12.9.12

Los ídolos

Cuando era chico soñaba con la fama. No me gustaba decir eso y me mentía a mí mismo muy a menudo, pero ahora veo que tengo toda la razón: me gustaba mucho la idea de ser famoso. Cierta vez le dije a mi tío que quería ser músico para ir por el mundo en un autobús de giras y me dijo que deje de ver tanto MTV.
Progresivamente comprendí que es algo que quiere todo el mundo, y que es más un fetiche que un deseo real; como Billie Joe Armstrong, y su sex-appeal de "persona ficta" (dirían en las clases de literatura), esa construcción-Billie-Joe que es el sujeto que canta en Green Day y que sería un donnadie cuarentón californiano si se hubiera querido quedar en el molde atendiendo cajas de supermercado en vez de pasar su adolescencia vendiendo marihuana. Y esto acarrea una vida muy ruidosa (a mi parecer) que está hecha para un grupo especial de personas, pero hay otras personas que no lo toleran ni lo tolerarían. A veces la fama llega sin querer. Es fácilmente mensurable (hay personas más famosas que otras) pero todo depende de unos estándares muy retorcidos que pertenecen a la masa y que, sigo pensando, muchas veces está equivocada.
La fama, los fetiches de la persona ficta, seguramente se asientan en bases falsas. Hasta cierto punto es un reconocimiento por el talento de una persona; luego esa persona se convierte en una construcción social, y su fama y su estilo de vida también; surgen programas de la MTV que rompen, como nunca se han roto, las barreras que separaban la intimidad y el teatro.
Esto derivó en mi escepticismo, ahora que soy un poco más viejo; ese escepticismo de "kill your idols" (eso me pareció, en su momento, muy doloroso: Billie Joe era mi ídolo y lo que yo quería para vivir, el resto de mi vida. ¿Por qué iría a matarlo?). La mayor parte de las veces un ídolo es un mito andante que no se acercaría a hablar con vos por pura voluntad, sin importar todo lo que lo ames y adores; en ocasiones los ídolos son una persona tan egoísta que no tienen consideración por el humus del cual nacieron sus flores (la fama, el dinero, las groupies) y en la ceguera del fanatismo, las masas ignoran este hecho con una sonrisa comprensiva; atacando, por supuesto, a los ídolos de los demás. Porque la historia fue en gran parte lucha entre ídolos. No he leído a Nietzsche, pero esa idea previa que uno se hace (porque la historia fue en gran parte ideas previas) respecto al título de uno de sus ensayos me hace suponer que él abordó este tema hace bastante tiempo y en realidad está liquidado como para tener que confrontar mi punto de vista al suyo.
Está bien, yo no soy Nietzsche; pero en gran parte, Nietzsche también tenía dudas de si él era Nietzsche, como todos dudamos estar aquí y ahora; los únicos que tienen claro (en su fuero interno) quién es Nietzsche son sus lectores, que construyen a partir de su legado, y casi de manera automática, la imagen del loco que abrazaba a los caballos y se dejaba crecer un bigote tupido (algunos dicen que es porque sonreír una vez le provocó una lastimadura permanente en el labio superior). Sólo la confrontación de los nombres no hace esta entrada menos válida que un ensayo de Nietzsche; los nombres, ya sabemos, son etiquetas efímeras que muchísimas veces acarrean sedimentos, leyendas y mitos sobre la persona que intenta señalar. Por eso es tan grave osar a decir que yo soy mejor poeta que Jim Morrison (amado por sus groupies), o que los Beatles son mejores que Jesús (amado por sus feligreses). Los solos nombres son, a mi parecer, parámetros equivocados, si los comparamos con los méritos. Los méritos también son muy relativos. Nadie tiene la verdad artística universal (y por suerte que es así) para desarrollar la expresión propia del único modo correcto que los demás no pudieron aprehender. Como la vida, al menos en sociedad, es una construcción semiótica, y el arte lo es más, uno hace la obra y esta obra es interpretada de mil maneras distintas, de manera que arriesgar que una obra será siempre la mejor es una falacia de base puesto que en realidad hay mil obras. Pero supongamos que, a pesar de esto, existe un mérito que hace esta entrada incomparable en profundidad a un ensayo de Nietzsche; historiador, filólogo, y tantos otros títulos (un poco más específicos que el solo nombre), que tenía un poder de abstracción mayor al mío pese a que es de una época dos siglos anterior a la del pelotudo con mala prosa que opta por el blog para difundir sus ideas difusas. En ese sentido, hay una visión bastante más clara de a quién adorar y a quién no: por supuesto, no permanentemente, pero por lo menos en oposición a esos otros que jamás en su vida se arriesgaron a crear nada. (Porque la complejidad exploratoria es la misma en el dictador, en el poeta, en el pintor... dice Bukowski, y esto también es un mérito en sí mismo). Por eso es que, a la larga, los poetas más grandes son los que más se hundieron en el lodo de su propia obra, hasta sus últimas consecuencias. Ejemplo epigonal: Galileo. (Si tomamos el "poeta" en su más amplia acepción). No sé qué hace falta en una persona, sino cierta dosis de locura, para llevar su obra hasta las últimas consecuencias; lo que venga después, sea fama o decapitación, es en realidad consecuencia del germen de genio que hubo al principio, y es lo que diferencia de estos hombres a los falsos ídolos que la sociedad construye, tanto a partir de sus opositores como de sus adoradores. El día que un Disney idol opte por dar su vida para defender su arte (no su nombre), nos hará recapacitar a todos acerca de su propia naturaleza. Podemos optar por la fama, y podemos soñar con ser, también, construcciones sociales; para qué, piensa uno, y por qué, si todo el mundo quiere lo mismo o cree querer lo mismo. Es sabido que es más difícil llegar a los lugares donde hay más gente, y por eso se originan guerras por dinero, por petróleo o por la verdad divina. ¿No es la respuesta, simplemente, un correcto desenvolvimiento de la propia personalidad, en detrimento de todas esas falsas personalidades que hay dando vueltas: cuyos nombres casualmente coinciden con las personas, pero no son precisamente ellas? Pasa con las cosas mismas: el arte abstracto, el ácido lisérgico, Dios o McDonald's. Decía Kerouac, para gran preocupación mía, que no hay otra manera que conocer que la propia experiencia. No se puede conocer a partir de la idea corrupta que los otros puedan transmitir, en cuanto a la mala comunicación de su propia experiencia o, lo que es peor, a la mala comunicación de la mala comunicación de los demás. (Una cadena de falacias que deriva en una mentira que puede corromper, seguramente, al alma más pura y más esencialmente curiosa). Si la sociedad y el panteón ideal de los grandes son un juego de sombras y transparencias que danzan delante de aquellos hombres-arquetipo que se encuentran atrás de todo y a los que nunca vamos a conocer, qué nos queda: estamos definitivamente solos. Léase esto quizás como una declaración de incertidumbre existencial, de aquél que quiere ser un discípulo pero no sabe de quién (porque los maestros, en su mayoría, están muertos y sólo quedan sus transparencias). O léase como quiera, porque yo también estoy próximo, quizás, a estar muerto. Lo importante es haber sembrado sádicamente la intranquilidad en alguno de los posibles lectores; lo importante es, siempre, abrir(se) espacios de debate.

No hay comentarios:

Publicar un comentario