamos y nos bronceábamos como nunca. Un día llovió. Y ese día íbamos en el auto por alguna avenida aledaña al océano, cruzándonos con muchísima frecuencia autos argentinos (cosa que, no sé por qué, me sorprendió mucho como me sorprendería hoy mismo) y llegando a una rotonda (así lo recuerdo y así lo recordé a lo largo de todos estos años) en la cima de una lomada en la que había, por obra do Senhor, una disquería. Era la ciudad de Tramandaí, a la que seguramente vuelva este verano, y corría el año 1998. Entré en esa disquería y compré un CD de los Bee Gees que, fabricado en Brasil (es decir, "importado" como gustaban los señores en esa época), costó un puñado de reales que mi madre seguramente abonó con dinero argentino, la verdad no sé. Fue previo al 4 a 1 y no le habrá dolido demasiado. Yo lo disfruté muchísimo. Ahora no me acuerdo como se llama el disco, pero tengo una vaga idea del orden de sus temas: es por estas pistas un disco de compilación, un grandes éxitos, cuyo nombre no he encontrado en ningún lado. Me conformo con escuchar los temas solos. Después de eso compré dos o tres discos más de los Bee Gees, que me inspiraron muchísimo para cantar con voces agudas, pintar barbas a mis osos de peluche y dibujar las cosas que imaginaba de escuchar. También aprendí mis rudimentos de inglés, porque del portugués sigo sin saber nada; y soñaba con tener mi propia banda, de la cual haría una versión extendida del tema Tragedy (que trataría sobre ¡un dinosaurio!) y duraría nada menos que 14 minutos y sería ampliamente valorado por la crítica. De todo esto conservo un vergonzoso recuerdo de haber cantado ese tema frente a todo mi colegio en segundo grado cuando en realidad hubiera querido cantar mi versión, que todavía no estaba terminada. Mi familia alimentó su superstición de que yo era un niño prodigio y se debatía si llevarme o no a una escuela de niños prodigios; seguramente si lo hubieran hecho esto en vez de ser una entrada de un blog sería una tesis de doctorado. Pero hubiera quemado etapas, y eso no me hubiera gustado demasiado.
Viéndolo en retrospectiva (intentando, como más se pueda, ponerme en el lugar de un yo mucho más joven e inmaduro) leer esto no me hubiera gustado, porque tiene ese aire de distanciamiento que tienen los adultos que escriben sobre niños (no soy ninguna de las dos cosas, sin embargo) y eso a mi yo niño no le gustaba; le hacía sentir un experimento científico. Cierto día agarré la ficha médica-psicológica que completó mi madre cuando entré al preescolar, y me ofendí al leer que había revelado que a veces me olvidaba de ir al baño. Pero no me ofendí por el dato revelado, sino porque estaba diciendo cosas de mí cuyo derecho jamás había consultado conmigo. Creo que desde chico soy propenso a escribir mi autobiografía, proyecto que mediante este blog estoy logrando en cuotas.
Sigo escuchando los Bee Gees y recordando mi pasado, a la vez que retomo una vez más el interrogante de qué pasaría si supiera qué voy a escribir en este blog diez días en el futuro. Porque para ser sincero, esta entrada no se veía venir ni a gancho. Pero está bien: en eso reside el encanto de una autobiografía; el encanto virtual de que se va haciendo de a poco y sigue siendo igual de pretensiosa siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario