29.9.12

Motivaciones

Salí a andar en bicicleta. En realidad es un paseo más religioso que otra cosa, porque no podría decirse que salí (por lo menos al principio) por puras ganas de hacer deporte o ir a hacer un mandado en algún lugar; tachando razones que no, diría que lo que me movió fue casi completamente religioso o estético. Durante un momento pensaba "sí, lo que buscaba era una auténtica experiencia estética. La vida es la mayor expresión multimedial que uno puede desear sin mucho dinero".
Mis abuelos juzgan imprudente andar en bicicleta rápidamente y con auriculares puestos; quizás lo sea, pero aquí es donde los muchos medios están completos. A la vez puede uno andar por el lugar más nuevo del mundo (si es que eso existe) pero escuchando la canción mas vieja de la vida, como para hacer un contraste, y sentir dos posibilidades: la canción se torna nueva, indescifrable, como el paisaje que estamos viendo, ese paisaje donde nunca habíamos estado antes; o el paisaje se torna ligeramente familiar, porque se tiñe de recuerdos que van cobrando corporeidad mientras los sonidos están siendo ejecutados en nuestra cabeza. Es así que esto de los auriculares fue casi una necesidad imprescindible. La sumatoria de todo, la bicicleta y los auriculares, arroja un resultado curioso.

No quiero ser osado con las comparaciones pero andar en bicicleta fue casi como tener sexo con una ex esposa (¿suena loco, no?) porque uno atraviesa a toda velocidad los costados que ya conoce; incluso a nivel químico porque, como el sexo o el chocolate, es sabido que el ejercicio libera feromonas. Todo supo converger en el punto donde estaba abandonado a la suerte de un semáforo en verde (y el contador de segundos que Camau puso en los semáforos, que se acerca, nunca alejándose, al cero), en la avenida más ancha de tu ciudad, y los autos de ambos costados alumbraban con las luces medias, haciéndome sentir, y quizás no es una falacia del todo, como el king of the stage. Y terminó lilah, y comenzó potion, y ¡wham! el sonido de los toms violentos mientras hastiado de hastiarme escupí un escupitajo que cayó sobre el asfalto y nadie notó mientras viraba violentamente en la pulcra calle levantando velocidad de a poco, como una gacela rabiosa, tratando de coordinar eso que eran mis pies, que se aceleraron muchísimo (a esta velocidad: dos horas a Mercurio, sin hipérbole) con los beats regulares pero también retorcidos del barítono de Dana Colman.
En el camino, y especialmente en el escupitajo, quedaron sumergidas todas las cosas que hacían falta depurar de esa enfermedad que contraje al llegar a una ciudad poblada de recuerdos, donde la nostalgia es como una niebla o como una divisa y la mirada del otro es enfermiza y constante. Para librarme de todo eso hicieron falta varios kilómetros en la bicicleta a velocidades absurdas y casi-atropellar dos o tres viejas en el cruce con la peatonal; cruzarse con amigos de la secundaria que no esperaba que saluden y pasar por las casas de todas las novias que me habían engañado. Que el automóvil lujoso de un hombre que no conocía me escupa su monóxido polvoriento en la cara y la gente, toda la gente que miraba según su costumbre, me reclame con los ojos el ruido molesto que estoy haciendo al cantar a los gritos y el hecho de que esté siempre muy cerca de pasar a alguien por encima con las cubiertas sucias de la playera azul del demonio.
Nada mejor que una catarsis de sábado a bordo de un bípedo metálico de esos que le gustaban tanto a Alfred Jarry. Ahora me siento mucho mejor, porque dicen que el make-up sex es el mejor de todos. Por mi parte no sé, pero sí que las viejas solían tener mucha cara de resentidas antes de volver a casa.

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