22.9.12

Un té bajo las carpas de plástico

Estoy manejando por la ruta a unos 200 kilómetros de Formosa capital, en la ciudad de Ibarreta y diviso una seguidilla de carpas. Detengo mi auto y me obligo a espiar. "Ey, ¿tú qué haces parado acá?", me encara un gitano que va cargando unos trozos kilométricos de plástico, con el sudor atravesándole la cara. Mi respuesta fue directa y sincera: "Me gustaría bajar y estar un rato en la carpa con ustedes, para conocer cómo viven". Al instante, el hombre pega un grito ensordecedor, en un dialecto que suena a Europa del Este, llamando a los que están en la carpa, y varios vienen a mi encuentro y me invitan a tomar un té.

Las familias que viven acá, en Ibarreta, son los Costichi y los Iovanovich, unos 38 integrantes, que están instalados al borde de esta ruta perdida en el territorio formoseño desde hace unos 15 días. "Nos vinimos desde Santiago del Estero", me cuenta Jony, un pibe que debe andar por los 18 años. "El trabajo estaba mal por ahí y nos perseguían todo el tiempo. Nos tildan de ladrones y vagos y nos empiezan a hacer las cosas difíciles, y antes que pelear preferimos seguir viaje. Acá estamos bien, por ahora; tenemos familiares en otros pueblos cercanos y nos vamos juntando."

A la charla se suma Daniel, su hermano, que minutos atrás estaba desconfiando y clavándome la mirada más potente y escrutadora que recibí en mi vida. Me dice que estuvo en Buenos Aires hace unos años, en lo de unos tíos, y que le pareció una ciudad fea y demasiado grande. Me trae un recorte de diario, y me obliga a que lo lea:
"El pueblo gitano no tiene enemigos, jamás se alzó en armas, jamás tuvo una cartera política, jamás tuvo representatividad, ni tuvo un Estado. Sí, han sido tomados como soldados para otras guerras, han sido esclavizados, torturados, asesinados, perseguidos: justamente por no tener enemigos, por no tener ejércitos, ni cartera política, siempre han sido tomados como chivo expiatorio para muchísimos proyectos políticos o violentos, y se han inventado muchísimas infamias sobre el pueblo gitano."
Le digo que me parece un buen texto, que dice cosas que yo no sabía, y le pregunto si lo leyó. Me responde que no sabe leer ni escribir, pero que está aprendiendo y apenas lo haga quería leer este recorte que le dio un familiar de la gran ciudad. Me quedo en silencio pensando y saboreando el té, que es realmente exquisito.





(de Esteban Widnicky, en Rumbos nº 470)

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