25.11.12

Código de faltas

La gente de la ciudad necesita catarsis mucho más seguido que la gente que no-es-de-la-ciudad (léase que es en un pueblo o que vive en la frontera entre la nada misma que es el puro monte y el pueblo con sus ritmos regulares y sus apretadísimos lazos sociales).
Esta entrada es a fines obvios de catarsis (aunque para Aristóteles es algo que se recibe y no que se entrega), descarga emocional o algo así en un formato que no es criticable porque no es obra mía, sino obra de fuerzas mentales que no controlo. Así que no esperen calidad, y probablemente sentimiento tampoco porque no lo tengo muy refinado.
Como ya dije, pero no quiero forzar al asiduo lector a hacer una búsqueda, me doy cuenta del momento en el que empiezo a extrañar mi lugar de procedencia cuando estoy en otra actividad cualquiera, como cortar aceitunas o resumir a Gorgias, y se me viene una imagen viva de mi ciudad de origen a la cabeza, una imagen de una calle cualquiera (literalmente, una calle cualquiera) que en ese momento no tiene ninguna significación ni resonancia, y aparece sin causa aparente alguna. Inmediatamente comienzo a extrañar esa esquina o esa calle o esa plaza, poderosamente, pero más que nada por el hecho de saber que no voy a poder transitarla hoy ni mañana; y es ahí donde comienzo a pensar cuándo voy a poder de hecho transitarla, y comienzo a planear fechas de huida.
En este caso la fecha de huida está bien planeada; me gustaría adelantarla un par de semanas pero se hace lo que se puede. De cualquier manera, dejé de preparar todos los finales menos uno para poder irme temprano y sin pena ni gloria, de manera que no estoy para nada conforme con mi desempeño académico en esta última etapa del año. Pero esta etapa es una etapa donde no se pelea ya más nada; cuando todo ya se tiene promocionado o regularizado o incluso libre (uno hace su mejor esfuerzo pero a veces eso no alcanza) es cuestión de inercia, procastinación, o alguna misteriosa fuerza de aquellas.
De tal forma que mis vacaciones han empezado, por ni siquiera mencionar a Mina Clavero, prematuramente. Y van a empezar prematuramente en cuanto vuelva a Corrientes a transitar esas esquinas que tengo tantas ganas de transitar, o a salir a dar esos póstumos paseos en bici nocturnos que suelo dar uno o dos días antes de volver a esta metrópolis de la concha de su madre, por decirlo suavemente. Hasta el momento donde surjan todas esas cosas por designio geográfico de los dioses, me basta con escuchar el OK Computer y soñar para no morir de alienación. No estoy lejos, y la fecha no está lejos, pero de cualquier manera si no salgo me siento encerrado. Es tan instintivo como eso.

Siento correr por mi garganta la cerveza fría en un lugar público ¡por fin!, en un lugar público que los cordobeses (que vi que canalizan muchísimo su ansiedad mediante movimientos rápidos de boca o piernas) tienen por utópico, porque no existe el famoso Código de Faltas. Y encima, por si fuera poco, hay playa y campo. Todas esas cosas que te parecían el peor de los desequilibrios, al estar tan desequilibradas (te hablo a vos, exiliado por vocación o algo así) ahora te parecen la paz, la paz que escapaste. Y el perfecto equilibrio entre la paz y la guerra, que es lo mismo que decir que el futuro es incierto y el pasado está firme como una roca, es el más perfecto de los equilibrios. Me gustaría buscar la etimología de la palabra perfecto; pero me remonta a algo que, por definición propia, no puede ya mejorarse. Lo que quiere decir que no se pueden imaginar otros escenarios donde eso sea mejor o más fino o más elaborado; simplemente es, existe como es y no puede ser de otra forma que no sea peor. Díganme si esas veredas perfectas (de lo sucias que están, de lo rotas que están) pueden mejorarse; no pueden. Por eso todo el intento burdo de la intendencia de Corrientes de mejorar sus calles o pintar sus cordones o incluso poner plazas nuevas prostituyen a la ciudad tal como la conocemos; no hay otra Corrientes que la que recordamos, ella no tiene futuro, es la novia con la que nos juntamos al ver el atardecer (y después vamos por ahí engañándola con drogadictas como Córdoba).

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