17.10.12

Un sueño en San Luis

Me dicen cada tanto que Carl Jung recomienda escribir los sueños; esta es una "práctica" que había abordado hace un tiempo pero abandoné. Y como siento que a este blog también lo estoy abandonando (y no se lo merece en realidad, porque me trajo algunas escasas satisfacciones en su momento) se me ocurrió relatar no el sueño, sino la impresión que me dejó el mismo.

No sé de dónde veníamos pero la procesión, que era una procesión que viajaba en colectivos de dos pisos (y más que nada viejos que roncaban de noche, mientras yo trataba de leer un libro) se detuvo en San Luis y aunque teníamos destino a Corrientes, mi abuela me pidió que me baje. Nunca estuve en la capital puntana, y toda la construcción de la ciudad (que no fue mucha, pero de ella recuerdo algunos parques, la terminal y una librería por el centro) fue enteramente producto de mi imaginación. Bajó toda la comitiva y me quedé más tranquilo, pero mi abuela, que parecía ser alguna especie de jefe, me dijo que ya no me podía acercar más a Corrientes y que me dejaba con mi equipaje, un poco de plata y que intentara volver como pudiera.
La procesión se bajó a caminar, adorando a dos ídolos (muy interesantes, ahora que lo recuerdo): una mujer llamada Fedra y un hombre llamado Edipo, en dos caravanas distintas que en un momento se encontraron con sorpresa. Fedra y Edipo son nombres de personajes de tragedia clásica que yo estudié en la facultad y en el sueño recordé este hecho; me sorprendió que los adoraran, pero más me sorprendió la forma de sus ídolos ("penates") antropomórfica y colorida, de la gama del negro al rojo, que llevaban enarbolándolos como estandarte por sobre todas las cabecitas de los fieles que canturreaban. Este episodio confuso fue en una de las avenidas. Acto seguido, mi abuela me dijo que vayamos, ya que estábamos, a comprar. Entramos a Yenny y lo primero que vi fue un libro gordísimo de Jack Kerouac con un título que no existe, largo pero que no recuerdo; y otro libro de Jack Kerouac pero escrito bajo un seudónimo que yo supe que pertenecía a Jack Kerouac. Estaban ciento ochenta pesos, y es más de lo que mi abuela hubiera gustado pagar por mí; así que me dediqué a ver (salteando también los discos) un estante con ollas de aluminio que acaso iba a necesitar para mi viaje o para mi casa. Mi abuela compró no sé qué cosa y salió; yo me quedé solo.

Esta fue la mejor parte del sueño. Yo solo en una ciudad que no conocía. Cosa que ciertamente me había pasado antes, sin contar los delirantes festejos de los fieles que adoraban ídolos clásicos; cosa, también, que extraño mucho porque no me ha vuelto a pasar desde entonces. Y analicé todas las cosas que podría hacer, que no eran pocas. Y tuve sobre todo esta reflexión, que me llama la atención ahora que estoy despierto, pero que en el sueño me pareció todo lo natural del mundo: "uno es totalmente libre, solo, en una ciudad desconocida". En realidad no totalmente; tengamos en cuenta las normas jurídicas y todas esas aburrideces que el extranjero en un principio ignora y el neonato también. Pero virtualmente libre me basta. Porque podía elegir libremente para dónde encarar dentro de la ciudad que yo imaginaba rodeada de montañas y valles hermosos (creo que así es San Luis después de todo), podía decidir yo encarar para mi casa, siguiendo a una procesión que me había abandonado, siguiéndola de cerca en algún colectivo viejo y barato que fuera rumbo a Corrientes donde terminaría ese delirante espectáculo; podría también volver a Córdoba, que en este último tiempo fue mi hogar, pero estaba seguro de que allí no encontraría a nadie sino a mi casa vacía (sin el gato, incluso) y esa idea no me llamaba la atención. Podía finalmente quedarme en San Luis, como un inocente pasajero que decidió quedarse, sin nada más que una suma insignificante para una vida (que, a efectos de ejemplo, no superaba los trescientos pesos, supongo) y una ligera ubicación de los lugares más importantes de la ciudad para mi interés, como Yenny, la terminal y las iglesias de ídolos paganos.
Extraño tanto verme en esta disyuntiva, parado no ya en un parque puntano sino en una estación de servicio quietísima por la madrugada, cuando me han dejado ahí de un auto ("tengo que volver hijo así que vos esperá el colectivo a Rosario o a donde quieras y nos vemos avisame cuando llegues") y yo totalmente feliz, y, como más me gusta, ocioso, esperando ese bendito colectivo o esperando no sé qué cosa con un café negro en la mano y un sombrero de gamuza que llamaba la atención, pero nadie me decía nada. De los pocos transeúntes que había. Así conocí muchos pueblos del interior de Santa Fe que no tienen ningún interés particular más que ser pueblos de paso; daría ahora muchas cosas, o no muchas pero algunas pocas muy valiosas, para volver a disponer de, idealmente, una libertad así sea un poco truncada, una suma módica de dinero y los pies puestos en el cruce de setecientos caminos, cada uno con su encanto ya descubierto, o a ser descubierto o redescubierto. Quiero agradecer a mi viejo, no sé por qué. Y que tengan dulces sueños.

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