7.11.12

Diferentes niveles de la misma mitología

Tomás hablaba hoy de tener su propia huerta de higos y un trabajo a medio tiempo como profesor, una vez que haya terminado su tiempo en la carrera. Su comida consistiría en higos, y usaría el resto de su sueldo para comprar cerveza; así, se compraría un terreno financiado de acá a diez millones de años (sic) y viviría otros nueve millones de años en una casa muy pequeña rodeada de un patio enorme, suficiente para su plantación de higos que serían su único medio de subsistir; "y que me chupe un huevo todo, hasta el apocalipsis zombie".

Devendra Banhart soñaba reencarnar en un caballito de mar, una vez agotadas todas sus expectativas en cuanto acumulación idiota de bienes materiales. La canción, cuya letra propone este estilo de vida, cambia enormemente ante la primera mención de este animal que funciona como la solución a este problema de despojarse totalmente de todo; en la parte más apasionada de la canción, canta también que "le gustaría morir si no reencarnara en esta forma", en la forma que él canta. Una solución imaginada, metafísica, probablemente inviable; pero no sabemos si lo es también la huerta de higos.

Hesse habla de una vida modesta enclaustrada en la persecución de un bien personal inalienable: la propia vocación. La superación y el saber deben ser llevados a cabo solitariamente relegándose al plano de lo modesto y lo privado; es, dice, inimaginable un sabio que vive en la opulencia o que incluso podría vivir en la opulencia si se lo propusiera, de seguir siendo sabio. El sabio persigue intereses que son la fina expresión de la sabiduría del mundo ("meditar es afinar el corazón en acorde con el todo", reza una de sus metáforas más hermosas) pero que a la vez no interesan a nadie. He aquí la paradoja de por qué la vocación, el llamado, lo más íntimo de una persona, choca sin remedio, al modo de ver de Hesse, con el mundo en el que la persona está ineludiblemente incluida.

Tomás habló de un ermitaño en una playa en Cuesta Blanca, un hippie que a cambio de un bocado o dos de lo que cocines te presta una parrilla para que puedas disfrutar de unos choripanes en la playa. Nadie nunca, de todas estas personas que caminan sin perderse por debajo de mi ventana que, oh dolor, da a un primer piso tanto de día como de noche, seguramente se ha preguntado nunca de qué vive el ermitaño durante todos los otros días de la semana, esos días en el que él más honor hace a su epíteto de ermitaño y en cambio nosotros, los de debajo de la ventana, perseguimos esclavitudes pensando que algún día, cuando seamos viejos y podamos haber acumulado la riqueza suficiente para una huerta de higos, seremos finalmente libres.

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