12.11.12

La fábula del observador y el artista

Alonso me enseñó hoy rudimentos de estilo en lo que respecta a microcuentos; no es una casualidad, o lo es en una medida mediana, que haya sido la misma semana en la que Sofi me dijo (y no sé por qué me causó tanta impresión) que tengo buena memoria.
De estos dos hechos, que devienen de dos relaciones muy especiales que tengo con personas que son muy buenas en lo que hacen, nace una reflexión muy mía; nacida de universos separados, dos experiencias se unen. Voy a tratar de ser más figurativo, porque eso es lo que rescato de los mejores filósofos: los de la claridad.
Básicamente acabo de escribir un microcuento. Después de corregirlo totalmente, quedó con exactamente cien palabras. Introduje todavía un par de correciones más, siempre manteniendo este equilibrio. Alonso me habló de un concurso en España donde se pueden enviar cuentos en hasta cuatro o cinco idiomas, cuyo límite máximo de palabras es de cien; exactamente las palabras que obtuve. No puedo negar que estoy orgulloso de esta creación aunque no piense enviarla a este concurso, pero más agradecido estoy con ella porque me hace reflexionar sobre algunas cosas. En especial las que tienen que ver con las circunstancias de su creación, y como ella refleja una serie de frases armadas que escuché sobre la carrera que estudio; cómo al principio me mostré infinitamente escéptico, como después adherí fielmente a la creencia y cómo ahora la estoy observando, aunque dándole la razón, de modo muy crítico. En palabras simples, "Letras no forma escritores". Más vehementemente: "nunca vas a ser escritor si sos un egresado de Letras". Y ahora, después de haberla peleado mucho tiempo, veo claramente por qué. La circunstancia de creación de recién me mostró el origen del proceso. Consiste en una conexión tan clara con una forma de arte (literatura) que primero viene la esencia difusa y luego vienen las palabras para expresarla. Toda esta experiencia de creación fue, en mi caso, fortuita. Sé de gente que vive materialmente de estas experiencias, acaso porque sabe inducirlas o sabe aprovecharlas mejor. Sé de gente, aunque no estoy tan seguro, para la que este tipo de experiencias son la única ventana al mundo, esto es: la única manera de conocerlo o de hacerse conocer por él. Las experiencias de creación tienen que ver, aunque de modo misterioso, con la emoción, el sentimiento y el dominio de una técnica que se intuye más de lo que se estudia. Es por esta intuición que en el arte, la más pura expresión de lo inherentemente humano, hay tantos talentos que ignoran su talento, tantos talentos no especialistas, y tantos ignorantes especialistas en hacerse pasar por talentos.
El campo de la filosofía, del razonamiento, de la lógica y de la organización mental de experiencias (o "ciencia") es un campo conectado al primero, pero por lazos que no tienen que ver con la creación misma. Tiene que ver con lo que me decía Sofi. La herramienta más valiosa para quien se ejercita y quiere desempeñarse en este campo es la memoria: el método más valioso, a mi parecer, es aquél que permite relacionar informaciones para sacar conclusiones. Las conclusiones tendrán por consecuencia, a nivel emocional, una aprensión ante la multiplicidad de lo real. Ésto sofocará al observador con datos externos a él, que querrá asir de una sola estirada de mano, lo cual es imposible desde el vamos. Este observador, crítico pero por lo mismo frío, no puede ser a la vez artista. El artista sabe abstraerse a una emoción. El observador sabe abstraerse de las emociones. El canto de la musa, a mi parecer, es lejano para él; lo que me pasó recién no pasa de lo fortuito. Estoy conforme con el resultado porque es un territorio completamente nuevo. Pero jamás podría aprender, siendo como soy ahora, cómo inducir el canto de la musa. Todos dicen que la inspiración es algo que viene azarosamente y nos sorprende en cualquier lugar. No pongo esto en discusión porque de la inspiración no sé nada, pero acá es donde la cosa se vuelve inmediatamente sospechosa. Porque justamente por su rareza me parece que hay distintos tipos de inspiración, acordes quizá con los esquemas mentales de cada uno; la manera en la que canalizamos estos tipos de inspiración son variadas como los propios esquemas mentales, pero quizás puedan corresponderse por lo menos a estos dos paradigmas. Lo veo hoy más cierto que nunca: el escritor jamás podría estudiar Letras sin perder algo de su esencia, al volverse más una red dinámica de conocimientos que un alma dedicada de lleno al perfeccionamiento e-motivo e inspirador de su técnica. El artista es estudiado por el observador, como las plantas mismas son estudiadas por el biólogo; cada uno, haciendo su vida, es objeto de la mirada de aquellos que los comparan con otros de su clase y según las rúbricas de su propio modelo ad hoc. Odio pensar que los artistas tienen eminencia sobre los críticos, pero todo concluye en esto; uno vive la experiencia, otro la discute.
Yo elegí mi carrera y elegí mi especialización y elegí cuál camino tomar de estos dos, aunque recién estoy empezando a vislumbrar sus consecuencias. Nada de esto es permanente ni definitivo; no me arrepiento de ser el subordinado a seres especiales que llegan a desarrollar de modos misteriosos su mente y su alma. Es mi vocación y ya lo veo claro. Por todo esto seré siempre esclavo de mis palabras, las mismas palabras que escribí hace mucho o recién y me parecen estúpidas. Y seré a la vez esclavo de las palabras de los otros, lo que acaso es más grave.

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