10.11.12

Cuadernillo de manualidades

La cosa pasa por hastiarse primero del humo de los colectivos soplándote en la cara
cosa de que la cara te quede totalmente negra, que de noche, pases desapercibido
si no fuera por las toses con sangre del transeúnte promedio.
La iluminación de tu cara luces de maxikiosco mediante;
apurar el paso en la senda peatonal, pero en realidad sin que te importe mucho.
La cosa pasa por no tener balcón donde plantar un puto ficus
y por las piedras del gato clavadas en los pies, cada vez que te animás
por esas obras de espiritualidad forzosa, a caminar descalzo.
La cosa va por bajar y enterarte de que el mundo de afuera
huele bien y mal al mismo tiempo;
bien por la perfumería industrial de pisos que usa la portera de los martes
mal por su cigarrillo mal consumido, mientras pasa el trapo para que quede brillante brillante.
La cosa es vivir esto mismo todos los días
ad absurdum y en un momento hastiarte y entonces decir
"voy a tomar medidas".
Medidas de whisky,
o ver una película cualquiera sobre Christopher McCandless.
En definitiva, soñar.
Los métodos son muchísimos y bien discutibles. Eso no está en discusión.

De repente uno se ve en una montaña verdosa
(yo no puedo describir fehacientemente esto que veo,
porque mi mente y sobre todo mis palabras están acostumbradas
al hollín del N6 y a las luces de los maxikioscos
en tristísimo detrimento de la santa luz solar;
voy a hacer, no obstante, un intento).
No sé si alguna vez sintieron:
ese cosquilleo de los pastos altos, esos que terminan en V
o el hormigueo constante de los pastos bajos, más bajos que las plantas de los pies
o el olor a tierra, o el olor a lluvia, o el olor a jazmines.
El pasar caliente de un té de hierbas una mañana helada
o el inconfundible humo negro de un tronco negro recién prendido;
quien haya sido el primero en prender el fuego,
cosa que ahora nos parece tan natural en las garrafas de nuestra casa,
habrá sido terriblemente odiado por los conservadores de la época:
"queremos que el mundo siga así, con fuegos casuales
queremos que la luz de este sol que alumbrará a nuestros hijos
y a los hijos de nuestros hijos
sea la única luz, el único fuego, mientras siga girando
en la bóveda celeste
con ese ciclo que llegamos a comprender tan bien."
No obstante, el fuego sigue, y siguió arrasando a través de toda la historia
y está en muchísimos lugares pero sobre todo en este tronco negro
prendido al naranja que tengo frente a mí
que me hace picar los ojos con su esencia
(esencia: "lo que hace que uno sea lo que es")
y que me hace arrugar la nariz con su olor.




Todo es tan distinto
un tronco negro o un maxikiosco 24.
Es parte de un mismo sol, pero el problema está dónde estámos, que lo estamos ignorando.
Son parte de una misma belleza, que al fin y al cabo es intangible;
son parte de dos esquemas mentales distintos, dos estados de ánimo distintos
y el aburrimiento de los pastos altos y de los pastos bajos
puede equipararse, simplemente por ser el mismo,
al hastío de los balcones cero y a la rutina de las universidades públicas.
Después de todo, uno siempre tendría que disfrutar donde está.
Y si no es posible, hay algo que está funcionando mal
en nosotros o en los otros.
Soy joven para soñar, pero ojalá
nunca obliguemos al otro a estar donde no quiere estar;
obliguémosle, por el contrario (confío en que seremos agradecidos
con el tiempo suficiente)
a que conozca dónde le gustaría estar;
que ensaye una prosa pobre de experimentación mental
y que luego se dirija allí con los mismos pies con los que caminará toda su vida.

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