16.9.12

The bathroom window



córdoba, 2012/ como me gustaría haberte fundado y ver floreciente el valle vacío. me las arreglo para no sentirme tonto amándote a vos que sos dos millones; siempre fiel al censo, marea destructiva que tira cifras tan dispares. unos tan pobres, que otros tan ricos, que todos el mismo, que todos ignorándonos siempre los unos a los otros. y a vos tan desconsideradamente vos aunque sobresalgas todo el tiempo como una humareda marrón de las heces espirituales que somos, cositas chiquitas que te caminamos. como me gustaría haberte fundado y recordar el valle vacío.
no me puedo engañar sin embargo, sos la misma córdoba para todos.
sería estúpido alegar que los bares sucios fueron abiertos para mí y que los centros de pago y que las tribunas de Alberdi. una vez que termina el partido. o que los museos cuando están cerrados o el semáforo que sigue funcionando aunque no aparezcan automóviles.
sería una demostración idiota de ego pretender que las veredas que me vieron crecer este último año fueron caminadas por mí desde su planeamiento por el arquitecto Crisol (quien me hubiera cedido, de ser así, el primer paso por ellas, frescas y recién secas por el sol cordobés, en ese primer día de su nacimiento); también sería tonto pretender que voy a ser el último que las camine aunque esto sea por siempre incomprobable, porque bien podría yo quedarme abrazado a alguno de tus parquímetros hasta que el mundo muera, todos menos yo, y sea yo el último, efectivamente, en caminar tus veredas. cuando en un sol abrasante que se desploma sobre vos ya no quede ni un paquete vacío de yogurísimo frutilla ni una colilla sola, o sea, esto es totalmente utópico y no ha lugar. es por siempre incomprobable.

no tengo el afán de sonar tonto, obstinadamente tonto, pero podría haberme creído por un segundo que mientras me bañaba esta tarde, mirando por la ventana de vidrio espejado y bien sucio, hacia el exterior, hacia el par de abedules que crecen frente a las ventanas también sucias del tribunal de enfrente, bien podría haberme creído que en esta primavera incipiente las hojas verdes de esos abedules crecían para mí. y que ellos, olvidando a los ciento cincuenta inquilinos del edificio mío, estaban esperando que yo les ponga nombre. no sé qué nombre voy a ponerles, pero no pude menos que sacarle una foto a su belleza, una vez que estaba con el pelo mojado, el alma limpia y el sueño leve post-ducha. he aquí la foto. hice lo que pude para recuperar su nitidez y no la más bella, aunque acaso algún día ensaye una foto en serio con una cámara en serio, un ángulo en serio, una ventana en serio en un domingo en serio. el tema es que nadie nos asegura que los abedules no perderán su belleza en una hora, porque puede nacer de un ángulo anual del sol a las cinco y media de la tarde. al fin, bien podría verlos yo de otra manera a partir de hoy, estén desnudos o frondosos, cada vez que me bañe detrás de mi vidrio espejado sucio que queda bien enfrente de tribunales. y abrir la ventana, y que me vea la señora jueza y cuando me vea gritarles Y QUÉ, ¡SI YO TAMBIÉN SOY UN ABEDUL!

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