30.10.12

La retórica

Pero decir discurso, palabra (logos) no es decir poca cosa, porque -y aquí está el acta fundacional de la retórica- la palabra es un gran soberano que con un cuerpo pequeñísimo y sumamente insignificante lleva a cabo divinísimas obras.
La palabra no está hecha para filosofías sino para obrar; para deleitar y para persuadir. La palabra es tan poco fiable para filosofar -pues tiende gustoso a reflejar lo mítico e inexistente- como fundamentalmente psicagógico, o sea, arrastrador de almas. La palabra es acción que mueve, conmueve, seduce, persuade y hace cambiar de opinión al prójimo.

Gorgias pone las bases de la relación entre la retórica y la poética, pues sostiene que un discurso escrito con arte y pronunciado no de acuerdo con la verdad deleita y persuade a una inmensa masa de gente.
O sea, la palabra no sirve para reproducir la realidad ni para transmitírsela a los demás, pero sí para actuar sobre los individuos de una colectividad convenciéndolos y haciéndoles cambiar de opinión (discurso retórico) o enhechizándolos y drogándoles el alma como si realmente la palabra fuera un fármaco hechicero (discurso poético).

Igualmente alejada del discurso retórico y del poético está la verdad, entendida como la reproducción de la realidad, puesto que con las palabras se pueden construir muchos intermedios que reflejan no la realidad tal cual es (que nadie conoce en su verdadera entidad) sino la presunta realidad manipulada a nuestro gusto y a nuestra real gana con mejor o peor propósito o intención.


Antonio López Eire, Retórica clásica y teoría literaria moderna

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